Las determinadas y valientes movilizaciones de las masas, lideradas principalmente por la juventud pero con participación de todas las edades, continúan en Sudán contra el golpe militar del 25 de octubre de 2021, que removió a los civiles que hacían parte del consejo gobernante civil/militar. Este es realmente un movimiento de las masas proletarias, de jóvenes y mujeres por todo el país, intentando derrocar el golpe militar y a sus dirigentes, que están aumentando la violencia en 2022.

Por: Martin Ralph, de la International Socialist League – IST (LIT-CI) en Inglaterra y miembro fundador de Justice for Sudan de Liverpool.

Los Comités de Resistencia y fuerzas de oposición están exigiendo:

  • La remoción de los militares;
  • La liberación de todos los presos políticos;
  • Juicio para todos los miembros de la cúpula militar responsable por el golpe y las masacres.

Más de sesenta personas fueron asesinadas, y muchas más fueron agredidas, violadas, torturadas y presas, pero las Marchas de los Millones no paran; algunos soldados se niegan a disparar, y otros desertan.

Los Comités de Resistencia de Cartum, al tener recientemente una reunión solicitada por la ONU, respondieron que “prometemos a las masas de nuestro pueblo, en todas las ciudades y aldeas, que no habrá retroceso ni complacencia”. Y dijeron, también: “Ninguna deliberación, ningún compromiso, ninguna asociación con los criminales”, refiriéndose al alto comando de las Fuerzas Armadas y a los oficiales dirigentes de los Janjaweed.

¿Contra quién luchan las masas?

El Consejo Militar de Transición (TMC, en su sigla en inglés) era una junta civil/militar que gobernaba el Sudán, establecida el 11 de abril de 2019 y dirigida por el general Addelfattah El Burhan y por el teniente general Mohamed Hamdan’ Hemeti’[1]. El TMC y la alianza Fuerzas de la Libertad y Cambio (FFC, en la sigla en inglés, la principal dirección de la revolución en la época) firmaron un acuerdo político el 17 de julio de 2019.

El consejo civil/militar fue un error de la dirección, pero acabó siendo aceptado por muchos, con la ilusión de que el acuerdo conseguiría traer democracia y paz. Este debilitó, pero no enterró la revolución.

Se desarrolló una resistencia contra ese consejo, que no fue electo, y muchas fuerzas no firmaron el acuerdo o fueron excluidas de él. Esas fuerzas incluyen el Frente Revolucionario del Sudán (SRF), una coalición de movimientos armados sudaneses que declaró rechazar categóricamente el acuerdo, así como el Sudan Call, el Partido Comunista del Sudán, y el Movimiento de Liberación del Sudán (SLM-MM, así llamado por ser dirigido por el ex educador Minni Minawi).

Hubo oposición dentro de los crecientes comités de barrio, que son una fuerza esencial de la juventud actual para liderar la revolución y que incluye a muchos trabajadores y pobres.

Después del acuerdo, los generales Bruhan y Hemeti exigieron, en setiembre de 2020, que todos los civiles entregasen sus armas o serían tratados como criminales. Hemeti era el líder de las “Fuerza de Apoyo Rápido” o RSF, una milicia paramilitar compuesta principalmente por los Janjaweed, que condujeron el genocidio en Darfur a partir de 2003.

El acuerdo civil/militar de 2019 fue apoyado por todas las potencias internacionales, mientras el golpe de octubre de 2021 tuvo el apoyo de los gobiernos de Egipto, China, Rusia y Arabia Saudita.

Aunque Estados Unidos diga que está contra la junta militar y haya expresiones de apoyo a la lucha en el Congreso, el gobierno Biden continúa enviando centenas de millones de dólares a los militares. El llamado de Biden para un “año de acción” en apoyo a las luchas democráticas significó… absolutamente nada. Por el contrario, son solo elogios a los militares y al Estado, y dicen que las demandas de los comités de resistencia contra la legitimidad del gobierno militar son “irrealistas”[2].

