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La nueva política del imperialismo norteamericano hacia América Latina

Eduardo Almeida Florence Oppen

enero 27, 2026

En noviembre de 2025, el gobierno de Trump publicó el documento “Estrategia de Seguridad Nacional”, en el que anunció los nuevos fundamentos estratégicos de la acción imperialista en este periodo para imponer su hegemonía en el “hemisferio occidental”. Este plan no es ninguna sorpresa, ya que Trump, en su discurso de inauguración, anunció que “los EE. UU. volverán a considerarse como una nación en crecimiento —que aumenta nuestra riqueza, expande nuestro territorio, construye nuestras ciudades, eleva nuestras expectativas y lleva nuestra bandera a nuevos y bellos horizontes.” 

En este artículo queremos enfocarnos en las consecuencias de esta nueva política para América Latina, que se concretó de manera brutal con la invasión y el secuestro de Maduro a principios de enero de 2026. Con esa agresión, el gobierno de los EE. UU. retomó la práctica de las invasiones militares directas en América Latina, que no se producían desde hacía décadas.

El documento publicado por la Casa Blanca detalla, con el descaro típico de Trump, la estrategia del gobierno de extrema derecha que está al frente de la potencia imperialista aún hegemónica pero decadente, y que busca por todos los medios consolidar una base regional para competir y enfrentar a China. Esta política, a su vez, profundiza cada vez más la crisis del orden imperialista mundial y la polarización social, económica y política.

De la Doctrina Monroe al «Corolario Trump»

El documento reivindica explícitamente la Doctrina Monroe y afirma un «Corolario Trump» a dicha doctrina. La Doctrina Monroe, anunciada por el presidente de los Estados Unidos, James Monroe, en 1823, establecía la definición de «América para los americanos». En ese momento, se trataba de una expresión defensiva contra la intervención de los países europeos hegemónicos en América, en un contexto de países recién liberados de la dominación de Inglaterra, España y Portugal.

Posteriormente, esta doctrina fue cambiando de carácter, expresando la transformación del país en un imperialista, con una postura ofensiva y intervenciones militares a finales del siglo XIX y principios del XX. La guerra hispanoamericana de 1898 marcó ese giro. EE. EE. UU. no solo se apoderó de las antiguas colonias españolas (Guam, las Filipinas, Puerto Rico) e impuso un protectorado en Cuba, sino que también anexó Hawái, inició la exploración de lo que sería el canal de Panamá y, en los meses siguientes, adquirió más de 7,000 islas en el Pacífico, a más de 10,000 km de distancia de California, estableciendo una presencia militar en la región de más de 100,000 tropas.

En 1904, el «corolario Roosevelt» (presidente Theodore Roosevelt) de la doctrina Monroe defendía sin rodeos una política imperialista agresiva, apodada «Big Stick» (gran garrote). Esta política se expresó en las sucesivas intervenciones militares para el control del Canal de Panamá entre 1903 y 1925, así como en las más de 6 intervenciones en Honduras entre 1903 y 1925, y en las ocupaciones militares en Nicaragua (1912-33), Haití (1915-34) y la República Dominicana (1916 y 1924). Con este giro, EE.UU. inició su campaña ideológica para postularse como un “poder policial internacional”, con la potestad moral y militar para reprimir las “malas conductas” de los demás gobiernos y defender los valores de la “civilización” cristiana y de la democracia liberal.

Estados Unidos se convirtió en hegemónico después de la Primera Guerra Mundial, en la que entró al final, asociado al imperialismo inglés (hasta entonces hegemónico). Estados Unidos se aprovechó de su proceso expansivo y de no haber sufrido grandes pérdidas en la guerra.

El imperialismo estadounidense consolidará su hegemonía mundial tras la Segunda Guerra Mundial. Para ello, fueron clave los acuerdos de Yalta y Potsdam, un pacto contrarrevolucionario de EE. UU. con la burocracia soviética de Stalin que garantizó la hegemonía estadounidense. 

