La dominación imperialista norteamericana sobre Colombia Así paga el diablo a quien bien le sirve
Francisco Cuartas (PST, Colombia)
La agresión militar de Trump contra Venezuela ha alcanzado su punto más alto con el secuestro de Nicolás Maduro y la exigencia al chavismo de convertirlo en su colaborador para imponerle un régimen colonial, como modelo para la dominación imperialista de Latinoamérica. Con esa lógica se ha dado la dominación imperialista estadounidense sobre Colombia, históricamente un “aliado” incondicional y estratégico en la región para Estados Unidos, y la amenaza directa de Trump contra Petro y la soberanía de Colombia.
Un aliado incondicional contra los ascensos de postguerra
A lo largo del siglo XX, la burguesía colombiana, tanto liberal como conservadora, se ha preocupado por mantener una relación de subordinación con el imperialismo norteamericano. Las precarias instituciones colombianas, la economía y las fuerzas armadas fueron moldeándose de acuerdo con los modelos estadounidenses, y se convirtieron en un apoyo incondicional a los intereses norteamericanos, especialmente luego del triunfo de la revolución bolchevique y de la amenaza de que esta se extendiera por el mundo.
Después de la Segunda Guerra Mundial, hubo un gran ascenso de masas en diversas partes del mundo; Latinoamérica no fue la excepción. Cuando el mundo fue repartido mediante los tratados de Yalta y Potsdam, procesos revolucionarios amenazaron con romper la estabilidad lograda. En 1949 triunfó la Revolución china, proceso que se extendió a Corea. De hecho, Colombia colaboró con Estados Unidos enviando tropas a la guerra de 1950.
En América Latina, el ascenso de posguerra fue enfrentado por el imperialismo norteamericano, que auspició directamente golpes de Estado, combinado con la llamada Alianza para el Progreso, política asistencialista impulsada por Kennedy para contener la creciente influencia de la Revolución cubana en el continente. Utilizaba el discurso de la democracia y los derechos humanos, mientras organizaba, a través de la CIA, golpes de Estado, grupos contrarrevolucionarios, como en Centroamérica, y adoctrinaba las fuerzas armadas del continente en técnicas de tortura y guerra sucia.
El narcotráfico, pretexto para la intervención imperialista
Durante las décadas de los años 60, la producción de narcóticos encontró terreno fértil para prosperar gracias a la vocación de las fracciones burguesas en Colombia, acostumbradas a enriquecerse con las bonanzas.
El crecimiento del fenómeno de las drogas no demoró en entrar en la órbita de los problemas de “seguridad nacional” y nuevo pretexto para la política imperialista. Fue Nixon quien, en 1968, acuñó la frase “guerra contra las drogas”, manifestando así el carácter bélico y de “seguridad nacional” que se concretaría, bajo Reagan y Bush, a finales de los años 80, en el tratamiento militar del problema de las drogas.
Así, mientras las ganancias del tráfico gozaron de impunidad en Estados Unidos, en Colombia la intervención militar aumentó, combinando la contrainsurgencia con la persecución al narcotráfico. Igualmente, los agentes de la DEA, tuvieron vía libre para actuar en Colombia, con plena inmunidad a las leyes locales e internacionales. La guerra contra las drogas no ha sido más que un pretexto para la intervención imperialista.
En diciembre de 1989, Bush invadió Panamá, derrocando a su presidente, Manuel Antonio Noriega, con el pretexto de su vinculación con el narcotráfico.
El negocio del narcotráfico inyectó millones de dólares a la economía colombiana, y, también, alimentó los aparatos armados de las guerrillas y de los paramilitares, al tiempo que permeó y corrompió prácticamente todas las instituciones del régimen político colombiano. La incidencia del narcotráfico en la política llegó a un importante punto de crisis con las denuncias de financiamiento del cartel de Cali a la campaña presidencial del liberal Ernesto Samper, gracias a la filtración de grabaciones hechas por la DEA, lo que, junto al fortalecimiento militar de las FARC, llevó a una importante desestabilización del régimen en 1996, que terminó allanando el terreno a los gobiernos conservadores de Andrés Pastrana y luego Álvaro Uribe Vélez.
