En el pasado mes de abril, se cumplieron 60 años de la muerte del físico alemán Albert Einstein

El día 18 de abril, moría a los 76 años, en Estados Unidos de América, una de las personalidades más famosas del siglo XX, el físico alemán, Albert Einstein, un científico que tuvo el mérito, infelizmente raro, de comprender la imperiosa necesidad de coherencia entre el método científico y un abordaje filosófico consecuente, para hacer avanzar el conocimiento humano sobre sólidas bases, un insospechado defensor del socialismo y de la necesidad de superación de la anarquía capitalista que insiste en dominar la sociedad contemporánea.

 

El contenido materialista y revolucionario de la Teoría de la Relatividad

Un materialista (algo evidente tanto en su artículo titulado “Física y realidad”, de 1936, como en su reveladora carta al filósofo judío Eric B. Gutkind, de 1954), Einstein, ciertamente quedaría sorprendido con toda la tergiversación hecha por el misticismo post-modernista en su nombre.

Su Teoría de la Relatividad, por ejemplo, tan usada por los tergiversadores de sus ideas, para justificar todo tipo de sandeces idealistas y relativas, se fundamenta en dos postulados sorprendentemente simples y de carácter flagrantemente materialista y pasible de comprobación práctica, son ellos:

 

1. Todas las leyes de la física asumen la misma forma en todos los referenciales inerciales.

2. En cualquier referencial inercial la velocidad de la luz en el vacío, es siempre la misma.

 

De estas dos sencillas afirmaciones, emerge toda la maravillosa elegancia de las teorías de Einstein que nos permitirán, por primera vez, desvelar los misterios de la equivalencia masa-energía, además de corregir las imprecisiones de la secular teoría de la gravitación de Newton y, finalmente, descartar de una vez por todas la incómoda y persistente ficción científica del éter luminóforo, entre tantas otras conquistas.

 

En las palabras de Carl Sagan, en su obra «El cerebro de Broca*»:

«Antes de Einstein se defendía que existían sistemas de referencia privilegiados y cosas tales como el espacio absoluto y el tiempo absoluto. El punto de partida de Einstein dijo que, cualquiera que fuesen los sistemas de referencia, todos los observadores (fuese cual fuese su localización, velocidad o aceleración) verían las leyes fundamentales de la naturaleza de la misma forma».

 

El incuestionable mérito de Einstein fue el de percibirnos como los preconceptos antropocéntricos, reflejados en nuestra ansia, para conferir a los seres humanos un punto de vista privilegiado para percibir el Universo. Nos había vuelto, hasta entonces, ciegos ante el hecho de que un abordaje materialista consecuente exigía que considerásemos que, bajo cualquier punto de vista, las leyes de la física debían permanecer las mismas, aunque eso contrariase nuestras concepciones más arraigadas sobre el tiempo y el espacio.

 

O sea, no debemos tratar de imponer nuestras concepciones a la realidad sino, por el contrario, necesitamos estar dispuestos a reverlas siempre que la realidad concreta se demuestre más compleja y sorprendente de lo que fuimos capaces de imaginar.

 

En este sentido, la revolución promovida por Einstein y sus colaboradores puede ser comprendida como parte del contexto más general de las revoluciones científicas anteriores, que nos llevaron a romper, progresivamente, con las visiones místicas primitivas que buscan ocultar nuestra propia pequeñez y fragilidad, atribuyéndonos privilegios que no poseíamos.

 

Fue así, con la revolución copernicana, que nos sacó del centro del universo; fue así, con la revolución promovida en la geología por Hutton y Lyell, que nos reveló cuán breve es nuestra historia ante la espantosa escalada del tiempo en nuestro planeta; fue así, con la revolución darwiniana, que develó nuestro origen humilde, como una mera rama disidente de primates en los increíblementes vastos árboles de la vida; fue así, con la revolución promovida por Marx y Engels, dilucidando las bases materiales ocultas por detrás de nuestras relaciones sociales, institucionales e ideológicas a lo largo de toda la historia; y es así, con Einstein y su Teoría de la Relatividad, al demostrar que no poseemos un sistema de referencias privilegiadas para percibir el Universo.