Durante más de 5 décadas, la hegemonía económica de Estados Unidos se basó en su dominio tecnológico, financiero y militar. Sus oligopolios industriales utilizaban ideologías como el «libre comercio» para exponer las frágiles industrias de otros países a su dominio. El «estilo de vida americano», difundido por Hollywood y la democracia burguesa norteamericana, era la base de la dominación política e ideológica. Las instituciones económicas y financieras internacionales, como el FMI y la OMC, operaban a nivel internacional como expresión de la hegemonía económica estadounidense.

El acuerdo de Yalta y Potsdam, junto con el papel de la burocracia estalinista, aseguró innumerables derrotas en las grandes luchas de la posguerra. Aun así, algunas revoluciones fueron victoriosas y generaron nuevos estados obreros, pronto burocratizados, como Yugoslavia, China, Cuba y Vietnam.

La combinación entre el freno de las direcciones y el desvío de las revoluciones hacia la democracia burguesa nunca fue una política exclusiva del imperialismo. Cuando esto no era suficiente, el imperialismo recurría a golpes de Estado e invasiones militares. En las décadas de 1960 y 1970, el gobierno de los Estados Unidos promovió innumerables golpes de Estado en América Latina, como los ocurridos en Brasil, Argentina, Uruguay, Chile y otros países.

En las décadas de los 80 y 90, la globalización, los planes neoliberales y la restauración del capitalismo en los antiguos estados obreros hicieron posible un nuevo ascenso del capitalismo. Entonces se impusieron los planes neoliberales, la apertura de las fronteras económicas de los países y la formación de cadenas internacionales de valor.

China y Rusia, tras restaurar el capitalismo, se integraron de forma subordinada a la curva ascendente del imperialismo. Pero luego, en este siglo, se convirtieron en nuevas potencias imperialistas emergentes.

EE. UU. busca frenar la penetración de China en la región

Desde principios del siglo XXI, el imperialismo norteamericano ha mostrado signos crecientes de decadencia. Si bien sigue siendo la potencia imperialista hegemónica en los ámbitos económico, financiero, tecnológico y militar, su hegemonía ha ido disminuyendo, perdiendo importantes espacios económicos, en particular frente a China. Desde 2010, China ha superado a Estados Unidos en producción industrial y hoy representa el 31,8 % del PIB industrial mundial. En la lista de las 500 mayores empresas del mundo de la revista Fortune Global de 2025, las empresas chinas (147) ampliaron su ventaja sobre las estadounidenses (134) por quinto año consecutivo. 

El documento Estrategia de Seguridad Nacional respondió a esta realidad. El imperialismo estadounidense sigue siendo hegemónico, pero está en decadencia y su hegemonía se va disminuyendo. Lejos de abandonar la lucha por la hegemonía mundial, el «corolario Trump» de la Doctrina Monroe es una expresión agresiva, el «Big Stick» del imperialismo hegemónico decadente para recomponer su dominio global frente al imperialismo chino en ascenso.

Si bien América Latina no es el lugar donde China acumula la mayoría de sus inversiones y disputa por la hegemonía, como lo son Asia del Suroeste y África, la inversión de China en la región que los EE. UU. consideraban su patio trasero; ha dado un salto cualitativo en las dos últimas décadas.

En primer lugar, los lazos comerciales de la región con el gigante asiático han aumentado: “En el año 2000, el mercado chino representaba menos del 2 % de las exportaciones de América Latina, pero el rápido crecimiento de China y la demanda resultante impulsaron el posterior auge de las materias primas en la región. Durante los ocho años siguientes, el comercio creció a una tasa anual del 31 %. En 2021, el comercio superó los 450 000 millones de dólares, una cifra que, según los medios de comunicación estatales chinos, creció hasta alcanzar un récord de 518 000 millones de dólares en 2024, y algunos economistas predicen que podría superar los 700 000 millones de dólares en 2035.” 

