EL 28 de noviembre se cumplieron 200 años del nacimiento de Engels. En su homenaje, la Liga Internacional de los Trabajadores – Cuarta Internacional (LIT-CI) publicó una serie de artículos en defensa del marxismo y del legado de Engels, recuperando así su patrimonio teórico y revolucionario como cofundador del socialismo científico. Esta serie de artículos quedaría inconclusa si no abordáramos cómo sus aportes le permitieron al marxismo avanzar hacia una comprensión materialista de la opresión de la mujer.

Por Kely Núñez

“El Manifiesto del Partido Comunista (primera edición en febrero de 1848), de Karl Marx y Friedrich Engels, examina científicamente el problema de la mujer bajo el aspecto de la familia y del matrimonio. El libro de Friedrich Engels El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado profundiza y desarrolla los argumentos del Manifiesto, mientras Karl Marx en El Capital, partiendo de otra interrogante, demuestra que la extensión del trabajo de la mujer y su explotación por el capitalismo son producto del proceso de concentración en el sistema de producción capitalista”[1]. Con estas palabras se dirigía Alexandra Kollontai a las estudiantes de la Universidad de Sverdlov en Leningrado, durante la primavera de 1921.

La cita anterior sintetiza en gran medida que la cuestión de la mujer ya no era un aspecto puramente práctico de la lucha de clases, sino una cuestión que tenía también una fundamentación teórica. En ese contexto, el socialismo científico de Marx y Engels planteó las bases para poner fin a la opresión de la mujer, ubicando ese problema como parte inexorable de la lucha por el socialismo y la emancipación del conjunto del proletariado.

El Manifiesto Comunista como punto de partida

Para cuando Marx y Engels escribían juntos la primera edición del Manifiesto Comunista, la revolución industrial había transformando radicalmente la situación de millones de mujeres, al mismo tiempo en que se experimentaba un ascenso de la actividad revolucionaria de las mujeres, como consecuencia de los cambios en las relaciones de producción y reproducción propiciadas por el capitalismo.  Esa actividad revolucionaria se inició desde antes con la Revolución Francesa.

Engels y Marx cuestionaron a la familia burguesa y el matrimonio en el Manifiesto comunista:

“¿En qué se basa la familia actual, la familia burguesa? En el capital, en el lucro privado. La familia plenamente desarrollada sólo existe para la burguesía; pero encuentra su complemento en la supresión forzada de todo vínculo familiar para el proletariado y en la prostitución pública. (…) la gran industria destruye todo vínculo de familia para el proletariado y transforma los niños en simples artículos de comercio, en simples instrumentos de trabajo. (…) Para el burgués, su mujer no pasa de un instrumento de producción. Oyó decir que los instrumentos de producción deben ser de uso común y, naturalmente, no pudo llegar a otra conclusión que lo mismo va a ocurrir con las mujeres en el socialismo. No sospecha que se trata justamente de acabar con esa situación de la mujer como simple instrumento de producción”.[2]

En esos años se comenzó a naturalizar el trabajo de mujeres y niños, que además recibían un pago menor que el trabajo de un hombre, por dos razones fundamentales: la primera, su trabajo era considerado menos productivo. La segunda, al calcular el salario se tomaba en cuenta el papel del hombre como principal sustento económico de la familia. De esta forma, el trabajo de la mujer era infravalorado. La burguesía consiguió que toda la familia fuera arrojada a la fábrica. Esto condujo a la destrucción de la familia proletaria. Aunque, contradictoriamente, la mujer se incorporaba a la producción, después de años de servidumbre doméstica. Pero, ese paso decisivo fue aprovechado por el capitalismo para aumentar sus ganancias a base de la superexplotación de la mujer y su familia entera. Lo que significó que la familia obrera no vivía en las mismas circunstancias que la familia burguesa. Sobre el valor de la fuerza de trabajo de la familia hablo también Marx en El Capital, pero no es nuestro objetivo extendernos en esta parte.

Previo a la elaboración del Manifiesto Comunista junto con Marx; el joven Engels ya venía observando la situación de la mujer. En su libro La situación de la clase trabajadora en Inglaterra (1845) que, aunque está escrito casi a mediados del siglo XIX ya describía las condiciones laborales a las que se enfrentaban las mujeres: jornadas laborales interminables de 12 horas o más, salarios bajos, condiciones repugnantes de vivienda, ninguna protección en el trabajo, ni seguridad social, enfermedades profesionales, alta mortalidad, y constante miedo de perder su puesto[3].

