Como abordado en el texto de Engels y la comprensión materialista de la historia sobre la opresión de las mujeres, en este momento en que celebramos los 200 años de su nacimiento no podíamos dejar de destacar la importancia de sus elaboraciones y su papel en la constitución del legado marxista para nuestra lucha contra la opresión y la explotación. En este artículo, destacamos sus análisis sobre la situación de las mujeres en el clásico La situación de la clase trabajadora en Inglaterra.

Por Roberta Maiani – Secretaría Nacional de Formación del PSTU, Brasil

Esta obra fue escrita en un año muy importante para el surgimiento del marxismo: 1844; año en que Marx y Engels se hicieron amigos, y juntos, en París, planificaron La Sagrada Familia y establecieron relaciones con las organizaciones de trabajadores de París y de Bruselas; ese mismo año, Marx escribió los Manuscritos económico-filosóficos.

Engels estaba en Manchester desde finales de 1842, trabajando en la fábrica que era de propiedad de su padre, y así, pudo tener contacto directo con el funcionamiento y las contradicciones del capitalismo.

Engels pretendía escribir sobre la historia social de Inglaterra, terreno clásico de la revolución industrial y también para el desarrollo del proletariado. El estudio sobre la clase trabajadora inglesa sería un aporte de este gran material. No obstante, acaba desarrollando un libro todo dedicado a la situación de los obreros y sus luchas. Decía que la situación de la clase obrera era “la base real y punto de partida de todos los movimientos sociales de nuestro tiempo, porque ella es, simultáneamente, la expresión máxima y la más visible manifestación de nuestra miseria social. El comunismo de los obreros franceses y alemanes es su producto directo”. A los teóricos alemanes, “que aún conocemos muy poco el mundo real (…) el conocimiento de los hechos es una necesidad imperiosa”. Por lo tanto, era fundamental “conocer esta condición para demostrar la justeza de las ideas socialistas”[1].

Para tal propósito recurrió a innumerables documentos, entre informes de comisiones que investigaban las condiciones de las fábricas, sesiones del parlamento, diarios e informes médicos, pero la principal fuente de investigación y motivación vino de la convivencia con los obreros y sus familias. Por intermedio de Mary Burns, una combativa obrera irlandesa que se tornó su compañera de vida, Engels circuló por los principales barrios obreros, casas y tabernas.

Veamos la dedicatoria escrita “A las clases trabajadoras de Gran Bretaña”:

Trabajadores!

Es a ustedes que dedico una obra en la cual me esforcé por presentar a mis compatriotas alemanes un cuadro fiel de vuestras condiciones de vida, de vuestros sufrimientos y luchas, de vuestras esperanzas y perspectivas. Viví entre ustedes tiempo suficiente para alcanzar el conocimiento de vuestras condiciones de existencia, a las cuales consagré la más seria atención, examinando los innumerables documentos oficiales y no oficiales que tuve oportunidad de consultar. Con todo, no me contenté con eso: no me interesaba un conocimiento apenas abstracto de mi tema –yo quería conocerlos en vuestras casas, observarlos en vuestra vida cotidiana, debatir con ustedes vuestras condiciones de vida y vuestros tormentos; yo quería ser un testigo de vuestras luchas contra el poder social y político de vuestros opresores. He aquí cómo procedí: renuncié al mundanismo y a las libaciones, al vino de Porto y a la Champaña de la clase media[2], y consagré casi exclusivamente mis horas libres a la convivencia con simple obreros– y estoy, al mismo tiempo, feliz y orgulloso por haber actuado así”.

En este clásico de la literatura marxista, Engels denuncia lo que los obreros llamaban asesinato social promovido por la burguesía. La miserable clase trabajadora tenía una expectativa de vida bajísima, pues su salud era degradada por las enormes jornadas, por dolencias y deformaciones provocadas por el trabajo, por la pésima alimentación, cuando no la falta de cualquier alimento, y por la condición insalubre de las viviendas y las calles.

Una de las partes más destacadas del libro, y que nos hace pensar en las megalópolis actuales, es cuando Engels describe Londres y las grandes ciudades, fruto de la revolución industrial.