En el año 2000, bajo la presidencia de Bill Clinton, EE. UU. lanzó el Plan Colombia para hacerle frente a esta crisis y modernizó nuevamente el aparato militar y las instituciones del régimen político colombiano bajo el modelo y las necesidades norteamericanas.
Pero su objetivo iba más allá de las fronteras de Colombia. También significó un plan preventivo de contención ante la gran inestabilidad política en la región. En esos años se dio una oleada de insurrecciones que dieron al traste con varios gobiernos en América Latina, al tiempo que gobiernos “progresistas” amenazaban la estabilidad de la dominación imperialista en el continente. Contar con un país incondicionalmente subordinado, como Colombia, servía a Estados Unidos como contención y prevención ante una situación altamente inestable, mientras que, con el Tratado de Área de Libre Comercio de las Américas (Alca, que, ante su fracaso, fue reemplazado por TLC bilaterales), se buscó una nueva ofensiva de sometimiento económico al servicio de Estados Unidos. En este contexto, Colombia recibió el deshonroso apelativo de “Israel (el Caín) de América Latina”, lo que ilustra el papel que históricamente ha desempeñado la burguesía de este país. De hecho, el monto de ayuda militar a Colombia entre 2001 y 2016 superó los 10.000 millones de dólares, lo que la colocó en el tercer país en recibir ayuda militar de Estados Unidos, después de Israel y Egipto.
EL primer gobierno de Trump
Con el triunfo de Donald Trump en 2016, y su política de América Primero, se redireccionó la política exterior hacia América Latina. En Colombia, se mantuvo estrecha y armónica la relación con Trump, dado el abierto carácter proimperialista de los gobiernos de Juan Manuel Santos e Iván Duque, a pesar del mayor desinterés y desprecio de Trump hacia la región, quien, además, colocó en el mismo plano del terrorismo y el narcotráfico a los crecientes fenómenos migratorios, como problemas de seguridad nacional, lo cual planteó políticas más agresivas, especialmente hacia Centroamérica.
Petro y Estados Unidos
Entre 2019 y 2021, en Colombia, se dio un importante ascenso de las luchas, parte de una oleada que convulsionó principalmente a Ecuador y Chile, en la que las masas se movilizaron contra los gobiernos y sus políticas insoportables para las masas. Fruto de este ascenso, nuevamente triunfaron gobiernos “progresistas”, y en el caso de Colombia, con la llegada de Gustavo Petro al gobierno en 2022, se dio por primera vez en el país un gobierno de frente popular, rompiendo dos siglos de hegemonía de la burguesía liberal-conservadora.
En relación con Estados Unidos, Petro contó al principio con un terreno favorable para su proyecto de “capitalismo humano”, además, contaba con el beneplácito de Joe Biden, en la medida en que no cuestionaba de fondo los pilares de la dominación imperialista de Estados Unidos sobre Colombia. Al contrario, renovó el papel de Colombia como socio privilegiado de Estados Unidos en la región, desempeñando un papel importante en la estrategia de negociar una transición en Venezuela. Sus intenciones de renegociar el TLC, buscar cambio de deuda por cuidar el Amazonas y apaciguar la lucha de clases exaltada en el continente recibieron elogios por parte de Biden. Incluso Petro le propuso a Biden reactivar la Alianza para el Progreso de Kennedy. Sin embargo, por parte de Estados Unidos no hubo cambios significativos en su política antidrogas, en el intercambio comercial ni en su injerencia en los procesos políticos en el continente. Al contrario de los deseos de Petro, Biden continuó con la reducción de la ayuda estadounidense y la represión de la migración.
El regreso de Trump al gobierno, así como el recrudecimiento del genocidio de Israel contra Gaza, han planteado fricciones importantes en la relación con Estados Unidos, alimentadas por el lobby de la derecha colombiana, que ha contado con interlocutores importantes en los republicanos, especialmente con Marco Rubio. Este lobby se ha centrado en buscar el apoyo de la derecha en Colombia y en debilitar políticamente al gobierno de Petro, presionándolo por el tema del narcotráfico.
Por su parte, Petro ha manifestado abiertas diferencias con Trump en el terreno de la crisis climática, el cambio de matriz energética, la migración y el narcotráfico, pero sobre todo con su postura contra el genocidio en Gaza y la ruptura de relaciones con Israel.
