Una de las variantes del progresismo, que ganó influencia en este siglo, fue la filosofía llamada “buen vivir” en el Ecuador y “vivir bien” en Bolivia. Esta idea fue elaborada a partir de movimientos organizados de los pueblos originarios, de los gobiernos dichos “progresistas” de Evo Morales en Bolivia, de Rafael Correa en el Ecuador, de líderes políticos como Alberto Acosta, de ecologistas e intelectuales como Boaventura de Souza Santos.

Por: Bernardo Cerdeira

El concepto viene de la “cosmovisión de las comunidades tradicionales” de América del Sur, el dicho Sumak Kawsay en lengua quechua y fue, incluso, incluido en las Constituciones del Ecuador y de Bolivia.

Esa visión es crítica y combate el capitalismo, denunciando la explotación, la creciente desigualdad social y el desarrollo desenfrenado que explota y destruye la naturaleza que están en la esencia de este sistema. Denuncian la lógica de la acumulación capitalista interminable de bienes.

Los teóricos de la filosofía del “buen vivir”, aunque con abordajes diferentes, concuerdan con que el ser humano, y no la ganancia, debe ser el centro de la preocupación social. Proponen una economía solidaria, inclusiva, sostenible y democrática, y defienden el establecimiento de una relación dinámica entre el mercado, el Estado y la sociedad.

Defienden los derechos de los pueblos originarios y la constitución de la plurinacionalidad, de la descentralización y reorganización territorial como fundamentos de los Estados. Derechos de la naturaleza.

También proponen la democracia participativa como forma de organización del Estado y la ciudadanía universal que iguale a ciudadanos nativos e inmigrantes en todos los países.

Estamos totalmente de acuerdo con la crítica al sistema capitalista imperialista como generador de explotación, opresión, desigualdad social y destrucción de la naturaleza. Y también con que el ser humano debería ser el centro.

De la misma forma, estamos totalmente a favor de los derechos nacionales y de territorio de los pueblos originarios, de la protección de la naturaleza y de acabar con la explotación y con las opresiones. El problema es: ¿cómo conseguir todo eso?

Sin acabar con el capitalismo, el “bienestar” es ilusión

A partir de aquí comienzan nuestras diferencias. ¿Es posible implantar una economía solidaria, inclusiva, sostenible y democrática, a ejemplo de algunas o muchas comunidades o cooperativas, dentro del sistema capitalista?

La experiencia histórica ha demostrado que eso es imposible. El capitalismo destruye todas las formas de producción que resisten la lógica de la producción por medio de la propiedad privada, de la obtención del mayor lucro posible, intercambio y acumulación, y reproducción del capital.

Mientras haya propiedad privada de los medios de producción y de cambio (fábricas, bancos, grandes comercios, etc.), cuyo objetivo es producir mercaderías para ponerlas a la venta en el mercado para conseguir el mayor lucro posible con esa venta, habrá la tendencia a la competencia entre las empresas, a la concentración de capitales en las empresas mayores y a la destrucción de las menores y de la producción comunitaria.

La explotación desenfrenada de los recursos naturales, la expropiación territorial de los campesinos y de los indígenas y la destrucción de la naturaleza son una consecuencia inevitable de ese ciclo interminable de obtención de ganancias, acumulación y reproducción del capital.

Sin expropiar los medios de producción y de cambio de manos de la burguesía y acabar con la propiedad privada de esos medios no es posible construir una economía solidaria ni inclusiva, sostenible o democrática.

Lucha de clases y revolución

Cualquier ser humano racional y con un mínimo de conciencia social debería estar a favor del “buen vivir”. El problema es que la sociedad capitalista, donde todos vivimos, está organizada en clases.

Y la clase burguesa, que es la clase explotadora y dominante en esta sociedad, no solo no pretende abrir mano de la propiedad de los medios de producción y de sus riquezas, como impone su ideología a las clases explotadas y oprimidas, porque controla y dispone de los medios de comunicación y de los sistemas de educación y de producción cultural.

Por eso, la burguesía impone para la mayoría absoluta de la sociedad la falsa conciencia de ideologías como el derecho sagrado a la propiedad privada, el “emprendedorismo”, la meritocracia o los preconceptos opresores como el racismo, el machismo y la LGBTfobia.

