Haití, tres eneros después
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enero 15, 2013
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Las imágenes de la destrucción y de la desesperación de haitianos y haitianas fueron exhaustivamente exhibidas en todo el mundo.
La conmoción mundial fue enorme, e hizo que millones de ciudadanos comunes sacasen de sus armarios abrigos y ropas o pequeñas cantidades de dinero para donar a la reconstrucción del país. Hasta estrellas de Hollywood, como la actriz Angelina Jolie, desembolsaron voluptuosas cantidades de dinero para ayudar a las niñas haitianas. Los grandes bancos internacionales y gobiernos también hicieron algo. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID), al lado del Fondo Monetario Internacional (FMI), los gobiernos de Estados Unidos, Canadá e Francia, que hasta entonces eran los mayores acreedores de la deuda pública haitiana, se la perdonaron en casi su totalidad.
El Plan de Reconstrucción de Haití, previo a la inversión de más de 12 mil millones de dólares en algunos años para que el país fuese reconstruido y comenzase a dar los primeros pasos en la superación de su situación de miseria crónica. Tres años pasaron, después de promesas, perdones y el desaparecimiento total del país de los medios internacionales, es hora de ver el balance de lo que fue hecho.
El fracaso en números
En la caricatura de arriba, sacada de un artículo publicado en uno de los principales periódicos haitianos (Le Nouvelliste), con el título “¿Quién se come la ayuda?”, un delgado haitiano aparece en medio de dos enormes y bien vestidos extranjeros blancos. El haitiano mira de un lado para el otro, preguntándose: “¿No va a sobrar nada para mí?”, en tanto que los dos blancos se deleitaban comiendo la “ayuda” que es enviada a Haití: “una cucharada para Haití, cinco cucharadas para mí”, decían ellos.
Esta acusación, publicada hace pocos días, resume bien el cuadro actual en que sobreviven millones de haitianos. Según el informe publicado por el organismo americano Center for Global Development, cerca de 2,3 mil millones de dólares fueron destinados a Haití, entre el 2010 y el 2011. De ese monto, cerca del 1% fue a parar en las manos del gobierno haitiano; la mayor parte, sin embargo, fue destinada para empresas haitianas o extranjeras y ONGs internacionales. Según otro estudio, realizado por la agencia norteamericana Center for Economic and Policy Research, el 75% de todo el dinero enviado por USAID (Agencia de Desarrollo de los EE.UU.) a Haití, fue a parar a empresas de las regiones de Washington, Maryland y Virginia. Los haitianos comienzan a cuestionar si no están en medio de negocios realizados entre los norteamericanos y los propios norteamericanos. El gobierno haitiano, por otro lado, se mantiene completamente impotente ante tal realidad, con sus jefes cotidianamente comprometidos en casos de corrupción y escándalos para morder las migajas que sobran de la “ayuda”.
{module Propaganda 30 anos – MORAL}El fracaso de la llamada cooperación internacional en reconstruir al país es visible, física y estadísticamente. Incluso hoy, cerca de 350 mil personas continúan viviendo en barracas y tiendas improvisadas en las plazas y terrenos de Puerto Príncipe, con pésimas condiciones de higiene, salud y alimentación. Cerca de 1 millón de personas sigue viviendo en las más de 250 mil casas que fueron marcadas con señales rojas y amarillas, pues corren el riesgo de derrumbe o son inapropiadas para abrigar habitantes. Desde el terremoto, apenas 5.911 casas fueron construidas y cerca de 18 mil están siendo reparadas actualmente.
Datos como esos se reproducen en todos los niveles de la operación de “reconstrucción”. El fracaso de tal emprendimiento tiene causas más profundas, que no se limitan a la falta de dinero, a la incompetencia de los agentes comprometidos y, tampoco, a la corrupción de haitianos o extranjeros. Tal fracaso ya era previsible desde el inicio de la “reconstrucción”, ya que su plan fue elaborado para ser errado… para algunos.
La “cooperación internacional”
Pero no son todos los que salen perdiendo. La llamada “cooperación internacional”, sistema que administra la “ayuda” a Haití, articula gobiernos imperialistas y sus agencias de desarrollo (como la USAID norteamericana), ONGs de todo el mundo, empresarios y grandes organizaciones internacionales, como la ONU y el Banco Mundial. Ese sistema obedece a su propia lógica, la lógica de la reproducción de la pobreza, que mantiene a los países subdesarrollados en el subdesarrollo y responde a los intereses de los centros imperialistas.
