En 1789 la burguesía en la revolución francesa entronizó a la diosa Razón, y acabó, supuestamente, con la superstición religiosa que había regido la vida de la humanidad desde el origen de los tiempos. Durante muchos siglos el ser humano era “cazador cazado”, dependía de las fuerzas de la naturaleza y por su desarrollo social, era incapaz de explicarse la inmensa mayoría de los fenómenos naturales. Para ello les doto de poderes, les dio la categoría de dioses, de titanes, de seres sobrenaturales, les puso nombre dando origen a los mitos.

Por Roberto Laxe

Todas las sociedades tienen sus mitos originarios, muchos de ellos comunes (el diluvio universal aparece en varias religiones, por ejemplo), sus diosas de la tierra y dioses del cielo. Habitualmente las diosas de la tierra como Rea, Artemisa, Diana cazadora,… se asocian a la fertilidad, mientras que los dioses del cielo (Zeus, Jupiter, Odin…) van ligados al poder. Las religiones sincretistas no ponen nombre, pero reconocen poderes en todos los elementos de la naturaleza…; “el hombre hace la religión, y no ya, la religión hace al hombre”, afirmó Marx en la Introducción a la Critica de la Filosofía del Derecho de Hegel

Pero la Revolución Francesa, profundamente laica, no podía ir más allá de la entronización de la Diosa Razón, que no deja de ser un oxímoron. “Deidad” y “Razón” no caben en la misma frase, la primera es la máxima expresión de la alienación del ser humano, que se basa en la fe, en un sistema de creencias apoyado en la incapacidad, como dijimos, de explicarse los fenómenos naturales, buscando la vía final en la deidad (Las Cinco Vías de Santo Tomás de Aquino). La Razón es justo lo contrario, es la búsqueda sin cesar de esa explicación, sin ninguna atadura ni precondición.

Esa contradicción entre “fe” y “ciencia”, aunque introduce el elemento racional desarrollado a lo largo de los siglos y sintetizado en la Ilustración francesa, expresa el desgarro de la ideología burguesa: “la razón” es la manera que tiene de enfrentar el poder religioso y aristocrático, pero al entronizarla como “diosa”, deja la puerta abierta al interpretación contraria, que la religión entre por la ventana.

Por su propia lógica de explotación, el capitalismo no acaba con la alienación del ser humano que da origen a la superstición religiosa, sino que cambia lo que la genera. Si bien, antes de su “entronización” como clase dominante, eran las fuerzas de la naturaleza inexplicables las que la provocaban, a partir de su dominio, que incluye el dominio (y ahora vemos todo su componente destructivo) sobre la naturaleza, es la “mano oscura” del mercado la que lo produce. El ser humano pasa de ser “cazador cazado” por la naturaleza, a ser un muñeco en manos de fuerzas económicas que él mismo ha creado y que no controla. Y cómo no se explica las causas de los vaivenes sociales (crisis), de su explotación, del fetichismo que surge de la relación capitalista de producción, busca fuera de si (alienación) las causas.

La burguesía, inmediatamente después de entronizar a la Diosa Razón, abrió las puertas a la vuelta de la superstición religiosa, pero de otra forma. En las sociedades anteriores no había contradicción, era la superstición religiosa la que estaba en el puesto de mando. Sin embargo el capitalismo precisa del racionalismo científico para desarrollar las fuerzas productivas que le sostengan la acumulación de capital, pero la explotación en la que se basa esta acumulación genera las condiciones para el desarrollo de las supersticiones religiosas, la alienación y el fetichismo.

En el siglo XXI, cuando el capitalismo está llegando a sus límites máximos de desarrollo, cuando la fórmula del capital, D-M-D’, se está transformando en D-D’ fruto de la caída de la tasa de ganancia y el aumento exponencial de la especulación, el “dios” laico por excelencia, el dinero (el Becerro de Oro), toma el papel de los viejos dioses. En las mentes de muchas personas, sobre todo los más pobres que no pueden acceder a ese “dios” laico, buscan en los viejos “dioses” el consuelo que no pueden tener de otra manera. ¡Si hasta está resurgiendo el culto a Zeus en la Grecia actual!

La sentencia de muerte de la religión

Aunque muchos filósofos anteriores ya hicieran profundas críticas a la religión, a Marx se le atribuye la sentencia de muerte de la religión en su relación con la sociedad, cuando dijo aquello de “… es el opio del pueblo”. Pero si queremos entender la fortaleza del fenómeno religioso, debemos leer la cita completa, puesto que da unas claves decisivas para entender el aumento del peso de la visión religiosa en la actualidad. Y cuando hablo de “visión religiosa” me refiero a todas las religiones, desde el sincretismo hasta el catolicismo, pasando por el islamismo o el animismo… puesto que todas expresan el mismo problema, la alienación del ser humano en fuerzas que “no son de este mundo”.

Limitarnos a la manida frase de Marx es economicismo, no tiene en cuenta todos los aspectos de la religión, no como reflejo de una sociedad, sino como expresión de la voluntad del ser humano en las sociedades de clases.

