Argentina: Combatir el racismo, unir a la clase
En los últimos tiempos, a partir de publicaciones en redes sociales y de un artículo publicado por The Washington Post que afirmaba que en la selección argentina no hay jugadores negros, sumado a distintos episodios de racismo en los estadios de fútbol, comenzó a instalarse la idea de que todos los argentinos son racistas porque «no tienen negros».
Lo primero que hay que decir es que en la Argentina el racismo existe y tiene una presencia importante.
Lo segundo es que sí existen personas afrodescendientes e indígenas en el país, que desde hace muchos años vienen dando una batalla contra el racismo, la invisibilización y las políticas de Estado que promovieron una supuesta europeización de la Argentina.
La pregunta que intenta responder este texto es la siguiente: ¿la campaña que sostiene que en Argentina son todos blancos y racistas contribuye realmente a combatir el racismo?
Contexto histórico
Para responder esa pregunta es importante tener en cuenta el contexto histórico y el proceso que atravesaron la Argentina y Sudamérica (con excepción de Brasil, que estaba bajo dominio portugués).
Los esclavos africanos llegaban principalmente a los puertos de Buenos Aires y Montevideo, desde donde eran trasladados al resto de los territorios. También ingresaban a través de Centroamérica entre 1777 y 1812. Si bien los registros oficiales indican que por ambos puertos ingresaron alrededor de 140.000 esclavos, distintas estimaciones sostienen que, considerando el tráfico ilegal, esa cifra podría haber alcanzado los 300.000.
Aunque ese número parece reducido en comparación con los millones de esclavos que llegaron a Brasil o a los Estados Unidos, para la época fue muy significativo. La diferencia no radica en que el Virreinato español hubiera sido menos esclavista, sino en que gran parte de Sudamérica logró su independencia relativamente temprano, solo antecedida por la revolución e independencia de Haití.
Ese proceso independentista contó con una participación decisiva de esclavos e indígenas, que estuvieron en la primera línea de combate. Como señalaría el libertador de Argentina, Chile y Perú, José de San Martín:
«Los ricos y los terratenientes se niegan a luchar (…). Un día se sabrá que esta patria fue liberada por los pobres y los hijos de los pobres, nuestros indios y los negros que ya no volverán a ser esclavos de nadie.»
Tras la derrota del poder colonial español, en 1812 se decretó la prohibición del tráfico de esclavos y, en 1813, la denominada Ley de Libertad de Vientres, que establecía que todo hijo de una mujer esclavizada nacería libre.
También se impulsó la llamada Ley de Rescate, que obligaba a los propietarios de esclavos a entregar el 40 % de ellos al Ejército, garantizando así que la burguesía no tuviera que enviar a sus propios hijos a combatir. Otra disposición establecía que todo esclavo que prestara cinco años de servicio militar obtendría la libertad, algo que, salvo contadas excepciones, nunca llegó a cumplirse.
Ya en 1801 se habían reglamentado las formaciones milicianas integradas por afrodescendientes, conocidas como Compañías de Granaderos de Pardos y Morenos. Cuando en 1806 ocurrió la Primera Invasión Inglesa, la participación de soldados negros fue fundamental en la defensa de Buenos Aires.
Entre 1806 y 1870, la comunidad afrodescendiente participó en prácticamente todos los conflictos bélicos desarrollados en el territorio. Esa fue una de las principales razones de la fuerte disminución de su población, aunque de ningún modo permite hablar de una «desaparición».
Solo por citar un ejemplo, entre 1816 y 1823, de los 2.500 soldados negros que iniciaron el Cruce de los Andes, apenas 143 regresaron con vida.
Luego vendrían la guerra contra Brasil, las guerras civiles entre unitarios y federales, las batallas de Caseros, Cepeda y Pavón y, finalmente, la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay, que significó un enorme costo humano para la población afrodescendiente.
Era habitual encontrar en las calles de Buenos Aires a sobrevivientes de estas guerras mendigando con miembros mutilados.
