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29 febrero, 2024

Irán, 1979: una revolución interrumpida

El comienzo de la década de 1970 vio la primera recesión simultánea y generalizada en los países imperialistas luego de la Segunda Guerra Mundial. Los 20 años del boom económico, iniciados alrededor de 1950, habían llegado a su fin. El año 1975 estuvo marcado por la asombrosa caída del PIB de Estados Unidos, Alemania, Japón, Francia e Inglaterra. La producción industrial en el segundo trimestre de 1975 cayó 14% en Estados Unidos, 20% en Japón y 10% en Inglaterra. Luego de dos décadas de “pleno empleo”, se llegó a un total oficial de 17 millones de desocupados en el conjunto de los países imperialistas, además de un alza de la inflación que llegó a niveles insoportables en todos los países.

Por: Marcos Margarido

Tomado de la Revista Teórica: Marxismo Vivo edición N. 22 (2009)

En la década de 1970, Estados Unidos sufrió su primera derrota militar clara en Vietnam. La revolución portuguesa de abril de 1974 abrió un proceso que, además de derrotar a la dictadura de Salazar, posibilitó la liberación de sus colonias en África e incendió el continente negro. En Oriente Medio se sucedían los enfrentamientos con Israel, en los que los países árabes fueron derrotados, como en la guerra de Yom Kippur, mientras la guerrilla palestina seguía resistiendo y el Líbano ardía en plena guerra civil. La década también vio en su final las revoluciones nicaragüense e iraní.

En este escenario, los países árabes miembros de la OPEP resolvieron cuadruplicar el precio del petróleo en 1973, en represalia por la derrota en la guerra de Yom Kippur para Israel, generando ingresos extra para los países exportadores de petróleo, los petrodólares, estimados en US$ 180.000 millones en 1980[1].

Irán, al igual que los demás países productores de petróleo, se insertaba en la división mundial del trabajo como exportador de materias primas –el petróleo– y con un desarrollo capitalista subordinado a los intereses imperialistas. La renta petrolera aumentó la codicia imperialista y los conflictos interburgueses por su posesión, generando el aumento de la miseria de la población en paralelo con la acumulación capitalista. En Irán, esta combinación alcanzó niveles explosivos, que ahora analizaremos.

El rey de los reyes

Mohammad Reza Pahlevi fue el segundo Shá de la dinastía Pahlevi. Tomó posesión tras la ocupación del país por los ejércitos de Inglaterra y de la Unión Soviética en 1941, en sustitución de su padre, Reza Khan, soldado del ejército iraní, que también había subido al poder mediante un golpe contra el reinado de la Dinastía Oajar en 1921.

El comienzo de la década de 1950 asistía al surgimiento de una ola nacionalista que se extendió por todo el Medio Oriente y dio como resultado el nasserismo, movimiento liderado por el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, que buscaba una relativa independencia del imperialismo, para establecer mejores condiciones de negociación con él. En Irán, ese movimiento fue liderado por Mohammed Mossadegh, elegido primer ministro en 1951, un mes después de la nacionalización de la Anglo-Iranian Oil Company por el parlamento iraní, un golpe al principal imperialismo de la región.

Por esta osadía, los gobiernos imperialistas de Estados Unidos e Inglaterra, a través de sus servicios secretos, planearon la caída de Mossadegh, conseguida tras un primer intento fallido, que resultó en la caída y el exilio del Shá. El general Fazlollah Zahedi fue nombrado primer ministro y Reza Pahlevi volvió al poder, sellando su sumisión a los designios estadounidenses.

En 1963 instituyó la Revolución Blanca[2], con el objetivo de convertir a Irán en la quinta potencia mundial y acercarla al mundo occidental. La “modernización” buscada por el Shá siguió la lógica de dominación imperialista de un país semicolonial, con su apertura al capital extranjero, ávido de rentas petroleras. Unos 250.000 millones de dólares acumulados por Irán entre 1974 y 1980, debido al alza de los precios del petróleo, se utilizaron para importar bienes de capital y de consumo. Mientras tanto, la burguesía nacional comerciante, conocida como burguesía del bazar, quedó reducida al papel de “mendigo” que se alimenta de los restos del banquete de la explotación capitalista.