Veamos la cita completa de Marx:

“La angustia religiosa es al mismo tiempo la expresión del dolor real y la protesta contra él. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo descorazonado, tal como lo es el espíritu de una situación sin espíritu. Es el opio del pueblo”.

Claro que es el opio del pueblo… Reafirmar esto es de perogrullo. Pero cómo explicar que incluso en sociedades tan profundamente laicas y con estudios como los EE UU, Francia,…donde la separación Iglesia-Estado fue consecuencia de actos revolucionarios, la religión siga teniendo peso, siga determinando las decisiones de los seres humanos. Cómo explicar que sectas como la Moon, los mormones, o las más variadas congregaciones protestantes, etc., se extiendan como regueros de pólvora por los sectores más pobres de la sociedad.

La explicación maniquea del marxismo vulgar, más conocido como stalinismo, lo reduce a la teoría de la conspiración: el dinero de los EE UU favorece su desarrollo. Y, como la frase de Marx, es parcialmente cierto, “es el opio del pueblo”. Pero porque el pueblo fuma ese opio; esta es la pregunta que no se explica con la mera teoría de la conspiración, puesto que parte de la premisa de que el pueblo es idiota y fácilmente engañable.

La frase de Marx tiene un previo, “es el suspiro del criatura oprimida”. El mejor ejemplo de este carácter popular de la religión son los espirituales negros de los EE UU, mayoritariamente cantos religiosos. Los esclavos suspiraban por su libertad a través del cántico; la religión era, de alguna manera, su liberación ante la brutal situación en la que vivían. De esta manera, la religión era el “suspiro” y el “opio del pueblo”, puesto que adormecía sus ansias de libertad al hacerles soñar en otro mundo que no es de este mundo.

A lo largo del siglo XX, y fruto de las revoluciones obreras triunfantes, la religión (las religiones) retrocedieron; el “suspiro del oprimido” fue sustituido por la lucha consciente por el socialismo, que se tradujo en la liberación de un tercio de la humanidad de la explotación capitalista. La restauración del capitalismo en estos países ha traído consigo la vuelta de la superchería religiosa, y cómo lo hace en una sociedad burguesa decrépita, sin otra salida social que el aumento de las desigualdades, de la explotación y la opresión, esa superchería toma la forma de monstruos, los fundamentalismos religiosos.

Al final, la sentencia de muerte que Marx había dictado sobre la religión tiene que esperar. La religión, como las sociedades de clases que la sustentan, son duras de matar, y solo morirá con esas sociedades; hasta ese momento, habrá que trabajar con las creencias que los seres humanos mantienen desde el origen de los tiempos.

El laicismo en el camino del fin de las religiones: separación religión-Estado

A pesar de considerar la religión como una “niebla mística”, Lenin no era partidario de incluir el ateísmo en el programa del partido, porque “la unidad en la real lucha revolucionaria de las clases oprimidas por un paraíso en la tierra es más importante que la unidad en la opinión proletaria sobre el paraíso en el cielo” (Socialismo y Religión). No era que Lenin considerara la religión como libertadora, sino que la propuesta era bien práctica, agrupar a los oprimidos con sus “suspiros” alrededor de la política revolucionaria, porque “en el cielo mandará dios, pero en la tierra la Tercera Internacional”, dijo en otro momento.

La tarea de liberarse de las supersticiones religiosas solo podrá cumplirse después de que se remuevan las condiciones materiales, de explotación, opresión y desarrollo social que las dan origen. La religión, como cualquier falsa conciencia o ideología, anida en los cerebros de los seres humanos, se construye socialmente a lo largo de generaciones, de sus tradiciones, de sus creencias, de sus formas de vida, y solo deconstruyendo las bases materiales que son las relaciones de clase de explotación y opresión, se podrá sentar las bases para la verdadera muerte de la religión.

La burguesía estableció el elemento central del programa revolucionario, que debe abrir las puertas a la muerte de la religión, el laicismo y su correlato político: la separación Religión-Estado, la religión es un asunto exclusivamente individual. El carácter revolucionario de la Reforma Luterana fue, precisamente, que estableció ese principio, cosa que no ha sucedido en otras religiones, donde la revolución burguesa no se completó y la religión individual sigue siendo un asunto de estado.

Lo hizo por motivos prácticos, subrogarse como clase dominante y explotadora; el acabar con las relaciones sociales de producción feudales significaba acabar con el poder del Iglesia a todos los niveles, desde el meramente económico hasta el ideológico, puesto que necesitaba la libertad de creación para desarrollar la técnica al servicio de la explotación capitalista, y “de paso” hacerse con las propiedades eclesiásticas al servicio de la acumulación de capital.

En siglo XXI la tarea que comenzara la burguesía hace más de 200 años tiene que completarla el proletariado en su revolución, basada en la conciencia plena de sus actos. Por ello, lo hará no sobre la base de un desgarro ideológico, entronizando un oxímoron, “la diosa razón”; sino que fruto del desarrollo social que significará la abolición de la explotación, el ser humano será capaz de tomar el futuro en sus manos, explicarlo y controlarlo hasta donde pueda. No tendrá que buscar ninguna explicación en fuerzas sobrenaturales, se llamen dioses o profetas.