Desde el año pasado hay en diferentes universidades y organizaciones una campaña de denuncias de acoso y abuso sexual, en la que se han visto involucrados miembros de organizaciones políticas de izquierda. El método que se ha empleado ha sido el conocido “escrache”.

Por Comisión de la Mujer – PST

Escribimos estas reflexiones a propósito de algunos pronunciamientos públicos por parte de colectivas feministas y de denuncias, también públicas, por parte de  equipos o militantes y exmilitantes mujeres de la Juventud Comunista JUCO, contra militantes y cuadros hombres de la misma organización por casos de violencia sexual;  y acogiendo el llamado de su Comité Central “a las organizaciones sociales, de mujeres y feministas  a seguir juntando esfuerzos para combatir el patriarcado, el machismo y las violencias basadas en género”, expresamos nuestras opiniones para contribuir a un debate que cada vez se hace más urgente e importante  dentro  de las organizaciones de izquierda y revolucionarias porque pone en discusión la moral y los métodos de los revolucionarios, tanto al interior de nuestras filas como de cara a los movimientos de los explotados y oprimidos.

Las acusaciones que se han conocido por las redes sociales contra, por lo menos dos cuadros de la máxima dirección de la JUCO y otros dirigentes, son de suma gravedad dado que reproducen las prácticas machistas burguesas de utilizar las posiciones de poder para seducir y violentar a mujeres que se encuentran en posiciones subordinadas.  Esta es una de las expresiones más comunes y naturalizadas de esta cultura burguesa machista y opresiva que se reproduce en las instancias políticas, laborales, estudiantiles, sindicales y populares.

La barbarie capitalista

Vivimos en una sociedad decadente y descompuesta. Hoy en medio de la pandemia del coronavirus y del aislamiento social, se han profundizado los casos de violencia machista de distinto tipo al interior de los hogares y los feminicidios ya considerados como una pandemia precedente han aumentado. En América Latina y el Caribe el promedio diario de feminicidios es de doce mujeres, es decir una cada dos horas. Mil millones de mujeres, o una de cada tres en el planeta, han sido golpeadas, obligadas a tener relaciones sexuales o sometidas a algún tipo de abuso Solo hablando de violencia estos son los datos oficiales de Naciones Unidas, institución de quienes gobiernan el planeta. Pero cabría preguntarse: ¿cuántos casos de violencia contra la mujer quedan en el anonimato? ¿Cuántas humildes trabajadoras acosadas por jefes se ven obligadas a callar para no perder el empleo? ¿Cuántos casos de jóvenes madres obligadas a serlo quedan por fuera de las estadísticas oficiales? ¿Cuántas mueren por causa de abortos inseguros?  El capitalismo en decadencia no solo lleva al extremo la explotación de los trabajadores en su conjunto, sino que se vale de la opresión existente para profundizarla y llevar al límite a los sectores oprimidos. Todas las opresiones, la de la mujer, la de los negros, la de los inmigrantes, la de los LGBTI han sido históricamente y son hoy utilizadas para dividir a los trabajadores, para enfrentar a unos contra otros, para restar su fuerza y unidad en la lucha. El mejor ejemplo de lo que decimos es nada menos que Donald Trump, presidente de la mayor potencia imperialista, con su política xenófoba, machista y homofóbica.

Si bien el CC de la Juco en su comunicado del 2 de Junio, reconoce la grave situación interna y rechaza todos los actos de violencia basados en género por parte de militantes y exmilitantes y promete un tratamiento contundente a los agresores, así como la suspensión de la responsabilidades y funciones como Secretario General de la Juco a Johnny Marín,  un comunicado de las mujeres militantes del regional  Hernando Gonzales Acosta JUCO- Bogotá, denuncian que ante esto Marín el 5 de junio interpone una acción de tutela contra las denunciantes por vulneración a sus derechos fundamentales al buen nombre, la honra y la intimidad. Coincidimos con ellas en el rechazo que hacen de este método y nos parece equivocado que continúe fungiendo en las redes sociales como Secretario General de la Juco, pues, aunque en varios comunicados la JUCO dice haberlo relevado de esa función, en redes sociales se sigue identificando como tal y actuando como tal.

