El significado del acuerdo de libre comercio entre Mercosur y UE: subordinación, saqueo y dependencia al imperialismo
No último dia 9 de janeiro, o Conselho da União Europeia aprovou o acordo de livre-comércio com o Mercosul (Brasil, Paraguai, Argentina e Uruguai), numa decisão que deve passar ainda pelo Parlamento Europeu e ser ratificada em seus respectivos países. O tratado foi formalmente assinado pelos dois blocos no dia 17 no Paraguai, que preside hoje o bloco latino-americano.
El acuerdo fue celebrado por Lula: “Después de 25 años de negociación, se aprobó el Acuerdo entre Mercosur-Unión Europea, uno de los mayores tratados de libre comercio del mundo”. De hecho, el inicio de las discusiones se remonta a 1994, comenzando a concretarse en 1999, en la estela del proceso de liberalización y apertura comercial desenfrenada promovida por el gobierno FHC.
Los intentos de negociación han atravesado todos los gobiernos desde entonces, siendo desbloqueados por tres factores fundamentales: la ofensiva proteccionista del gobierno Trump; la crisis en el bloque europeo, principalmente la industria alemana que encabeza la UE; y la búsqueda de las codiciadas tierras raras y su papel en la llamada industria 4.0. El avance del tratado de libre comercio, así, se presenta como un contrapunto al imperialismo norteamericano y una reanudación del “multilateralismo” que marcó los años dorados del neoliberalismo, creando un mercado que representaría el 20% del PIB mundial y 700 millones de personas.
El gobierno de Lula, la prensa y hasta buena parte de la izquierda celebran el acuerdo como una victoria de Brasil y la apertura de un nuevo ciclo de crecimiento, desarrollo e incluso de industrialización.
Detrás de los números superlativos y del discurso del “gana-gana”, sin embargo, se esconde el verdadero objetivo del tratado: someter aún más a los países del Mercosur, fundamentalmente a Brasil, al decadente imperialismo europeo, y rebajar al país aún más en la División Internacional del Trabajo, profundizando su carácter colonial de mero exportador de productos primarios y otros de bajo valor agregado, y la dependencia de productos industrializados, tecnología y servicios.

Las negociaciones por el acuerdo comenzaron en el gobierno de FHC
Vacas por coches
No es de extrañar que el acuerdo esté siendo llamado en Alemania “vacas por coches”. La propia presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, prevé que, hasta 2040, “las exportaciones de la UE al Mercosur deben crecer casi 50 mil millones de Euros, mientras que las exportaciones del Mercosur podrían aumentar en hasta 9 mil millones de Euros”. Ya las estimaciones divulgadas por el Ministerio de Hacienda prevén un impacto de R$ 500 mil millones en el PIB brasileño en los próximos 15 años.
El tratado está compuesto por dos acuerdos: el EMPA (Acuerdo de Asociación UE-Mercosur en su sigla en inglés), y el ITA (Acuerdo Comercial Provisional), que busca anticipar las reducciones arancelarias hasta que el acuerdo completo sea ratificado por los países. La propuesta establece eliminar los aranceles del Mercosur sobre el 91% de los productos europeos en un plazo de 15 años, mientras que la Unión Europea tendría 12 años para eliminar los aranceles sobre el 95% de las exportaciones del Mercosur.

El discurso oficial proyecta un escenario en el que todos los países saldrían ganando con el tratado. El Mercosur, y principalmente Brasil, con el fin de la actual tarifa del 15% sobre productos “competitivos” del agronegocio, como carnes, azúcar, etanol, jugo de naranja, café, entre otros artículos. Y la Unión Europea con productos industrializados, principalmente los llamados “bienes de capital” (máquinas y equipos), además de piezas y componentes para la industria automotriz, e insumos químicos para la industria farmacéutica.
Desindustrialización, entrega y reprimarización
El acuerdo no ocurre sin contradicciones. Dentro del bloque europeo, Francia encabeza un conjunto de países (Polonia, Austria, Hungría e Irlanda) históricamente refractarios a acuerdos que amenacen la producción agrícola local. En el caso de Francia, esta posición parece tener un peso más político que esencialmente económico, ya que, al fin y al cabo, saldrá ganando como los demás países europeos que exportan productos de alto valor agregado. El sector, sin embargo, tiene un peso político significativo en el país.
El tratado, sin embargo, impone un sistema de gatillo que restablece barreras arancelarias si determinado producto aumenta en un 5% su volumen de exportación por el Mercosur, o si el precio final queda un 5% más barato que algún producto europeo. Esta salvaguarda garantizó el enfriamiento de la resistencia de esos países en relación al tratado.
