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Hungría

Derrota de Orbán: avances y retos del pueblo trabajador húngaro

Strelnikov

mayo 4, 2026

Escrito por: Strelnikov, 27/4/2026

La noche del 12 de abril, en la capital de Hungría, Budapest, miles de personas colmaban con júbilo las calles para celebrar la derrota política y electoral del Primer Ministro, Viktor Orbán, y de su partido Fidesz, tras 16 años de gobierno autoritario. Comenzaba una nueva etapa histórica.

¿Por qué perdió Orbán y qué representa su derrota? ¿Qué esperar del nuevo gobierno de Péter Magyar? ¿Qué retos enfrenta el pueblo trabajador húngaro y la izquierda? Desde una visión internacionalista de los trabajadores y un enfoque científico, este artículo responde a estas tres preguntas básicas que hoy se hacen millones de personas en Hungría, Europa y el mundo.

Tras la salida de Orbán, los trabajadores de Hungría y de Europa del Este, los inmigrantes y la izquierda anticapitalista, ¡tenemos derecho a ser optimistas!

  1. ¿Por qué perdió Orban y qué representa su derrota?

Aunque las encuestas presagiaban que el Primer Ministro, Viktor Orbán, podría perder las elecciones parlamentarias, los resultados sorprendieron a todo el mundo. Tanto sus seguidores como sus opositores y a los llamados analistas independientes quedaron atónitos. Incluso en la sede de campaña de Péter Magyar y en la residencia oficial de Orbán costaba creerlo. La sorpresa radicó en la magnitud aplastante de la derrota (1), así como en la propia respuesta del gobierno y de su régimen político autoritario. 

Si existían posibilidades de su derrota, se anticipaba un escrutinio reñido y marcado por maniobras destinadas a desconocer la voluntad popular. Estas incluirían las barajas del fraude encubierto y la represión. De hecho, antes de los comicios, el espionaje ruso, la campaña de desprestigio y la desinformación, así como los escándalos calculados, eran el pan de cada día en los medios oficiales y la vida pública. Con todo, Viktor Orbán se abstuvo y se contuvo de desconocer los resultados. De haberlo hecho, podría haberse desatado, como mínimo, manifestaciones masivas, un estallido social, en sentido literal, una Primavera Húngara.

Los jefes de la política exterior, como J. D. Vance, así como actores vinculados al Kremlin, días antes habían dado un respaldo a la reelección de Orbán y algunas sugerencias para mantener el orden público y ganar las elecciones. De hecho, en los últimos años, bajo el gobierno de Orbán, se ha criminalizado la protesta social y se ha penalizado a activistas. Sin embargo, en esta ocasión, las propias fuerzas policiales, tanto en la capital como en las regiones, no contaban con la capacidad operativa suficiente ni con el equipamiento modernizado necesario ni con la legitimidad popular para enfrentar grandes movilizaciones en unas elecciones históricas y decisivas.

Tras 16 años en el poder, Viktor Orbán fue derrotado fundamentalmente por encontrarse en una fase descendente de la economía y sufrir un prolongado desgaste político, una crisis orgánica de legitimidad. A ello se sumó la inadecuada respuesta política de su gobierno frente a las aspiraciones del pueblo trabajador húngaro. También influyó una estrategia de campaña errada, que terminó fortaleciendo a su principal contrincante.

En promedio anual, los trabajadores húngaros laboran tres veces más horas que otros europeos. Sin embargo, para el 2023, sus salarios se encontraban entre los segundos más bajos de la Unión Europea. Además, miles de personas viven en situación de calle en la capital y la pobreza relativa ronda los hogares. En el país, la devaluación y el estancamiento del forinto persisten desde la segunda mitad de la década de 2000. La inflación, el alquiler y el coste de vida constituyen una preocupación constante. Esto obliga a amplios sectores asalariados a realizar sacrificios para llegar a fin de mes.

Mientras tanto, el pueblo trabajador y las nuevas generaciones han presenciado el enriquecimiento de una red espúrea de políticos profesionales y empresarios. También de una minoría opulenta, una auténtica oligarquía clientelar y parasitaria, que ha crecido a costa del bienestar general. Este descontento, silencioso pero generalizado, terminó por pasarle factura al hasta entonces todopoderoso Primer Ministro, Viktor Orbán.

