La cabeza más formidable de nuestro partido dejó de pensar; el corazón más poderoso que conocí dejó de latir.

Friedrich Engels

Después de la muerte de Marx, el 14 de marzo de 1883, Engels se vio solo en la tarea de continuar la obra política que los dos habían emprendido por toda su vida adulta. Incluso con Marx muerto en su cama, él aún no había concebido que aquel “hombre genial hubiese dejado de fecundar el movimiento obrero de los dos continentes con sus ideas estupendas” y decía que todo lo que este movimiento había conseguido era debido a Marx, desde el punto de vista teórico y práctico.

Por Marcos Margarido

Es imposible imaginar el vacío que lo alcanzó. Aún más porque Marx había dicho a Eleanor, su hija más joven, que el manuscrito de El Capital (cuyo primer volumen ya había sido publicado) debía ser editado por Engels. Obviamente, él era el único en quien Marx confiaba para mantener intactas sus ideas.

Sin embargo, no pensemos que aquel que se definía como el segundo violín de aquella orquesta fuese una persona de carácter dependiente. Marx no soportaría un amigo así. En verdad, Engels se tornó comunista antes que Marx y estaba escribiendo Condiciones de la clase obrera en Inglaterra, que contiene el esbozo de varios conceptos utilizados por Marx en El Capital, cuando comenzaron su colaboración mutua. Cuando su madre lo reprendía por andar en compañía de aquel ‘comunista’, Engels respondía que nada cambiaría si Marx no existiese y que, en verdad, era la familia de Marx la que decía que “yo lo había corrompido”.

En este artículo vamos a abordar algunos aspectos de la vida política de Engels luego de la muerte de Marx para evaluar si él mantuvo la misma estrategia expresada en el texto fundacional del comunismo moderno, el Manifiesto Comunista. ¿Es verdadera la afirmación de Gustav Mayer, en su biografía de Engels, de que “el ideal que continuaba vivo en el gran detractor del filisteísmo a los sesenta años de edad era el mismo que el del joven de veintidós años”?

La ley antisocialista

Marx aún estaba vivo cuando el gobierno del Imperio alemán, comandado por Bismarck, implantó la ley antisocialista en 1878, pero fue Engels quien entabló una verdadera batalla contra los dirigentes del partido alemán para resistir la tentación de capitular a ella para mantenerlo legalizado. Esta ley prohibía al Partido Obrero Alemán (el nombre del Partido Socialdemócrata Alemán, SPD en la época) de la vida pública, prohibía la edición de periódicos, la mantención de las sedes, y cualquier acción identificada con el partido, como la acción sindical. Pero permitía a los miembros que presentasen candidaturas independientes en las elecciones.

Frente a eso, la mayoría de los diputados socialdemócratas en el parlamento, los únicos que ahora, gracias a la inmunidad parlamentaria, podían asumir la representación y defensa del partido, defendió la sumisión del partido a las nuevas condiciones impuestas, que abandonase su carácter de clase y estableciese contactos con el ala democrática de la burguesía para mantener su legalidad.

Frente a eso, Engels respondía “que no podíamos pensar en bajar la bandera del proletariado que habíamos mantenido por cerca de 40 años, mucho menos juntarnos a las ilusiones pequeñoburguesas de la fraternidad universal, que enfrentamos, nuevamente por cerca de 40 años”.

Su ira estaba dirigida particularmente a las “personas cultas” del partido, a los diputados y dirigentes pequeñoburgueses, a quienes apuntaba la puerta de salida: “Si estos señores constituyen un partido socialdemócrata de la pequeña burguesía, ellos están en su perfecto derecho; en este caso, tal vez podamos negociar con ellos y tomarlos incluso hasta como aliados en ciertas circunstancias, etc. Pero, en un partido obrero, ellos son un elemento perturbador”.

La batalla no fue fácil. Pasaron años antes de que Engels y Marx volviesen a aceptar escribir para el periódico El Socialdemokrat, publicado en Suiza y contrabandeado para Alemania, pues tenían gran desconfianza en el rumbo que el partido estaba tomando.

Pero, la minoría de los diputados tenía mucho peso, pues incluía a los dos de los principales dirigentes del partido, Bebel y Liebknecht. Poco a poco, ellos consiguieron rehacer las conexiones quebradas por la clandestinidad y dotar al partido con una política de enfrentamiento a la ley.

Finalmente, en 1880, en el primer congreso realizado bajo la ley antisocialista, en Suiza, las resoluciones aprobadas devolvieron a Engels y a Marx la seguridad de que el partido volvía a los rumbos que ellos defendían.