Las primeras demandas de la revolución de 2018-2019 fueron la salida de al-Bashir y del régimen; el presidente de hecho cayó, pero el régimen se mantuvo en la medida en que la mayoría de la dirección revolucionaria abandonó la pauta de la destrucción del régimen.

En junio de 2019, el consejo civil/militar concordó con un programa de austeridad del FMI que remueve subsidios de alimentos y combustibles, lo que ayudó a causar una inflación de 400%. El FMI y el Banco Mundial buscan controlar y gobernar el Sudán a través de reformas y austeridad que beneficien a los países imperialistas centrales: los EE.UU., el Reino Unido, y la Unión Europea.

Después del golpe del 25 de octubre, los militares trajeron de vuelta al presidente civil Hamdok (que implementó el programa de austeridad del FMI), cumpliendo una exigencia de los Estados Unidos.

Precisamos de una estrategia para librarnos de ellos

En una declaración reciente, un refugiado sudanés que es miembro de Justice for Sudan – Liverpool, dijo:

“Los grandes diablos son Burhan y Hemeti, que mandan a matar a quien protesta. Yo creo que la paz no funciona con gente como esa banda. Nosotros precisamos de una estrategia que nos libre de ellos, o vamos a terminar como Siria o Libia.

Nosotros concordamos. Por lo tanto, la cuestión es cómo derrotar a los militares, el régimen y las fuerzas que los apoyan.

Cuando los militares usan el liderazgo político civil, lo hacen para continuar gobernando para los grandes patrones, las multinacionales, y los intereses geopolíticos imperialistas. Los líderes militares están profundamente comprometidos con el régimen capitalista y son dueños de cerca de 200 empresas, que desarrollaron durante la dictadura de 30 años de al-Bashir. Ellos tienen el apoyo de China y cumplen las exigencias del FMI, que es controlado principalmente por los Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea.

Así como el resto de África, el Sudán está sujeto a una disputa de poder entre los Estados Unidos y China. Es por eso que el poder de las masas precisa crecer para transformarse en organizaciones revolucionarias más poderosas.

No existe camino fácil. Es esencial que se torne familiar estudiar la historia de otras revoluciones. El nuevo salto en esta revolución comenzó 150 años después de la Comuna de París, y una de las grandes lecciones de 1871 fue que era imposible simplemente reorganizar el régimen y Estado existentes, como se intentó en el Sudán. Estos precisan ser destruidos.

El movimiento de masas precisa encontrar una forma de armarse y organizar los escalones más bajos de las Fuerzas Armadas para que estos se nieguen a disparar contra la revolución. Millones dicen a los soldados: “no tiren en nosotros, estamos defendiendo el Sudán”, y es verdad: ellos están defendiendo el Sudán.

Al-Bashir destruyó la economía; el régimen vendió el Sudán a la burguesía árabe y otras; destruyeron el sistema ferroviario e intentaron masacrar todas las regiones en que había oposición. Al-Bashir duró 30 años en poder y construyó una milicia árabe a caballo, que fue una fuerza genocida en Darfur. Los Janjaweed asesinaron hombres, violaron mujeres, y arrasaron aldeas, mientras la fuerza aérea de al-Bashir bombardeaba a los habitantes.

En 2013, la ONU estimaba que hasta 300.000 personas habían sido asesinadas en el genocidio. En 2015, el número de muertes estimado ya era de 400.000.

Construir el doble poder

La revolución sudanesa de 2018-2019 fue fuerte lo suficiente para crear elementos de doble poder, por ejemplo, la toma de trenes de Atbara y su uso para llevar a las masas a las protestas, o las ocupaciones en masa de los exteriores de los cuarteles generales militares, que duraban semanas. Fue posible organizar el transporte, la educación, la distribución de comida, y mucho más. Ese puede ser un modelo embrionario para todo el Sudán.

Los Janjaweed atacaron la ocupación y mataron a 120 personas, pero los grados más bajos del Ejército se movilizaron en defensa de la ocupación y derrotaron a los Janjaweed.