Según el primer relevamiento realizado en 1778 para todo el territorio del Virreinato del Río de la Plata, la población clasificada como «negros, mulatos, pardos y zambos», tanto libres como esclavizados, representaba el 37 % del total.
Ese mismo censo registraba porcentajes muy elevados en distintas jurisdicciones: Santiago del Estero (54 %), Catamarca (52 %), Salta (46 %), Córdoba (44 %), Mendoza (24 %), La Rioja (20 %), San Juan (16 %), Jujuy (13 %) y San Luis (8 %). En la ciudad de Buenos Aires, el 28 % de la población era de ascendencia africana.
La invisibilización de la población afrodescendiente como política de Estado
Parte de la política de blanqueamiento impulsada por el Estado argentino consistió en promover los matrimonios mixtos, principalmente entre afrodescendientes e indígenas, como un mecanismo para diluir esas identidades dentro de la población general.
La construcción de una Argentina blanca, europea y civilizada, diferenciada del resto de América Latina, fue una política de Estado que puede observarse incluso en la Constitución Nacional. El artículo 25 establece:
«El Gobierno federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes.»
Esta orientación fue profundizada durante los gobiernos de Mitre y, especialmente, de Sarmiento. Este último sostuvo posiciones abiertamente racistas y promovió la eliminación o marginación de gauchos, indígenas y afrodescendientes como parte de su proyecto de construir una sociedad eurocéntrica.
En ese marco, las poblaciones afrodescendientes e indígenas fueron eliminadas de los censos nacionales durante décadas. Recién en el censo de 2010 volvieron a incorporarse preguntas destinadas a identificar a estas comunidades.
El problema de universalizar el racismo
Para combatir el racismo es necesario comprender las particularidades históricas y sociales tanto de quienes lo ejercen como de quienes lo padecen.
No es lo mismo el racismo y la discriminación presentes en distintos conflictos nacionales o étnicos que sistemas históricos de segregación racial como el apartheid sudafricano o la segregación en los Estados Unidos. Reducir el racismo únicamente a una cuestión de apariencia física o trasladar mecánicamente una experiencia histórica a otra conduce a análisis simplificados.
Es precisamente a partir de esas simplificaciones que se llega a conclusiones como que «en Argentina no hay negros» o que toda la sociedad argentina puede definirse simplemente como racista por la composición étnica visible de su selección de fútbol.
Reconocer la existencia del racismo en Argentina implica también reconocer la historia de la población afrodescendiente e indígena, las políticas de invisibilización impulsadas por el Estado y las particularidades que adoptó ese proceso histórico. Solo desde esa comprensión es posible dar una discusión seria sobre el racismo y combatirlo de manera efectiva.
Combatir el racismo, unir a la clase
Es necesario combatir el racismo en todas sus expresiones y en todos los espacios donde se manifiesta, como ocurre de manera masiva en los estadios de fútbol todos los fines de semana. Pero, al mismo tiempo, no hay que dejar de denunciar que, año tras año, la posibilidad de asistir a un estadio de fútbol se está convirtiendo en un privilegio que le están arrebatando a la clase trabajadora para que quede reservado únicamente a los sectores más acomodados de la sociedad. También es importante señalar que esos sectores suelen constituir una parte importante de la base electoral de la ultraderecha, representada por dirigentes como Milei, Bolsonaro o Abelardo de la espriella, entre otros. Argentina, al igual que todos los países de Sudamérica, es un país oprimido por el imperialismo. No tenemos ninguna posibilidad de derrotar el racismo si la propia clase trabajadora y los sectores populares argentinos no toman en sus manos esa lucha. Ya han dado muestras de ello, siendo vanguardia en procesos como Ni Una Menos, la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, así como en la conquista del matrimonio igualitario.
Sostener que no existe población afrodescendiente o indígena en la Argentina porque así lo afirma un artículo de un medio estadounidense o una publicación en una red social propiedad de Elon Musk solo contribuye a hacer retroceder la lucha de esos pueblos y a fortalecer un discurso reaccionario y de ultraderecha, como el que representan Milei y Trump.




