La pandemia de coronavirus produjo una crisis global en el sistema capitalista: sanitaria, social, económica y política. Posiblemente es esta la mayor crisis del capitalismo desde 1929, superando también la crisis financiera de 2008.

Por Bernardo Cerdeira

La crisis actual se combina con la crisis ecológica, marcada por la destrucción acelerada de la naturaleza a través de la explotación depredadora y descontrolada de los sistemas ambientales. Su efecto más importante es el calentamiento global.

Estas crisis combinadas han generado una reacción generalizada de los pueblos y sectores sociales más afectados: trabajadores, nacionalidades oprimidas, inmigrantes, mujeres, negros, sectores LGBTI, que se movilizan en diferentes países.

Ante esto, y preocupados principalmente por las reacciones sociales, varios economistas, filósofos y pensadores liberales y “progresistas” reconocen que el capitalismo, tal como existe hasta ahora, es inviable. Pero, no conciben otro sistema mejor o posible y, por lo tanto, han estado buscando formas de «salvar», «modificar», «redefinir» o «regular» el capitalismo. Estas soluciones, en general implican intentar convencer a los empresarios y políticos de todo el mundo de la necesidad de darle una forma “racional” y “consciente” al capitalismo.

La farsa del “capitalismo sostenible y ciudadano”

Esos sectores argumentan que las empresas no pueden continuar buscando solo maximizar las ganancias o dividendos con los accionistas. Sería necesario crear un nuevo capitalismo, a partir de los «stakeholders», término que se suele traducir como «partes interesadas» en una empresa; es decir, no solo los accionistas sino también los empleados, clientes, proveedores y acreedores.

Según este razonamiento, sería necesario “redefinir” el capitalismo para que este se preocupara por los trabajadores, el clima y la naturaleza, la inclusión, la igualdad racial, la igualdad de género, y las generaciones futuras. En otras palabras, capitalismo a favor del bienestar de las partes interesadas ​​y de un planeta sano.

Una concepción similar es que las empresas deben adoptar la denominada sostenibilidad; es decir, prácticas sociales y ambientales de acuerdo con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas (ONU). Para eso, sería necesaria una gestión basada en ESG (sigla, en inglés, que significa “medio ambiente, sostenibilidad y gobernabilidad”). Sería un capitalismo sostenible.

Estas ideas son apoyadas por los sectores “progresistas” y son asumidos por empresas como la Gerdau o Magazine Luiza (Magalú), que, por ejemplo, crearon un programa para la inclusión de “aprendices” (pasantes) negras y negros. No es casualidad que Luiza Trajano, la dueña de Magalú, sea vista como una empresaria progresista y sea un blanco frecuente de especulaciones sobre que sería convidada a ser vice de Lula en 2022.

Forma parte de esta idea de transformar el capitalismo de manera más consciente, la propuesta de invertir en Educación, que, según ellos, permitiría ofrecer oportunidades para toda la población, incluyendo especialmente a los pobres, posibilitando de esta forma un sistema justo de meritocracia.

Todo esto requeriría el ejercicio de la ciudadanía; es decir, de la participación de todos los ciudadanos, con iguales derechos, en una sociedad democrática, basada en el Estado de Derecho que debería regular el capitalismo.

¿Es posible un nuevo capitalismo consciente y “humano”?

Los defensores ideológicos del capitalismo defienden esa posibilidad con el objetivo de preservar el sistema de explotación capitalista, cubriéndolo con un nuevo disfraz. Pero, también, es una de las mayores fantasías perseguidas por los «progresistas» sinceros, que creen que es posible reformar el capitalismo, dotándolo de una forma racional, y evitando así las revueltas de las masas y los dolores de una revolución socialista.

Este espejismo o fantasía es lo que llamamos una utopía reaccionaria. “Utopía” porque el capitalismo consciente es totalmente imposible, como explicaremos a continuación. “Reaccionario” porque intenta preservar un sistema que está destruyendo a pasos acelerados la humanidad, la naturaleza y el planeta entero.

La irracionalidad es una característica inherente del capitalismo. El capitalismo es un sistema económico orientado a la producción generalizada de mercancías, basado en la propiedad privada de los medios de producción y en la venta de estas mercancías en el mercado.

La ganancia depende de la explotación de los seres humanos

El objetivo de esta producción es generar la máxima ganancia posible, de la que se apropian los propietarios privados. Esas ganancias son el fruto de la apropiación, por parte de los capitalistas, del resultado del trabajo que no se paga a los trabajadores; es decir, de su explotación.

Los capitalistas siempre buscan incrementar estas ganancias al máximo y el principal mecanismo para ello es incrementar la explotación de los trabajadores, quitando conquistas laborales, subcontratando funciones y disminuyendo los salarios. También pagan salarios más bajos o solo ofrecen trabajos precarios a los sectores más oprimidos, como las mujeres y los negros.

Esa necesidad de incrementar permanentemente las ganancias es fundamental en el capitalismo, para reinvertir el capital acumulado, modernizar las empresas y enfrentar la competencia. Las empresas que limitasen sus ganancias de manera “consciente” para preservar la naturaleza o cumplir con los límites éticos, perderían competencia, participación en el mercado, valor de las acciones y, eventualmente, podrían irse a la quiebra.