Hoy hay rupturas de los Janjaweed. La Organización Traductores Sudaneses por el Cambio, en enero de 2022 subió un video que decía: “Un alto oficial Janjaweed lamenta la deserción en masa entre los reclutas que vuelven de Yemen”.

La revolución precisa ganar esas fuerzas para la revolución, encontrar una forma de organizar una alianza revolucionaria que incluya a la clase trabajadora y sus sindicatos, y construir una alternativa a los militares y al régimen para establecer un poder organizado de la revolución.

Cuando hablamos de “doble poder” queremos decir el control de las calles, puentes, edificios –como el palacio presidencial, tomado el 19 de diciembre por las masas (que posteriormente fueron expulsadas)–, y que ese control esté en manos de las masas y neutralice al ejército. También queremos decir las huelgas y ocupaciones que ocurrieron varias veces en la ciudad de Port Sudan (principal puerto del país) para impedir la privatización del puerto.

La única fuerza capaz de reconstruir el Sudán y sus producciones industrial y rural es la fuerza de las propias masas. La clase trabajadora tiene el papel más significativo en alianza con las poblaciones rurales y los sectores oprimidos.
Los comités de resistencia, los sindicatos obreros, los combatientes rurales y las unidades armadas precisan combinarse bajo un programa que incluya la destrucción del régimen capitalista, el fin del régimen militar, y sin dominio de los Estados Unidos y de China.

Asamblea Constituyente

Creemos que una asamblea constituyente, en que se organicen elecciones bajo control de las organizaciones revolucionarias y llamadas por las masas puede no tornarse una farsa como el consejo civil/militar que gobernó el país.

Millones de sudaneses concuerdan que el camino para la paz es la revolución; solo la revolución y la derrota de los militares y del régimen puede traer la paz. Hay una necesidad absoluta de medidas transicionales. Organizar una Asamblea Constituyente significa llamar a la caída inmediata de los militares y elecciones generales ya. Pero también es necesario que esta tenga un programa y una constitución.

La exigencia por una asamblea constituyente es importante porque no existen instituciones democráticas en el Sudán que puedan gobernar el país. Pero una asamblea constituyente precisa tener soberanía sobre la economía nacional y todas las instituciones, y no ser un apéndice del consejo militar o un consejo nacional proburgués.

Después de 32 años de dictadura militar, no existe aún un consejo nacional de trabajadores y oprimidos que pueda tomar el poder y formar un gobierno de los trabajadores y los campesinos. Es por eso que levantamos la consigna de asamblea constituyente soberana. Hubo muchos ejemplos, como en América Latina, en que ese tipo de asamblea ocurrió, pero falló por ser controlada por las elites.

Los siguientes comentarios son de la actual experiencia en Chile, en que una Convención Constituyente (que no es una asamblea constituyente soberana) fue convocada. La dirigente de nuestro partido en Chile, María Rivera, del Movimiento Internacional de los Trabajadores (MIT), que fue electa para esa convención, dijo en julio de 2021 que la convención constituyente “precisa poder crear sus propias reglas y discutir y decidir sobre todo… Como entidad soberana, la convención precisa comenzar a escribir la nueva constitución, y como extensión de ese proyecto, precisa tener poder sobre todas las otras instituciones. La actual constitución, escrita por Pinochet [el antiguo dictador], [fue] mantenida por todos los gobiernos democráticos posteriores, incluyendo los presidentes, la Suprema Corte, el Parlamento, el Ejército y la Policía Federal”[3].

La lucha por una asamblea constituyente precisa caminar junto con el fin del poder militar y de todas las actuales instituciones estatales, y asumir el poder ejecutivo y el legislativo. Precisa liberar a todos los presos políticos, arrestar y juzgar a los oficiales militares responsables por la brutalidad contra las movilizaciones revolucionarias.

La asamblea precisaría tener el peso combinado de los comités de resistencia, que incluyen a los comités obreros, los partidos revolucionarios, los grupos armados por la liberación, los partidos regionales, y construiría los mecanismos para garantizar la representación para millones de personas que están refugiadas dentro y fuera del país.

