En las recientes elecciones presidenciales en Egipto, el mariscal Al-Sisi fue electo con 96,9% de los votos, según los discutibles datos oficiales. Sería una victoria consagratoria si no estuviese acompañada de una abstención mayoritaria de la población.


Según los datos oficiales, sólo 46% del pueblo egipcio votó; mucho menos que el 80% previsto por Al-Sisi. Incluso ese porcentaje de votantes es cuestionado por los observadores independientes. Sólo 15% votó el primer día de la elección y en los otros días la votación fue visiblemente menor. El gobierno extendió un día más la votación, proporcionó transporte gratis para los electores y llegó a amenazar con una multa de 500 libras egipcias (U$S 70) a los que no fueran a votar. Nada sirvió. Hubo urnas en las que no compareció ningún elector.

La abstención fue la forma de protesta más importante usada por las masas. La oposición burguesa, con El Baradei al frente, apoyó a Al-Sisi. La candidatura opositora de Hamdeen Sabahi tuvo 3,1% de votos. No se transformó en una alternativa real; sólo ayudó a legitimar una elección fraudulenta.

La gran abstención no es un dato poco importante en la situación política del país. Es un indicativo de que el proceso revolucionario iniciado con la caída de Mubarak sigue abierto.

La caída de Morsi, el primer gobierno electo en el país en decenas de años, fue considerada por muchos la señal del fin de la “primavera árabe” o, en otros términos, del proceso revolucionario. Se consideraba el apoyo a los militares como un indicativo de la derrota de la revolución.

Ese tipo de análisis desconoce que la ausencia de direcciones revolucionarias de masas torna confusos los procesos políticos, con innumerables idas y vueltas. El egipcio es uno de los más complejos, por sus particularidades.

Para nosotros esa abstención significa la primera demostración de desgaste de la dictadura militar simbolizada por Al-Sisi. En medio de flujos y reflujos, el proceso revolucionario sigue vivo.

Militares en Egipto: mucho más que el papel tradicional de las Fuerzas Armadas
 
Las Fuerzas Armadas cumplen en cualquier estado burgués el papel central de sustento del Estado. Tanto en una dictadura militar como en una democracia burguesa, el Estado se apoya esencialmente en su base militar.

Lo que se diferencia en esos casos son los regímenes, la combinación de instituciones con la cual se ejerce el poder político. Cuando los gobiernos (o parlamentos) que ejercen efectivamente el poder son electos se trata de una democracia burguesa. Cuando son las propias fuerzas armadas que dirigen el país, se trata de una dictadura militar.

Algunas veces existe un disfraz del régimen, como en el caso egipcio. El poder está con las fuerzas armadas pero existe un gobierno “democrático” que no manda nada. Cayó el gobierno de Mubarak pero el régimen militar no fue derrotado.

La mayor contradicción del proceso revolucionario egipcio es que las FFAA (principal enemigo de la revolución) tienen un gran prestigio en el país. Esto tiene una explicación, en primer lugar, en la historia de Egipto. Fueron los militares, a través de Nasser, los que expropiaron el Canal de Suez y fueron ellos los que enfrentaron militarmente a Israel en la “Guerra de los Seis Días” [1967].

En segundo lugar, el prestigio de los militares está apoyado en la habilidad política con que enfrentaron las últimas crisis. Cuando el ascenso amenazó con derribar el régimen militar en 2011, la cúpula del Ejército forzó la renuncia de Mubarak. Se fue el gobierno odiado pero se preservó el régimen militar, aunque debilitado.

Cuando Morsi, el primer gobierno electo, tuvo que enfrentarse con una rebelión de masas, los militares dieron un golpe. Usurparon una legítima victoria del pueblo egipcio y preservaron el régimen militar.

La elección de Al-Sisi tiene como objetivo legitimar esa dictadura con un ropaje democrático. Él ya era el dictador que mandaba en el país y ahora es el presidente electo.