La expansión industrial del país garantizó la presencia masiva de empresas estadounidenses –cerca de 500, según la revista Fortune– y la expansión de las Fuerzas Armadas iraníes, con 475.000 soldados, para la protección de su propiedad. Estados Unidos pudo así imponer su control de la región desde el enclave israelí y desde Irán, el único país del mundo musulmán que reconocía el Estado de Israel.

La asociación con el capital extranjero se llevó a cabo mediante el control de la oposición y el uso de la fuerza contra la población. En 1975 se abolieron los partidos políticos y se fundó un régimen de partido único, el Partido de la Resurrección, claramente justificado por el Shá:

Una persona que no entra al nuevo partido político y no cree en los tres principios cardinales tiene solo dos opciones. O es un individuo que pertenece a una organización ilegal o está ligado al clandestino Partido Tudeh, en otras palabras, es un traidor.

Pahlavi decía que el lugar de los traidores era la prisión o el exilio, y la Savak, una de las policías políticas más crueles del mundo, trabajaba día y noche para identificarlos, arrestarlos, torturarlos y ejecutarlos. Se estima que 100.000 personas fueron encarceladas en 1976, pero el régimen reconoció la existencia de “apenas” 3.500 presos políticos.

La situación de miseria y desempleo de las masas, generada por la Revolución Blanca, se vio agravada por la crisis iniciada en 1974. La capitalización del campo causó el éxodo de millones de campesinos hacia las ciudades, donde les esperaba el desempleo y la inflación. Estos ni siquiera contaban con redes de agua y alcantarillado, a pesar de las cuantiosas sumas obtenidas de la renta petrolera. Se congelaron los salarios de los trabajadores e incluso se instituyó un “pasaporte interno” para controlarlos. La burguesía del bazar se vio perjudicada por el aumento de los impuestos. El clero chiita, de religión musulmana, se beneficiaba políticamente de esta situación al capitalizar el descontento de amplios sectores de la población, concentrados en las llamadas ciudades santas, como Qom, que se transformaban en reductos de la oposición al Shá.

La revolución da sus primeros pasos

Las primeras movilizaciones, protagonizadas por la juventud e intelectuales, tuvieron lugar en 1977, exigiendo el respeto a la constitución de 1906 aún vigente, la defensa de la libertad de prensa y la independencia del poder judicial.

Las protestas se intensificarían en 1978, cuando se produjo la Masacre de Qom el 9 de enero, la ciudad santa que se convertiría en la morada oficial del ayatolá Khomeini. La manifestación de 4.000 estudiantes y líderes religiosos contra el diario Ettela’at controlado por el Shá, que acusaba al ayatolá, exiliado desde 1963, de ser homosexual, acabó en una brutal represión con el saldo de al menos 10 muertos. El intento de silenciar las voces de la oposición surtió el efecto contrario; el 18 de febrero se conmemoró el arba’een –el luto chiita de 40 días– con manifestaciones de masas en todo el país. En Tabriz, la población de mayoría kurda ocupa la ciudad sin que los militares locales la repriman. Pahlevi se vio obligado a desplegar tropas para llevar a cabo otro baño de sangre. Se calcula que murieron unas 100 personas y, una vez más, las manifestaciones se extendieron, esta vez a Ahwaz, un importante centro petrolero de Irán.

Nuevas manifestaciones volvieron a darse en Isfahan, donde se impuso la ley marcial el 16 de agosto, tras los primeros signos de debilidad del régimen dictatorial. El jefe de la Savak fue sustituido por Nasser Moghadam en junio y el propio Shá prometió celebrar elecciones generales en 1979. Diez días después, el primer ministro fue sustituido por Jafar Sharif-Emami, que suprimió el calendario imperial[3] instituido por el Shá y declaró la legalidad de todos los partidos políticos. Fue la primera victoria democrática de las masas, aunque el núcleo represivo del régimen –las Fuerzas Armadas y la Savak– permaneciese intacto.

El imperialismo mantuvo su apoyo a Reza Pahlevi. En conferencia de prensa, el presidente estadounidense Jimmy Carter declaró: “Espero que el Shá mantenga el poder… el Shá tiene nuestro apoyo y también tiene nuestra confianza”, y el director de la CIA, Stansfield Turner, afirmó: “Recibí un informe de la asesoría donde se dice que el Shá sobrevivirá otros diez años” en el poder.

