La 26° Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Cambios Climáticos (COP26), realizada en Glasgow, Escocia, terminó como había previsto la activista climática Greta Thunberg: en mucho “bla, bla, bla”, en la “celebración de negocios” y en bellos discursos que no pudieron esconder su retumbante fracaso.

Por: Jeferson Choma

Fue otro “fracaso anunciado” del capitalismo en relación con cómo detener el calentamiento global. Una prueba más de que este sistema no puede detener la crisis que él mismo provocó; lo que plantea la necesidad de superarlo y de la construcción de una sociedad socialista para enfrentar la emergencia climática.

Entendiendo el fracaso de la COP26

Para entender esto es preciso recordar que el objetivo de la Conferencia era aprobar medidas que puedan garantizar los objetivos del “Acuerdo de París”, firmado por 195 países, como resultado de la COP21, en 2015: limitar el aumento de la temperatura global debajo de 2 grados Celsius, en este siglo, haciendo esfuerzos para llegar, como máximo, a un aumento de 1,5°.

Científicos ya avisaron que, caso la media de la temperatura de la Tierra aumente por arriba de 2° Celsius, los impactos serán catastróficos, causando la elevación del nivel del mar y desastres naturales más intensos y frecuentes. En este escenario, es muy probable que enfrentemos un colapso ambiental en cascada, en la medida en que los sistemas terrestres sobrepasen sus límites críticos.

Para dar solo un ejemplo, el aumento de la temperatura arriba de 2 grados puede causar el deshielo del “permafrost”, un suelo permanentemente congelado existente en Rusia, Alaska y Canadá, liberando una cantidad inmensa de carbono en la atmósfera. Se estima que el “permafrost” contenga ¡el doble del dióxido de carbono (CO2) presente en la atmósfera!

Para impedir esa catástrofe (o sea, que la temperatura suba más allá de los 2°), sería preciso imponer rápidas y profundas reducciones en la emisión de carbono: de 45% hasta 2030 (en relación con los niveles de 2010) y emisión cero en 2050.

Eso exigiría una total revolución de la matriz energética, comenzando por el cierre de las minas de carbón, por la no abertura de nuevas plataformas de petróleo y gas, como combustibles, hasta 2050. Todo esto, combinado con el desarrollo de fuentes limpias de energía, tales como la energía solar, eólica (captada con los vientos) y el hidrógeno verde (o sea, producido sin el uso de combustible fósil).

Pero, el capitalismo es absolutamente incapaz de hacer esa transformación, y la COP26 fue un capítulo más de este fracaso.

La conferencia ni siquiera renovó las metas para 2030 (sí, esas que definían limitar el calentamiento a 1,5 grados). La declaración final también fue modificada. En lugar de “eliminar gradualmente” el carbón, la redacción final del documento habla de “reducir gradualmente” el uso de este combustible. La modificación del texto fue realizada por presión de la India, el tercer mayor emisor mundial de gases de efecto invernadero (que provocan una retención “excesiva” de calor en la atmósfera), después de China y de los Estados Unidos. El país depende fuertemente del carbón y su uso aumentará en esta década.

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Tecnologías al servicio de las petroleras

El enviado climático de EEUU, John Kerry, intentó salvar las apariencias y argumentó que la tecnología de captura y almacenamiento de carbono podría ser desarrollada para retener las emisiones en la fuente y almacenarlas en el subsuelo.

No obstante, la captura y almacenamiento de carbono es una propuesta extremadamente controversial para la acción climática. En el momento, la mayor parte de los proyectos de secuestro de carbono tiene como objetivo almacenarlo en formaciones geológicas sedimentarias en profundidad. El gobierno de Noruega hasta creó Gassnova, una compañía estatal para almacenar carbono en las profundidades del Mar del Norte. Lo curioso es que casi todos esos proyectos tienen apoyo y financiamiento de petroleras como Chevron, BHP y Shell. Pero, ¿cuál es el interés de las petroleras en el desarrollo de esas tecnologías?

Más allá del obvio interés en continuar emitiendo CO2, hay otro. Actualmente, 88% del secuestro de CO2 es usado por la industria del petróleo para extraer más petróleo. El CO2 capturado, una vez que es inyectado en rocas sedimentarias, puede ser usado para extraer los últimos depósitos de petróleo, en pozos que ya sobrepasaron el período de alta productividad. Esa técnica es utilizada hace décadas por la industria del petróleo y el gas en los EEUU y se estima que su uso puede resultar en una extracción extra de 30% de petróleo. O sea, el desarrollo de esa tecnología visa prolongar la era del combustible fósil.

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Economía verde: lucrando con la catástrofe climática

Pero eso son apenas los fracasos más visibles de la COP26, que también reiteró las viejas y sobadas soluciones de la “economía verde”. Entre ellas está el apoyo al mercado de “créditos de carbono”, que son activos financieros negociados en las bolsas de valores, que permiten a los contaminadores emitir gases de efecto invernadero a un costo menor, en relación con las multas y sanciones.

Otra “solución” ventilada por decenas de “cartillas” que proyectan la disminución de las emisiones de CO2 es el incentivo a los biocombustibles (producidos a través de materia orgánica, a partir de productos como caña de azúcar, maíz, soja, semillas de girasol, madera y celulosa). Pero, pensar que la producción de biocombustibles es “sostenible” es un absurdo completo.