Obviamente, se trata de un comercio altamente desigual que beneficia al imperialismo asiático: mientras América Latina exporta soja y otros productos vegetales, productos cárnicos, cobre, petróleo, litio y otros minerales clave para el desarrollo chino, la región importa productos manufacturados de alto valor añadido, proporcionando así un mercado para la industria china y arruinando la industria nacional en la región. En este marco, Beijing ya logró imponer acuerdos de libre intercambio con 5 países: Chile, Costa Rica, Ecuador, Nicaragua y Perú. En el caso de algunos países, como Chile, la dependencia comercial con China es muy significativa, ya que en 2023 el 38% de sus exportaciones totales fueron a ese país. 

Más allá del comercio desigual, China ha aumentado su inversión directa ($8 500 millones en 2024) en los más de 20 países latinoamericanos que ha incorporado a la Ruta de la Seda (BRI). Dicha inversión se centra en sectores estratégicos, como los recursos energéticos, o en infraestructuras de “uso doble” (comercial y militar) que preocupan cada vez más a Washington. Es ya sabida la inversión estratégica de China en el Triángulo del Litio (Chile, Bolivia, Argentina), ya que la región alberga entre el 60% y el 70% de las reservas mundiales de litio, esenciales para las baterías eléctricas. Entre 2018 y 2024, las multinacionales mineras chinas han invertido más de $16.000 en su explotación. En Argentina, China es propietaria o socia de seis de los dieciséis proyectos de litio activos, incluidos cuatro de los más avanzados. En 2023, un consorcio chino (CATL, BRUNP, CMOC) cerró un acuerdo por valor de 1000 millones de dólares para construir plantas de carbonato de litio en los salares de Uyuni y Coipasa en Bolivia, el primer proyecto comercial de litio liderado por extranjeros en el país. Se estima que las empresas chinas controlan casi el 40 % de la producción mundial de litio a través de sus operaciones en Sudamérica.

China tiene hoy inversiones y el control total o parcial de más de 40 puertos en la región, algunos en sectores estratégicos clave, como el puerto de Abaco, en las Bahamas (cerca de Florida), o el del Beagle Channel, en Argentina, en el Antártico. A esto se suman la docena de instalaciones satelitales chinas y el hecho de que China proporciona equipamiento militar a varios países. Es el caso de Venezuela, por ejemplo, que tenía un embargo a la compra de armas por parte de los EE. UU.  desde 2006, pero también el de Argentina, Bolivia, Ecuador o Cuba.

Además, desde 2005 los monopolios bancarios chinos han prestado más de $120.000 millones a los países latinoamericanos. De especial relevancia son los préstamos solicitados por Venezuela, el principal acreedor de China en la región, que ha recibido casi $60,000 millones en préstamos, más del doble que Brasil, el segundo acreedor. También hay que resaltar el último crédito SWAP de $5,000 millones que Milei, en Argentina, contrató con China en abril de 2025, a pesar de su infeudación a Trump. 

Trump busca imponer gobiernos títeres en la región

El documento explica la estrategia de imponer gobiernos títeres en el hemisferio occidental para lograr sus objetivos económicos y militares:

«Queremos garantizar que el hemisferio occidental siga siendo razonablemente estable y esté lo suficientemente bien gobernado como para prevenir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra los narcoterroristas, los cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un hemisferio que siga libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye las cadenas de suministro críticas; y queremos garantizar nuestro acceso continuo a lugares estratégicos clave. En otras palabras, afirmaremos y aplicaremos un «corolario Trump» a la Doctrina Monroe.”

Y el caso de Venezuela es, en este momento, el foco central de esta política. Contrariamente a lo que difunde la propaganda estalinista, Maduro ha sido un gobierno entregado al imperialismo norteamericano. Chevron seguía presente, con toda su fuerza, en la explotación del petróleo venezolano. De hecho, en octubre del 2025, Maduro, según un reportaje del New York Times, ofreció “abrir todos los proyectos petroleros y auríferos existentes y futuros a las empresas estadounidenses, otorgar contratos preferenciales a las empresas estadounidenses, revertir el flujo de las exportaciones petroleras venezolanas de China a Estados Unidos y recortar los contratos energéticos y mineros de su país con empresas chinas, iraníes y rusas” a cambio de permanecer en el poder. Pero Trump no aceptó porque su objetivo no es solo el petróleo, sino también implementar una estrategia de seguridad nacional más global. El gobierno de Maduro, a pesar de ser proimperialista, no era un gobierno títere, sino que reflejaba los intereses contradictorios y oportunistas de la boliburguesía corrupta construida a partir del Estado. Trump, al contrario, quiere un gobierno completamente sometido a sus intereses en la región y, por eso, invadió y secuestró a Maduro.