Basta fijarnos hoy en la situación de muchos países africanos que se liberaron de sus antiguas metrópolis, en las décadas de 1960 y 1970, como Mozambique, Angola, Senegal, entre otros, para que entendamos dónde se sitúa Haití. En las últimas décadas, esos países fueron completamente invadidos por ONGs internacionales y sufrieron diversos tipos de intervenciones, por “misiones de paz” de la ONU, como actualmente es el caso de Mali. Las “misiones humanitarias”, en países africanos, así como en Haití, ya duran mucho tiempo y sólo dejan un rastro trás de sí: más miseria. Eso llevó al escritor Graham Hancock a llamar a los grandes agentes de la “ayuda internacional” de “señores de la pobreza”. Cuanta más pobreza, más necesaria es la presencia de ONGs y de “intervenciones humanitarias”. Cuanta más pobreza, más se pasa la idea de que los negros africanos o haitianos son completamente incapaces de gobernarse, lo que justifica la presencia de las intervenciones y ocupaciones militares. Cuantas más ONGs y “ayuda humanitaria”, más pobreza y colonización. Haití hoy es parte de esa lógica, que no comenzó a ser determinante sólo después del terremoto, sino que funciona cada vez mejor desde las dictaduras de Papa y Baby Doc.
Las grandes ONGs internacionales manejan la mayor parte de los recursos que son destinados al país. Basta andar por algunas horas, por Puerto Príncipe, para percibir que hay dos mundos diferentes e incomunicables -el mundo de los blancos, extranjeros, y el mundo de los negros, haitianos. Los cooperantes internacionales comen en los mejores restaurantes que proliferan por los barrios más ricos de Puerto Príncipe. Andan en jeeps y camionetas 4×4, ostentando sus lunas oscuras y celulares de última generación. Viven en mansiones o se hospedan en hoteles que cuestan más de 100 dólares diarios. Los cooperantes internacionales viven vidas que no podrían vivir en sus países, vidas de burgueses. La parte más aristocrática de Puerto Príncipe, el sub-distrito de Petiónville, recibió hasta un nuevo shopping, donde los blancos pueden hacer sus compras sin ser incomodados por la visión de una ciudad patas para arriba.
Además de succionar las riquezas del país y tener decenas, muchas veces cientos de trabajadores asalariados bajo sus órdenes, las ONGs prestan provechosos servicios a aquellos que se aprovechan de la miseria del pueblo. La ONG brasileña Viva Río, por ejemplo, ampliamente conocida en Río de Janeiro, por su “valeroso” trabajo prestado en las comunidades de la periferia, al lado de la asesina Policía Militar, hoy financia proyectos en las periferias de Puerto Príncipe, que busca cooptar líderes populares para sus emprendimientos, tratando, así, de garantizar la paz de la miseria, encima de los barriles de pólvora que son esas comunidades. Al lado de la ocupación militar, que “garantiza la paz” por medio de la violencia, las ONGs “garantizan la paz” por la cooptación y contención de la rebeldía popular.
¿La paz al servicio de quién?
En una pequeña ciudad al norte de Haití, con cerca de 9 mil habitantes, fue inaugurado, en abril del año pasado, aquello que tiene el potencial para ser el mayor parque industrial del Caribe. Una sociedad entre el gobierno haitiano, la embajada de los EE.UU. y el Banco Interamericano de Desarrollo que quieren generar, en los próximos 5 años, cerca de 20 mil empleos directos en el parque industrial de SONAPI, que tiene potencial para emplear hasta 65 mil personas, dependiendo de su capacidad de atraer inversores extranjeros. La empresa coreana Sae-A, una de las mayores manufactureras de confecciones del mundo, ya ocupó los primeros galpones y sirve de ejemplo a los inversionistas.
La construcción de esa zona franca, iniciada hace 2 años, ya generó polémica. Las familias que poseían plantaciones en el territorio donde fue, posteriormente, instalado el emprendimiento, perdieron sus tierras, del día para la noche. Un padre, con quien conversé, hoy líder de la asociación de campesinos afectados por la construcción del parque, me contó que los agricultores fueron informados que perderían sus tierras el mismo día en que las perdieron. “Ni el alcaide de Caracol sabía que el parque sería instalado en la ciudad”, dijo él. El emprendimiento fue aprobado en la alta cúpula de la burocracia norteamericana y traspasado a las autoridades haitianas, que lo implementaron.