¿Esos millares de individuos, de todos los lugares y de todas las clases, que se apresuran y se empujan, no serán todos ellos seres humanos con las mismas cualidades y capacidades y con el mismo deseo de ser felices? (…) entre tanto, esas personas se cruzan como si nada tuviesen en común, (…) entre ellas solo existe el tácito acuerdo por el cual cada uno solo utiliza una parte del paseo para que las dos corrientes de la multitud que caminan en direcciones opuestas no impidan su movimiento mutuo –y nadie piensa en conceder al otro siquiera una mirada. (…) incluso que sepamos que ese aislamiento del individuo, ese mezquino egoísmo, constituye en todas partes el principio fundamental de nuestra sociedad moderna, en lugar ninguno él se manifiesta de modo tan impudente y claro como en la confusión de la gran ciudad. La desagregación de la humanidad en mónadas, cada cual con un principio de vida particular, y con un objetivo igualmente particular, esa atomización del mundo, es aquí llevada a sus máximas consecuencias.

Es por eso que la guerra social, la guerra de todos contra todos es aquí explícitamente declarada. (…) el resultado es que el más fuerte pisa al más débil y los pocos fuertes, esto es, los capitalistas, se apropian de todo, mientras a los más débiles, a los pobres, mal les resta apenas la vida.

(…) En todas partes, indiferencia bárbara y grosero egoísmo de un lado y, de otro, miseria indescriptible; en todas partes, la guerra social: (…) y todo eso tan sin pudor y abiertamente que quedamos asombrados frente a las consecuencias de nuestras condiciones sociales, aquí presentadas sin velos, y permanecemos espantados con el hecho de que este mundo enloquecido aún continúe funcionando.

En la escala en que, en esa guerra social, las armas de combate son el capital, la propiedad directa o indirecta de los medios de subsistencia y de los medios de producción, es obvio que todos los pesos de una tal situación recaen sobre el pobre. Nadie se preocupa con él: lanzado en esa vorágine caótica, él debe sobrevivir como pueda. Si tiene suerte de encontrar trabajo, esto es, si la burguesía le hace el favor de enriquecerse a su costa, lo espera un salario apenas suficiente para mantenerlo vivo; si no encuentra trabajo y no teme a la policía, puede robar; puede incluso morir de hambre, caso en que la policía tomará cuidado para que la muerte sea silenciosa para no chocar con la burguesía”.

En esta guerra social contra los trabajadores, las mujeres proletarias pasaban por una situación terrible, de profunda opresión y explotación, y a ellas Engels dedicó parte importante de su libro.

La situación de la clase trabajadora en Inglaterra es un marco en la tradición marxista en lo que respecta al análisis de las transformaciones que el capitalismo impuso en la condición social y en la vida de las mujeres, y es una denuncia abierta de la explotación y la opresión a que estaban sometidas. La situación de las mujeres proletarias está relatada en varios aspectos: la superexplotación, los abusos de la patronal, los impactos del trabajo en la salud (que son objeto de este artículo) y especialmente en relación con las transformaciones que estaban ocurriendo en la familia de los obreros y en la relación entre los sexos (tema de un próximo artículo).

Sobre la incorporación de la mujer en la industria

Antes de entrar en los informes del libro propiamente dicho, cabe a nosotros volver un poco hacia la comprensión de la relación entre la opresión y la explotación de las mujeres en el proceso de ascenso del capitalismo.

Masas de mujeres fueron incorporadas a la producción social en el desarrollo de la gran industria. Según Marx, “El trabajo de las mujeres y los niños fue la primera consigna de la aplicación capitalista de la maquinaria”[3].

Engels describe que en algunas ramas de la producción, el trabajo de hombres adultos fue transformado en simple vigilancia. En otros, como en el hilado y el tejido, el trabajo humano consistía principalmente en la reparación de los hilos que se rompían, lo que no exigía fuerza física sino dedos ágiles. El mayor desarrollo de los músculos y de los huesos de las manos tornaba a los hombres menos aptos para ese trabajo que a las mujeres y los niños.