Esta invasión puede abrir la puerta a que se repita en otros países, como Colombia, Cuba u otros. Y supone una grave amenaza para los nuevos procesos revolucionarios de la región.

El significado de «reclutar y comprometer» a gobiernos aliados es muy preciso: no basta con los gobiernos burgueses proimperialistas; se necesitan gobiernos títeres de extrema derecha. Como lo afirma el documento:

«La política estadounidense debe centrarse en reclutar a líderes regionales capaces de contribuir a crear una estabilidad tolerable en la región, incluso más allá de las fronteras de esos socios. Estas naciones nos ayudarían a detener la migración ilegal y desestabilizadora, neutralizar los cárteles, fomentar la fabricación cercana a la costa y desarrollar las economías privadas locales, entre otras cosas. Recompensaremos y alentaremos a los gobiernos, partidos políticos y movimientos de la región que estén ampliamente alineados con nuestros principios y nuestra estrategia. Pero no debemos pasar por alto a los gobiernos con perspectivas diferentes, con quienes, no obstante, compartimos intereses y que quieren trabajar con nosotros.”

Para ello, Trump utiliza abierta y cínicamente la presión económica, condicionando los préstamos a las victorias electorales de sus aliados, como Milei en Argentina y Nasry Asfura (del Partido Nacional, en Honduras).

Es innegable que Trump ha obtenido resultados con esta política. Aprovechando los desastres cometidos por los gobiernos de colaboración de clases, como los de Xiaomara (Honduras), Boric, Petros y otros, la ultraderecha está avanzando mucho en América Latina. Ya cuenta con los gobiernos de Milei (Argentina), Kast (Chile), Bukele (El Salvador) y Asfura (Honduras), y con la victoria en las elecciones de 2026 en Colombia.

El caso de Lula en Brasil es diferente. Se trata de un gobierno proimperialista, con el que Trump negocia bajo la presión de su propia base burguesa estadounidense, rebelada por las consecuencias negativas de la guerra arancelaria. Aun así, Trump ayudará a construir una alternativa de derecha pos-Bolsonaro para intentar derrotar a Lula en 2026.

Algo similar ocurre con Sheinbaum (México), que se ha adaptado por completo a la presión de Trump, ya que la economía mexicana está totalmente subordinada a su relación con EE. UU.: alrededor del 80 % de las exportaciones de México, el 55 % de sus importaciones y el 41 % de su inversión extranjera directa dependen de Estados Unidos.

En este contexto, es imprescindible luchar en todos los países latinoamericanos contra esta nueva agresión de Trump, que busca anexarse el continente. Para ello, es importante que todos los partidos que realmente luchan por el socialismo levanten un programa por la Segunda Independencia de América Latina que plantee enfrentar a todos los imperialismos, tanto al estadounidense como a los europeos y al imperialismo chino que se presenta como “amigo”. Debemos buscar la más amplia unidad de acción que logre movilizar a la clase trabajadora y sus aliados, como los pueblos indígenas, contra las intervenciones militares, como la de Venezuela, contra los proyectos extractivistas o de sobreexplotación, y contra los demás ataques a la soberanía nacional, como el endeudamiento y los acuerdos comerciales desiguales, sea quien sea el imperialismo que los propone e impone. Una vez más, debemos mostrar que sólo una salida independiente de la clase trabajadora puede lograr una verdadera independencia que garantice los derechos sociales y políticos de la clase trabajadora y pare la destrucción del medio ambiente.