Basados en los datos oficiales de la Oficina Nacional Electoral (NVI) (2), de un total de 199 escaños en la Asamblea Nacional y con una participación récord del 78% —83% en la capital—, los resultados fueron sorprendentes. La oposición de centro derecha, liderada por Péter Magyar y su coalición Tisza (Respeto y Libertad) arrasó al obtener 141 escaños (70,9%). Con ello, alcanzó una supermayoría de dos tercios (⅔).

En esta batalla electoral, tras una década y media de hegemonía, el electorado logró derrotar con amplitud a la coalición gubernamental de derecha populista de Fidesz-KDNP (Unión Cívica Húngara y Partido Popular Demócrata Cristiano). Esta obtuvo 52 escaños (26,1%) y perdió 83 puestos. En tercer lugar, la ultraderecha de corte neofascista del Movimiento Nuestra Patria (Mi Hazánk) superó el umbral electoral del 5%, avanzando a hurtadillas. Con 358.372 votos, consiguió 6 escaños (3%) y logró representación parlamentaria.

La oposición, ahora convertida en fuerza de gobierno, recibió cerca de 3,3 millones de votos (53%). Su avance fue particularmente notable en ciudades como Budapest, Szeged y Pécs. Por su parte, el oficialismo obtuvo alrededor de 2,4 millones de votos. Conservó bastiones en zonas rurales del noreste, así como en Debrecen y en ciudades industriales medianas como Miskolc, Nyíregyháza y Kecskemét. Aunque representa solo el 5% del total, la diáspora húngara en Rumanía, Serbia, Eslovaquia y Ucrania otorgó un 84% de apoyo a la continuidad de Orbán, por los beneficios de visado que les ha otorgado. No obstante, este respaldo retrocedió entre 5 y 10 puntos porcentuales.

Fuente: Oficina Nacional Electoral (NVI), 2026. 

La estrategia electoral de Orbán se articuló en dos frentes. Por un lado, buscó canalizar el descontento hacia un chivo expiatorio externo, en particular el presidente ucraniano Volodímir Zelenski. También enfatizó el riesgo de endeudamiento con Ucrania y la Unión Europea bajo un eventual gobierno de Magyar. Con ello, intentó generar temor a un conflicto ajeno y a un mayor endeudamiento. Por otro lado, ofreció paliativos de alivio económico. Entre ellas, la reducción de tarifas energéticas a fin de año, el aumento del salario mínimo y la promesa de estabilizar la economía mediante acuerdos pragmáticos con Rusia y Europa. Ninguna de estas estrategias logró desviar la atención del electorado. Predominó el voto de castigo, impulsado por la inconformidad frente a problemas internos, como las denuncias de corrupción y el deterioro del nivel de vida.

Péter Magyar, ex miembro del partido gobernante, capitalizó el desgaste acumulado del oficialismo desde 2024. Aprovechó tanto el debilitamiento económico como la pérdida de legitimidad política del gobierno. Su campaña se centró en dos ejes principales. En primer lugar, la recuperación de fondos europeos para sanear la economía y fomentar la inversión. En segundo lugar, la implementación de medidas de limpieza institucional orientadas a restablecer el Estado democrático de derecho y desmantelar las redes de corrupción.

Independiente del juicio sobre la campaña de la oposición, esto muestra que el centro de atención del pueblo húngaro se concentra en “el pan de cada día” y en el “manejo de los impuestos” y “fondos” por parte de los de arriba frente a los de abajo. Su juicio espiritual sobre la democracia burguesa, la gestión del gobierno y los anhelos de la Unión Europea tiene ese punto de partida material. Se trata, en este sentido, de una corroboración del método marxista. La agenda acotada de las elecciones parlamentarias gravitó de manera central y reactiva en torno a la cuestión social. El resultado fue un extraordinario ajuste de cuentas con la fracción gobernante.

Aunque quien capitaliza la derrota electoral es una fracción política burguesa de derecha —el partido neoliberal Tisza y su nuevo líder carismático, Péter Magyar—, la derrota de Orbán representa un avance innegable del pueblo trabajador húngaro. Constituye, además, un mandato decisivo en contra de la desigualdad social reinante y de la corrupción de la oligarquía gobernante. Dicho de otro modo, la derrota de Orbán es un reflejo distorsionado de la lucha de clases en el terreno electoral. Expresa, puntualmente, el descontento popular acumulado y los deseos de cambio.