Es un hecho que la aplicación de nuevas tecnologías a la maquinaria, “al tornar la fuerza muscular dispensable, es un medio de usar a trabajadores sin fuerza muscular o desarrollo corporal inmaduro”; pero, sobre todo, había una motivación económica muy fuerte para la incorporación de las mujeres: la necesidad de expansión de la producción. Esta pasaba a exigir más y más trabajadores, y, para los burgueses, cuanto más bajo pagasen los salarios, mejor. La incorporación de las mujeres y los niños era muy ventajosa: realizaban el mismo trabajo que hombres adultos, pero eran “trabajo barato por excelencia” (cheap labour”)[4].

Aquí son importantes algunas consideraciones: la incorporación en masa de las mujeres a la industria con la maquinaria no significa decir que eran seres frágiles; las mujeres que fueron incorporadas como obreras realizaban trabajos extenuantes y que exigían fuerza física, sea en el campo o dentro de los hogares. Esa ideología de la fragilidad femenina también cae por tierra al analizar la situación de las mujeres negras, especialmente las que fueron esclavizadas. Ellas trabajaban arduamente, lado a lado con los hombres en la labranza y en todo tipo de servicios.

Lo más importante es buscar las bases materiales de esa integración de las mujeres como cheap labour: ¿cuáles eran las condiciones de esas mujeres? ¿Cómo se formó este ejército de mano de obra barata?

La burguesía encontraba una masa de mujeres en situación de vulnerabilidad, que, luchando por la sobrevivencia, aceptaban todo tipo de trabajo.

Kollontai, en La mujer en el desarrollo social, nos muestra que la formación del sistema capitalista fue un proceso doloroso. Los tiempos eran muy duros para los que no tenían la suerte de pertenecer a la clase de propietarios. El ejército de mendigos, sin techo y sin trabajo crecía como una bola de nieve.

Las mujeres fueron impulsadas durante un período relativamente corto al mercado de trabajo. Allí llegaban mujeres de artesanos arruinados, esposas de campesinos que habían huido de los señores feudales, viudas de soldados muertos en las guerras, huérfanas. Un ejército de mujeres hambrientas y sin hogar inundaba las ciudades. Muchas caían en la prostitución, y otras ofrecían su fuerza de trabajo con mucha insistencia a los artesanos. El aluvión de mano de obra barata hacia finales del siglo XIV e inicios del siglo XV fue tan masivo que las organizaciones gremiales, por miedo a la competencia femenina, pasaban a restringir e impedir el acceso de las mujeres a los oficios artesanales. Las mujeres, que tenían entonces que buscar trabajo en otros oficios, sabían de su difícil situación y subvaloraban su mano de obra.

Cuando el capital comercial creciente busca formas de aumentar los lucros, las primeras víctimas de la clase de los empresarios fueron las mujeres que no podían encontrar protección o sustento.

Se desarrolla el trabajo a domicilio, que emplea una mayoría de mujeres. En esta situación, sus jornadas eran inmensas y los salarios muy bajos. Cuanto más aumentaba la producción y el número de trabajadores disponibles, más vergonzosos se tornaban los métodos de los explotadores. “La situación de las mujeres era especialmente digna de compasión; los empresarios sabían perfectamente que con esas pobres podían hacer lo que quisiesen. Podían, por ejemplo, amenazar a la aldeana que huía entregarla a su señor, o a la ciudadana, denunciarla por prostitución y vagabundeo”[5].

Además, la dura tarea de la trabajadora a domicilio era un trabajo desvalorizado, considerado un complemento de sus tareas domésticas. Además, era considerado un trabajo complementario al del marido, el “jefe de la familia”.

En síntesis, las mujeres que llegaron después a la manufactura y a la gran industria, cargaban una condición histórica anterior de superexplotación y vulnerabilidad, de desigualdad de derechos en la ley y en la familia, reforzadas por las ideologías dominantes de que la mujer era un ser inferior y de que su trabajo “valía menos”, aunque realizasen el mismo trabajo que los hombres adultos, o que fuesen ellas las que sustentasen la familia.

Las condiciones de trabajo de las mujeres y el impacto en la salud

Además de los salarios más bajos, las mujeres enfrentaban una rutina de trabajo muy ardua, con jornadas extremadamente largas y sin derecho a descanso. Un ejemplo categórico que Engels nos trae es el de las costureras y modistas.