El «corolario Trump» en la política: bonapartismo, ultraderecha y xenofobia

Trump, para imponer su plan en Estados Unidos y en el mundo, necesita el bonapartismo: la política descarnada del imperialismo decadente. Una de las principales diferencias entre la Doctrina Monroe de inicios del siglo 20 y la política de Trump hoy es que ya no se disfraza con el falso discurso “civilizador” que utilizaron los colonialismos del siglo pasado, que buscaban defender una moral y una legalidad universales y promovían un relato de prosperidad, modernidad y progreso. Hoy Trump busca someter a otros países con el discurso de “EE. UU. primero”, y asumiendo desencarnadamente que sobrepone sus propias necesidades económicas a las de otras naciones, simplemente porque tiene la relación de fuerzas para hacerlo.

Trump es un gobierno bonapartista en Estados Unidos, en choque con el régimen democrático burgués, que quiere convertirlo en un régimen autoritario bonapartista. Está en conflicto permanente con la justicia. Envía tropas a los estados gobernados por los demócratas. Ha reforzado enormemente la Guardia de Frontera (ICE) para la represión de los inmigrantes.

En el mundo, Trump sigue un camino similar: deja de lado las instituciones internacionales y los acuerdos que antes expresaban la dominación imperialista (ONU, OMC, FMI) y recurre a la fuerza para imponer su dominio. Los valores de la democracia burguesa, el «estilo de vida americano», han quedado atrás. La dominación se ejerce mediante la fuerza militar, la presión económica directa y el bonapartismo.

La crisis del orden imperialista mundial se va estrechando cada vez más en torno a dos bloques: uno directamente subordinado al imperialismo norteamericano y otro que se está formando en torno a China.

Al mismo tiempo, en los países se afirma una tendencia creciente al bonapartismo, lo que profundiza la crisis de la democracia burguesa. No sólo eso, el documento expresa explícitamente el apoyo directo al crecimiento de la extrema derecha a nivel mundial:

“Nuestros objetivos para el hemisferio occidental pueden resumirse en «reclutar y expandir”. Reclutaremos a amigos consolidados en el hemisferio para controlar la migración, detener el flujo de drogas y reforzar la estabilidad y la seguridad en tierra y en mar. Nos expandiremos cultivando y fortaleciendo nuevas alianzas, al tiempo que reforzamos el atractivo de nuestra propia nación como socio económico y de seguridad preferido del hemisferio».

Para ello, Trump utiliza todos los recursos del Estado estadounidense, incluyendo la presión económica, política y militar. Pero no debe pasarse por alto la base ideológica y política, común a toda la ultraderecha. Esto incluye la lucha contra la inmigración, tan importante para la ultraderecha en los países imperialistas:

«La era de la migración masiva ha terminado: quiénes son admitidos en las fronteras de un país, en qué número y de dónde proceden, definirá inevitablemente el futuro de esa nación.”

“Cualquier país que se considere soberano tiene el derecho y el deber de definir su futuro. A lo largo de la historia, las naciones soberanas prohibieron la migración descontrolada y rara vez concedieron la ciudadanía a extranjeros, quienes además tenían que cumplir con criterios muy exigentes. La experiencia de Occidente en las últimas décadas confirma esta sabiduría perdurable. En países de todo el mundo, la migración masiva ha agotado los recursos nacionales, aumentado la violencia y otros delitos, debilitado la cohesión social, distorsionado los mercados laborales y socavado la seguridad nacional. La era de la migración masiva debe terminar.”

Del mismo modo, difunde ideologías, como la «guerra contra el narcotráfico», que se vinculan a la explotación electoral de la extrema derecha del tema de la violencia urbana, tan bien capitalizada por gobiernos como los de Bukele (El Salvador) y Noboa (Ecuador), y por toda la extrema derecha latinoamericana. En Brasil, la extrema derecha se hace eco de Trump y promueve la calificación de los delincuentes comunes como «terroristas».

El documento defiende otro punto ideológico fundamental para la extrema derecha, tanto en los países imperialistas como en los semicoloniales (como los latinoamericanos, por ejemplo), que es la defensa de la opresión contra las mujeres, los negros y las personas LGBTQ.