Si los productores europeos se han plantado y han garantizado salvaguardias para sus sectores, el sector industrial del Mercosur debe haber hecho lo mismo, ¿no? Al contrario, incluso con más del 98% de las importaciones brasileñas provenientes de Europa consistiendo en productos industriales, la Confederación Nacional de la Industria (CNI) clasificó el acuerdo como un “hito histórico para el fortalecimiento de la industria brasileña, la diversificación de la pauta exportadora y la integración internacional del país al comercio global”.
¿Por qué ocurre esto? Por un lado, la mayor parte de la industria nacional ya está deslocalizada, como la propia industria automovilística. Así, la importación de piezas y componentes más baratos aceleraría la transformación de fábricas de las multinacionales instaladas aquí en meras “maquiladoras” (montaje con piezas importadas). Esto significaría una demanda por mano de obra menos cualificada, salarios aún más rebajados y destrozaría lo que queda de la industria nacional que proporciona piezas al sector.
Por otro lado, la importación de maquinaria ayudaría al gran agronegocio a agregar un poco de valor a sus productos. Así, podría exportar café soluble además del grano, o “nuggets” junto al pollo. También ayudaría a los sectores considerados “competitivos” de la industria, como el calzado. Es decir, a diferencia del discurso de la CNI, no se trata de la posibilidad de un nuevo ciclo de industrialización o modernización de la industria, sino del profundización de la dependencia del país y su papel en el mercado mundial como exportador de productos de bajo valor, principalmente alimenticios.
En el otro extremo, el acuerdo pone en la mira del imperialismo europeo los minerales críticos, reduciendo la dependencia que hoy tiene la UE de China.
Lula sigue la política entreguista de los gobiernos neoliberales
El acuerdo de libre comercio entre Mercosur y la Unión Europea degrada aún más al país en la División Internacional del Trabajo, aumentando la dependencia y subordinación de los países semicoloniales al imperialismo europeo. Y no solo en la cuestión de la desindustrialización y reprimarización de la economía, sino en la entrega de las codiciadas tierras raras y de los servicios públicos al capital internacional. El acuerdo, por ejemplo, abre el sector de “servicios y compras gubernamentales” a la competencia europea. La italiana Enel, que deja a miles de paulistanos a oscuras con el menor chubasco en la capital, es un ejemplo de que el imperialismo europeo no es más eficiente o bueno, sino igualmente depredador y destructivo.
El gobierno de Lula, con la firma de este acuerdo, pisa el acelerador del proceso que lleva al país al retroceso y avanza en la entrega y recolonización de una economía casi ya totalmente subordinada al capital internacional. Y lo que hace todo aún más grave es que se trata de un acuerdo estratégico, que imposibilita cualquier política consecuente de industrialización para las próximas décadas pero, al contrario, condena a Brasil a un papel rebajado, profundizando la expoliación y el saqueo imperialista.
Puede incluso concretarse la perspectiva del crecimiento del PIB en este período, como proyectó el gobierno, pero concentrado en sectores específicos del agronegocio y en la industria de bajo valor agregado, como la alimentaria o de calzado. Pero esto no se reflejará en ningún cambio en la vida concreta de la clase trabajadora y de la gran mayoría de la población. Lo contrario sí será una realidad: una economía basada aún más en los sectores primarios, la destrucción de lo que queda de una cadena productiva industrial y la entrega de los recursos y servicios al capital extranjero. Resultado: empleos más precarizados, salarios rebajados y el empobrecimiento estructural del país que ha marcado la tónica en las últimas décadas.
Los sectores de la clase media, a su vez, pueden incluso beneficiarse del acceso a bienes de consumo importados, como el vino francés o el aceite portugués. Pero será, en conjunto, igualmente arrastrada por este retroceso económico y social, con el aumento de la pobreza, de la miseria y de la desigualdad. Algo que ya ha venido ocurriendo en los últimos años (y que dio base para el fortalecimiento de la extrema derecha en el país, inclusive).
Ante esto, parte significativa de la izquierda capitalista, que gritó “No a la Alca” en los años 1990, vergonzosamente celebra el acuerdo como un contrapunto al imperialismo norteamericano. La realidad, sin embargo, es que Brasil ni rompe con los EE. UU., ni impone una política más independiente o soberana frente a los imperialismos.
La respuesta que el gobierno da a la ofensiva imperialista de Trump pasa por la negociación con los propios EE. UU., y la búsqueda de otro imperialismo para llamar suyo, como la emergente China, o el decadente imperialismo europeo. Sin embargo, no existe imperialismo “del bien”, ya sea EE. UU., Europa o China, el resultado es más decadencia, entrega, subordinación, rapiña y explotación a la población y a la clase trabajadora brasileña.




