Muchos activistas están preguntándose eso, y con razón. Al final, con el blindaje conseguido por Bolsonaro con el centrão [partidos de centro] en el Congreso Nacional, pago con miles de millones de reales, la posibilidad de que se vote un impeachment parece lejana.

Por: Eduardo Almeida Neto

Pero, a pesar de eso, no creemos, como Lula, que ya no haya tiempo para impeachment ni que es imposible derrocar o derrotar a Bolsonaro. Queremos explicar los motivos.

Un gobierno genocida

En primer lugar, motivos para derrocar a Bolsonaro no faltan. La respuesta del gobierno Bolsonaro a la pandemia fue clasificada como la peor en todo el mundo, por su combinación genocida de negacionismo e incompetencia. Los números oficiales atestan diez millones de infectados y 250.000 muertos.

Ahora tenemos una pandemia completamente fuera de control. El Brasil puede ser, en algunos meses, un gran Manaus[1].

Existe una recesión mundial. Bolsonaro atacó fuertemente los derechos laborales e incluso suspendió el auxilio de emergencia. Juntando el desempleo (cerca de 15%, en números oficiales), con la rebaja salarial y la precarización del trabajo, la situación social de los trabajadores es gravísima.

El canalla Bolsonaro, que se eligió en el vacío de la decepción con los gobiernos del PT, se reveló corrupto y, peor, una corrupción ligada a las milicias [parapoliciales]. Cuando se vio entre las cuerdas por tener a la Justicia en los talones de sus hijos, y su campaña prodictadura lo aisló, se arrojó a los brazos del centrão, acabando con el discurso de la “nueva política”.

Bolsonaro militariza cada día más el gobierno y tiene como proyecto una dictadura que acabe con las libertades democráticas.

La caída en la popularidad de Bolsonaro puede ampliarse

Bolsonaro tiene una base política de ultraderecha, apoyada en valores conservadores, autoritarios, racistas, machistas y lgbtfóbicos. Pero la base que hoy apoya el conjunto de esta pauta no sobrepasa 15% de la población, aunque él esté consiguiendo mantener cerca de 30% de apoyo a su gobierno.

Con la pandemia fuera de control, el negacionismo en relación con las vacunas, el fin del auxilio de emergencia y la carestía de vida, se abrió una nueva tendencia de caída en el apoyo al gobierno.

El inicio de la vacunación, sin embargo, generó expectativas en las masas, pero su popularidad aún no mejoró, y los atrasos y el agravamiento de la pandemia siguen siendo debitados en su cuenta. La vuelta del auxilio de emergencia, casi cierta, debe abarcar a la mitad de los que lo recibieron el año pasado, y tal vez solo con 250 reales mensuales. No está claro si esto estancará su desgaste o en qué nivel lo hará, o si incluso generará más revuelta.

La pandemia tiene efecto político contradictorio. Por un lado, trae la muerte en gran escala, que puede afectar a todas las familias y desgasta a un gobierno negacionista que no garantiza vacunas. Pero, por otro lado, impone límites en la capacidad de movilización contra el gobierno. Además, las personas están centralmente dedicadas a la lucha por la sobrevivencia. El desempleo amenaza a los trabajadores.

Hoy, es un hecho que el repudio a Bolsonaro es creciente, pero aún no es explosivo, y él aún mantiene una base de apoyo importante, a pesar de minoritaria. No tiene en ese sentido la popularidad “en el fondo del pozo” como tuvieron Collor, Dilma, e incluso Temer. Pero no está descartado que su popularidad caiga aún más.

Como no está descartado que ocurra una explosión social. No estamos afirmando que eso ocurrirá, ni siquiera es posible afirmar que eso es lo más probable, si no entra en escena la movilización de masas. Eso es una posibilidad.

Estamos viendo en el mundo explosiones populares como en los Estados Unidos luego del asesinato de George Floyd, en Myanmar después del golpe, por la caída de Moïse en Haití, así como tuvimos en Colombia. Todo eso durante la pandemia. Eso no está descartado que pueda ocurrir también en el Brasil.

Pero, aun independientemente de una explosión social como esas, que en gran medida fueron espontáneas, la base actual de descontento con Bolsonaro permitiría grandes movilizaciones que aún están contenidas por razones en primer lugar objetivas (la pandemia, la recesión y el desempleo), pero también porque las direcciones mayoritarias no trabajan prioritariamente para construir una oposición movilizada y organizada por abajo, en los lugares de trabajo, de vivienda, en las calles. Además, ni siquiera en la superestructura. Véase el papel que el PT tuvo en la elección del Senado, o incluso en la elección de la Cámara.