¡Muerte al Shá!

El grito de guerra de la revolución: ¡Muerte al Shá!, se escuchó por primera vez en Tabriz y se extendió a todas las manifestaciones del país. El 4 de setiembre se realizó en Teherán una manifestación de entre 4 y 5 millones para conmemorar el Eid ul-Fitr, la festividad del final del Ramadán[4], que se transformó en una gigantesca protesta política. El día 8 se decreta la ley marcial en 12 ciudades, pero aun así, miles de personas vuelven a las calles de Teherán para reunirse en la plaza Jaleh, donde las tropas reales comienzan a disparar contra la multitud, desde helicópteros y desde el suelo, asesinando a cientos de personas[5] en la masacre conocida como “Viernes Negro”.

Al día siguiente, Khomeini, desde el exilio, convoca una huelga general. Además de las movilizaciones populares, los métodos y demandas típicos de la clase obrera ahora están incluidos en la agenda revolucionaria. Comienzan a surgir huelgas que involucran a miles de trabajadores y culminan con una huelga general de los trabajadores petroleros a finales del mes que, a su vez, incendió a la población en manifestaciones y rebeliones de apoyo por todo el país.

Durante el mes de octubre se suceden las huelgas. Son empleados bancarios, empleados públicos, mineros, trabajadores textiles, trabajadores de correos y telégrafos, transportes, y radio y televisión. Los periodistas paran el 11 de octubre. Los bancarios paralizan el sistema financiero del país con la huelga del Banco Central, seguida de la quema de unas 400 sucursales bancarias por parte de las masas. Los bancarios revelaron que 178 personas vinculadas al Shá habían transferido mil millones de libras al extranjero. Pero, no solo sus amigos. Según David Rockefeller, presidente del Chase Manhattan Bank, Pahlevi tenía U$S 2.000 millones en depósitos, cuyo retiro podría llevar el sistema bancario estadounidense a la bancarrota.

Finalmente, luego de permanentes movilizaciones que enfrentaban la represión armada y la detención de dirigentes, una huelga general de trabajadores petroleros que comenzó el 21 de octubre selló la suerte del Shá. Se niegan a producir petróleo bajo la dictadura. El primer ministro Sharif-Emami renuncia el 4 de noviembre y el Shá hace un discurso televisivo diciendo: «He escuchado la voz de su revolución… Como Shá de Irán y como ciudadano iraní, debo apoyar su revolución». El general Reza Azhari es nombrado primer ministro, y es quien, sin embargo, impone la ley marcial.

A inicios de diciembre, cerca de 9 millones, en un país de 35 millones de habitantes, salen a las calles exigiendo la “muerte al Shá”. Se presenta una declaración de 17 puntos con la exigencia de “independencia, libertad, república islámica” y la afirmación de que el ayatolá Khomeini es el líder de los iraníes. Los comandantes no consiguen ordenar la represión y los manifestantes se suben a tanquetas y camiones para solidarizarse con los soldados, entregándoles flores.

El último movimiento del Shá fue el nombramiento de un exlíder de la oposición como primer ministro, Shapour Bakhtiar, el 29 de diciembre, quien intentaría una transición pacífica al nuevo régimen de acuerdo con Mehdi Bazargan, futuro jefe del gobierno revolucionario provisional de Khomeini. “La hoja de ruta de la transición sería: la salida del Shá, la instauración de un Consejo de la Corona, la convocatoria a elecciones generales y libres, la instalación de una Asamblea Constituyente y, finalmente, el traspaso del poder”[6]. Pero, el regreso de Khomeini el 1 de febrero de 1979 y una gigantesca manifestación de más de un millón de personas en las calles de Teherán el 8 de febrero exigiendo la renuncia de Bakhtiar impiden cualquier acuerdo. El 11 de febrero de 1979 se completa la disolución de la monarquía, con la ocupación de Teherán por las fuerzas guerrilleras, la población armada y las tropas rebeldes. Reza Pahlevi no presenció la caída de su propio imperio, pues el 16 de enero de 1979 había abordado un Boeing pilotado por él mismo, primero rumbo a Kuwait, y, definitivamente, a Estados Unidos, para “tomar unas vacaciones y tratar una enfermedad”, donde moriría en 1981.

