Corría el año 2017 cuando Roberto Burioni, durante la polémica sobre las vacunas desencadenada por los casi 5.000 casos de sarampión italiano de ese año y organizada en torno a la entrada en vigencia obligatoria de diez inmunoprofilácticos diferentes, publicó «La congiura dei somari. Perché la scienza non può essere democratica» [“La conspiración de los burros. Por qué la ciencia no puede ser democrática”], libro que trata de resumir la historia de las vacunaciones y desmontar las tesis antivacunas: en sí mismas, opiniones ampliamente compartidas. La discusión con los No Vax sería muy sencilla de llevar a cabo si no tuviéramos que lidiar con el complejo psicótico colectivo que connota cualquier conspiración. Por otro lado, lo que es muy peligroso es el abordaje del propio virólogo cuando dice en la apertura de su blog MedicalFacts: la ciencia no es democrática. «Una bola de hierro lanzada al mar iría invariablemente al fondo, incluso si un referendo popular estableciera que el peso específico del hierro es menor que el del agua» (1): ¡increíble, la realidad existe!

Por: Giorgio Viganò

Pandemia y discurso médico-científico

Con la llegada de la pandemia, el discurso médico-científico se ha consolidado fisiológicamente como un discurso colectivo, aumentando un hábito previo: personas que no están técnicamente preparadas opinan sobre descubrimientos científicos, sanitarios, etc. convirtiéndolo en un tema de bar a la par con una discusión sobre los delanteros de la Serie A; en consecuencia, muchos médicos y biólogos se han elevado a figuras públicas y políticas y predican como invitados de honor de los programas de TV, inclinando sus opiniones –algunos más, otros menos– a las necesidades de los patrones de los que dependen o de la pura vanidad que a menudo surge en aquel que, antes un profesional desconocido, de repente se ven transformados en celebridad.

Ahora bien, las fluctuaciones expresadas por esta nueva clase de formadores de opinión o comentaristas ponen ya de manifiesto lo ridículo que fue el descuido de la «bola de hierro»: es evidente tanto que la ciencia debe abrirse camino a través de muchas dudas para definir una verdad, como que esta, debilitada en el contexto social, se coloca junto con la política y la economía más como tapadera que como guía.

Esto sucede especialmente en el campo médico y el artículo se centra en esto, tanto porque es el único en el que escribe tiene competencia para dar suficientes datos como por la centralidad actual y futura de la medicina, que se prepara para hacer frente a la era pandémica que apenas acaba de comenzar y que desde hace mucho tiempo es reconocida como uno de los principales campos en los que se desarrolla el progreso tecnológico y productivo de la sociedad.

Precisamente por eso, un papel central de la ciencia en los procesos de toma de decisiones sería un solo hecho: el miedo a la ciencia es un carácter oscurantista, que de ninguna manera pertenece a los marxistas. Además, el protagonismo de las masas populares en este contexto no es un problema, sino la solución para permitir la centralidad de la ciencia en la política, como concluyen varios estudiosos que han abordado la cuestión permaneciendo en la perspectiva del sistema capitalista (por ejemplo, Mauro Dorato, Desinformación científica y democracia, 2019).

De hecho, es la función que siempre han jugado las instituciones médico-científicas y sus diversos protagonistas en este sistema la que legitima el enfoque autoritario y despectivo que Burioni ni siquiera se preocupa de ocultar. Es tanto el capitalismo como el papel de la ciencia en el sistema y el enfoque que utilizan varios de sus representantes lo que fomenta la desconfianza y desvíalos pensamientos críticos correctos de parte de la población hacia la conspiración, que por definición es estéril en la crítica en cuanto transfiere su propia arena en el campo de la irrealidad.

