Epstein y la unidad de la clase dominante
Tras la publicación del articulo del Miami Herald, «La perversión de la justicia», salio a la luz la conspiración de Epstein en noviembre de 2018, hemos entrado en un periodo en el que los elementos de las teorías conspirativas más espeluznantes se revelan como realidades. Jeffrey Epstein, al que en su día lo llamaban como un «misterioso financista de Nueva York», resultó ser el organizador de una enorme operación de pedofilia y tráfico sexual que prestaba servicios a muchas de las figuras más poderosas del capitalismo internacional, desde políticos hasta directores generales e intelectuales.
Aunque la clase dominante ha intentado silenciar y enterrar el caso Epstein por todos los medios posibles, sus repercusiones siguen saliendo a la luz en toda su grotesca magnitud. Los impactantes detalles del caso habrían atraído por sí mismos el interés masivo, pero la profundidad del asunto y la forma en que implica y expone a la clase dominante han garantizado que no desaparezca de la conciencia pública.
El caso Epstein ha provocado una prolongada crisis de legitimidad en la que la fachada de la sociedad burguesa se ha deslizado y ha revelado la verdadera naturaleza del sistema a millones de personas. Ha puesto al descubierto los vínculos entre los capitalistas de todo el mundo, a pesar de las divisiones nacionales y políticas supuestamente irreconciliables. Ha revelado que la clase dominante está por encima de la ley y que los principios del orden público burgués no son más que un arma contra los trabajadores y los oprimidos y un escudo para las élites políticas y económicas. Ha demostrado que los capitalistas no solo están dispuestos a cometer crímenes atroces, sino que tienen el poder y la voluntad de encubrirlos.
La decadencia y la depravación de los círculos gobernantes confirman el núcleo patriarcal y opresivo de la vida capitalista contemporánea. Para el movimiento socialista, es vital que conectemos con la desilusión masiva provocada por la oleada de revelaciones, que ofrezcamos un marco para analizar su verdadero significado e implicaciones, y que organicemos la indignación en una resistencia eficaz.
El estado del encubrimiento
Durante la campaña electoral de 2024, Trump prometió la rápida publicación de los archivos de Epstein para contentar a su base y acusar a sus oponentes demócratas de participar y apoyar la red de tráfico sexual pedófilo de Epstein. El caso Epstein ya se había convertido en un elemento central de la visión del mundo de gran parte de la base comprometida de Trump, lo que les confirmaba lo esencial que era realmente la promesa de Trump de «drenar el pantano» del «Estado profundo».
Durante el primer mandato de Trump, la popular teoría conspirativa QAnon utilizó el caso Epstein como núcleo racional de una visión del mundo más amplia, según la cual el mundo está presidido por una oscura camarilla (judía) de pedófilos, y Trump tenía la misión secreta de purgar el gobierno y la sociedad de estos malhechores. La desquiciada fantasía reaccionaria de QAnon solo llevó a una minoría de republicanos a participar activamente, pero muchos de sus principios se filtraron en el espíritu de la época más amplio entre la base trumpista. En consecuencia, la profundización de la crisis de Epstein y la innegable conexión de Trump con ella han sido una de las pocas cosas que han hecho tambalear la lealtad aparentemente inquebrantable de su base.
Ante esta contradicción, la administración ha actuado de forma incompetente durante más de un año, probando todas las soluciones rápidas imaginables y sin conseguir detener la crisis de legitimidad. El inicio del segundo mandato de Trump vino acompañado de declaraciones audaces de funcionarios como Pam Bondi, que afirmaban que pronto se revelaría todo. Misteriosamente, se retractaron públicamente de todo y afirmaron que no había ninguna lista ni archivos de Epstein que revelar. Poco después, se celebró una gran rueda de prensa para celebrar la divulgación de los archivos, cuando en realidad los documentos que ya se habían publicado simplemente se volvieron a publicar con más censuras que la primera vez.
La presión aumentó tras este fallido intento y, finalmente, precipitó la Ley de Transparencia de los Archivos de Epstein. Firmada el 19 de noviembre de 2025, la ley ha puesto a la administración Trump en un aprieto. Trump esperaba una división en el partido para impedir la aprobación de la ley, pero un gran porcentaje de los representantes republicanos se decantó a favor de la misma. Esto llevó la ley al escritorio de Trump para su aprobación o rechazo. Si Trump permitía la divulgación completa, se revelaría al mundo la profundidad de su relación y la de muchas otras personas de la clase dirigente con Epstein. Si no la divulgaba, confirmaría ante millones de personas que tiene algo que ocultar y que está encubriendo una red de tráfico sexual pedófilo. Trump se sintió obligado a firmar, pero no ha cumplido con la letra de la ley.