Pero lo más importante es que la burguesía domina y controla las instituciones del Estado, como el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, por medios de los cuales gobierna. Y, principalmente, organiza y construye una institución de hombres armados para defender su propiedad privada: las policías y las Fuerzas Armadas.

No puede existir una democracia verdadera mientras predomine esa falsa democracia de los ricos, basada en la elección de representantes por el poder del dinero, y en la corrupción de los gobernantes, de los diputados y de los jueces. Y, por otro lado, en la represión permanente y en el terror policial sobre las comunidades pobres y la juventud negra.

Ni mucho menos puede existir cualquier forma de “democracia participativa” y ciudadanía efectiva, como defiende la filosofía del “buen vivir” si la burguesía continúa controlando el Estado y las instituciones que detentan el poder: las Fuerzas Armadas, la Presidencia, el Congreso o el Poder Judicial.

Por eso, solo es posible el ejercicio de una ciudadanía real, una “democracia participativa” verdadera, si el Estado burgués que garantiza la explotación y la opresión de 90% de la sociedad fuera destruido juntamente con todas las instituciones y sustituido por una verdadera democracia de Consejos Populares electos por los trabajadores y por los sectores explotados y oprimidos.

Para que eso ocurra, y que el sistema capitalista sea destruido desde sus bases, es necesaria una intensa lucha de clases política que culmine en una revolución por la fuerza, porque la burguesía no abrirá mano pacíficamente de sus propiedades, sus riquezas y sus privilegios.

Esa conclusión evidente es lo que los defensores de la filosofía del “buen vivir” se niegan a deducir de su crítica al capitalismo, porque tendrían que concluir también que la justa lucha por reformas, en defensa del territorio, del medio ambiente y de los pueblos originarios, sin la lucha por destruir la dominación burguesa y el capitalismo, está condenada al fracaso.

Socialismo es el camino para el buen vivir

Pero el problema de la filosofía del “buen vivir” no está solamente en el hecho de que su formulación es simplemente una declaración de buenas intenciones. E l problema es que el capitalismo, en su fase imperialista, o sea, en su fase de decadencia, no deja márgenes para buscar el “buen vivir” por iniciativas de comunidades, sectores, ni siquiera por pueblos enteros.

El capitalismo está arrastrando a la humanidad no solo para el “mal vivir” sino cada vez más a la barbarie. La explotación desenfrenada de la naturaleza lleva no solo a desastres ecológicos como los de Mariana y Brumadinho (ambos en Minas Gerais, Brasil), a la destrucción de la Amazonía y de los mares y el calentamiento global, como produce calamidades como la pandemia.

La hipótesis de la mayoría de los científicos es que la pandemia se inició como el escape del virus Sars-Cov 2 de la naturaleza a partir de un proceso de mercantilización del medio ambiente. Pero la pandemia no es solo una catástrofe natural. Es un genocidio mundial, no solo por la diseminación del virus sino por el colapso intencional de los sistemas de salud, por la ganancia de las empresas farmacéuticas que detentan las patentes, y por la concentración de las vacunas por los países imperialistas. Pero, además de eso, por la insistencia de las burguesías de diferentes países en mantener la producción no prioritaria, poniendo la ganancia por encima de la vida.

Las consecuencias de este genocidio están a la vista: millones de muertos, desempleo mundial, millones de personas arrojadas a la miseria y amenazadas por el hambre. Crisis sanitaria, económica y social.

Frente a esto, la alternativa de la humanidad no es entre el “mal vivir” en el capitalismo actual y el “buen vivir” según los preceptos de esa filosofía. La verdadera alternativa es: o la clase obrera y los sectores oprimidos acaban con el sistema capitalista, expropiando a la burguesía, o el capitalismo acaba con el planeta y con la humanidad: socialismo o barbarie. Por eso, la revolución socialista no es una utopía, es una necesidad urgente y la única forma de alcanzar el “buen vivir”.

Lea también los otros artículos que hacen parte de esta polémica, disponibles en castellano, en www.litci.org:
Progresismo, reformismo y socialismo
El «progresismo» y la idea de un capitalismo racional y consciente
El progresismo y la “inclusión” de los oprimidos
El progresismo y la ilusión con la solidaridad de los países imperialistas

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 16/6/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.