La derrota electoral de Orbán resulta ser, principalmente, un golpe certero a su proyecto autoritario de perpetuarse en el poder. Este proyecto reaccionario, bautizado como “democracia iliberal”, buscaba consolidar un régimen político de corte dictatorial, alineado con la Federación Rusa. De ahí el grito de boicot en las manifestaciones: «¡Rusos, a casa!» (Ruszkik haza!). Contrario a lo que se afirma, no se trata de rusofobia, sino de un sentimiento democrático de los húngaros frente a la injerencia del Kremlin. La conciencia social húngara mantiene vivo el referente de la revolución de 1956. 

En este sentido, los resultados electorales constituyen, objetivamente, una derrota puntual para la alianza regional y global de la nueva ultraderecha populista, representada por figuras como Trump, Putin, Netanyahu y Fico. En América Latina, un Bukele, Milei y Kast. Todos ellos observaban con admiración el prolongado dominio de Orbán y su capacidad para mantenerse en el poder. En particular, se ve afectada la permisividad y el oportunismo de estos gobernantes frente a la invasión rusa de Ucrania y su partición, que fue el eje central de la campaña desinformativa y alarmista de Fidesz.

Igualmente, la derrota de Orbán expresa, de manera secundaria, pero no menos relevante, un interés emergente —aunque aún no mayoritario— por las libertades democráticas erosionadas durante su mandato. Se inscribe, además, en un proceso de quiebre generacional. La juventud y los sectores urbanos muestran una mayor sensibilidad democrática. En conjunto, estos elementos reflejan un distanciamiento sectorial y un debilitamiento relativo de la agenda neoconservadora en Europa y en el mundo.

Se trata de una agenda reaccionaria del capital que busca recortar derechos, dividir a la clase trabajadora y desconocer abiertamente conquistas sociales. Afecta, entre otros, los derechos de las mujeres y de los niños huérfanos —como evidenció el escándalo del indulto por pedofilia otorgado por la presidenta húngara Katalin Novák en 2024—. También vulnera los derechos de las comunidades LGBTI, mediante reformas constitucionales y leyes de corte discriminatorio impulsadas por Fidesz. A ello se suma la restricción de los derechos de los inmigrantes, la xenofobia hacia gitanos, ucranianos y pueblos del Sur Global, el desprestigio de los sindicatos y la hostilidad hacia la nueva fuerza laboral y la oposición de izquierda.

  1. ¿Qué esperar del nuevo gobierno de Peter Magyar?

Fruto de la embriaguez electoral, aunque las ilusiones de cambio y las expectativas populares en el nuevo gobierno son altísimas e indiscutibles, la mayoría de los 10 millones de húngaros —incluidas algunas franjas de cerca de 500.000 migrantes— esperan mejoras tangibles. Existen, sin duda, altas expectativas. Sin embargo, es necesario explicar pacientemente al pueblo y a diversos sectores sociales que no hay tanto que esperar como sí mucho por exigir al gobierno emergente de Péter Magyar.

Pese a su heterogeneidad social, la conciencia mayoritaria húngara busca la salvación del país y de sus ingresos en una mayor integración con la Unión Europea. Aspira también a la higienización de la corrupción institucional. Asimismo, demanda una agenda social que dinamice la economía interna y ofrezca mayores garantías a las familias y a la juventud.

A juzgar por el programa político del partido Tisza, por la conformación del nuevo gabinete y la composición del parlamento, así como por las recientes alocuciones, promesas y primeras medidas del nuevo Primer Ministro, se vislumbran ciertos realineamientos de derecha en el gobierno emergente.

El primero corresponde al ámbito de la política exterior. El gobierno de Magyar, desde una posición pragmática, en apariencia soberanista, buscará estrechar vínculos con el imperialismo europeo y recuperar los 22.000 millones de euros retenidos (3). Esto, a corto y mediano plazo, aumentará la dependencia y semicolonización de Hungría con respecto a las potencias imperialistas de la UE. Para la burguesía húngara y su nuevo administrador político, resulta clave destrabar las relaciones con Bruselas. También lo es mejorar los vínculos con Ucrania y tomar cierta distancia de Rusia, sin abandonar los negocios energéticos.