Una revolución obrera

La revolución de Irán estuvo marcada por grandes manifestaciones, convocadas por la jerarquía chiita y organizaciones sindicales y políticas de diversas tendencias. La protesta de diciembre, con 9 millones de personas en las calles, es considerada la mayor concentración popular en la historia de las revoluciones.

Pero es necesario mirar la acción obrera para comprender la dimensión de esta grandiosa revolución. En los últimos 15 años de la dictadura, con la “modernización”, se formaría una poderosa clase obrera a partir de las inversiones imperialistas, mientras la burguesía nacional perdía su fuerza relativa.

En 1978 había dos millones de obreros industriales, además de 750.000 trabajadores en los sectores del transporte y otros servicios, concentrados en los barrios de la periferia de las grandes ciudades. La mayoría de las empresas eran pequeñas, con 35 a 50 empleados, junto a fábricas gigantes que dominaban la escena, principalmente en los sectores petroquímico, automotriz y de la construcción, algunas de ellas con decenas de miles de trabajadores. Se puede establecer un paralelo con Rusia en la revolución de 1917, que tenía una clase obrera de 4 millones sobre 150 millones de habitantes, mientras que en Irán había casi la misma cantidad de obreros para 35 millones.

Fue este contingente el que marcó el final del reinado del Shá, al paralizar la economía del país con sus huelgas, principalmente en el sector petrolero. Es como se afirma en una declaración del Ala Militante de los Trabajadores de la Industria Petrolífera de Irán del 5 de junio de 1979:

Los trabajadores de la industria petrolera fueron los que derrocaron el régimen de 2500 años de monarquía y despotismo. Cuando su heroica huelga detuvo el flujo de petróleo, cortaron la vena yugular de la monarquía. Y al romper la barrera que representaba la monarquía, abrieron las puertas a la libertad y la abundancia para una sociedad atrasada como la nuestra.

Las esperanzas de una nueva libertad eran enormes, y las masas comenzaron a ejercerla con la constitución de comités revolucionarios, las shoras. Fueron creados para ocuparse de la distribución de alimentos y combustible a la población, durante la huelga general que decretó la caída del Shá, y posteriormente adquirieron carácter militar, arrestando a miembros del antiguo régimen y ejecutando a los agentes de la odiada Savak. Se extendieron por todas las ciudades del país, y en la capital, Teherán, había 14 grandes comités y otros 1.500 de menor alcance.

Tras la caída del Shá, se multiplicaron y desarrollaron de forma independiente en relación con la burguesía, convirtiéndose en embriones de doble poder. El New York Times del 24 de febrero de 1979 publicaba un artículo de su enviado especial, que decía:

Además de estas autoridades centrales, hay grupos que tienen buenas conexiones y pueden conseguir cosas, como los ayatolás y los mulás. Finalmente, casi todos los ministerios, bancos, oficinas o fábricas tienen un comité de trabajadores por el que deben pasar todas las órdenes para tener alguna posibilidad de aprobación. El miembro del gabinete del primer ministro, Abbas Amir Entezam, se quejó el miércoles pasado de que «a pesar del comando del Ayatolá, ninguna de las grandes industrias está funcionando, porque los obreros pasan todo el tiempo en reuniones políticas».

Tales reuniones tenían como objetivo organizar la producción bajo el control de los trabajadores, la conquista de reclamos económicos y la construcción de sindicatos. Según un periódico de la época, “los petroleros… formaron recientemente una organización nacional, el Sindicato Nacional de los Petroleros. Exigen semana laboral inmediata de 42 horas y la apertura de los libros contables de las empresas petroleras. Si el gobierno [de Khomeini] no responde en un plazo de tres días, se declarará en huelga”.

La burguesía y la jerarquía chiita querían la inmediata normalización del país y el fin de los comités revolucionarios, pero las condiciones políticas les eran desfavorables. Mehdi Barzagan, el primer ministro designado por Khomeini, reclamaba que los comités constituían un “poder paralelo a mi propio gobierno provisorio”.

Ideología y realidad

Manifestación de mujeres contra el códido de vestimenta en Irán (Marzo de 1979)

El hecho de que la revolución iraní estuviera dirigida por líderes religiosos, como el ayatolá Khomeini, llevó a los propagandistas del imperialismo a afirmar que su causa fundamental era religiosa, con musulmanes fanáticos que repudiaban la modernización occidental y deseaban volver a la Edad Media para construir una República Islámica, sujeta a las leyes del Corán. Sería, en esencia, una revolución reaccionaria.