Este conjunto ideológico puede tener una importancia política fundamental para unificar a la extrema derecha internacional alrededor de Trump y debilitar la conciencia antiimperialista, producto de las acciones del gobierno de Trump contra los países latinoamericanos, por ejemplo. Esta es una hipótesis que puede o no confirmarse en el próximo período.

Es importante señalar que los llamados “gobiernos burgueses de colaboración de clases”, también denominados “progresistas”, tienen una responsabilidad directa en la ascensión de la ultraderecha. La aplicación de planes neoliberales contra las masas por parte de esos gobiernos provoca un desgaste que aprovecha la ultraderecha. 

El caso del régimen chavista es una expresión particular de ese proceso, porque no era de colaboración de clases, sino una dictadura burguesa odiada por las masas y originada por la “izquierda”. Las encuestas posteriores a la invasión muestran que la mayoría de la población latinoamericana, inclusive en Venezuela, apoya el derrocamiento de Maduro por el imperialismo norteamericano, lo que evidencia el retroceso de la conciencia antimperialista.  

Es esencial que las organizaciones de la clase trabajadora hagan suyas las reivindicaciones por los derechos de los migrantes y de los pueblos indígenas e originarios a su soberanía nacional, combatan activamente el racismo y la xenofobia, y luchen por defender y ampliar los derechos de las mujeres y de la comunidad LGBT. Es tarea de los socialistas revolucionarios buscar la combinación de las luchas por los derechos democráticos con la lucha por el socialismo, y la necesidad de que sea nuestra clase la que llegue al poder. 

Las consecuencias de la agresión a Venezuela para Cuba

La crisis de la economía cubana se agrava cada día que pasa, y después de la destitución forzada de Maduro por los EE. UU., la isla podría sumirse en un caos social. Según las estadísticas del gobierno, en los últimos 5 años, más de un millón de cubanos (10% de la población), la mayoría jóvenes, emigraron al extranjero en busca de mejores condiciones de vida. Desde 2020, el PIB del país cayó 11 %, la red energética se está desintegrando y los salarios son muy bajos. Fuera de La Habana, donde viven los sectores de la burguesía extranjera y de la burguesía nacional incrustada en el aparato de Estado cubano, los cortes de electricidad, de hasta 18 horas diarias, son comunes.  Es obvio que las nuevas sanciones impuestas por Trump en 2019 han contribuido grandemente a ahogar a la isla, con fuertes restricciones a los viajes y al envío de remesas de los inmigrantes cubanos en EE. UU.  

En este contexto, el nuevo control que Trump ejerce sobre lo que queda del régimen chavista, a cargo de Delcy Rodríguez, puede provocar el colapso económico total de Cuba. Cuba necesita 100.000 barriles de petróleo diarios para garantizar el funcionamiento mínimo de su economía, y solo logra producir un cuarto de ese volumen. Si bien Venezuela, hace una década, le enviaba el restante, hoy sólo envía 35.000 barriles al día, en parte por las presiones de EE. UU., y en parte, por la frustración del régimen chavista, que no lograba recibir los pagos a tiempo. Lo mismo pasa con México, que enviaba 22.000 b/d, pero bajó sus envíos a 7.000 b/d a finales de 2025. La política criminal de Trump es clara, ya que escribió el 11 de enero en su red social: “¡NO HABRÁ MÁS PETRÓLEO NI DINERO PARA CUBA, ¡NADA!!

Frente a las amenazas de Trump, es fundamental oponerse rotundamente a cualquier intervención de EE. UU. UU. en Cuba y exigir el fin inmediato de las sanciones y del bloqueo económico contra la isla. Construir la mayor unidad de acción posible de nuestra clase contra el ataque a Venezuela y un posible ataque a Cuba no implica dar ningún tipo de apoyo político a los gobiernos de Rodríguez o de Díaz-Canel. Al contrario, en Cuba, como en Venezuela, nuestra solidaridad política y material es con el pueblo que se moviliza por sus derechos, y nuestro objetivo es lograr que se organice de manera independiente del gobierno y de cualquier injerencia de los imperialismos extranjeros, para postularse como una alternativa de clase, independiente y democrática, que pueda avanzar hacia un verdadero socialismo.