Ciencia y verdad

La posibilidad de la ciencia de formular predicados de verdad es una cuestión filosófica que no puede trivializarse. Este tema tiene una historia noble al menos a partir de Galileo y una centralidad tanto en la filosofía del siglo XX como en la del nuevo milenio, con protagonistas, entre otros, como los conocidos Karl Popper, Ludwig Wittgenstein, Bertrand Russell, y, en Italia, Ludovico Geymonat y Nicola Abbagnano. Este no es un artículo sobre epistemología, pero recordamos estos nombres para resaltar la complejidad del tema, mientras nos centraremos brevemente en algunas notas técnicas y las modalidades prácticas con las que se lleva a cabo la investigación biomédica.

Hay dos tipos de investigación: la básica, que se ocupa de indagar un determinado fenómeno de forma –por así decirlo– desinteresada, y la aplicada, en la que se busca la solución de un problema. Es la diferencia entre la secuenciación del genoma del SIV (los parientes simiescos del VIH, muy interesante por el hecho de que en su mayoría no causan enfermedad en sus huéspedes) y el estudio de posibles blancos presentes en la estructura del VIH para las vacunas. Son dos componentes igualmente importantes de la ciencia en general: la investigación básica, si bien a primera vista puede parecer inútil, académica y ociosa, en realidad abre caminos, tanto cuando se lleva a cabo –por lo que a menudo se afirma que los verdaderos descubrimientos vienen a partir de una buena investigación básica–, como cuando surgen desafíos inesperados, convirtiéndose en un reservatorio al cual recurrir en momentos de dificultad; sin embargo, por esa primera impresión de inutilidad en la que casi siempre se detiene la vulgaridad del capitalismo, los fondos para la investigación básica se reducen a un parpadeo, reduciendo en gran medida las posibilidades del desarrollo científico de la humanidad.

Por tanto, la investigación biomédica comienza por comprender las bases biológicas de un fenómeno e identificar las modalidades en las que es posible modificarlo a favor del hombre y las herramientas con que hacerlo, es decir, las moléculas que compondrán los fármacos.

Una vez definida la efectividad del enfoque elegido in vitro, es decir, mediante la realización de ensayos en células abstraídas de la complejidad de un organismo vivo, llegamos a la experimentación in vivo, en primer lugar en (otros) animales: esto, dicho sea de paso, es un paso fundamental, ya que permite cometer errores difícilmente previsibles (se ha estudiado la eficacia de la molécula farmacológica sobre el blanco del proceso patológico, pero in vitro no hay hígado que pueda sufrir colaterales, como sucede a menudo) y recrear –genéticamente o no– las condiciones de la patología estudiada en modelos no humanos, que también deben ser tratados, de acuerdo con los protocolos, de la manera más ética posible; estar a priori en contra del uso de animales de experimentación es una tendencia oscurantista, afortunadamente un poco desactualizada y que también subestima la utilidad de la investigación en sí para la salud de los animales, ya que muchas veces las enfermedades que nos aquejan son las mismas.

Si hay buenas respuestas en los animales, se pasa al ensayo clínico en tres fases, en las que el número de pacientes implicados en el ensayo se va ampliando paulatinamente y se modifican los objetivos: en la primera, tolerabilidad en humanos; en la segunda, eficacia y el perfil de efectos secundarios; en la tercera, la superioridad del fármaco experimental sobre el anteriormente utilizado o, en los casos en que no exista, sobre un placebo.

En el transcurso de este estudio, que se denomina «prospectivo» en su parte dedicada al hombre y que ofrece un claro ejemplo de la aplicación de la investigación científica, son muchos los obstáculos que hacen difícil sacar conclusiones, que solo raramente son tan claras, por ejemplo, para hacer que la experimentación se termine de antemano debido a una clara inmoralidad en la administración de placebo a un paciente.