Es cierto que las medidas adoptadas por el Shá para ampliar los derechos de las mujeres, como el permiso para asistir a la universidad, el derecho al voto y el divorcio[7], encontraron la oposición del reaccionario clero chiita. También es cierto que esa propaganda religiosa era difundida a todo el mundo por Khomeini desde París, su lugar de residencia desde el 6 de octubre de 1978.

Sin embargo, como dijo Marx, “cada época cree firmemente en lo que la época en cuestión dice de sí misma y en las ilusiones que crea sobre sí misma”[8], y esto es perfectamente cierto para los ideólogos de la República Islámica. Pero, es necesario distinguir entre lo que cada uno cree ser y lo que realmente es. Vamos a ver:

La República Islámica defendida por Khomeini tenía dos instituciones principales: el ejecutivo y el judicial. Estas instituciones tendrían la obligación fundamental de aplicar y defender las leyes divinas, escritas en el Corán. El poder judicial estaría compuesto por personas con conocimiento profundo de estas leyes, el clero chiita. Y “en la cúspide del poder temporal se encuentra el imán, en su papel de intérprete supremo de las leyes divinas, guía espiritual y coordinador del poder judicial y ejecutivo”[9]. Khomeini sería confirmado imán tras la aprobación de la constitución islámica en el plebiscito del 1 de abril de 1979. Para conocer el significado concreto de su investidura, basta remover el manto religioso que encubre la constitución para comprobar su condición de Bonaparte[10], con la misión de reconstruir el Estado burgués.

Asimismo, la burguesía nacional iraní no se enfrentó con el imperialismo para defender una hipotética superioridad del islam sobre el cristianismo occidental, sino para apoderarse de los ingresos del petróleo. Era una burguesía frágil en su conjunto, que había perdido fuerza frente al movimiento de masas con la capitulación del nasserismo al imperialismo en la década de 1960 y que veía nacer “una nueva corriente de masas, que organizaba camadas enteras de la pequeña burguesía y sectores desclasificados”[11], a través de una red de 180.000 mulás que controlaban el movimiento a través de una ideología religiosa. Incapaz de impedir la revolución y temiendo mucho más la insurrección obrera que la dominación imperialista, la burguesía recurre al islamismo, “que rechaza simétricamente el imperialismo y la emancipación del proletariado”[12], para derrotar el proceso revolucionario.

 Por eso, tan pronto como Khomeini tomó el poder, se nacionalizó la industria petrolera, así como todo el sector energético y bancario. Las propiedades del Shá fueron expropiadas y el comercio exterior quedó bajo control estatal. Son políticas mucho más propias de una burguesía nacional en lucha contra el imperialismo para mantener su parte en la plusvalía extraída, y bajo el peso de un gigantesco proceso revolucionario, que de un anticapitalismo reaccionario ávido de volver a la época feudal.

La contrarrevolución

La caída del Shá provocó la liberación de las fuerzas revolucionarias de la población. Los Shoras surgían por todas partes, revelando la fuerza del movimiento obrero. En el campo se creaban organizaciones similares para ocupar las tierras. Las organizaciones de izquierda salían de la clandestinidad y publicaban numerosos periódicos, mientras que las minorías nacionales de lengua árabe, turcomana y kurda exigían la autonomía en sus regiones.

La burguesía se dividía, con el surgimiento de un sector contrario al control total del aparato estatal por parte del clero chiita, representado por Bazargan y Bani Sadr. Este sector reflejaba diferentes intereses en relación con el imperialismo y en los métodos utilizados para controlar el movimiento obrero. Prefería desviar la revolución hacia la democracia burguesa, con sus instituciones “representativas” y elecciones regulares. Pero tales instituciones no existían en Irán, lo que debilitó sus posiciones. Solo un Bonaparte, capaz de colocarse “por encima” de las clases, dada su posición de imán, podría maniobrar adecuadamente entre las presiones del imperialismo, por un lado, y el movimiento de masas, por el otro. Su ideología reaccionaria, puesta al servicio de la defensa irreductible de la propiedad privada, combinada con una brutal represión fueron las vías que encontró la burguesía del bazar para defender sus históricos intereses de clase.