El proceso de divulgación de los archivos de Epstein por parte del gobierno ha sido tan incompetente y chapucero como todas las demás fases de la crisis. Finalmente, el gobierno publicó 3 millones de documentos el 19 de diciembre de 2025, aparentemente cumpliendo por fin con la Ley de Divulgación. Sin embargo, tras examinar los documentos, quedó claro que había excesivas censuras, lo que sugiere que la información fue suprimida por motivos políticos. Aún más irritante fue que los nombres de algunas sobrevivientes no fueron censurados, lo que las expuso a ser blancos de ataques y acoso. Además, los 3 millones de documentos publicados no eran los «archivos de Epstein» completos exigidos por la Ley de Transparencia.
La administración había violado la Ley de Transparencia, aunque no existían mecanismos formales para sancionarla o castigarla. Sin embargo, la presión siguió aumentando hasta que el gobierno se vio obligado a publicar otros 3 millones de documentos al mes siguiente.
La dura lucha del gobierno para evitar la divulgación de los archivos de Epstein ha empañado la reputación de la administración tanto a nivel nacional como internacional. Incluso ha llevado a la notoriamente fanática base de Trump a cuestionar por qué el hombre y el partido que habían demagogado sobre el caso durante tanto tiempo de repente se mostraron tan reticentes.
La razón más obvia de las vacilaciones del régimen de Trump es lo implicado que está el propio Trump con Epstein. En los documentos disponibles actualmente, el nombre de Trump aparece más de 38 000 veces. Hay muchas fotos disponibles públicamente en las que aparecen los dos juntos. Más allá de eso, está muy claro que Trump y Epstein eran socios cercanos, incluso amigos. Pero hay consideraciones aún más profundas aquí que el simple hecho de que Trump quiera salvarse su propia vida.
¿Que era la operación de Epstein?
El conspiracionismo ha sido durante mucho tiempo un espectáculo secundario importante en la política de Estados Unidos. En su mayor parte, las teorías conspirativas que animan el cuerpo político nos dicen más sobre los segmentos de la sociedad que creen en ellas que sobre la realidad, como el alunizaje, el asesinato de JFK o la supuesta infiltración comunista en las instituciones estadounidenses. Pero a veces los rumores que la sociedad en general descarta como imaginación hiperactiva son solo los primeros signos de un terremoto inminente.
Durante los años sesenta y setenta, los organizadores de izquierda estaban convencidos de que sus organizaciones estaban siendo socavadas sistemáticamente. Esta idea parecía una farsa para la mayoría de los estadounidenses, pero la revelación del COINTELPRO dejó claro que el problema era aún mayor de lo que la mayoría de los activistas sospechaban. La revelación del MKUltra, el programa de control mental de la CIA, hizo que muchas de las teorías conspirativas más descabelladas parecieran inofensivas en comparación.
Hoy en día, con Epstein, han florecido cientos de teorías conspirativas. Las tres preguntas en torno a las que suelen girar estas teorías son: ¿cuál era la operación de Epstein, cuáles eran sus objetivos y a quién servía?
En cuanto a la primera cuestión, a pesar de la confusión creada por el gobierno de Estados Unidos, está claro que Jeffrey Epstein era el jefe de una red de tráfico sexual a gran escala que prestaba servicios a la clase dominante. Durante la primera administración Trump, el gobierno estimó que había 100 víctimas de las redes de Epstein. Después de que se ampliara la investigación durante la presidencia de Biden, esa cifra se incrementó a más de 1000. Sin embargo, ambos gobiernos han evitado cuidadosamente identificar a quién servía la red de tráfico, aparte del propio Epstein. El gobierno actual ha afirmado en repetidas ocasiones que Epstein creó la red de tráfico sexual únicamente para su propio beneficio, una idea que es claramente absurda dada la magnitud de la operación y los claros vínculos que muchas élites han tenido con esa faceta de sus actividades.
Más allá de eso, los expedientes dejan claro que Epstein también participaba en la especulación financiera y ofrecía consejos sobre estas cuestiones a las élites. Este aspecto ha llegado a un punto crítico en Inglaterra, donde el expríncipe Andrés Mountbatten Windsor y el político laborista Peter Mandelson han sido acusados de revelar secretos de Estado en conversaciones financieras con Epstein. La naturaleza exacta de estas actividades y el motivo por el que los capitalistas consideraban a Epstein un experto en estas cuestiones siguen sin estar claros.