La traba de las direcciones

Frente a una realidad como esta, con insatisfacción creciente, pero aún sin ascenso generalizado y sin explosividad, tiene mucha importancia el papel de las direcciones mayoritarias. Y la verdad es que esas direcciones no quieren derrocar a Bolsonaro sino desgastarlo esperando las elecciones de 2022.

En el Brasil, tenemos dos partidos reformistas con peso de masas. El mayor de ellos es el PT, y bien atrás el PSOL. Cuando hablamos de partidos reformistas no estamos haciendo un insulto. Se trata de una caracterización de los objetivos de esos partidos que no son en defensa de una revolución sino de reformar el capitalismo, para que sea más “humano”.

Son partidos adaptados al orden, a la democracia burguesa, por eso priorizan las elecciones y no la acción y la organización de la clase trabajadora y de los sectores populares. En una polémica reciente, uno de los exponentes de la izquierda del PT, Walter Pomar, en un momento de sinceridad, dijo: “Claro que hay personas dentro del PT que creen normal, democrático, que el Partido dependa en más de 90% de los recursos provenientes del Estado (vía fondo público o vía contribuciones de parlamentarios, etc.). Pienso diferente… Y, por lo tanto, considero un peligro que el PT se torne dependiente del dinero público, pues eso estatiza el partido. Y un partido estatizado es un partido prisionero del Estado realmente existente, y el Estado realmente existente no es neutro, no está por encima de las clases”.

Esta es la realidad del PT, un partido que surgió a partir de las luchas de los trabajadores, pero se transformó en parte de la institucionalidad, del Estado y del régimen burgués. Este tipo de partido, al llegar al gobierno, gobernará con y para la gran burguesía. En los gobiernos petistas, los bancos y las multinacionales ganaron mucho. Un relevamiento hecho en 2014 indicaba que los lucros de los bancos en los ocho años de los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso (FHC) fueron de R$ 63.630 millones (U$S 11.453 millones, aprox.), en valores actualizados. En los ocho años de los gobiernos de Lula fueron de R$ 254.760 millones (U$S 45.857 millones, aprox.), o sea, cuatro veces más. Y eso aumentó aún más en los años de Dilma, con media anual de ganancias de los bancos de R$ 38.000 millones (U$S 6.840 millones, aprox.).

Desde los gobiernos petistas comenzó a gestarse un aburguesamiento de los dirigentes. La corrupción fue una faceta de ese aburguesamiento del PT.

Esa institucionalización lleva al PT a no priorizar la movilización de masas, negando su propio origen. Y en los Estados donde es gobierno, entonces, no raramente se enfrentó con las movilizaciones, como cualquier gobierno. Recordemos que en 2013, Haddad se juntó a Alckmin contra los estudiantes que luchaban contra el aumento de los pasajes. Cuando Lula dice ahora: “ya no hay tiempo para iniciar el proceso visto que la corrida electoral de 2022 se aproxima”, y que, además, Arthur Lira no dará abertura al proceso, señala que los movimientos dejen de lado la movilización y las calles. O sea, no da para derrocar a Bolsonaro, vamos a prepararnos para las elecciones de 2022.

Pero ese camino, que arroja la toalla antes mismo de la lucha, favorece a Bolsonaro no solo ahora como incluso hasta en 2022. La lucha por sacar a Bolsonaro y Mourão, además de ser una necesidad inmediata para combatir la pandemia, impedir el desmonte del país y el avance del proyecto autoritario de este gobierno militarizado, cada día más lleno de generales, es el mismo camino que puede debilitarlo. Dejar las calles de lado es no solo construir la profecía anunciada de la “imposibilidad de derrocarlo” como no actuar con el arma que más puede debilitarlo, que es poner en movimiento la fuerza social que se opone a él y a sus pautas, defendiendo vacunación para todos ya, empleo, mantenimiento del auxilio de emergencia de R$ 600 para todos los que lo recibían, defensa de la libertades democráticas, etcétera.

Están esperando que ocurran en el Brasil las derrotas electorales de la derecha que se están dando en el mundo. Pero incluso tales derrotas electorales, ocurrieron después de grandes movilizaciones. Después de las movilizaciones tras la muerte de George Floyd, el Partido Demócrata consiguió desviar y canalizar todo para la elección. Pero, sin el levante ocurrido allá, difícilmente Trump habría sido electoralmente derrotado. Biden fue una expresión distorsionada de aquella lucha. Así se dio en la Argentina, con la elección de Fernández, en Bolivia con la elección de Arce, y tal vez ahora en el Ecuador, con Araus.

Apostar contra la movilización puede ser un tiro en el pie también en el terreno electoral. Si no hay movilización, existe la posibilidad de que Bolsonaro gane en 2022.