Las contradicciones de la “Donroe Doctrine”

Si bien el gobierno de Trump está decidido a ejercer con firmeza la dominación despótica sobre el continente, ello no significa que el triunfo de su política esté garantizado. Por un lado, esta nueva política se encontrará con la resistencia de las masas; por otro, deberá lidiar con limitaciones inherentes, es decir, lo que podemos llamar los “corolarios ocultos” de esta doctrina imperialista.

Primero, hay que considerar que la explotación del petróleo en Venezuela no es una tarea fácil ni automática. La producción de petróleo de Venezuela está en caída: a finales de los 90 se producían 3,5 millones de barriles diarios y hoy apenas 800.000. Los analistas afirman que se necesitan al menos 5 años de inversiones masivas para recuperar una producción equivalente. La consultora Rystad Energy, por ejemplo, afirma que se necesitarían al menos $53,000 millones durante los próximos 15 años para aumentar la producción a 1,1 bpd. Para ser rentable, la operación que hoy Trump vende como fácil y rápida requiere asegurar tanto la inversión económica como el control político del país durante, al menos, las dos próximas décadas. Muchos de los yacimientos petroleros ya habían sido concedidos a China mediante contratos legales, y estas multinacionales imperialistas van a exigir que sus derechos sean reconocidos o que sean indemnizadas.  

También no basta con invertir en el petróleo y los recursos mineros para lograr expulsar a China de la región. De hecho, como hemos mostrado, China ha logrado insertarse en las cadenas de producción del continente y en los sectores energéticos y de infraestructura digital. Para lograr “reconquistar” el continente, EE. UU. va a necesitar invertir mucho más que sólo en los sectores que le convengan y proponerse como alternativa económica en otros sectores.

Segundo, esta repetición de Monroe no ocurre en un vacío histórico. Al contrario, los EE.. UU. ya tienen la experiencia de la dificultad de mantener una dominación económica y militar sobre otros territorios: una vez uno se entrometer, acaba también entrometido, lo que conlleva destinar recursos a la dominación neocolonial. El primer caso que mostró el coste de tal política fue el de las Filipinas, porque, si bien la administración de McKinley pensó que instalar un gobierno títere en el país garantizaría su control, pronto se dio cuenta de que los EE. UU. no podían simplemente retirar sus tropas y mantener un gobierno afín. De hecho, los EE. UU. tuvieron que mantenerse ahí durante décadas y las Filipinas solo lograron su independencia en 1946. La misma situación se repitió recientemente con las guerras de Irak y Afganistán, que resultaron en desastres similares. 

Tercero, existe un “corolario” nacional: la mayoría de los estadounidenses no apoyan otra guerra prolongada. Encuestas realizadas en enero de 2026 muestran que sólo el 33% de los estadounidenses concuerda con la acción militar diseñada para secuestrar a Maduro, mientras que el 72% teme que dicha intervención lleve a una intervención prolongada en Venezuela. De hecho, el Congreso estadounidense, controlado por el Partido Republicano, ha adoptado medidas para limitar cualquier intervención militar adicional.

Otro riesgo de la profundización de esta política agresiva de EE. UU. hacia el continente americano (y Europa) es que aumente la popularidad de China entre las masas, como factor de equilibrio y desarrollo. Si bien sabemos que China es otra potencia imperialista y saqueadora, el hecho de encontrarse en una dinámica emergente y de poseer más capital para invertir le permite aparecer como la potencia que ofrece “desarrollo económico” a sus aliados semicoloniales, mientras que los EE. UU. sólo ofrecen coerción y opresión.

La contradicción más importante es que va a ampliar la polarización social y política en Latinoamérica, así como en Estados Unidos. El movimiento de masas no está derrotado y, más temprano o más tarde, habrá grandes movilizaciones y, incluso, explosiones revolucionarias. Eso apunta a un periodo más convulsivo de la lucha de clases.   

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