Ningún político o capitalista destacado ha sido acusado aún en ningún lugar del mundo por su participación en delitos sexuales relacionados con Epstein. Esto nos lleva a la cuestión de los objetivos de Epstein al dedicarse al tráfico sexual a gran escala. La teoría más popular es que Epstein era el jefe de una operación de chantaje que recopilaba información comprometedora sobre muchos de los actores más poderosos del capitalismo contemporáneo.
Otras explicaciones incluyen que era simplemente un libertino y hedonista amoral o que prestaba un servicio muy demandado en los círculos gobernantes a cambio de dinero. El gobierno de Estados Unidos, tanto bajo las administraciones demócratas como republicanas, ha afirmado que el tráfico sexual era para uso personal de Epstein, lo que parece claramente absurdo incluso con las pruebas limitadas publicadas por el gobierno.
Por último, y lo más controvertido, ha habido un amplio debate sobre a quién servía Epstein. Dado el tamaño de su red de tráfico y los numerosos indicios de que también era la base de una operación de chantaje, muchos se han preguntado si Epstein estaba al servicio de un gobierno u otro. En su mayor parte, el gobierno de Estados Unidos ha evitado abordar esta cuestión, aunque recientemente ha estado impulsando la narrativa de que era un activo ruso, una idea poco respaldada por los archivos disponibles o la red que cultivó. En la conciencia popular, las suposiciones más comunes son que trabajaba para la CIA o el Mossad. Se trata de una cuestión de los hechos que solo puede confirmarse con la divulgación completa de la información relevante relacionada con Epstein. Aunque es una cuestión interesante, no es especialmente relevante para nuestra comprensión o respuesta práctica al caso Epstein.
Epstein y la unidad de la clase dominante
Hay muchos aspectos importantes del caso Epstein. Sin embargo, para comprender realmente todas sus implicaciones, tenemos que entender lo que son las camarillas al estillo Epstein en el contexto del capitalismo internacional. Sería fácil caer en la lógica conspirativa de que toda la clase dominante es una camarilla de pedófilos que opera entre bastidores de las estructuras formales del capitalismo «democrático» basándonos en el caso Epstein. En sentido contrario, también seria facil minimizar lo que las camarillas como la de Epstein dicen sobre la clase capitalista y su modo real de funcionamiento.
La forma de cuadrar este círculo es examinar la peculiar unidad de la clase dominante bajo el capitalismo internacional. A los propios capitalistas les gusta hacernos creer que la clase dominante está permanentemente dividida en facciones por muchos motivos diferentes, del mismo modo que quieren que lo esté la mayoría de la clase trabajadora. Promueven antagonismos en torno a la nacionalidad, el partido político, la raza, el género y los intereses económicos. Al mantener la ilusión de diferencias irreconciliables entre los distintos sectores de la clase dominante, disuelven el reconocimiento entre las masas de que existe una clase dominante. En esta narrativa, no hay intereses comunes de la clase dominante y, por lo tanto, tampoco hay prácticas comunes; en cambio, hay diferencias y antagonismos sectoriales. Estas diferencias se extienden a través de las líneas de clase: tanto un trabajador como un capitalista pueden votar por los demócratas o identificar los intereses de Estados Unidos como sus propios intereses.
La aparente agudeza de estos antagonismos dentro de la clase dominante provoca desconcierto y disonancia cognitiva a quienes observan el caso Epstein.
En realidad, el capitalismo internacional está compuesto por una «banda de hermanos en guerra», como lo describió Marx. Por otro lado, existen conflictos reales entre la clase dominante. Los capitalistas compiten por las ganancias y buscan utilizar al Estado para sus propios intereses personales y sectoriales. Esto puede ser una lucha mortal para los capitalistas: si pierden frente a otros capitalistas, podrían perder su posición como capitalistas.
Pero el nivel estructural del capitalismo se opone a estos antagonismos. El Estado capitalista reúne a todos los capitalistas en competencia en una organización que modera sus disputas internas y les proporciona la capacidad de unirse para oprimir a las masas trabajadoras. Sin esta unidad, no podrían organizar la sociedad bajo su control colectivo y la sociedad estaría dominada por constantes conflictos o se transformaría a través de una revolución que llevaría a las masas al poder.
Pero hay mil otras formas más pequeñas en las que la clase dominante logra su unidad. Más allá de las razones inmediatas y obvias para que la clase dominante participe en los delitos de Epstein, todo el asunto es un ejercicio para construir la unidad que la clase dominante necesita.