Nosotras como militantes de una organización revolucionaria que lucha contra la explotación capitalista y contra todo tipo de opresión en razón de raza, sexo, origen o clase, no podemos menos que hacernos algunas preguntas en función de ratificar nuestra práctica y nuestros principios.

¿Cómo actúa una organización revolucionaria y sus militantes?   

Coincidimos con las organizaciones feministas y los equipos de militantes que se declararon en apoyo a las mujeres que denunciaron los abusos, en que las mujeres no podemos callar frente a estos hechos, ni dejarlos pasar supuestamente por el bien de la organización. Ser de izquierda, militante y apoyar la lucha contra el machismo no garantiza que no se puedan cometer actos machistas. Un partido es revolucionario no porque no registre casos de machismo en sus filas, porque eso es inherente a la degradación de la sociedad capitalista imperialista que nos penetra. Será revolucionario por cómo reaccione ante los actos machistas, por cómo combata el machismo en sus filas, por cómo eduque y prepare a su militancia y a la clase trabajadora para esa batalla. Y sus militantes hombres serán revolucionarios si reconocen entienden y acatan las sanciones que ameriten sus comportamientos machistas y luchan de manera consecuente para erradicarlos de la organización y de la clase. Si los mecanismos internos para enfrentar estos problemas no funcionan como dicen las compañeras de la regional de Bogotá, o no existen, entonces las mujeres víctimas del abuso o de cualquier conducta machista se ven obligadas a utilizar la denuncia pública.

Pero nosotras no creemos que el escrache sea un mecanismo o una herramienta legítima y revolucionaria, ni que se deba reivindicar como el método privilegiado de lucha contra el machismo en nuestras organizaciones. Es posible que mujeres violentadas que no pertenecen a ninguna organización o que en su entorno social no existe ningún mecanismo de denuncia, se vean obligadas a denunciar a su agresor por las redes sociales, igualmente, puede ser válido cuando el agresor es un burgués, patrón, directivo o incluso profesor sobre el que se han puesto quejas sin que nadie haga nada. Pero este mecanismo no puede convertirse en la forma privilegiada de lucha de los movimientos feministas y de mujeres, menos si ambos pertenecen a una organización que se dice revolucionaria. Partimos de que la consigna de creer en la palabra de las mujeres significa tomar en serio e investigar cualquier denuncia, pero no implica de inmediato la culpabilidad del acusado. Desgraciadamente, y no afirmamos que en este caso de la JUCO sea así, este tipo de acusaciones también se usan como arma política para destruir moralmente a un militante o incluso a una organización; el escrache no tiene un objetivo pedagógico o formativo, tampoco un objetivo reparativo, sino que cumple al mismo tiempo una función de denuncia y sanción; puede incluso destruir la vida y la carrera política del acusado, lo cual puede tener consecuencias devastadoras si no se maneja bien.

Nosotras en primer lugar pertenecemos a una clase social, la clase trabajadora en la que evidentemente se expresan las ideas y la cultura de la clase dominante, que cumple además un papel nefasto porque nos divide. Nuestra lucha es por educar y ganar a nuestros compañeros de clase y de lucha en el principio de que, si queremos cambiar este capitalismo podrido, no podemos hacer parte de sus prácticas opresoras, y de que como militantes y luchadores merecemos el máximo respeto. La revolución socialista no la podemos hacer las mujeres solas es un asunto de clase contra clase y no de sexo contra sexo.

¿Acudimos los revolucionarios a la justicia burguesa?