En este marco, han comenzado a darse acercamientos, no exentos de tensiones presentes y futuras. Uno de los puntos de fricción será la cuota migratoria exigida por la Unión Europea y la capacidad de absorción que la burguesía húngara está dispuesta a tolerar. Con un tono conservador y cierto sesgo racista excluyente, Magyar ha señalado que mantendrá un control fronterizo restrictivo. También ha indicado que desestimulará la entrada de trabajadores temporales no europeos, en particular, asiáticos. Su prioridad será la mano de obra húngara y, en segundo término, los trabajadores de la zona euro.

Otro eje de la agenda será la industria energética alternativa de Europa. Esta se ve condicionada por la dependencia de Rusia y por el alza de los precios de los combustibles fósiles, agravada por los ataques a Irán y Líbano y por la continuidad del genocidio en Gaza. En paralelo, persisten tensiones en torno a la guerra en Ucrania, el rearme militar imperialista impulsado por la Unión Europea y las relaciones con actores internacionales como Trump, Putin y Netanyahu. En este último caso, ante la presión por su ambigüedad, Magyar ha señalado que, a diferencia de Orbán, acataría una eventual orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional si Netanyahu osase pisar suelo húngaro.

El segundo eje se sitúa en la esfera de la política económica. Magyar ha incorporado cuadros empresariales del gran capital en el gobierno y en los ministerios. Con ello, busca atraer inversión privada, tanto extranjera como nacional. El principal desafío sigue siendo sanear las finanzas públicas. También lo es reactivar los procesos de acumulación de capital y sostener la lógica neoliberal predominante. Esta lógica, conocida, implica “privatizar las ganancias y socializar las pérdidas”. Todo ello ocurre en una situación frágil de desaceleración, de desindustrialización, inflación y desempleo que continúa golpeando al país.

El tercero se sitúa en el terreno de la política institucional. Magyar, posando de liberal conservador, ha señalado su intención de higienizar y reformar el régimen político autoritario heredado de Orbán. Busca recuperar el Estado liberal de derecho y las libertades democráticas. También pretende restablecer la división de poderes, fortalecer la justicia, reformar el sistema electoral y garantizar la independencia de la prensa. Todos estos son aspectos neurálgicos que resultaron lesionados durante el periodo ultra reaccionario orbanista. El hecho de contar con dos tercios del parlamento le otorga un margen favorable de maniobra institucional.

No obstante, existen límites estructurales evidentes. El realineamiento del bloque de poder dominante del capital impone condicionamientos. La oposición de derecha populista, aunque debilitada, continúa siendo la segunda fuerza política del país. A ello se suma la persistente ligazón con el antiguo régimen. También, de hecho, opera un frente único y unidad de acción de fracciones burguesas que, en defensa de sus intereses, tienden a preservar el orden institucional vigente, conspirando contra el pueblo húngaro. En conjunto, estos factores constituyen obstáculos significativos para los deseos volitivos de democratización del régimen.

  1. ¿Qué retos tiene el pueblo trabajador hungaro y la izquierda?

La participación política en las últimas elecciones, esto es, los niveles históricos de sufragio masivo cercanos al 80%, revela la disposición del pueblo húngaro a mejorar sus condiciones de vida. Expresan, además, el hastío frente al gobierno saliente. También evidencian pasiones encontradas por la cosa pública (res publica), es decir, por la política misma.

En los últimos doscientos años, el pueblo trabajador húngaro ha agenciado, de manera extraordinaria, una rica experiencia de lucha con tipos heterogéneos de gobiernos de clase a lo largo de todo el espectro político. A su vez, ha protagonizado de forma valerosa al menos tres procesos revolucionarios: 1848, 1918 y 1956. Ha lidiado, por tanto, con gobiernos imperiales monárquicos y con gobiernos liberales democrático-burgueses. También ha enfrentado un gobierno fascista prohitleriano y, posteriormente, gobiernos estalinistas en la antigua República Popular de Hungría (1945-1989).

Más recientemente, tras la restauración capitalista de 1989, el pueblo húngaro ha tenido que soportar, con sudor y sangre, diversos gobiernos socialdemócratas o de centroizquierda. Estos han aplicado, en muchos casos, políticas de ajuste propias de la derecha. A ello se suman, en la etapa más reciente en que nos encontramos, gobiernos neoliberales y nacional-populistas de derecha.