Epstein y Maxwell eran expertos en reunir a capitalistas, políticos e intelectuales y fortalecer sus lazos. Y no es algo segundario que formaron una red de tráfico sexual en particular. Al participar juntos en actos despreciables con impunidad y, al mismo tiempo, crear la posibilidad de comprometerse como individuos, estos elementos de la clase dominante quedan unidos. Vemos este mismo fenómeno a menor escala con la omnipresencia de las novatadas en las fraternidades universitarias o los rituales en las sociedades secretas y las organizaciones de élite. La participación común y el conocimiento de los delitos de los demás les hace invertir profundamente los unos en los otros a pesar de sus diferencias. Podemos ver la prueba de ello en cómo Trump ha hablado con suavidad de otro estrecho colaborador de Epstein, Bill Clinton, durante el último brote de la crisis de Epstein, a pesar de su aparentemente implacable lucha contra los Clinton en el terreno político.
La maduración de la crisis ha revelado la solidaridad entre toda la clase dominante, que en tiempos normales queda oculta por el conflicto diario sobre cuestiones políticas cotidianas. Que la crisis de Epstein pase sin mayores consecuencias o termine en una verdadera rendición de cuentas dependerá de si la clase trabajadora puede aprovechar las fracturas actuales que la clase dominante está tratando de suavizar.
El socialismo contra la clase de Epstein
Todo el curso de la saga de Epstein ha sido un oscuro ejemplo del capitalismo mundial en acción. La impunidad, la explotación, la coacción sexual y los encubrimientos son realidades cotidianas de la vida en una sociedad de clases. Que existan personas como Epstein, Maxwell y sus clientes de élite no es, lamentablemente, nada nuevo. Lo que sí es nuevo es el conocimiento del funcionamiento real de la clase dominante y la indignación masiva de millones de personas en todo el mundo. Para los socialistas, es nuestro deber conectar con esta ira justificada y canalizarla hacia la lucha por la justicia.
Nuestras demandas inmediatas son la total transparencia y la justicia para la multitud de sobrevivientes de los crímenes de Epstein. Gracias a la defensa de estas sobrevivientes, que corren un gran riesgo, se ha revelado toda la brutalidad del aparato de Epstein y el apoyo de la clase dominante. Todos los capitalistas y políticos que abusaron sexualmente de mujeres y niñas deben enfrentar las consecuencias legales que el sistema de justicia burgués promete, pero rara vez cumple. Conseguir justicia dependerá de que se sigan sacando a la luz los delitos ya conocidos públicamente y de que se presione al sistema para que revele toda la información que ha ocultado para proteger a la clase dominante.
El método para garantizar la justicia es la lucha organizada. Está claro que el conocimiento público de los delitos y la indignación masiva son insuficientes para conseguir justicia. Estamos viendo movimientos en esta dirección, especialmente en Ohio, donde reside Les Wexner, uno de los principales patrocinadores de Epstein. Una organización concertada ha comenzado a presionar a Wexner. Las organizaciones y los estudiantes de izquierda locales han convocado manifestaciones para exigir justicia y la eliminación del nombre de Wexner de los numerosos edificios que lo lucen. En particular, la Asociación de Enfermeras de Ohio y la AFL-CIO convocaron una manifestación frente al Centro Médico Wexner para denunciar a Wexner.
Para conseguir que se celebren juicios o se apliquen otras medidas, será esencial involucrar a los sindicatos en el movimiento y organizar a los trabajadores y a la comunidad para reforzar las demandas de justicia. Más allá de las demandas inmediatas del momento, el caso Epstein nos exige librar una lucha sistemática contra el capitalismo mundial en su conjunto. El patriarcado y la impunidad de la clase dominante son características endémicas del capitalismo y solo pueden mitigarse si se elimina el propio capitalismo.
La complicidad y el encubrimiento de la red de Epstein se extiende a todas las alas de la política burguesa, desde la derecha hasta la izquierda, desde el Partido Republicano, pasando por el Partido Demócrata, hasta el Partido Laborista británico. Necesitamos un partido obrero independiente y radical, comprometido con la denuncia de todos los delitos cometidos por la clase dominante y que busque fomentar la lucha de masas de la clase obrera para arrebatar el poder a nuestros opresores y explotadores.
Hoy en día, las masas reconocen la decadencia desenfrenada de la clase dominante. Debemos convertir este conocimiento en acción para conseguir justicia para las sobrevivientes y lograr un mundo en el que un Jeffrey Epstein sea imposible. Ese mundo es el socialismo.