Con estos primeros apuntes, Marx y Engels comenzaban a trazar el análisis materialista de la historia de la opresión de la mujer. Tiempo después, otros dirigentes de la época se interesaron por el tema. August Bebel de la socialdemocracia alemana publicó La mujer en el pasado, presente y futuro (1879) que sería reeditada años después bajo el título de El socialismo y la mujer (1883), justó un año antes a la primera edición del Origen de la familia, la propiedad privada, y el Estado (1884) de Engels. El origen… en cierto sentido sería una respuesta al planteamiento general de Bebel en su libro: “Desde el principio de los tiempos, la opresión ha sido el destino común de los trabajadores y trabajadoras”, un planteamiento similar tuvo Karl Kautsky en una serie de artículos sobre las relaciones sexuales primitivas, El origen del matrimonio y la familia (1882-83).[4] A diferencia de Bebel y Kautsky, Engels demostraría que la opresión de la mujer no existió desde siempre. Ambas elaboraciones fueron cruciales para el entendimiento de la cuestión entre los marxistas de la época.

Sobre el origen de la familia, la propiedad privada y el Estado

“Las siguientes páginas vienen a ser, en cierto sentido, la ejecución de un testamento”[5]. Así comienza Engels el prefacio a la primera edición del libro en 1884. Marx, su inseparable compañero había muerto un año antes de la publicación. Pero Engels estaba decidido a comenzar la edición de este libro: “Mi trabajo sólo medianamente puede reemplazar al que mi difunto amigo no logro escribir. Sin embargo, tengo a la vista, junto con extractos detallados que hizo de la obra de Morgan, glosas críticas que reproduzco aquí siempre que cabe”[6] Marx, personalmente había pensado exponer los resultados de las investigaciones de Lewis H. Morgan, investigador norteamericano. Hasta 1860 ni siquiera se podía pensar en una historia de la familia. El libro, para Lenin, representó “una de las obras fundamentales del socialismo moderno”[7].

Engels, apoyado en las notas de Marx y los estudios de Morgan, se dedicó a describir el desarrollo de las sociedades humanas en tres etapas: el salvajismo, la barbarie y la civilización. Como el nombre lo indica, la gran premisa de Engels estuvo en ubicar cómo se desarrollaron las fuerzas productivas hasta el surgimiento de la propiedad privada, la división de la sociedad en clases, y el surgimiento del Estado como un instrumento de dominación entre las clases.

Comprobó, además, que ese proceso trajo consecuencias y cambios en la familia, en las relaciones entre sus miembros, analizando las formas de organización familiar y la división sexual del trabajo. Su análisis se resumía en que “Según la concepción materialista, el factor determinante de la historia es, en última instancia, la producción y reproducción de la vida inmediata” (Prólogo a la primera edición en 1884).

El origen…se convirtió en un material básico de estudio para una comprensión materialista de la historia sobre la opresión de la mujer. Pese a cualquier crítica o equivocación, el gran aporte de Engels se basa en que la mujer no siempre fue oprimida, y que su opresión coincide en la historia con el surgimiento de la propiedad privada y las clases sociales.  Hasta ese siglo, lo que predominaba era la creencia de que su condición de opresión se debía a factores “naturales”, inmutables.

Revisemos, ahora, algunas consideraciones planteadas en El origen…:

Con relación a la familia, concluye que esta tiene un origen material. No fue siempre igual a la familia de la época o la que conocemos hoy. Por lo tanto, la mujer no siempre había tenido la misma ubicación con el pasar de las sociedades; eso, más bien, dependió de su ubicación en la producción. El excedente dio paso al surgimiento de la propiedad privada, por lo que fue necesario una nueva organización en la familia que permitiría la continuidad de esa propiedad. Así, se instauró la familia monogámica. Era necesario suprimir el “derecho materno”[8] de las gens para que prevaleciera el “derecho paterno” y con ello la herencia del padre (y, de esta forma, perpetuar la propiedad privada):

“La familia monogámica (…) se funda en el predominio del hombre; su fin expreso es el de procrear hijos cuya paternidad sea indiscutible; y esta paternidad indiscutible se exige porque los hijos, en calidad de herederos directos, han de entrar un día en posesión de los bienes de su padre. (…) La existencia de la esclavitud junto a la monogamia, la presencia de jóvenes y bellas cautivas que pertenecen en cuerpo y alma al hombre, es lo que imprime desde su origen un carácter específico a la monogamia, que solo es monogamia para la mujer, y no para el hombre”[9].