 

Apenas nos liberemos de las amarras auto-impuestas, que perjudican nuestra comprensión de la naturaleza y de nosotros mismos, seremos capaces de comprender nuestras verdaderas limitaciones y potencialidades para intervenir y transformarnos a nosotros mismos y a la naturaleza a nuestro alrededor. Esa es la lección reafirmada por cada una de las revoluciones que hicieron avanzar nuestra comprensión.

 

Por último, cómo fue capaz de percibir al revolucionario ruso León Trotsky:

«El ascenso histórico de la humanidad, tomado como un todo, puede ser resumido como una sucesión de victorias de la conciencia sobre las fuerzas ciegas en la naturaleza, en la sociedad, en el propio hombre».

 

La polémica Einstein-Böhr

 

Aunque no queden dudas en relación a las importantes contribuciones de Einstein, en el avance de nuestro conocimiento de la realidad, por medio de su Teoría de la Relatividad, su papel en relación al desarrollo de la Mecánica Quántica, aún es blanco de mucha controversia, por lo menos entre el público lego.

 

Incluso, en los años 1920, cuando Einstein recolectaba los frutos de su teoría revolucionaria, el medio de la física fue agitado por una nueva revolución, que tuvo  entre sus protagonistas al físico dinamarqués Niels Böhr, que propugna una nueva física, basada en probabilidades para la investigación de la naturaleza en escala atómica, revelando la necesidad de dos abordajes diferentes, para que comprendamos la realidad, en diferentes escalas y estableciendo dominios restrictos para cada una de ellas: la relatividad de Einstein, para la descripción de los fenómenos a escala mayor que la atómica, y la mecánica cuántica para la descripción de los fenómenos a escala subatómica.

 

Sin embargo, la posición de Einstein en relación a la mecánica cuántica había sido significativamente más sutil y menos intransigente de lo que podemos acreditar por la mayoría de los más populares historiadores de la ciencia (que tienden a reducir uno de los más relevantes debates públicos de la ciencia en el siglo XX a una mezquina disputa de egos). La verdad es que el propio Einstein es considerado uno de los fundadores de la mecánica cuántica y su resistencia en admitir ciertas implicaciones de la física cuántica parece reflejar apenas su empeño en garantizar un abordaje físico, comprometido con el materialismo.

 

Las constantes críticas de Einstein a ciertos aspectos de la mecánica cuántica acabaron por incentivar a sus defensores a refinar su comprensión acerca de las implicaciones filosóficas y científicas de sus propias teorías. Al punto que el propio Böhr publicó, en 1949, un artículo titulado «El debate con Einstein sobre problemas epistemológicos en la Física Atómica», dedicándolo al físico alemán.

 

Si para Böhr, por lo menos inicialmente, bastaba que la física cuántica fuese capaz de describir y predecir los fenómenos a escala atómica, para Einstein eso no era suficiente. Era necesario un abordaje filosófico, de carácter indudablemente materialista, que nos permitiese comprender en profundidad no sólo los fenómenos cuánticos, sino sus implicaciones.

 

Al final, buena parte del mérito de Einstein reside en el hecho de que él no se conformaba con la mera descripción de la gravedad, hecha siglos antes por Newton. Einstein quería más que una descripción, por más rigurosa y capaz de previsiones precisas que tuviese, él quería comprender el mecanismo de la gravedad y fue eso lo que hizo develar la curvatura del espacio-tiempo, provocada por la masa de un cuerpo cualquiera, una de las consecuencias de su Teoría de la Relatividad. De manera análoga, una mera descripción, empíricamente adecuada, le parecería insuficiente para una comprensión genuina de los fenómenos cuánticos.

 

En una melancólica carta privada a su viejo amigo Michele Agelo Besso, fechada el 12 de diciembre de 1951, Einstein escribió:

«Cincuenta años de elucubraciones conscientes no me acercaron a una respuesta para una pregunta: ¿qué son cuantas de luz?’ Hoy en día, cualquiera de poca monta puede suponer que sabe, pero se engaña».