Para proteger el Sudán, la asamblea tendría que cancelar todos los acuerdos entre los Janjaweed y los cuerpos internacionales como los EE. UU. y Arabia Saudita; remover a todos los militares sudaneses del Yemen; organizar a los militares de bajo rango que se nieguen a cumplir órdenes de disparar contra las masas, así como aquellos que están desertando de los Janjaweed. Un cuerpo civil organizado precisa controlar la policía y las Fuerzas Armadas, bajo control de la asamblea.

Son necesarias medidas democráticas para permitir la extensión de la participación popular directa en el proceso de la asamblea constituyente.

Es necesario un plan de emergencia para luchar por el control obrero, así como un plan de los trabajadores para garantizar inversión en salud, en empleo, y en la distribución de la tierra. Todo el financiamiento de ese plan precisa venir de la estatización de las grandes multinacionales, los bancos, y otras empresas, sin compensación y bajo control obrero.

Un plan como ese significa la renegociación de todos los acuerdos de libre comercio firmados por los militares y la ruptura inmediata de todos los lazos con Israel, que es responsable por terribles crímenes contra la humanidad. También significa defender el derecho a la autodeterminación y el fin de toda la violencia y la opresión en regiones como Darfur y los Montes Nuba, y la discusión de la cuestión de participación del Sudán del Sur, así como la renovación de las relaciones fraternas con las masas del Sudán del Sur.

Para que la asamblea constituyente consiga implementar un programa de esos, precisaría romper con todas las organizaciones imperialistas, como el FMI, el Banco Mundial y otros del tipo, que intentan controlar el Sudán para la burguesía imperialista.

La historia del Sudán es una historia de luchas y revoluciones

En 1989, al-Bashir tomó el control a través de un golpe cuando el país estaba atravesando por una guerra civil. La dictadura destruyó las organizaciones de la clase trabajadora y atomizó a nuestra clase.

Pero el pueblo sudanés tiene una historia de revoluciones. El 21 de octubre de 1964, la policía invadió una reunión de la Unión Estudiantil de la Universidad de Cartum, en que los miembros estaban discutiendo la situación política. Protestas y huelgas masivas le siguieron, en lo que quedó conocido como la Revolución de Octubre. El presidente militar, Abdoud fue forzado a renunciar.

Coaliciones de particos políticos dirigieron las revoluciones de 1964 y 1985, y sindicatos profesionales se concentraron en las ciudades del norte del país. Los movimientos rebeldes armados, que en la época estaban exclusivamente en la parte del sur, no estaban involucrados con las alianzas opositoras ni con los gobiernos que estas trajeron. El nuevo régimen establecido en Cartum continuó organizando guerras civiles contra los rebeldes en el sur, como hicieron los gobiernos anteriores.[4]

No obstante, desde 1985 nuevas rebeliones estallaron en Darfur y en Kordofán del Sur. Al contrario de las revoluciones e insurrecciones anteriores en el Sudán, muchos de los grupos armados de esas regiones participan de los movimientos actuales. La influyente coalición conocida como “Sudan Call” (“Llamado del Sudán”) incluye, por ejemplo, un gran grupo rebelde y facciones importantes de otros dos.

En 2013, millares protestaron contra el aumento de los precios de los combustibles y del gas de cocina. Muchas personas fueron presas, y de acuerdo con grupos civiles, más de 200 personas fueron asesinadas. El gobierno usó la fuerza para destruir las movilizaciones.

En 2016, la vida prácticamente paró en las calles de Cartum, cuando el pueblo participó de varios días de desobediencia civil, con muchos quedándose en casa y no yendo a trabajar o a estudiar. Esa huelga fue en respuesta al dramático aumento en el precio de los remedios, de los combustibles y de la electricidad.

Y, entonces, la mayor revolución en la historia del Sudán estalló en diciembre de 2018. Manifestantes incendiaron las oficinas del Partido del Congreso Nacional, gobernante, en Atbara (que queda 320 km al norte de Cartum) como parte de una serie de acciones contra el aumento de los precios del pan y la falta de combustibles, ambos subsidiados por el gobierno.