Se supone que si militamos en una organización política tiene que existir en primer lugar la confianza de las mujeres para denunciar y en segundo, organismos como La Comisión de Moral – o la que haga sus veces- ante la que se radica la queja y los términos estatutarios para que esta investigue y falle, de la misma manera que deben existir los mecanismos para apelar por parte de cualquiera de los implicados.  Si se trata de compañeras agredidas por un militante de una organización a la que ella no pertenece o un compañero de trabajo o de estudio o de lucha se debería solicitar de manera inmediata la conformación de una Comisión Independiente del más amplio espectro político, con autoridad moral para que investigue, desde su local de lucha y que sus resoluciones sean presentadas, debatidas y aceptadas por las organizaciones locales aportando y acumulando, desde lo trágico que representa este proceso, para una nueva práctica entre luchadores. Así debemos actuar al interior de los sectores sociales a los que pertenecemos porque no podemos confiar en las instituciones de un régimen y un Estado al que combatimos y que se basa en la doble moral, y sabemos que no escatimará ningún esfuerzo para destruir a las organizaciones revolucionarias. Al respecto de la violencia machista la justicia burguesa se caracteriza no por proteger a las mujeres sino por la más completa impunidad, siendo que cerca del 80% de los casos de denuncias de las mujeres nunca proceden ni se toman medidas para protegerlas.

¿Cómo es posible que el máximo dirigente de la JUCO, para salvar el pellejo acuda a la justicia burguesa, a la justicia de nuestros enemigos de clase para resolver un conflicto interno en una organización que se auto reconoce como marxista, leninista y socialista? Esto es lo más lejano desde todo punto de vista a los principios del marxismo leninismo. Es tanto como si frente a un problema entre compañeros de trabajo de una fábrica y militantes del mismo partido uno de ellos o los dos llamen al patrón para que lo resuelva en lugar de acudir a las respectivas instancias sindicales y políticas de su organización.

Aunque consideramos que lo correcto es acudir a las instancias del partido, y en su defecto a una comisión independiente como se explica arriba; es comprensible que la víctima defina acudir a la justicia burguesa si ella así lo considera, sobre todo si se trata de casos graves como violaciones, violencia física, etc. Lo que sí es inadmisible es que el que acuda a la justicia burguesa sea el acusado, nos parece francamente sorprendente.

Este en primer lugar es un problema de clase y no solo de género, es un problema de formación y de principios, acaso el compañero, ¿cree en el culto a la personalidad tan largamente practicado en muchos partidos comunistas? Acaso el compañero ¿cree en los privilegios burocráticos de los dirigentes? El marxismo nos enseña por el contrario que los dirigentes deben ser los más vigilados y exigidos, que encubrirse o encubrir a un dirigente y con ello dañar la imagen de la organización hace parte de la degeneración del método y la moral de los revolucionarios, que coloca por encima de los intereses de la clase y de los oprimidos el valor indiscutible de los “jefes”. Y en nuestra opinión el caso se agrava porque se mezclan dos prácticas absolutamente condenables: el burocratismo y el machismo. Vivimos en una sociedad en decadencia y putrefacción y las presiones del machismo “naturalizado” afectan a nuestros camaradas. Ante eso hay que aceptar la verdad, hay que poner la cara y aceptar las sanciones correspondientes. Esta moral y este método es totalmente opuesto al de la justicia burguesa basada en la doble moral y la conveniencia de sus intereses de clase.

No se puede construir una organización revolucionaria sana, sin combatir al interior de nuestras filas y dentro de las organizaciones gremiales de los trabajadores, de la juventud y populares todas las ideologías y las prácticas burguesas. No se puede construir una organización sana minimizando y encubriendo los errores de nuestros propios camaradas.

Es indispensable debatir los mecanismos para enfrentar y combatir la pandemia del machismo en todas las organizaciones de la clase obrera y de los trabajadores. En un partido revolucionario todos los militantes, debemos tener los mismos derechos y considerarnos iguales. Si este principio no existe, no seremos capaces de combatir las opresiones en el presente y mucho menos construir una sociedad distinta. El partido revolucionario es una prefiguración de la sociedad que queremos construir y por tanto no puede defender ni permitir privilegios, de ningún tipo. Nuestra lucha es por una sociedad en la que seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres como decía la revolucionaria Rosa Luxemburgo.