Caracol y las ciudades vecinas al parque deben recibir miles de inmigrantes en los próximos años, ávidos en busca de un empleo, en un país con una tasa de desempleo formal de más del 80%. Es de común conocimiento que la ciudad se convertirá en una enorme favela. Un funcionario haitiano, de la embajada de los EE.UU., que prefirió no ser identificado, me dijo un día: “todo el mundo sabe que Caracol va a ser una nueva Cité Soleil”, haciendo referencia al barrio más pobre de América, en la periferia de Puerto Príncipe, que creció tremendamente en los últimos años con la presencia de trabajadores en busca de empleo en la industria de transformación.
Al mudarse para Caracol, en los próximos años, esos inmigrantes, tal vez aún con alguna esperanza de llevar una vida mejor, se encontraron con situaciones muchas veces peores de las que tenían antes de mudarse, ya que no tendrán donde habitar, su acceso a agua potable será muy difícil, trabajarán mucho para ganar un salario de miseria, de 25 a 30 dólares por semana y sufrirán enormes abusos por parte de sus jefes. Los grandes empresarios capitalistas serán los principales beneficiados con eso, no sólo los dueños de las fábricas manufactureras, sino los grandes burgueses accionistas de marcas como Levi's, GAP, Tommyhilfinger, Timberland y muchas otras que verán en Haití grandes oportunidades de ganancias.
Una ocupación militar para mantener todo bajo control
En medio de tamaña explotación, la rebelión e indignación por parte de los obreros y obreras no tardará en llegar. La respuesta de los empresarios, del gobierno haitiano y de la Misión de la ONU, será rápida y eficiente –represión y violencia. La historia se repetirá con los trabajadores.
La MINUSTAH (Misión de la ONU en el país, encabezada por el gobierno brasileño) es el principal agente de la represión. Para que se tenga una idea de la necesidad imperiosa de la permanencia de las tropas de la ONU en el país, un ejemplo puede ser ilustrativo. A inicios del año pasado, el Sindicato de los Obreros de la Zona Franca de Ouanaminthe, ciudad localizada en la frontera con República Dominicana, amenazó con realizar un piquete y parar los más de 6 mil obreros del parque industrial. Apenas conocida la posibilidad del piquete y de la huelga por mejores condiciones de trabajo, hizo que la MINUSTAH reubicase a soldados chilenos a las puertas de la zona franca e impidiese al sindicato para que tomara cualquier actitud. Las tropas de la ONU fueron accionadas por los empresarios a la primera manifestación de un conflicto laboral, cumpliendo un papel de seguridad de la empresa.
Para que se tenga una idea del poder que tienen los trabajadores industriales en Haití, basta que nos atengamos a algunos datos. La ciudad de Ouanaminthe, por ejemplo, posee cerca de 100 mil habitantes. Su efectivo policial es de cerca de quince policías, lo que demuestra, por sí sólo, que Haití no es un país violento, como nos quieren hacer creer (¿o alguno de nosotros consigue imaginar una de nuestras ciudades, con 100 mil habitantes y tal cantidad de policías?). Haití tampoco posee un ejército nacional, que fue disuelto por el ex presidente depuesto Jean-Bertrand Aristide. La única fuerza militar, capaz de contener la rebeldía de miles o decenas de miles de obreros tiene un nombre, se llama MINUSTAH, y es una de las principales políticas internacionales defendidas por los sucesivos gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil. Las tropas brasileñas, hoy presentes en Haití, tienen apenas una función: garantizar que todo continúe como está. Nosotros, trabajadores brasileños, tenemos el deber de colocarnos al lado de los trabajadores haitianos, y no de sus verdugos, los soldados brasileños.
Pasados tres años del terremoto y casi 9 años de la intervención militar de la ONU, nosotros de la LIT-CI reafirmamos: ¡Fuera las tropas brasileñas e internacionales de Haití! ¡Sólo habrá reconstrucción con soberanía! ¡Viva la lucha de los trabajadores y trabajadoras haitianos!
Traducción Laura Sánchez