En junio de 1979 se aprobó una nueva ley de prensa, que dio luz verde a la persecución de los periódicos de izquierda. En agosto, se cerró la redacción de Ayandegan, seguido del cierre de 34 periódicos de oposición, en el mismo mes. En setiembre, los dos periódicos burgueses más importantes del país, Kayhan y Ettela’at, fueron expropiados y transferidos a la Fundación de los Desheredados, controlada por el clero.

Los partidos de oposición fueron llevados a la clandestinidad, como el Mujahedeen-e Khalq (Mujadines o Luchadores del Pueblo), una guerrilla pequeñoburguesa de ideología musulmana, y el trotskista Hezb-e Kargaran-e Sosialist (HKS o Partido Socialista de los Trabajadores). Massoud Rajavi, líder de los Mujadines, fue obligado a exiliarse en Francia, mientras 14 líderes del HKS fueron presos, doce de ellos condenados a muerte.

El único partido obrero que permaneció legalizado durante tres años fue el Tudeh (Partido Comunista Iraní), de orientación estalinista, por declarar lealtad a Khomeini y apoyar al clero chiita en su represión a las organizaciones de izquierda. Recién en 1982, debido a la ocupación de Afganistán por la burocracia soviética, los miembros del Tudeh fueron considerados agentes de una potencia extranjera y proscritos. En febrero del año siguiente, Nureddin Kianuri, el principal dirigente del Tudeh, fue preso. Kianuri, como buen estalinista, confesó en la televisión que era un espía de la Unión Soviética.

El levantamiento de la minoría kurda por la autodeterminación fue el más importante y adquirió un carácter de masas. Los kurdos, encabezados por el Partido Democrático, exigían la autonomía administrativa del Kurdistán, el derecho a su propia lengua y cultura, una participación específica en los ingresos nacionales y la responsabilidad por las fuerzas de seguridad locales. El descontento de la minoría kurda quedó demostrado en el plebiscito constitucional, rechazado por la inmensa mayoría de la población bajo la consigna “abajo el plebiscito, primero la autodeterminación”. Los enfrentamientos con las fuerzas armadas de Khomeini comenzaron en agosto de 1979, bajo el gobierno de Bazargan. La guerrilla kurda llegó a controlar parte de su territorio, hasta que el ejército lanzó una ofensiva, ocupando la ciudad de Bukan en noviembre de 1981 y todo el territorio en 1983.

 La represión también afectaba a los shoras, que no se sometieron a las nuevas instituciones de la república islámica. Según Amnistía Internacional, al menos 900 personas fueron ejecutadas entre enero de 1980 y junio de 1981, en su mayoría luchadores de izquierda y de la minoría kurda. En los siguientes doce meses, se registraron otras 2.974 muertes. El número de presos políticos en 1981 se estima en 20.000 y, según la revista Time, alrededor de 100.000 en 1984[13]. Son números que no dejan nada que desear a la época del terror imperial.

Las fuerzas khomeinistas lograron finalmente consolidar su posición a fines de 1981, tomar el control absoluto del poder y estabilizar relativamente el Estado burgués. Además de la sangrienta represión interna, a ello contribuyó en gran medida la invasión de Irán por parte de Irak.

La guerra Irán-Irak

El 22 de setiembre de 1980, Saddam Hussein invade Irán para impedir que el proceso revolucionario avance en territorio iraquí a través de la comunidad chiita, que constituye 70% de la población iraquí, y del levantamiento kurdo. El ejército iraní logra repeler al invasor y a principios de 1982 se libera el territorio iraní. Khomeini, sin embargo, decide continuar la guerra, que duraría otros seis años, a costa de por lo menos 500.000 vidas.

El ataque de la dictadura de Hussein se produjo en un momento vital del proceso revolucionario. “El movimiento independiente de los shoras, luego de una reactivación al calor de una ola de luchas económicas de la clase obrera, era el blanco de una ofensiva frontal por parte del régimen. La campaña de ‘unidad nacional’ que supo encarar el régimen islámico frente al ataque iraquí le permitió asestar golpes decisivos contra toda expresión independiente de la clase obrera”[14].