 

Las preocupaciones de Einstein, en relación a la permanente necesidad de rigor epistemológico y su defensa consciente del carácter materialista del abordaje científico, se demuestran extremamente pertinentes, sobre todo cuando observamos la penetración de presiones idealistas, místicas y oscurantistas en el escenario contemporáneo de la física, resultando en absurdos como el “misticismo cuántico”, propagandizado por ideólogos con credenciales científicas, como Frijof Capra y Amit Goswami.

 

El socialista Einstein

 

Pero, Einstein fue mucho más de lo que un científico brillante, empeñado en superar los preconceptos y las capitulaciones al idealismo que limitaban los avances científicos de su tiempo. El fue también un hombre preocupado por los problemas políticos y sociales de su época, muy diferente de lo que hace parecer la imagen caricaturada del científico loco y alienado de la realidad que pinta la propaganda de aquellos a quienes interesa disociar su crítica visión política de su incuestionable brillantismo científico.

 

Su puntiagudo espíritu crítico lo llevó al punto de defender públicamente al socialismo, en un osado artículo titulado «¿Por qué el socialismo?», de 1949, apenas seis años antes de su muerte y después de haber podido asistir a la trágica aplicación de su teoría, por el gobierno de EE.UU., en un cobarde ataque nuclear a los entonces ya derrotados adversarios japoneses, atacando las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. En un episodio que mató a más de 240 mil personas, casi todos civiles, tres meses después de la derrota y rendición de Italia y Alemania, en la Segunda Guerra Mundial.

 

Escribió Einstein:

«La anarquía económica de la sociedad capitalista, de hoy en día es, en mi opinión, la verdadera fuente de los males (…).

Estoy convencido que hay solamente, una forma de eliminar estos graves maleficios: a través del establecimiento de una economía socialista, acompañada por un sistema educacional que sea orientado para fines sociales. En tal economía, los medios de producción son propiedad de la propia sociedad y utilizados de manera planificada. Una economía planificada, que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo entre todos los aptos a trabajar y garantizaría los medios de vida de todos, hombre, mujer y criaturas. La educación del individuo, además de promover sus propias habilidades innatas, intentaría desarrollar, en un sentido de responsable, por su prójimo, en lugar de la glorificación del poder y del éxito en nuestra sociedad actual.»

 

El fue incluso capaz de reconocer la falsa equivalencia entre la propuesta socialista y el régimen patrocinado por la burocracia soviética, al criticar al stalinismo diciendo:

“Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es todavía el socialismo. Una economía planificada como tal puede ser acom­pañada por la completa esclavización del individuo. La realización del socialismo requiere la solución de algunos problemas socio-políticos extremamente difíciles: ‘¿cómo es posible, considerando la muy abarcadora centralización del poder, conseguir que la burocracia no sea todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden proteger los derechos del individuo y, mediante eso, asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?”

 

Aunque su biografía, como la de cualquier otro ser humano, en cualquier otra época, no está exenta de su propia cuota de equívocos, tropiezos y contradicciones, Einstein merece ser recordado como el científico brillante que, comprometido con un abordaje materialista de la realidad, fue un acérrimo opositor de toda forma de idealismo, misticismo y oscurantismo. Un ser humano consciente de la necesidad de desenmarañarnos de nuestros propios preconceptos, idealismos y auto-engaños, para construir un futuro promisorio para el conjunto de la humanidad.

 

Después de todo, apenas conscientes de la inexistencia de cualquier imperativo divino o natural que nos condene a seguir con el capitalismo, en su marcha fúnebre y decadente, seremos capaces de vislumbrar alternativas que nos permitan superar las limitaciones del momento histórico presente, para avanzar en una comprensión más profunda y completa de la realidad a nuestra espalda y de nosotros mismos. No quedan dudas de que se trataba de un sujeto genial.

* Paul Pierre Broca, médico, anatomista y antropólogo francés, descubridor del centro del habla y pionero en el estudio de la antropología física.