La monogamia significó para Engels la derrota histórica de las mujeres: “El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las riendas en la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción”[10].

La familia monogámica, es la forma de familia que conocemos hoy, y que fue transformada por el capitalismo. Para Engels, las relaciones sociales que se establecieron dentro de la familia son determinantes para la institucionalización de la opresión de la mujer, puesto que ya no se trata solo del linaje del padre:

“Tal fue el origen de la monogamia, según hemos podido seguirla en el pueblo más culto y más desarrollado de la antigüedad. De ninguna manera fue fruto del amor sexual individual, con el que no tenía nada en común, siendo el cálculo, ahora como antes, el móvil de los matrimonios. Fue la primera forma de familia que no se basaba en condiciones naturales, sino económicas, y concretamente en el triunfo de la propiedad privada sobre la propiedad común primitiva, originada espontáneamente”[11].

El paso del derecho materno al derecho paterno convirtió a la mujer en propiedad del hombre, arrojándola a la servidumbre doméstica y por lo tanto a la exclusión del trabajo social productivo, lo que implicó un retroceso histórico en relación con el comunismo primitivo, donde su papel en la producción (como recolectora de alimentos) le había otorgado una condición importante, y hasta respetable: “Parece que la emancipación de la mujer, su igualdad de condición con el hombre es, y continúa siendo imposible, mientras la mujer permanezca excluida del trabajo social productivo y debe limitarse al trabajo privado doméstico… La liberación de la mujer tiene como condición primera la incorporación de todo el sexo en la industria pública”[12].

El trabajo doméstico de la mujer era degradado y perdía importancia en relación al trabajo productivo del hombre. Por eso Marx y Engels estudiaron con atención el paso de las mujeres hacía las fábricas en su época, como un paso decisivo hacia su emancipación. Pero pronto surgieron las contradicciones de esa incorporación, derivando en una doble opresión para la mujer como ama de casa y trabajadora asalariada. Así el marxismo pasó a estudiar la relación dialéctica entre opresión y explotación que no podría ser entendida sin los aportes de Engels.

En suma, Engels no se equivocó en plantear que la opresión de la mujer tiene un origen histórico basado en condiciones materiales y no “biológicas o naturales”. De esta forma el marxismo apunta a que, aunque hay que luchar cotidianamente en contra de la opresión de la mujer, esa lucha es imposible sino se la combina con la lucha contra el capitalismo, ya que la única salida posible para la emancipación de las mujeres es la abolición de la propiedad privada y el fin de todo tipo de explotación. Esto solo es posible bajo las banderas del socialismo científico.

Notas:

[1] Kollontai, Alexandra. La mujer en el desarrollo social (1925).  Ed. Esp. Editorial Labor, S.A. Calabria, 235-239, Barcelona-15, 1976, p. 164.

En este libro Alexandra Kollontai expone -catorce lecciones- sobre el punto de vista marxista sobre el problema de la mujer abarcando la situación de la mujer desde el comunismo primitivo hasta los primeros años de la Revolución Rusa.

[2] C. Marx y F. Engels. El Manifiesto Comunista.

[3] Kollontai, Alexandra. La mujer en el desarrollo social (1925).  Ed. Esp. Editorial Labor, S.A. Calabria, 235-239, Barcelona-15, 1976, p. 113

[4] HUNT, Tristam. Comunista de casaca. A vida revolucionária de Friedrich Engels. São Paulo: Record, 2010.

[5] Engels, Friedrich. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.  Fundación Federico Engels, p. 11.

[6] Ídem. p. 11 La sociedad primitiva es la obra de Lewis Morgan a la que se hace referencia.

[7] Ídem. p. 8

[8] Las familias fundadas en el derecho materno, o lo que Engels llama “matriarcado” es en referencia a las familias matrilineales o matrilocales. Es importante señalar que Engels y los antropólogos de la época se equivocaron en plantear un tipo de “matriarcado generalizado” ya que se comprobó la coexistencia de ambas formas en distintos lugares (matrilineal y patrilineal). En lo que Engels no se equivoca en es detectar cómo los cambios en las fuerzas productivas dieron origen a los primeros estratos sociales, y con ello a las relaciones de clase y poder que definirían un antes y un después en la situación de la mujer.

[9] Idem, p. 68.

[10] Idem, p. 64.

[11] Idem, p. 72.

[12] Ídem, p. 175.