El primer reto de los trabajadores húngaros y sus aliados populares es avanzar en el desmontaje y la transformación radical del régimen político autoritario de Orbán. Este régimen podrido sintetiza el conjunto de contradicciones de la vida social. En esa perspectiva, la principal demanda consiste en derogar la Ley Fundamental y todas las reformas constitucionales irregulares (4) impulsadas por Fidesz en el Parlamento. Los socialistas planteamos la apertura de un proceso constituyente libre, democrático y soberano. En él, los sindicatos, los partidos de izquierda y las organizaciones de masas podrían disputar a los partidos del capital el destino de la nación y el tipo de república que se desea construir.

De manera central, es necesario presionar a la justicia para que investigue, juzgue y sancione con cárcel, así como con la expropiación de bienes, a la élite oligárquica implicada en corrupción y malversación de fondos públicos durante los últimos dieciséis años del régimen. Al gobierno de Magyar y a los jueces del poder judicial no se les debe permitir ningún tipo de indulto, exilio, ni formas de impunidad o reducción de penas para los corruptos y la cabeza mayor, Viktor Orbán. Esto debe aplicarse sin distinción, provengan de Fidesz o de cualquier otra fracción del espectro político del régimen.

En la palestra pública se sitúa la posibilidad de un nuevo régimen republicano que refleje el bien común húngaro. La disyuntiva histórica se plantea entre una democracia plutocrática, gobernada por una minoría opulenta, esto es, la dictadura del capital y la burguesía, versus una democracia obrera soberana de las mayorías asalariadas, organizadas en consejos, que son quienes sostienen el país. Desde la perspectiva socialista y de un proyecto político de izquierdas, ello implica la recuperación de lo público y de los servicios esenciales. La educación, la vivienda y la salud deben afirmarse como derechos sociales fundamentales que no deben ser secundarizados por el mercado. Asimismo, se plantea la nacionalización y planificación democrática de sectores estratégicos de la economía, desmantelados durante la oleada catastrófica de privatizaciones y contrarreformas. En esta nueva etapa histórica en que nos encontramos, las nuevas generaciones enfrentan un deterioro creciente de sus condiciones materiales y de su salud mental.

En materia de inmigración y empleo, el Estado debería impulsar un plan masivo de inversión y de obras públicas. El objetivo sería generar empleo para la mano de obra húngara y garantizar aumentos salariales anuales que permitan recuperar el poder adquisitivo. A la par, esto requiere la implementación de subsidios, planes de vivienda y garantías para los trabajadores húngaros del este y del oeste que deseen retornar al país. 

En el ámbito de la seguridad y la soberanía nacional, para desatar el nudo gordiano, hay que exigir al gobierno de Magyar una política solidaria frente al país vecino y pueblo hermano en Ucrania (5). Esto incluiría ampliar las garantías democráticas de acogida a refugiados ucranianos y asistencia a los húngaros que viven en Ucrania. También implicaría no vetar la ayuda militar europea de armamento a la resistencia ucraniana frente a la invasión rusa y desaprobar públicamente, en la diplomacia exterior, este intento infame de colonización. Al mismo tiempo, ello no debería traducirse en un fortalecimiento de la OTAN, que es una alianza imperialista occidental, de la cual Hungría, como país dependiente, debería desvincularse lo más pronto posible si busca preservar su soberanía e integridad.

En este punto, resulta necesario explicar al pueblo trabajador húngaro y a la población migrante los riesgos de la continuidad de una política migratoria restrictiva bajo el gobierno de Magyar. Mientras el nuevo Primer Ministro promueve de manera demagógica y populista el retorno de ciudadanos húngaros y el aumento salarial para ciertos sectores, así como sanciones contra redes ilegales de migración y cierre de fronteras, es probable que persista la sobreexplotación laboral de la fuerza laboral migrante. La burguesía húngara y las multinacionales, con beneplácito del nuevo gobierno emergente, podrían continuar beneficiándose de la fuerza de trabajo de decenas de miles de migrantes. En 2024, al menos 65.389 trabajadores provenientes de países como Vietnam, Ucrania, Rumanía, China, India, Corea del Sur, Eslovenia, Turquía, Mongolia y Rusia, desempeñaban un pilar fundamental en la economía húngara (6).