Basta de apoyo de la Unión Europea y de la Cruz Roja para los Janjaweed

El apoyo dado por los gobiernos imperialistas y sus instituciones a los militares debe ser expuesto, denunciado internacionalmente y suspendido, e incluye:

  • El apoyo a Arabia Saudita contra Yemen, dado por los Estados Unidos y Europa;
  • El apoyo de la UE al Janjaweed para controlar la inmigración a través del Sudán;
  • El reciente acuerdo del Comité Internacional de la Cruz Roja con el Janjaweed;
  • El acuerdo con el FMI y su relación con Israel.

Europa intentó impedir la inmigración del Sudán a partir de noviembre de 2014 con el lanzamiento del Proceso de Cartum –un diálogo entre la UE y los países del Cuerno del África– en que se organizó una respuesta policial a la inmigración. “La Oxfam descubrió que, de los 400 millones de euros que fueron asignados por el fondo, solo 3% fueron para desarrollar rutas seguras y regulares de migración. El grueso fue gastado con control migratorio”.

El líder de las RSF/Janjaweed frecuentemente se jacta del papel de la RSF en apoyo a la UE. Recientemente dijo a Al Jazeera: “[La UE] pierde millones en la lucha contra la migración, y por eso precisa apoyarnos”.[5]

Todos los refugiados son bienvenidos

Todos los que viven en los países imperialistas precisan abrir los brazos para los refugiados del Sudán y luchar por sus derechos. Precisamos trabajar con el pueblo sudanés para traer a la clase obrera y sus organizaciones a la lucha en defensa de la revolución en el Sudán, sea en el Reino Unido, sea en otros países.

Precisamos exigir que los diputados del Partido Laborista luchen en el parlamento inglés para terminar con la venta de armas a Arabia Saudita, exijan la liberación de los presos políticos, y apoyen el juicio a los militares.

La necesidad de un partido revolucionario

Aunque muchas fuerzas políticas se opongan al consejo civil/militar, no existe un programa claro para unir a las masas, con la clase trabajadora a la vanguardia, para derrocar tanto a los militares como su régimen. Es preciso llamar a la profundización de la creación del doble poder, uniendo todas las fuerzas que quieran construir un poder alternativo al que existe, que aún es, en la práctica, el régimen de al-Bashir.

La lucha por una asamblea constituyente y por su programa está ligada a la necesidad de construir un partido revolucionario, porque solo un partido así luchará por ese programa: un programa socialista que lleva a la lucha por un gobierno de los trabajadores, de los campesinos y de los oprimidos.

Queremos discutir eso con militantes sudaneses y africanos, estén donde estén, porque una revolución precisa de un programa revolucionario, un partido revolucionario, y una internacional revolucionaria.

Queremos ayudar a construir un partido revolucionario en el Sudán y en Gran Bretaña, que sea parte de la Liga Internacional de los Trabajadores – Cuarta Internacional, y que ayude a construir cuadros y una dirección marxista.

  • Abajo los militares.
  • Ningún acuerdo, ningún compromiso, ninguna asociación con los militares.
  • Movilizar en todo el mundo para apoyar las Marchas de Millones.
  • Construir la revolución – destruir el régimen.

Notas:

[1] Teniente General Mohamed Hamdan ‘Hemeti’, miembro del Consejo Soberano del Sudán y comandante de la famosa milicia “Fuerzas de Apoyo Rápido” (RSF).

[2] https://foreignpolicy.com/2022/01/07/sudan-coup-democracy-protests-military-biden/?tpcc=recirc_latest062921

[3] https://litci.org/en/chile-in-defense-of-the-manifesto-for-the-sovereignty-of-the-constitutional-convention/

[4] https://africanarguments.org/2019/01/sudan-protests-learn-1964-1985/

[5] https://www.thenewhumanitarian.org/special-report/2018/01/30/inside-eu-s-flawed-200-million-migration-deal-sudan

[6] Ídem.

Traducción del original en inglés: Gabriel Tolstoi.
Traducción del portugués al castellano: Natalia Estrada.