En primer lugar, en la preparación del estudio es necesario definir tres cuestiones importantes. La primera es la cohorte que se someterá al estudio, que debe cumplir criterios de inclusión preestablecidos y que debe dividirse en grupos lo más homogéneos posible (por sexo, edad, gravedad de la enfermedad y cualquier otro factor pronóstico conocido), aunque esta homogeneidad sea siempre una aproximación, ya que cada persona y cada enfermedad son realmente diferentes en la respuesta a una terapia; la segunda es el método de realización de la encuesta, entre los cuales el más eficaz para reducir errores de evaluación es el de la prueba aleatoria controlada en testes doble ciego, en el que la población examinada es «aleatorizada», es decir, distribuida aleatoriamente entre los dos o más grupos , se «controla», es decir, se crea al menos un grupo «de control» al que se asigna el fármaco antiguo o el placebo, y tanto el paciente como el médico («doble ciego») no pueden conocer qué tratamiento es suministrado, para no influir en el comportamiento de uno y en la valoración del otro: este paso es, evidentemente, el más sujeto a infracciones; la tercera cuestión es el perfil de los resultados, es decir, la información que se va a registrar después de un cierto tiempo desde el inicio de la terapia, las preguntas a que se quiere responder: por ejemplo, si en seis meses hay una ganancia en la supervivencia.

Finalmente, se recogen los resultados, que serán tanto más diferentes cuanto más se amplíe la población de estudio, por lo que es necesario utilizar un conjunto de operaciones estadísticas específicas para generar los datos y comprender su significado, su confiabilidad y su significatividad. Se utilizan operaciones correctivas (por ejemplo, para contrarrestar el efecto de una población demasiado pequeña) y se utilizan índices para comprender si el resultado congruente con la hipótesis inicial es aleatorio o no (la «significatividad»). Uno de los indicadores más claros es el cociente de riesgo (más conocido como hazard ratio), que es el cociente entre las tasas de riesgo (de mortalidad, complicaciones, infecciones) en el brazo experimental (del que, por ejemplo, toma el nuevo fármaco) y en el brazo de control: debe ser menor que 1 para testificar a favor de la terapia en investigación, ya que significaría un riesgo menor usar esta respecto de la anterior o del placebo. Sin embargo, esto no es suficiente, ya que podría ser que quien goce de este beneficio sea una parte de la población que no represente a la población general, sino una parte que, casualmente, tenga una predisposición natural a la recuperación en términos absolutos o incluso solo en relación con el fármaco utilizado: por lo tanto, el resultado debe ser sometido a una operación estadística que suele producir los extremos del intervalo (dichos «confidenciales») en el que existe un 95% de probabilidad de encontrar los datos verdaderos buscados, tornando no significativo cualquier resultado cuyo intervalo comprenda 1, que representa la equivalencia entre las opciones en campo.

A propósito de las vacunas

Esta discusión sin duda es resumida, pero espero sea útil para comprender los movimientos generales del método que condujo, por ejemplo, a la aprobación de las diversas vacunas anti-Covid, y tiene como objetivo ilustrar lo difícil que es producir datos veraces cuando se trata de relacionarse con la complejidad del ser humano. Y si los laberintos de la estadística son los principales obstáculos en el campo de la investigación clínica, el problema fundamental en todo lo que la precede, desde la investigación básica hasta la experimentación in vitro, es la fragmentación de las conclusiones alcanzadas con los experimentos individuales: es posible tener un resultado bajo ciertas condiciones experimentales y el resultado opuesto cambiándolos; por eso es necesario volver a intentarlo, construir la verdad integrando diferentes estudios, muchas veces de diferentes grupos de investigación. Por lo tanto, es fundamental la confrontación dentro de la comunidad científica y la revisión entre pares, es decir, la verificación cruzada entre profesionales de diferentes instituciones, representa el sine qua non para un estudio confiable.

Ante esto, el papel de la autoridad científica, es decir, la fama y el prestigio, incluso merecidos, de los estudiosos individuales o de los centros de investigación, no vale nada. Si se delega en los principios mencionados anteriormente, el resultado es aquel bien ejemplificado por una bufonesca publicación con la firma de Jean-Pierre Changeux, multipremiado neurofisiólogo francés, quien el año pasado propuso tratar el Covid con nicotina armando una serie de resultados descontextualizados como la supuesta protección de los fumadores contra el virus (una sugerencia de los primeros meses de la pandemia, después desmentida por posteriores estudios) y la similitud entre una proteína del Coronavirus y la toxina de la cobra, todo publicado en una revista exenta de revisión entre pares(2).