A pesar de una guerra sin país vencedor, pues terminó con un acuerdo en la ONU, esta logró el objetivo que perseguían Estados Unidos y la burocracia soviética al dar apoyo a Hussein: ayudar a derrotar la ola revolucionaria. En este sentido, puede decirse que el mayor beneficiado por el resultado, además del propio Khomeini, fue el imperialismo, pues agotó la energía antiimperialista de las masas iraníes e impuso límites al grado de independencia política alcanzado por Irán con la caída de Pahlevi.

Las contradicciones de la lucha antiimperialista

La revolución iraní tenía un carácter democrático y antiimperialista, que se estaba transformando en una revolución social por el impulso de las masas contra la explotación capitalista. Además de arbitrar el conflicto entre la burguesía nacional y la clase obrera, Khomeini desempeñaba el papel de un bonapartismo sui generis, al maniobrar entre la movilización de las masas y la presión imperialista para no perder el control del proceso, al mismo tiempo en que velaba por el mantenimiento de la propiedad privada. Este doble papel limitaba la lucha por la independencia nacional, debido al carácter dependiente de la burguesía. Esta contradicción quedó claramente demostrada cuando, el 4 de noviembre de 1979, estudiantes, animados por el llamado de Khomeini a una «movilización general contra el gran Satanás, Estados Unidos», invadieron la embajada estadounidense sin su previa autorización, para exigir la extradición de Reza Pahlevi y la devolución de su fortuna depositada en bancos estadounidenses.

Con el recuerdo de la derrota en Vietnam aún fresco y la campaña por los «derechos humanos» del presidente Carter, Estados Unidos no se atrevió a invadir Irán. Y quedaron desmoralizados al llevar a cabo una operación secreta para rescatar a los 66 rehenes –Operación Garra de Águila–, que acabó con la muerte de ocho soldados en la colisión de un helicóptero con un avión, ambos estadounidenses, en territorio iraní.

Pero en lugar de una victoria contra el “gran Satanás”, la “crisis de los rehenes” desembocó en una capitulación vergonzosa por parte del gobierno iraní. Los rehenes fueron liberados el 20 de enero de 1981 mediante un acuerdo con la nueva administración de Ronald Reagan[15], por la cual EE.UU. liberaba 11.000 millones de dólares de fondos iraníes en poder de bancos estadounidenses a cambio del pago de 5.100 millones de dólares de préstamos fraudulentos realizados por Reza Pahlevi.

La crisis de la dirección revolucionaria

A pesar de una larga tradición marxista –la delegación iraní al Congreso de los Pueblos de oriente, organizado por la Tercera Internacional en 1920, era la segunda en tamaño, con 192 miembros[16]–, el largo período de la dictadura de los Pahlevi había impedido su desarrollo. Solo el Tudeh, de origen estalinista, estaba en condiciones de organizar a una parte de los trabajadores en el período revolucionario. Pero, su papel traidor durante su período de legalidad, su historial de capitulaciones, como el apoyo a la Revolución Blanca del Shá, y su sumisión incondicional a la burocracia soviética impidieron que se convirtiera en una alternativa para la clase obrera.

Los jóvenes partidos marxistas, como el HKS, sufrieron una persecución implacable y las variantes pequeñoburguesas del islamismo, como los fedaines y los mujadines, aunque se oponían al régimen de Khomeini, apoyaban la República Islámica y no defendían la independencia de clase en sus programas. Otros grupos, como Paykar (una disidencia marxista de los mujadines) y la Unión de los Comunistas, vieron asesinados a sus líderes en 1983, además del arresto y la ejecución de miles de militantes.

Al drama de la revolución se suma el de la ausencia de un partido revolucionario que no pudo construirse al calor de una lucha tan compleja como la que tuvo lugar en Irán, país musulmán en el que:

El combate contra las direcciones islámicas [debe hacerse]… poniendo en el centro las necesidades de la lucha de clases, el combate contra el imperialismo y los gobiernos lacayos. Desenmascarar su inconsecuencia, su palabrerío, su sumisión a los intereses burgueses, su falso igualitarismo, es parte del combate y lo hacemos desde este ángulo, el de la lucha de los trabajadores por encima de las creencias religiosas, y del combate a la religión[17].