La crítica a la agresiva deportación de migrantes colombianos fue respondida por Trump con amenazas de imponer mayores aranceles a los productos colombianos. Petro ha denunciado a Trump por su carácter negacionista ante la ciencia y el cambio climático. Sin embargo, estas contradicciones no han socavado los pilares de la dominación imperialista norteamericana sobre Colombia.
Lo que realmente ha sido cualitativo ha provenido del propio Trump y su cambio en la política exterior condensada en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, con la cual retoma abiertamente la doctrina Monroe, planteando incluso su “Corolario Trump”, con la que retoma una política de mayor presencia militar en América Latina, la expulsión de potencias que disputan su hegemonía, una relación abiertamente transaccional con los estados y gobiernos (obtener ventajas y ganancias claras para Estados Unidos).
Bajo esta nueva estrategia, desde hace meses, el discurso se ha endurecido hacia los gobiernos de Maduro y de Petro, usando la retórica del narcotráfico como pretexto para adelantar una ofensiva militar en el Caribe, específicamente dirigida contra Venezuela y Colombia.
Como lo demostró la incursión militar del 3 de enero sobre Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, la actual campaña militar naval de Trump en el mar Caribe y el Pacífico colombiano, en que bombardearon pequeñas embarcaciones y secuestraron barcos petroleros, obedecía principalmente al plan de Trump de derrocar a Maduro y apropiarse del Petróleo venezolano, y para amarga sorpresa de la oposición burguesa de derecha, en cabeza de Corina Machado, el control de Trump sobre Venezuela será ejecutado por el propio chavismo.
El secuestro de Maduro también ha sido, abiertamente, una advertencia para Petro. Dice Trump que, de no seguir sus dictados al pie de la letra, tendrá la misma suerte.
Las horas y los días posteriores a la acción contra Maduro fueron de zozobra y angustia para Petro, pues Trump insinuó varias veces que él sería el siguiente. Al igual que la derecha en todo el continente, la mayoría de la burguesía opositora colombiana de derecha no solo aplaudió la intervención norteamericana, sino que le pidió a Trump que siguiera con Petro.
Sin negar ni minimizar la gravedad de la amenaza actual de intervención, la situación en Colombia no es la misma que en Venezuela. Mientras Maduro personaliza la decadencia del proyecto nacionalista burgués del chavismo, con el cual ya han roto en su mayoría las masas venezolanas, Petro aún cuenta con un importante apoyo de masas que, ante un eventual ataque contra Colombia, puede desencadenar de nuevo un ascenso de luchas, esta vez con un componente antiimperialista que puede desestabilizar aún más la región. La apuesta de Trump por una transición controlada por el autoritarismo chavista en Venezuela muestra que le importa minimizar costos, por lo que una posible intervención en Colombia deberá tener en cuenta mucho más el factor de la lucha de clases.
En medio de estas circunstancias, Petro recurrió al discurso antiimperialista, no solo para denunciar el secuestro de Maduro, sino también la amenaza contra su gobierno y contra Colombia, señalando la grave violación a la soberanía de Venezuela y el precedente que significaba para cualquier país. Convocó a una movilización antiimperialista para el día 7 de enero, llamando incluso a enfrentar, de ser necesario, con las armas una posible intervención en Colombia. Sin embargo, desde la diplomacia colombiana se buscó intensamente acercamientos con el Departamento de Estado para establecer un diálogo directo con Trump. Este se concretó con una llamada que, previa a la movilización, logró distensionar la situación, al parecer, estableciendo compromisos por parte del gobierno colombiano frente al narcotráfico.
Luego de esta llamada y de mutuos elogios, el discurso antiimperialista de Petro ha bajado. Pero, de fondo, es claro que la amenaza de Trump sobre Colombia es real. Si se concreta en una acción militar directa contra Petro, o se mantiene como una amenaza disuasoria, dependerá en gran medida de la respuesta de Petro ante las crecientes exigencias de Trump y de la respuesta de las masas en las calles ante una agresión imperialista.
Sin tener claro el curso de la actual crisis, ya es evidente que la actual ofensiva imperialista sobre Colombia es la más grave desde la separación de Panamá, lo que coloca la relación histórica de dominación sobre Colombia en el plano de una nueva ofensiva de profundización de la semicolonización sobre el país y el continente.