Es la hora de movilización contra el gobierno, no de campaña electoral para finales de 2022.

La institucionalización del PT, también se extiende al PSOL, aunque no en el mismo grado, pero la prioridad en las elecciones, una oposición dentro de los límites del orden capitalista y liberal con pocas medidas sociales, saca fuerza de la construcción de un proceso por abajo.

Es preciso apostar en la lucha y la movilización por el Fuera Bolsonaro y Mourão como centro, porque con ella podemos sí debilitar e incluso derrocar este gobierno.

No es la relación en el Congreso lo más determinante

Mirando para atrás, es posible decir que la experiencia de la historia brasileña indica que no es meramente la relación de fuerzas en el Congreso lo que determina la posibilidad o no del derrocamiento del gobierno.

Es evidente que la victoria del gobierno en la elección de la Cámara y el apoyo del centrão al gobierno significan una inflexión en la coyuntura. Pero, por sí solo eso no asegura ni popularidad ni estabilidad para el gobierno y ni siquiera la imposibilidad de impeachment. Incluso con la mayoría del centrão con Bolsonaro hoy, el gobierno no está definitivamente blindado. Por el contrario.

Lo que puede llevar o no a la caída del gobierno es una combinación de factores, pero entre los más importantes está la existencia de un gran ascenso de masas.

Y ahora, ¿qué hacer?

Es preciso dar continuidad a la campaña y a la lucha por el Fuera Bolsonaro y Mourão, asociada a la defensa de las reivindicaciones más urgentes de los trabajadores y del pueblo. Usando la creatividad y toda posibilidad de movilización, buscando también unificar y cercar de solidaridad las luchas, organizando por abajo esa lucha, sea a través de las organizaciones que ya existen, a través de comités en la periferia, en la juventud, en los lugares de trabajo. Vamos a hacer caravanas, las manifestaciones con distanciamiento social que podamos; las discusiones y asambleas en las fábricas, y etcétera. Vamos a crear las condiciones para grandes movilizaciones; el descontento hoy existente permite ir preparando esas condiciones. Debemos exigir que todas las organizaciones y partidos que se reivindiquen de los trabajadores, se unan e esto. Es hora de construir unidad para luchar.

Como ya dijimos, no está descartado que por las condiciones económicas y sociales existentes, pueda ocurrir una explosión social también en el Brasil, como la hubo en los Estados Unidos o en Ecuador, o incluso grandes ascensos espontáneos como existieron en Colombia, en Bolivia, etc. Sería excelente si los hubiese, y para esta posibilidad el activismo y los sectores más conscientes de la clase trabajadora también deben estar preparados.

Y, por eso, desde las periferias de las ciudades, desde las bases de las empresas, es posible ir acumulando fuerzas en las movilizaciones y exigiendo de las direcciones que se comprometan con las luchas.

Debemos construir la unidad para luchar con todos los que estén dispuestos a hacerlo.

Y junto con activistas independientes y direcciones minoritarias y sectores de la base del PT y del PSOL, podemos también ir construyendo en la lucha un polo de independencia de clase, que apueste a fondo en la movilización de masas por el Fuera Bolsonaro y Mourão.

En la lucha, construir una alternativa socialista y revolucionaria

En la lucha contra este gobierno y por nuestras reivindicaciones, es necesario debatir también un proyecto socialista y construir una alternativa independiente de clase, revolucionaria y socialista.

El PT perdió la hegemonía que tenía entre los trabajadores, pero ese espacio no fue ocupado mayoritariamente, especialmente en la clase obrera, por otros sectores de la izquierda. El estrago causado por los gobiernos del PT en la conciencia de los trabajadores fue grande. Una parte del proletariado, especialmente de la clase obrera, decepcionada y enojada con el PT, votó a Bolsonaro, pero ahora también ya está mayoritariamente contra el gobierno, aunque no se haya casado aún políticamente con ningún partido. El PSOL ha ocupado parcialmente, aunque de manera minoritaria y electoral, el espacio perdido por el PT; sin embargo, con un proyecto y un programa que no difieren en líneas generales del programa petista.

Pero, el Brasil precisa de cambios mucho más profundos para que realmente pueda tener soberanía y acabar con la miseria, la pobreza y la enorme desigualdad social. Para eso, es necesario un proyecto socialista.

[1] En Manaus, Amazonas, la crisis de la red de salud llegó al límite de no tener oxígeno para los pacientes internados con Covid-19, y varios de ellos acabaron muriendo dentro de los hospitales al no poder recibir el tratamiento necesario, ndt.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 24/2/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.