A su vez, los migrantes que trabajan honestamente y también los migrantes que estudian en el país requieren mejores condiciones. Más de 10.000 estudiantes extranjeros participan anualmente en el programa de becas Stipendium Hungaricum Scholarship. Estos dos sectores necesitan garantías de residencia, derechos democráticos y oportunidades reales de permanencia. Su contribución al país puede traducirse en beneficios estratégicos. Entre ellos, destacan la reproducción social de la fuerza laboral, el dinamismo demográfico de las familias y las generaciones, el aumento del consumo interno y la demanda, el impulso al turismo, el desarrollo productivo y educativo, la proyección diplomática y la diversidad cultural.

En el marco de la favorabilidad de la pertenencia de Hungría a la Unión Europea, se vuelve indispensable recuperar una política de hermandad de clase y multicultural de carácter antirracista y antiimperialista enarbolada por un proyecto contemporáneo de izquierdas. La clase trabajadora húngara comparte intereses estratégicos con trabajadores de otras regiones del mundo y del este europeo. Esta convergencia resulta clave para la defensa de sus derechos frente al poder del capital, tanto de la burguesía local como de la extranjera.

El segundo reto de los trabajadores húngaros y sus aliados populares consiste en exigir al nuevo gobierno, tanto en los primeros 100 días como a lo largo de los cuatro años de mandato, un plan de emergencia social frente a la crisis capitalista que asola al país y a la Unión Europea. Se trata de que Péter Magyar cumpla con el mandato popular y de que el pueblo haga su propia experiencia sociopolítica con “su” gobierno. 

Por lo pronto, la urgencia radica en la regulación de la inflación. También en la implementación de subsidios sociales y en la congelación de precios de la canasta familiar frente al aumento del coste de vida. A ello se suman el incremento del salario mínimo, la imposición de mayores cargas tributarias al gran capital, la defensa de las pensiones, el fomento del empleo masivo y el aumento del presupuesto público destinado a la inversión social.

Aunque los 22.000 millones de euros provenientes de la Unión Europea pueden contribuir a dinamizar la economía interna, su uso requiere una estricta veeduría. Es necesario garantizar que dichos recursos se orienten efectivamente hacia la sociedad civil y los sectores más afectados. Al mismo tiempo, el pueblo trabajador debe expresar en el debate público —y, si lo requiere, en las calles mismas— su oposición a las posibles contraprestaciones leoninas. Entre ellas, el aumento de la deuda externa con la banca de la troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional), el fortalecimiento de la OTAN y una mayor dependencia estructural de Hungría. Estas medidas podrían traducirse en un empobrecimiento adicional de las familias húngaras y la juventud. El caso de Grecia constituye un antecedente ilustrativo.

En este terreno, surge la necesidad de disputar un proyecto-programa obrero antiimperialista de izquierdas. Este debe confrontar tanto la ideología burguesa euroescéptica como el nacional-populismo de la oposición de derechas en el Parlamento y en la sociedad civil. En consecuencia, resulta fundamental explicar el fenómeno de la dependencia político-económica de Hungría y de los países de Europa del Este. También lo es formular una alternativa que impida que los agentes políticos del capital nacional y extranjero, incluido el gobierno emergente de Magyar, apliquen políticas de austeridad y programas de modernización militar en función de los intereses de las burguesías centrales imperialistas de Europa tales como Alemania, Francia y el Reino Unido.

Aunque existe un entusiasmo popular y expectativas legítimas respecto a una mayor integración con Europa Occidental, es necesario matizar estas percepciones sobre la UE. La gobernanza central de la Unión Europea no se orienta al bienestar general, sino a la administración imperialista de cargas fiscales y a la reproducción de sus estructuras desiguales de dependencia. En determinadas situaciones, ello puede implicar trasladar los costos de crisis con planes de austeridad y endeudamiento o conflictos a los países periféricos, siendo carne de cañón de las guerras de la OTAN. Desde una perspectiva estratégica, no es con un repliegue endogámico nacionalista sino únicamente con una nueva y distinta Federación Democrática de Repúblicas Socialistas de Europa y una revolución socialista en Estados Unidos de América que es posible superar esta contradicción de la dependencia del Este y el Occidente. 

El tercer reto de los trabajadores húngaros y sus aliados populares es avanzar, en una tarea que recuerda tanto a Sísifo como al trabajo paciente de las hormigas, en la reconstrucción del movimiento obrero y popular. El relanzamiento e inteligencia colectiva de un proyecto estratégico revolucionario de izquierda para la Hungría del siglo XXI. 