Pesó mucho para eso la convicción de que los vientos de los acontecimientos históricos soplaban con fuerza la vela de la socialdemocracia. En 1874, Engels decía que, por fin, la implantación de una gran industria y una burguesía modernas generaban un proletariado realmente poderoso. Era a ese proletariado que él miraba, pues “nunca vimos un proletariado capaz de aprender en tan poco tiempo a actuar colectivamente y a marchar en filas cerradas”. Y gran parte de esa acción colectiva en torno al partido era debido a la propia ley antisocialista, que “enseñaba” a la clase a defender a su partido de los ataques asestados por la burguesía.

La táctica parlamentaria

Aunque el trabajo clandestino en los sindicatos se mantenía, el parlamento se tornó el principal instrumento de acción pública del partido debido a la ley antisocialista.

Pero, no sin problemas. La socialdemocracia alemana tenía un lema: “Ninguna persona; ningún centavo para este sistema”. Esto significaba no votar a favor de ninguna propuesta de presupuesto favorable al gobierno, pues reforzaría el Estado opresor que se quería destruir.

Pero, siempre que Bismarck presentaba un proyecto de ley que envolvía la concesión de créditos a determinados sectores, diputados socialdemócratas defendían su aprobación bajo el pretexto, por ejemplo, de que aquello podría abrir nuevas oportunidades de empleo a la clase obrera. Engels estaba en contra de esa forma de ver las cosas, incluso cuando el gobierno implantó una forma de seguro para la clase obrera, que hoy podríamos comparar con el seguro de desempleo, algo inédito en la época.

En 1885, Bismarck presentó una política de concesiones de subsidios a empresas de navegación, que generó expectativas en la clase obrera, pues podría abrir muchos puestos de trabajo en los astilleros del país. Algunos diputados socialdemócratas pasaron a apoyar esa propuesta, incluso cuando era claro que se trataba de una política colonialista, de exportación de productos alemanes. Engels, tomando en cuenta estas expectativas, definió su táctica parlamentaria:

“La mejor manera, en estos casos en que los preconceptos pequeñoburgueses de los electores deben ser llevados en consideración, es, en mi opinión, decir: por razones de principio, somos contrarios, pero, teniendo en cuenta el hecho de que ustedes exigen de nosotros propuestas positivas y afirman que estas cosas también favorecen a los trabajadores –lo que nosotros negamos, en la medida en que se ventila un beneficio poco más que microscópico–, pedimos que se ponga a los trabajadores y los burgueses en pie de igualdad. Por cada millón que usted saca directa o indirectamente de los bolsillos de los trabajadores para dar a la burguesía, usted debe dar otro millón para los trabajadores”.

Y, decía Liebknecht, al mencionar la posición del diputado socialdemócrata Schumacher, que, para respetar las ilusiones de los electores, siempre que el Estado quisiese ofrecer subsidios a la burguesía, los diputados deberían posicionarse “a favor solamente si un mismo subsidio estatal del mismo valor fuese directamente asignado a los obreros, tanto urbanos como rurales”.

Es claro que esta táctica tenía como objetivo aclarar a la clase obrera por qué las propuestas venidas del gobierno debían ser rechazadas, y no para hacer cualquier acuerdo con él. Por eso, cuando Bebel manifestó dudas, Engels explicó:

“Cuando proponemos algo positivo, solo debemos formular propuestas que sean viables. Pero, viables por sí mismas, aun cuando el gobierno existente no pueda ponerlas en práctica. Además, cuando proponemos medidas socialistas, que llevarían (como en este caso) al derrumbe de la producción capitalista, formulamos propuestas que sean esencialmente prácticas, pero que no pueden ser implementadas por este gobierno.

¡Qué lecciones extraordinarias nos deja Engels sobre táctica parlamentaria!

Estrategia revolucionaria

Evidentemente, esta táctica parlamentaria estaba al servicio de una estrategia revolucionaria, de toma del poder por la clase trabajadora a través de una revolución, necesariamente violenta, socialista. La brújula de Engels nunca dejó de apuntar hacia ese norte.

No obstante, es necesario entender que la lucha concreta de la clase obrera tenía como objetivo la conquista de la república democrática, por la destrucción revolucionaria del Imperio alemán, pues la burguesía había demostrado su incapacidad de realizar esta tarea que era históricamente suya. Marx y Engels ya habían llegado a esa conclusión luego de la traición de la revolución democrática de 1848 por la burguesía. En 1850, Marx afirmaba que la bandera de esa lucha pasaba a las manos de la clase obrera, aunque ella tuviese que pasar por las diversas opciones pequeñoburguesas de “socialismo verdadero” que se presentasen.