Basta mirar las regiones del Brasil tomadas por enormes plantaciones de caña de azúcar usadas en la producción de etanol, que suprimieron (y continúan suprimiendo) selvas y biomas (regiones cuyas características medio ambientales son semejantes) enteros. El interior del Estado de San Pablo es una de esas regiones. La destrucción del monte nativo y su sustitución por plantaciones de caña de azúcar fue uno de los principales ingredientes para las tempestades de polvo que alcanzaron varias ciudades en los últimos meses.

Atizando conflictos agrarios

Además, el incentivo a los biocombustibles profundiza los métodos y la lógica de la acumulación, aumentando la especulación de tierras, la concentración agrícola, la expulsión y la violencia contra campesinos, quilombolas e indígenas.

Esa es una de las razones que explican por qué ningún gobierno dio atención a las demandas del pueblo guaraní-kaiowá, en Mato Grosso do Sul. Su territorio ancestral está tomado por “biocombustibles” (caña de azúcar y soja hasta donde la vista alcanza), mientras ellos continúan siendo exterminados por milicias de hacendados y sus pequeñas aldeas (confinadas en verdaderos “bantustanes”, como eran llamados los territorios negros segregados durante el régimen del apartheid en África del Sur) son atacadas e incendiadas todos los meses. De 2003 a 2014, fueron asesinados 335 indígenas solamente en esa región del Brasil.

El apoyo al uso de los biocombustibles dado por los gobiernos capitalistas es el preanuncio de más y mayores conflictos agrarios. De ahí se puede comprender la dimensión de la lucha contra el “marco temporal” entablada por los pueblos indígenas del Brasil.

La tal “economía verde” no detendrá el colapso ambiental en curso. Es solo una nueva fuente de expansión del capital para que la burguesía siga acumulando sobre la base del robo, del saqueo y de la muerte.

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Promesas vacías: caso seis billones de dólares de subsidio para la industria de combustibles fósiles

En la COP26, las principales instituciones financieras del mundo se comprometieron a invertir U$S 130 billones en la transición para una economía libre de carbono. Joe Biden alardeó que destinará U$S 555.000 millones, aún en esta década, para garantizar la transición.

Sin embargo, todas esas promesas son tan falsas como las de Bolsonaro, que se comprometió a disminuir la deforestación en el Brasil, particularmente en la Amazonía. Con Bolsonaro, la Amazonía viene alcanzando los mayores índices de deforestación desde 2006. Todos saben que la selva continuará siendo destruida en su gobierno y no hay motivo alguno para creer en sus promesas.

Pero, ¿hay algún motivo para creer en las declaraciones de Biden y en el “compromiso” adquirido por las instituciones financieras? De forma alguna. Primero, mientras prometen “el oro y el moro”, continúan gastando billones de dólares en subsidios para los combustibles fósiles. De acuerdo con un informe del Fondo Monetario Internacional (FMI), publicado en el diario británico The Guardian el 6/10/2021, se estima que la industria de combustibles fósiles se beneficia con subsidios de U$S 11 millones cada minuto. En total, las producciones y quemas de carbón, petróleo y gas fueron subsidiadas en U$S 5,9 billones en 2020.

Esos subsidios billonarios cosntituyen el mayor problema para el desarrollo de tecnologías para la producción y distribución de energía limpia. Un informe de la Agencia Internacional de Energía Renovable, publicado en 2020, rastreó cerca de U$S 634.000 millones en subsidios al sector de energía, solamente en ese año, y descubrió que cerca de 70% de los valores fueron relativos a combustibles fósiles. Solo 20% fueron para la generación de energía renovable.

La vieja matriz energética fósil aún es más barata y lucrativa para el capital, que va a explotarla de manera predatoria hasta su agotamiento. En el medio plazo, las inversiones en energía limpia solo van a promover un “mix” energético; o sea, una diversidad de fuentes y no la transición necesaria para evitar el colapso ambiental. Su desarrollo también servirá para que algunos países centrales del sistema puedan obtener alguna renta tecnológica, con su venta, tal como la industria farmacéutica está haciendo hoy con las vacunas.

La urgencia del socialismo

Además de ser un desfile de falsas promesas, la COP26 fue una vidriera para el llamado “greenwashing” (literalmente, “lavaje verde”, o “maquillaje verde”, que en la práctica significa usar falsas medidas de protección del medio ambiente para intentar mejorar la imagen de un país o de una empresa), o el “marketing verde”, realizado por muchas empresas que intentan convencernos (y también corrompernos) de que el capitalismo es sostenible.

Quieren engañarnos y decir que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Solo la construcción de una sociedad socialista, pautada en la planificación democrática de la economía, puede restablecer el equilibro metabólico (o sea, las relaciones y el “intercambio de energía”) entre seres humanos y naturaleza, desarrollar nuevas matrices energéticas y promover una revolución de las fuerzas productivas. O la humanidad acaba con el capitalismo o el capitalismo acabará con la humanidad.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 25/11/2021

Traducción: Natalia Estrada.