Una revolución interrumpida

Con la consolidación del poder por Khomeini a finales de 1981 y una relativa estabilidad de las instituciones islámicas a partir de 1985, con la transformación de la burguesía del bazar y del propio clero chiita en una gran burguesía industrial y financiera, Irán sigue siendo rehén de sus contradicciones internas, con las tareas democráticas más elementales no resueltas.

La burguesía iraní, con sus actuales líderes islámicos, demostró en la práctica este límite estructural, histórico, de las burguesías coloniales y semicoloniales que son incapaces de llevar hasta el final las tareas democráticas que históricamente cumplieron las revoluciones burguesas en los albores del capitalismo, a saber, la independencia nacional, la reforma agraria y las libertades democráticas.

En relación con el imperialismo, Irán logra su independencia política con la revolución de 1979. Pero, una vez congelada la revolución en los marcos del capitalismo, cuando la burguesía no tiene nada que ofrecer, ni siquiera la realización de sus propias tareas históricas, el retroceso es siempre inminente.

La revolución iraní fue extraordinaria y pasa a la historia como una de las más importantes que ha conocido la humanidad. Pero, al no expropiar a la burguesía para la construcción de una sociedad socialista, su tarea no fue terminada y, así, el dominio capitalista permaneció bajo la forma de una república islámica teocrática.

[1] MANDEL, E. A crise do capital. São Paulo: Ed. Ensaio, 1990, p. 39. Los valores en dólares son nominales, correspondientes al año mencionado.

[2] Revolución blanca: revolución realizada “desde arriba”, en oposición a las revoluciones populares o socialistas, consideradas “rojas”.

[3] El calendario imperial reemplazó el antiguo calendario persa, provocando la ira del clero chiita.

[4] Ramadán: noveno mes del calendario islámico, donde los musulmanes practican el ayuno. Se considera el mes en que fue revelado el Corán.

[5] Este número es objeto de muchas controversias, ya que en ese momento el clero chiita hablaba de decenas de miles de muertos. Emad al-Din Baghi, historiador de la Fundación de los Mártires de Irán, estableció el número en 88 en sus pesquisas. Michel Foulcaut, testigo ocular, habló de 2.000 a 3.000 muertos. Nunca se sabrá el número exacto, pero las imágenes de la masacre indican la posibilidad de cientos de muertos.

[6] COGGIOLA, O. O Irã no centro do mundo. www.blog.controversia.com.br, consultado el 20/10/2009.

[7] La revocación del uso del shador ya había sido adoptada por Reza Khan, padre de Pahlevi.

[8] MARX, K., ENGELS, F. Feuerbach, A oposição entre as conceições materialista e idealista. Capítulo 1 de A ideologia alemã. Lisboa: Ed. Sello, 1975, p. 72.

[9] Declaración de Khomeini en París.

[10] Bonapartismo: régimen dictatorial, apoyado directamente por las Fuerzas Armadas y llevado a cabo por la burocracia estatal. Su gobierno “del orden” apela siempre a un “árbitro inapelable”, capaz de arbitrar entre los diferentes sectores y clases sociales, con el objetivo de derrotar al movimiento obrero y estabilizar el Estado burgués. Sin embargo, el gobierno de Khomeini en los primeros meses de la revolución, cuando los Comités Revolucionarios ejercían un doble poder, puede caracterizarse como kerenskista.

[11] DIVÉS, Jean Phillippe. “Una guerra contra los pueblos de Irak e Irán”. Correo Internacional, n.° 7, 1985.

[12] Ídem.

[13] Ídem.

[14] Ídem. Para un análisis completo de la guerra Irán-Irak, el artículo de referencia puede encontrarse en www.archivoleontrotsky.org.

[15] Las elecciones presidenciales de Estados Unidos tuvieron lugar en noviembre de 1980. Uno de los principales factores que contribuyeron a la derrota de Carter en su intento de reelección fue la crisis de los rehenes y el fracaso de la Operación Garra de Águila.

[16] BROUÉ, P. História de la Internacional Comunista. São Paulo: Ed. Sunderman, 2008.

[17] PARRAS, Ángel Luis. “Islamismo, expressão distorsida do nacionalismo”. En: O Oriente Médio na perspectiva marxista. São Paulo: Editora Sundermann, 2007, p. 167.

Traducción: Natalia Estrada.

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