Pero, la expropiación de la burguesía y la realización del comunismo nunca estuvieron ausente de ese objetivo, ni en 1850, cuando Marx declaró la “permanencia de la revolución” hasta su objetivo final, ni en la época en que Engels preveía la victoria de la clase obrera para “el final del siglo”.

En 1883, él mantenía el mismo razonamiento al hablar de la futura revolución democrática en Alemania:

“El primer resultado inmediato de la revolución, entre nosotros, en lo que respecta a la forma, no puede ser otro que la República burguesa. Pero esto no será más que una breve fase de transición, ya que, felizmente, no existe en Alemania un partido burgués puramente republicano. La república burguesa, tal vez liderada por el Partido Progresista, solo nos servirá, inicialmente, para atraer a las grandes masas trabajadoras para el socialismo revolucionario –lo que alcanzaremos en uno o dos años— y servirá para desgastar y autodestruir de todos los posibles partidos intermediarios, pero no el nuestro. Solo entonces podremos tomar el control con éxito”.

El tema de la conquista de la república es fundamental. Pero, no se trataba de declarar la república después de la obtención de una mayoría parlamentaria o de hacer acuerdo con los partidos burgueses republicanos más progresistas. Las victorias parlamentarias eran importantes y él veía la obtención de una mayoría como posible, pero apenas como punto de apoyo para desencadenar la revolución obrera en las calles.

Por eso, decía a Paul Lafargue, líder del Partido Obrero francés, de orientación marxista, en 1894:

“Pero una república, como cualquier otra forma de gobierno, es determinada por quien la compone. Desde que sea la forma de gobierno burgués, ella es tan hostil para nosotros como cualquier monarquía (excepto por las formas de esa hostilidad). Por lo tanto, es una ilusión gratuita tratarla como una forma esencialmente socialista; confiar a ella, mientras es dominada por la burguesía, tareas socialistas”.

Pero, para él, eso no bastaba. Pues, incluso una mayoría de trabajadores sería presa fácil para el ejército alemán poderosamente armado. Su razonamiento, que varios detractores llaman reformista[1], de esperar una mayoría electoral para lanzarse al ataque, tenía un complemento obligatorio: ganar la base de las fuerzas armadas, una necesidad que él no se cansaba de repetir en los últimos artículos de su vida. Al analizar el resultado de la elección general de 1877, cuando el partido socialdemócrata obtuvo cerca de 600.000 votos, una victoria espectacular, Engels no se dejó llevar por el canto de sirena del parlamentarismo. Decía que la “votación nos permite calcular nuestras fuerzas” pero no en el parlamento y sí de apoyo de los batallones obreros, y concluía:

“Y cuando digo batallones y cuerpo del ejército, no estoy hablando metafóricamente. Por lo menos la mitad, si no más de estos hombres de 25 años que votaron en nosotros, pasaron dos a tres años de uniforme y saben perfectamente cómo manejar una pistola de aguja o un cañón estriado, y son reservistas del ejército. Algunos años más de este tipo de progreso y tendremos con nosotros a los reservistas y la Landwehr (tres cuartos del ejército) de modo de inmovilizar las fuerzas armadas como un todo y hacer imposible cualquier tipo de guerra ofensiva [por parte del gobierno]…”.

La conquista de la república era solo un paso en dirección al socialismo revolucionario y las dos cosas no estaban disociadas. En relación con el programa electoral para el campo, por ejemplo, Engels dijo, en 1894, que “así que nuestro partido esté en posesión del poder político, tendrá simplemente que expropiar a los grandes propietarios de tierras, así como a los fabricantes industriales”. Eso es, la expropiación de la burguesía.

¿Por qué Engels tenía tanta seguridad de la victoria revolucionaria de las masas? En primer lugar, por la marcha de los acontecimientos históricos, como ya vimos. Pero, esta marcha de nada serviría si no se hubiese forjado un proletariado capaz de cumplir con su tarea histórica. Y Engels tenía una confianza inquebrantable en la clase obrera. En 1884, haría una síntesis de esas dos condiciones:

“La gran ventaja que tenemos es que la revolución industrial en Alemania solo se inicia, mientras en Francia y en Inglaterra esencialmente ya está completa […] De esta forma, conseguimos una revolución industrial más profunda, y geográficamente más extensa y más amplia que la de los otros países y, además, con un proletariado perfectamente saludable, intacto, no desmoralizado por las derrotas y, finalmente –gracias a Marx– con una conciencia más clara de las causas que mueven el desarrollo económico y político y de los prerrequisitos para la revolución venidera que ninguno de nuestros antecesores poseía. Pero, en cambio, tenemos la obligación de vencer”.