La publicación merece el adjetivo de «bufonesca» porque, afortunadamente, por cómo se construyó, no puede incidir de ninguna manera sobre las pautas de los pacientes de Covid y en el límite puede simplemente provocar el debate público, como lo han hecho las tesis de la conspiración –esta vez sin siquiera el ingenio de un artículo científico, por surrealista que sea– de Luc Montagnier, premio Nobel y verdadero descubridor del VIH, sobre la producción en laboratorio y la difusión a través del 5G del Sars-CoV-2. Estas teorías, si queremos llamarlas así, crean la posibilidad de desviar la conciencia de las masas, pero no tienen repercusiones prácticas en el ámbito puramente médico.

La razón es que la discusión política, incluso pensando en una población altamente instruida (o, como dicen muchos de los expertos en el tema, «científicamente alfabetizados»), no puede reemplazar la práctica científica ya que no utiliza sus métodos, que son aquellos con los que, aunque frenéticamente, producen datos veraces en el campo de las ciencias naturales: por lo tanto, volviendo a Burioni, ningún referendo cambiará jamás el peso específico de los elementos, pero esto no significa que la ciencia no deba ser democrática en sus propios métodos, por el contrario, la libre comparación debería ser un requisito previo fundamental para aumentar la probabilidad de decir la verdad.

Por otro lado, no se puede, especialmente hoy en día, descartar así la cuestión: es claro para todos que el debate público puede interferir realmente no tanto con la producción de la verdad científica, como con su uso operativo, que es lo que hacen actualmente los No Vax.

De hecho, la ciencia no es democrática

En cualquier caso, el enfoque altivo y exclusivo en relación con las dudas de las masas no nació con la pandemia, ni con los libros de Burioni, sino que es propio de un porcentaje importante de la intelectualidad científica y representa la actitud que mejor encaja con la función de la ciencia en el capitalismo, defendiendo el papel corrupto en un fuerte de difícil acceso, especialmente en sus centros y posiciones estratégicos.

Los personajes de esta elite insultan a los no profesionales de la ciencia llamándolos ignorantes, pero se benefician de la ignorancia del proletariado en un sentido diferente del que les gustaría dar a entender, cuando afirman que la ciencia no es democrática: de hecho, la ciencia, entendida como instituciones científicas, no es democrática.

Y, permaneciendo siempre en el campo médico, cómo podría serlo, cuando la investigación la llevan a cabo multinacionales farmacéuticas o institutos sostenidos ciertamente no por 5 x 1000 [inversiones estatales], sino por colosos de las finanzas. ¿Un ejemplo? El Instituto Europeo de Oncología, fundado por Umberto Veronesi, y en cuyo capital social se inscriben, entre otros, Pirelli, Telecom, UnipolSai, Intesa San Paolo, Mediobanca y Bpm (3). La investigación pública es notoriamente acosada por recortes continuos y casi siempre depende en lo concreto de la inversión privada: por ejemplo, Eni, que con sus laboratorios está constantemente buscando un greenwashing [lavado verde] –por el que ha recibido también (sin siquiera una arañazo) una multa máxima de cinco millones (4)– pertenece al Estado en por lo menos un cuarto de sus acciones, una privatización iniciada por el gobierno D’Alema, junto con muchos otros.

Pero incluso en casos de mayor involucramiento estatal, como el ligado al ejército, poco cambia debido a la naturaleza de clase del Estado, que no es otra que la organización de la burguesía: en este sistema, la ciencia está al servicio, voluntariamente o no, de los intereses industriales y comerciales.

La impronta de este dominio se puede ver en todas las fases de la investigación. Para empezar, en la definición de los campos de interés, ámbito en el cual una de las mayores recriminaciones –como ya dije– debe ser seguramente el desinterés por la investigación de base.

Pero, además de esto, los ejemplos de crueldad brutal hacia grupos enteros de personas enfermas son diversos: mencionaré dos muy diferentes.