Pero los militares no son sólo el centro del Estado, del régimen y del gobierno en Egipto. Son también parte fundamental de las clases dominantes. Una fuerte burguesía se construyó a partir de la alta oficialidad de las fuerzas armadas, en el control del Estado por decenas de años, que controla 40% de la economía del país. Los militares dirigen empresas en las ramas más importantes de la economía, desde la construcción civil a la producción de alimentos. En marzo pasado, por ejemplo, fue anunciado un proyecto habitacional entre el Ejército y la constructora Arabtec, de los Emiratos Árabes Unidos, estimado en 40.000 millones de dólares.

Un desgaste del conjunto de las instituciones

La crisis económica internacional llevó a un aumento significativo de la miseria en Egipto, siendo la base material del inicio de la revolución. Es uno de los países árabes más miserables, con 48,9% de la población por debajo del límite de la pobreza.

Esta realidad sólo empeoró desde la caída de Mubarak. El turismo, principal sector de la economía, retrocedió 27% desde 2011. El desempleo aumentó de 11% en 2011 al 13,5% actual. Las reservas de divisas internacionales cayeron de 35.000 millones de dólares a 15.000 millones. Las ciudades con cortes de electricidad, sin agua corriente y con calles inmundas completan el escenario de miseria.

Los distintos gobiernos desde la caída de Mubarak intentaron escapar de las crisis económica con la clásica receta neoliberal: atacar aún más a la población. Además de eso, intentaron restringir las libertades democráticas conquistadas en 2011.

Morsi tuvo un gobierno desastroso, imponiendo el mismo plan neoliberal de Mubarak, reprimiendo y asesinando a millares de personas. Intentó imponer a sangre y fuego el proyecto económico, político y religioso de la Hermandad Musulmana.

El gobierno de Hazem El Beblawi que lo sucedió, utilizó la represión contra la Hermandad para atacar de conjunto al movimiento de masas. Mataron a tres mil personas y encarcelaron a otras 22.000. Reprimieron las marchas y movilizaciones. Ilegalizaron no sólo a la Hermandad Musulmana sino también el Movimiento 6 de Abril, que cumplió un papel importante en la caída de Mubarak y en la lucha contra Morsi. Recientemente, condenaron a muerte a 682 presos de la Hermandad Musulmana.

Una investigación reciente de la Pew Research Center indica que el resultado de todo eso es un desgaste del conjunto de las instituciones del régimen. Son más los egipcios insatisfechos (72%) que los satisfechos (24%) con la situación del país. Los militares tenían un apoyo de 88% de la población enseguida después de la caída de Mubarak, 73% un año después de la caída de Morsi, y 56% hoy. El propio Al-Sisi tiene apoyo de 54% de los egipcios, con 45% de oposición.

Morsi, de la Hermandad, que tenía 53% de apoyo hace un año, antes de su caída, ahora tiene 42%. Ese porcentaje, a pesar de ser menor, es aún significativo después de la prohibición de la organización y la prisión de sus líderes por el gobierno. Los tribunales, que tenían una imagen positiva de 58% hace un año, ahora tienen un apoyo minoritario de 41% después de sus sentencias autoritarias. Eso da una idea general del desgaste del conjunto de las instituciones, expresada en la alta abstención electoral.

El proceso sigue abierto

Ahora, sin embargo, los militares tendrán que dirigir directamente el gobierno del país. No estarán moviendo los hilos del régimen por atrás, sino asumiendo la cara del gobierno. Esto abre la posibilidad de que las masas hagan su experiencia con los militares.

El imperialismo americano apoya a Al-Sisi, al igual que los gobiernos de Arabia Saudita, Emiratos Árabes y Kuwait. Junto con el apoyo, estos gobiernos reclaman la aplicación de un “plan económico serio”, a partir del recetario neoliberal. El FMI presiona para que se corten los subsidios sobre los combustibles, la electricidad y el trigo. Morsi tuvo que implementar un ataque neoliberal sobre las masas y el resultado fue el conocido. Ahora, Al-Sisi tendrá esa tarea.

Tendrá que enfrentarse con un movimiento obrero que sigue con sus fuerzas preservadas y en ascenso. Desde febrero de este año las huelgas recomenzaron. Hubo movilizaciones en Mahalla, El Cairo, Alejandría, Suez y otras ciudades. El proceso revolucionario en Egipto sigue abierto.

Traducción: Natalia Estrada.