La fundación de la Segunda Internacional

Esa expansión de la clase obrera, así como de sus luchas, se traducía en la organización de partidos socialistas en Europa, influenciados, en mayor o menor medida, por el marxismo. En Francia, se funda el Partido Obrero; en Inglaterra surge el Nuevo Sindicalismo, por fuera de la estructura burocrática de los sindicatos comandados por el TUC (Trades Union Congress), la central obrera del país.

Este ascenso obrero abre la posibilidad de la reorganización internacional de la clase obrera, cuya última expresión había siso la I Internacional, que fue llevada al  fin luego de la derrota de la Comuna de París, en 1871. Una demostración de eso fueron las resoluciones semejantes adoptadas por el partido socialdemócrata alemán y por el TUC en sus congresos de 1888, de convocar un encuentro internacional para discutir la legislación laboral. Luego de la realización del encuentro convocado por el TUC, se decidió la convocatoria a un encuentro internacional el año siguiente, en París, en ocasión del centenario de la revolución francesa (14 de julio).

Fue en esa circunstancia que Engels entró en escena, pues la tarea de su convocatoria y organización fue dada a los llamados Posibilistas, una organización francesa que restringía la lucha del movimiento obrero a lo que era “posible” conseguir. Él no podía admitir que una “alianza entre los Posibilistas y la Federación Socialdemócrata [inglesa] constituyese el núcleo de la nueva Internacional a ser fundada en París”.

Según él, “los esfuerzos persistentes de los Posibilistas y de Hyndman [de la Federación Socialdemócrata de Inglaterra] para infiltrarse en la dirección de una nueva Internacional por medio de sus congresos, tornaron inevitable una lucha para nosotros, y aquí está el único punto en que concuerdo con Brousse [dirigente de los Posibilistas]: que es la vieja división en la Internacional nuevamente, que ahora divide a los trabajadores en dos campos opuestos”. De un lado, los herederos de Bakunin, bajo nuevas banderas, pero con las viejas maniobras y tácticas, y del otro, el movimiento obrero leal.

Engels orientó al Partido Obrero, cuyos dirigentes eran Lafargue y Guesde, a convocar un congreso internacional en París para la misma fecha que el congreso de los Posibilistas; escribió un volante, junto con Bernstein, para denunciar las maniobras de Hyndman en Inglaterra y acusando a los Posibilistas de ser financiados por el “fondo de los reptiles de los Oportunistas, es decir, de la haute finance (alta finanza)”; y escribió a los pequeños partidos socialistas de toda Europa explicando la situación y convidándolos al congreso del Partido Obrero.

Pero, el mayor esfuerzo fue hecho para convencer al partido alemán. Algunos dirigentes defendían la participación en el congreso de los Posibilistas, y Liebknecht y Bebel intentaban, a toda costa, unir a los dos sectores. Liebknecht estaba siempre preocupado por encontrar soluciones conciliatorias, pues consideraba lamentable dar a las clases propietarias el espectáculo de dos congresos socialistas internacionales que rivalizasen entre sí. Para Engels, en la medida en que el congreso de los Posibilistas consiguió atraer solo “sindicatos no socialistas o medio socialistas”, con “un carácter bastante distinto del nuestro”, la cuestión de la fusión era una cuestión secundaria, y los “dos congresos pueden sentarse lado a lado, sin escándalo”.

El Congreso Internacional (socialista) de Trabajadores se realizó en París entre el 14 y el 20 de julio de 1889 y se tornó un congreso constituyente de la Segunda Internacional. Participaron 339 delegados, representando a los partidos obreros y socialistas de 20 países de Europa y los Estados Unidos. Una de las principales decisiones del congreso fue la aprobación de la campaña por la reglamentación de la jornada de 8 horas y la realización de actos, el 1 de mayo de 1890, en apoyo a esa reivindicación.

Engels quedó exultante con el resultado, descrito arriba, y afirmó que “mis servicios no son más necesarios”. Volvería al trabajo de edición del Libro III de El Capital y a su actividad literaria, dejados de lado por algunos meses para poder garantizar que la Segunda Internacional fuese una organización marxista.

Nota:

[1] Ver artículo: ¿Se habría transformado Engels en un reformista al final de su vida?, en revista Marxismo Vivo – Nueva Época n.° 16, noviembre de 2020 (publicado en formato digital).