La retinosis pigmentaria es una enfermedad que puede deberse a una deficiencia de vitamina A o ser congénita, debido a mutaciones genéticas. Los grupos de investigación de la bióloga Enrica Strettoi de Pisa y del bioquímico Riccardo Ghidoni descubrieron hace ya dos décadas un derivado de un hongo, el myriocin, que inmediatamente dio buenos resultados en ratones pero nunca se desarrolló en estudios humanos por falta de fondos, es decir, falta de interés en una enfermedad rara; recientemente, se han aprobado dos terapias mucho más caras que un producto biológico, el myriocin, que se puede producir fácilmente en gran escala: el llamado «ojo biónico», con un costo total de alrededor de 200.000 €, y el Luxturna, una terapia génica que cuesta 800.000 € anuales.

Algunos ejemplos significativos

El VIH, que persiste desde hace cuarenta años, ha tenido los efectos de una pandemia, con una curva y propagación bastante diferentes a la de Covid pero que ha afectado a unos 100 millones de personas en todo el mundo, de las cuales al menos 36 millones han fallecido como consecuencia del SIDA, el terrible síndrome que se desarrolla tendencialmente entre 5 y 10 años después de la infección. Durante más de una década, la esperanza de vida promedio de una persona seropositiva en Occidente ha sido solo unos años inferior respecto de la población general, un logro increíble considerando que en la década de 1980 el diagnóstico, casi siempre en estadios avanzados, anticipaba una muerte segura en pocos meses. Este indudable éxito de la ciencia médica se organiza alrededor de los fármacos antirretrovirales, el primero de los cuales se comercializó en 1987, seguido de muchos otros que actualmente definen una terapia combinada básica compuesta por 2 o 3 medicamentos. Estos son 100% efectivos cuando se toman correctamente antes de la exposición al virus (por ejemplo, relaciones sexuales de riesgo, que es el modo de transmisión más común en Occidente) y pueden frustrar el éxito de la infección incluso después de unas pocas horas del contacto con VIH, pero su uso principal es eliminar la presencia del virus en la sangre («carga viral») y, de esta forma, prevenir la progresión del SIDA y hacer que el paciente no sea contagioso. También para este uso, la terapia debe administrarse de manera correcta y diaria, porque lamentablemente el virus se refugia en áreas del organismo donde es inatacable por los fármacos, por lo que vuelve a entrar en acción si por un tiempo (bastan unos días) el paciente permanece desprotegido: una terapia con múltiples usos y que, en su uso principal, es de por vida. Y que, incluso por la duración, cuesta demasiado para los países del sur del mundo: en Europa y América del Norte, una persona cada 2.000 es seropositiva, mientras que en África alrededor de una por cada 200 lo es, con alrededor de 20.000 personas muertas por Aids por año sumando Europa y América del Norte, y alrededor de 800.000 en África.

También han surgido a lo largo de los años diversas protestas de organismos institucionales como Unaids contra las grandes multinacionales farmacéuticas, que nunca han invertido –con razón, desde su punto de vista– esfuerzos y recursos económicos en la búsqueda de una vacuna sino solo unas pocas decenas de millones en proyectos absolutamente peregrinos para la magnitud del problema sanitario en cuestión, escondidos detrás de una dificultad técnica específica del VIH, que probablemente existe, pero que no resiste una tecnología que hoy logra producir una (excelente) vacuna en menos de un año (5).

Como anticipé, incluso los resultados del estudio realizado pueden modificarse, tanto es así que existen numerosas indagaciones sobre la manipulación de resultados científicos. Por ejemplo, el profesor Fusco, luminaria de la oncología endocrinológica que tiene el mérito de importantes descubrimientos –por ejemplo, sobre la genética del cáncer de tiroides– tiene en su espalda al menos 50 artículos cuya falsificación fue evidente en numerosos informes periciales y que le sirvieron mucho para recaudar millones de euros en fondos. En Italia, sin embargo, no existe sanción por el delito de falsedad científica y ni siquiera la Airc (Asociación Italiana para la Investigación del Cáncer) ha decidido sancionar de algún modo el fraude, aunque hay una parte de su reglamento que cita «en el caso de conductas contrarias a las normas de ética, rigor y buena conducta en la investigación (…) los organismos donde se lleven a cabo los proyectos financiados por Airc deberán realizar investigaciones y evaluaciones y tomar medidas» (6).