Los establecimientos ocupan gran número de jóvenes –parece que cerca de 15.000 en total– que viven, comen y duermen en el propio lugar en el que trabajan, la mayoría originarias del campo y completamente esclavizadas por los patrones que las emplean.

Durante la estación alta (fashionable), que dura cuatro meses por año, la jornada de trabajo, incluso en los mejores establecimientos, alcanza 15 horas e incluso, si hay encomiendas urgentes, 18 horas; en la mayoría de los establecimientos, en ese período se trabaja sin horario determinado, de tal modo que las jóvenes nunca tienen más que seis (incluso hasta tres o cuatro y, en el límite, dos horas) en 24 horas para reposar y dormir –y a veces, ¡trabajan 24 horas sin parar! El único límite para el trabajo es la efectiva incapacidad física de asegurar una aguja entre los dedos aunque sea por un minuto más.

El excesivo trabajo fabril en condiciones insalubres traía diversos daños a la salud de las mujeres. En la fabricación húmeda del lino, por ejemplo, podía llevar a la deformación en la pelvis, resfriados crónicos, afecciones pulmonares y deformaciones en la espalda [hombros] y en las rodillas. La constante necesidad de inclinarse y la baja altura de las máquinas acarreaba en general un crecimiento anormal de la estructura ósea. Engels relata que las jóvenes que trabajaban en los tejidos de algodón eran “pequeñas, achaparradas, deformes; en una palabra, defectuosas de cuerpo”.

En la fabricación de las puntillas (encajes), las niñas trabajaban en ambientes pequeños y mal aireados, siempre sentadas y curvadas. Para sostener el cuerpo así por horas las niñas usaban corsés de madera, que les deformaban el esternón y las costillas, provocando atrofia de tórax. La mayoría de ellas, después de sufrir también disturbios digestivos, moría tuberculosa.

En su indignación, Engels también evidencia la indiferencia burguesa en cuanto a la salud de los trabajadores y el abismo existente entre las mujeres obreras y las damas de la burguesía.

“Es ese el precio que la sociedad paga para ofrecer a las bellas damas de la burguesía el placer de usar encajes, ¿y no es razonable? Solamente algunos millares de obreros ciegos, solamente algunas hijas de obreros tuberculosas, solamente una generación enferma y raquítica que transmitirá sus enfermedades a sus descendientes, ¿pero eso qué importa? Nada, absolutamente nada: nuestra burguesía, indiferente, apartará sus ojos del informe de la comisión gubernamental y sus mujeres e hijas continuarán normalmente ataviándose con puntillas. De hecho, es admirable la serenidad de la burguesía!”

Las obreras fabriles tenían gestaciones muy difíciles, pues además del debilitamiento físico general a que estaban sometidas, eran obligadas a trabajar casi hasta el momento del parto, por el miedo de verse sustituidas y dejadas en la calle.

“Es frecuente que mujeres que trabajaron hasta tarde un día tengan el parto en la mañana siguiente y no es poco común que el niño nazca en la propia fábrica, entre las máquinas.

Pero eso no es todo: las mujeres se sienten muy felices si, luego del parto, pueden pasar dos semanas sin trabajar; muchas retornan a la fábrica ocho días después, y algunas tres o cuatro, para trabajar un turno completo. Cierta vez, oí a un industrial preguntar a un guardia: ‘¿Fulana todavía no volvió?’, y frente a la respuesta negativa, prosiguió: ‘¿Hace cuánto tiempo tuvo el hijo?’; frente a la información ‘ocho días’, comentó: ‘Ya podría haber venido hace tiempo. Aquella ahí’ –y señaló a una obrera– ‘solo acostumbra quedarse en casa tres días’”.

La mayoría de ellas, cuando volvía al trabajo luego del parto, no tenía otra opción que dejar a los hijos en casa. Algunas conseguían ir a la hora de las refecciones para amamantar, y volvían corriendo a la fábrica, pero otras prácticamente no conseguían ver a los bebés, dejándolos bajo los cuidados de los hijos mayores, que muchas veces eran niños. Engels expone en el libro un relato sobre algunas de esas mujeres[6].