Irracionalidad del sistema y anarquía de la producción

La necesidad de reproducir capital, siempre incrementándolo, en un ciclo permanente y creciente, produce una irracionalidad inherente al sistema. Para contrarrestar la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, característica de la crisis estructural del capitalismo, los capitalistas recurren a todo tipo de recursos.

Uno de ellos es la especulación financiera. Cada sector de la burguesía disputa en el mercado de capitales el valor generado por los trabajadores en la producción. Por esta razón, la tendencia es a incrementar fuertemente el sector burgués parasitario “rentista” (que vive de las rentas).

Por la misma razón, empresas de agronegocio, minería, petróleo y gas, generadores de electricidad, construcción pesada, producción de celulosa e industria en general buscan explotar depredadoramente al máximo los recursos naturales al menor costo, sabiendo, “conscientemente”, que esto significa la destrucción de la naturaleza. Basta ver el caso de la Samarco, en Mariana, y de la Vale, en Brumadinho, ambas en Minas Gerais.

Además de eso, la mayoría de los empresarios intenta aumentar su tasa de ganancia buscando las formas de evadir el pago de impuestos, ocultando impuestos o buscando formas ilegales, como la evasión de divisas y el lavado de dinero. Grandes multinacionales, como Apple, Google y otras, instalan las sedes de sus empresas en paraísos fiscales, para no pagar impuestos.

Crimen organizado y anarquía en la producción

Otro sector cada vez mayor de la burguesía es el de la inversión en actividades delictivas excepcionalmente lucrativas, como el tráfico de drogas, de personas, la prostitución, el tráfico de armas, el contrabando, el robo, etc.

Por otro lado, la producción capitalista se lleva a cabo a través de miles de empresas de propiedad individual. Cada productor decide, individualmente, cuánto producir, lo que genera una tremenda anarquía en la producción. Esta anarquía provoca enormes crisis globales de sobreproducción de mercancías, seguidas de recortes de costos, despidos masivos y cierres de empresas.

Por eso, las exhortaciones para que se combata la ganancia y el individualismo con ética y haciendo un llamado al desarrollo del “espíritu comunitario” no tienen efecto duradero. No es posible enfrentar las tendencias irracionales y anárquicas del capitalismo a través de la (ambigua) buena voluntad individual de los capitalistas.

Un sistema que produce crisis, guerras, pero también revoluciones

Pero, ¿sería posible esperar que los Estados nacionales u organizaciones internacionales regulen el capitalismo con leyes y mecanismos de control y coerción? En verdad, esta pregunta revierte el problema. Es la fuerza económica y política de los diversos sectores de la burguesía la que dicta el rumbo de los Estados y las leyes.

Los gobiernos han proclamado la necesidad de intentar combatir el calentamiento global y la destrucción de la naturaleza con un cambio en la matriz energética y producción de energías limpias. Pero, además, las iniciativas, que hasta ahora han sido totalmente ineficientes, se ven anuladas por la agresiva destrucción de la naturaleza por parte de miles de empresas que evaden este control. Eso incluye algunas de las multinacionales más grandes. Basta ver el llamado escándalo Dieselgate de la Volkswagen, que utilizó técnicas fraudulentas para obtener buenos resultados en las pruebas de emisión de gas carbónico.

Otro ejemplo reciente es el de la vacunación contra el Covid-19. La racionalidad indicaría que los gobiernos de los principales países del mundo deberían articularse para garantizar la vacunación masiva de toda la población mundial, acabar con la pandemia, revertir la crisis económica global, e incluso, recuperar el propio capitalismo.

Sin embargo, los intereses de las grandes empresas farmacéuticas, estrechamente vinculadas a los gobiernos imperialistas, impiden la liberación de patentes para la producción en masa de la vacuna, lo que sería completamente posible.

Socialismo internacional o barbarie global

Este ejemplo también muestra cómo la existencia de Estados nacionales es un obstáculo para la racionalidad del sistema. Principalmente porque el capitalismo imperialista es un sistema basado en la explotación de los recursos naturales y de mano de obra de los países pobres por parte de los países ricos, que ignoran el sufrimiento de estos durante la pandemia y no dudan en iniciar guerras por los recursos naturales como el petróleo, por ejemplo, como hemos visto en los casos de Irak y Afganistán.

Eso sin contar que los propios Estados nacionales se ven cada vez más afectados por la corrupción, las mafias del narcotráfico y las milicias [parapoliciales], que representan sectores a burgueses vinculados al crimen organizado, como en México y Brasil.

En este marco de decadencia, crisis y barbarie, en un mundo en el que prevalece el desempleo, la crisis sanitaria y los recortes presupuestarios para la salud y para el sistema educativo, las posibles oportunidades de una vida mejor, a través de la educación, son negadas a la mayoría absoluta. Y la oportunidad de ejercer la ciudadanía en regímenes políticos cada vez más autoritarios, como en el Brasil, es cada vez menor.

Por eso, al contrario de lo que piensan los “progresistas”, el intento de redefinir el capitalismo hacia un sistema “racional” y “consciente” es imposible. En su época de decadencia, el capitalismo imperialista es cada vez más un sistema que provoca crisis, guerras y la destrucción de la naturaleza.

Pero también provoca revoluciones. Y, al contrario de lo que piensan los “progresistas”, una revolución socialista consciente es la única posibilidad no utópica y racional de evitar que la humanidad caiga en la barbarie.

Traducción: Ana Rodríguez