E incluso los defensores de la investigación «contracorriente», que son populares en estos días, pueden sentirse mucho mejor: ha oído hablar de las vacunas que causan el autismo. Pues bien, la correlación nace de la coincidencia entre la edad en la que uno es sometido a la vacuna contra MPR (Sarampión, Paperas y Rubéola), que en Italia tiene la aplicación de la primera dosis justo después del primer año de vida, con el inicio clínico del autismo, que se manifiesta cuando el niño adquiere el habla y debe comenzar a entrar con pequeños pasos en la sociabilidad, lo que no ocurre en esta patología. En 1998, se publicó un estudio en la revista autorizada Lancet, realizado en 12 (!) niños, que indicaba como posible esta correlación. Ampliado por una conferencia de prensa del autor, gastroenterólogo Andrew Wakefield, y por tam-tam mediático, estos datos no se reflejaron en numerosos estudios realizados posteriormente en números más amplios (hasta el análisis general de 14 millones de niños en 27 ensayos diferentes) ( 7). En 2009, una investigación periodística encontró que los datos habían sido manipulados y el material adulterado en bloque: por ejemplo, había interpretaciones de biopsias de cólicos con defectos mínimos interpretados como colitis (la hipótesis original era, de hecho, la de un síndrome consistente en autismo y problemas gastrointestinales). Un año después, el motivo de un engaño tan grave quedó claro: $ 500.000 para respaldar la demanda presentada por una asociación de padres de niños autistas contra el Estado y la creación de una empresa propia que esperaba ganar «al menos 43 millones por año» con el desarrollo de pruebas de diagnóstico para la «colitis autista», la enfermedad que él inventó. Después de más o menos un año, Wakefield admitió todo (8).

Por último, medicamentos eficaces pueden testarse y colocarse en el mercado, pero deben estar destinados a un público muy pequeño, es decir, pacientes con condiciones clínicas extremadamente particulares y/o ricos que pueden comprar el artículo de forma privada.

Existen numerosos fármacos denominados «biológicos», nuevas moléculas producidas con tecnologías totalmente desarrolladas solo en los últimos treinta años y continuamente actualizadas, que han ampliado considerablemente la posibilidad de cura y control de enfermedades, sobre todo, tumores y enfermedades autoinmunes. El problema es que cuestan muchísimo: se estima en alrededor de 15.000 € al año para el tratamiento de la artritis reumatoide con biológicos. Sobre esto pesa mucho el hecho de que estas nuevas moléculas, de las que año tras año se van haciendo actualizaciones cada vez más eficientes, sigan estando casi todas amparadas por patentes, uno de los lastres reales de la medicina, que duran veinte años: la realización de menos de una decena de «biosimilares» (los genéricos de los medicamentos bio [orgánicos]) han aumentado en unos pocos años la proporción entre los medicamentos biológicos originales y los genéricos de 99% -1% al 60-40% –datos de 2018 (8)– signo de una de las muchas posibilidades que tiene el hombre de lograr una mejor salud y a la que se opone la codicia de los patrones.