“M. H., de veinte años, tiene dos niños: la menor es un bebé, que queda a cuidado del mayor; ella sale para la fábrica poco después de las cinco horas de la mañana y retorna a las ocho de la noche; durante el día, la leche le chorrea de los senos, ensopándole el vestido. M. W. tiene tres niños; sale de la casa alrededor de las cinco de la mañana del lunes y solo retorna el sábado, a las siete de la noche; a su regreso, tiene tanto para hacer por los niños que no puede acostarse antes de las tres de la madrugada; a veces, la lluvia parece mojarle hasta los huesos y ella trabaja en ese estado; afirma: ‘Mis senos me causan dolores terribles y con frecuencia escurren a punto de dejarme mojada’”.

Aquí podemos ver la hipocresía burguesa, que refuerza ideológicamente el papel de la mujer como madre, pero no posibilitaba a las obreras los cuidados más básicos con sus hijos.

La tiranía en las fábricas, los abusos sexuales, y la prostitución

Parte de los abusos cometidos por la patronal eran los castigos a los trabajadores, que podían ser multados por cosas como dejar ventanas abiertas o por silbar[7]. Algunas fábricas adelantaban los relojes en la hora de la entrada, para multar a los que llegaban “después de hora”, y los atrasaban a la salida, para prolongar las jornadas.

Esa tiranía era aún más insoportable con las mujeres. Era común que se multase a las que, en adelantado estado de gestación, se sentasen por un momento a descansar. Un inspector de fábrica apunta que conoció algunas jóvenes que obligadas a soportar ese régimen “preferían abandonarse a la prostitución que sufrir tamaña tiranía”.

Las obreras también estaban sometidas a los abusos sexuales. Los patrones se sentían en el derecho de jus primae noctis[8], y hacían de su fábrica su harén, presionando a las trabajadoras con la amenaza de despido.

En el libro se hacen duras críticas a la moral hipócrita de la burguesía, que condenaba la “amoralidad” de los obreros[9], pero alimentaba la prostitución a través de la degradación de las condiciones de vida de las mujeres, y las utilizaba como mercaderías y siervas sexuales. Cada día, la prostitución recibía más obreras, despedidas o desempleadas. Según Engels, entre las jóvenes trabajadoras de las puntillas era “casi epidémica”.

El legado marxista

Las mujeres, sometidas a esas condiciones que Engels analiza, también se pusieron en lucha, y fueron parte de la organización de los sindicatos y partidos, como posteriormente de la Primera Internacional. La intolerable combinación entre la opresión y la explotación fue respondida por las mujeres, que en diversos momentos de la historia estuvieron en la línea de frente en procesos revolucionarios, como la Comuna de París, y la Revolución Rusa.

Es un patrimonio del marxismo la consideración de que en medio de estas durísimas condiciones, y en un contexto en que era muy fuerte la ideología de que la mujer debería “volver al hogar”, la incorporación de las mujeres en la producción social era un fenómeno altamente progresivo, que sentó las bases para su liberación, al tornarlas parte del proletariado, de la fuerza social revolucionaria, y que la revolución socialista es la que puede sentar las bases de una sociedad sin opresión, al acabar con la explotación. También es patrimonio de nuestra tradición la comprensión de la necesidad del combate a todas las formas de opresión, que son alimentadas por la burguesía para dividir a nuestra clase.

Engels nos trajo una contribución inestimable para este entendimiento.

Notas:

[1] ENGELS, Friedrich. A situação da classe trabalhadora na Inglaterra, Boitempo editorial (El conjunto de las citas de Engels en el artículo es de esta misma obra, la traducción es nuestra].

[2] Engels utiliza la expresión de clase media en el sentido inglés, middle-class, que designa como la palabra francesa bourgeoisie, a la clase propietaria, distinta de la aristocracia.

[3] MARX, Karl; La entrada de la mujer en la fábrica.

[4] Ibídem.

[5] KOLLONTAI, Alexandra. La mujer en el desarrollo social.

[6] Relato hecho por Lord Ashley.

[7] Ver Huberman, Leo, La historia de la riqueza del hombre.

[8] Derecho a la primera noche; pretendido derecho de los señores feudales de tener relaciones con las esposas de sus vasallos o dependientes en la noche de nupcias.

[9] Los burgueses atribuían vicios a los obreros, como el alcoholismo y la depravación sexual.

Traducción: Natalia Estrada.