Un ejemplo rotundo es el de los fármacos inhibidores de la Pcsk9, que reducen el colesterol de manera sorprendente: el estudio de Fourier registró una disminución de 60% en los niveles de «colesterol malo» (el LDL) en comparación con la terapia anterior (básicamente, las conocidas estatinas en altas dosis), con una reducción de 20% en la mortalidad cardiovascular, 21% en ictus [ACVs] y 27% en infartos cardíacos, combinada con la muy baja tasa de abandono en los controles, que suele darse en aquellos pacientes que sufren efectos colaterales (9). Estos datos, aunque sorprendentes en sí mismos, alcanzan un grado de singularidad porque inciden sobre la primera causa de muerte en el mundo. Lamentablemente, incluso en este caso, el costo actual es de 15.000 € anuales, por lo que están indicados únicamente para pacientes con antecedentes de infarto o ACV sin otras alternativas terapéuticas o en raras hipercolesterolemias familiares. El número de muertes evitables con la quiebra de patentes es una de los datos más indicativos de lo que es hoy el capitalismo.

Por lo tanto, condicionamiento sobre los objetivos de la investigación, manipulación de datos y codicia al dispensar curas, son solo las categorías más amplias de los funestos efectos del capitalismo sobre la ciencia, en este caso médica, que, por lo tanto, en realidad, no es democrática.

Una única solución: el control obrero sobre la ciencia

La humanidad, en el último siglo, ha alargado la esperanza de vida a un ritmo impresionante, pero las desigualdades siguen siendo marcadas (en algunos países africanos ronda los 50 años) y la calidad de vida no siempre sigue el ritmo de su extensión. La tecnología que ha desarrollado el capitalismo, posibilitada precisamente por la búsqueda del lucro y por la competencia entre capitalistas, inaccesible para la gran mayoría de la población y atrapada por la lógica de un enriquecimiento cada vez más inmediato, es recortada en su desarrollo. La pandemia que vivimos hace sonar con fuerza la campana del peligro para la supervivencia de la humanidad e indica que es necesario liberar recursos productivos y científicos lo antes posible.

Para erradicar las teorías anticientíficas y oscurantistas como las de los No Vax, hacia las cuales los serviles académicos de los patrones señalan con el dedo para esconder el rostro detrás del brazo, es sin duda necesario implementar la instrucción integral, humanística, científica y técnica del proletariado. Esta indicación es lo máximo que los autores de ensayos sobre estos temas logran parir y queda una vana letanía en un sistema que cada vez recorta más la educación y la esclaviza a la creación de ejércitos de jóvenes dispuestos a ingresar a bajo costo en el mundo del trabajo, claramente precario.

Sin embargo, si esto sucediera mágicamente en el capitalismo, sería un gran problema para los patrones porque toda la inmundicia con la que la industria, las finanzas y el Estado corrompen la ciencia quedarían más fácilmente expuesta. Así, no piden educación, alfabetización científica, conciencia, sino algo decididamente anticientífico: el acto de fe.

La solución está en la construcción revolucionaria de un sistema en el cual el proletariado lleve democráticamente las riendas de la economía y de la política, de modo que también pueda controlar la ciencia. No para ocupar el lugar de profesionales y especialistas sino para tener más de ellos, orientar su trabajo hacia las necesidades de la población, y supervisar, educar, sus acciones.

(1) https://www.medicalfacts.it/2018/11/30/scienza-democrazia/

(2) https://www.qeios.com/read/FXGQSB

(3) https://www.ilfoglio.it/economia/2019/11/14/news/ce-del-vecchio-allo-ieo-286704/

(4) https://www.legambiente.it/comunicati-stampa/maxi-multa-per-eni-ha-ingannato-i-consumatori-sul-green-diesel/

(5) https://valori.it/vaccino-agnoletto-modello-big-pharma-non-funziona-dossier-covid/

(6) https://www.corriere.it/video-articoli/2017/05/01/manipolazione-ricerche-scientifiche-caso-alfredo-fusco-replica-professore-falsi-fatti-mia-insaputa/2fef942c-2e7c-11e7-8176-4e0249fd95d5.shtml

(7) https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/22336803/

(8) http://wakefieldgmctranscripts.blogspot.com/2012/02/gmc-fitness-to-practice-hearing-for.html

(9) http://www.rivista.sis-statistica.org/cms/?p=571

(10) https://www.futuremedicine.com/doi/full/10.2217/fca-2017-0052

Artículo publicado en www.partitodialternativacomunista.org, 4/8/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.