Ello implica elevar los niveles de organización y politización hasta el punto de constituir un nuevo partido revolucionario que represente a la clase obrera nativa, los migrantes, la juventud, las mujeres y minorías sexuales, hoy inexistente en Hungría. Un poderoso y disciplinado partido de izquierda de los trabajadores húngaros y los trabajadores migrantes que haga un balance crítico histórico-científico del stalinismo y la restauración capitalista, que ofrezca un programa de transición por el poder vía una insurrección, contra todos los partidos de derecha y la burguesía, y que reivindique la gesta de la revolución húngara de 1956. La formación de nuevas fuerzas políticas capaces de capitalizar el descontento social, como lo hizo Tisza en 2024, demuestra que este proceso no solo es posible, sino también necesario. En esta reconstrucción de alianzas y reagrupamientos, las corrientes socialistas internacionales pueden desempeñar un papel progresivo si logran insertarse en algún bastión local del país.

Si bien es cierto que para el período 2026-2030 el Parlamento húngaro presenta una representación de izquierdas nula (0%) (7), su composición está dominada por una mayoría conservadora nacionalista (Tisza), una oposición populista (Fidesz-KDNP) y una minoría neofascista (Mi Hazánk), todas dentro del campo político de la derecha. Sin embargo, sería erróneo, unilateral y hasta acientífico concluir que el pueblo trabajador húngaro es, de manera irremediable, sustancialmente de derechas o conservador en su cultura política. Las motivaciones del voto de castigo expresan un fenómeno distinto. Los procesos de conciencia popular son históricos, segmentados y considerablemente más complejos.

En las últimas décadas, el discurso nacionalista de la burguesía húngara y del capital ha penetrado en la conciencia obrera y popular. En su vida cotidiana, esto se expresa en una relación más bien hermética con el mundo exterior, reforzada por el uso exclusivo de la lengua húngara —bella pero intrincada— y por formas de vida relativamente endogámicas, asociadas a una estrechez cultural de tipo nacional-chovinista. Lo que contrarresta esta tendencia es una mayor integración cultural a Europa y el mundo, el desarrollo de la urbanización y las fuerzas productivas, el turismo cosmopolita, el sistema de educación y tecnocientífico con proyección internacional en las nuevas generaciones. 

El sentido común húngaro, en su aspecto regresivo, se manifiesta en un escepticismo extendido hacia la inmigración, percibida en ocasiones como “ilegal” y vinculada a la pérdida de empleos o a la competencia interna entre trabajadores nacionales y extranjeros. También se expresa en preocupaciones conservadoras y, a menudo, reaccionarias, sobre una “identidad” cultural fija o la “blanquitud”, así como en el rechazo de ciertas agendas democráticas de género y libertades, vistas como políticas identitarias alejadas de las urgencias materiales de la vida.

Debido a la restauración capitalista y a las políticas de austeridad, el pueblo trabajador húngaro tiende a desconfiar de manera generalizada de todos los políticos profesionales del arco institucional, sin distinción ideológica alguna. Es un buen instinto de clase y sagacidad. En este marco, también se proyecta una imagen negativa de la “izquierda” institucional y extrainstitucional. Para muchos sectores, esta se asocia con el infierno autoritario y fracaso del modelo burocrático estalinista de la antigua URSS y con su prolongación en el antiguo régimen húngaro de Rákosi y Kádár. Esta percepción ha sido reforzada por una intensa propaganda anticomunista institucionalizada —visible en espacios como el Museo del Terror en Budapest o el Memento Park—, así como por el sistema educativo y los medios de comunicación, tanto privados como públicos. A ello se suma la orientación ideológica neoconservadora de Orbán y, en parte, de Magyar, que comparten una retórica convergente en torno a la memoria del Día Nacional (23 de octubre) de la Revolución Húngara de 1956.

En una memoria más reciente, la desconfianza hacia la “izquierda” se concentra especialmente en la experiencia fracasada y desastrosa del Partido Socialista Húngaro (MSZP) durante su segundo período (2002-2010). En un ambiente convulso de la crisis financiera global de 2008, el MSZP, cuyos líderes ya se habían enriquecido y aburguesado con la restauración capitalista de los 90’s, terminó de aplicar una agenda neoliberal de austeridad, al servicio de la troika de la UE, marcada por escándalos de corrupción en las altas esferas (como el caso de Őszöd) y por recortes directos a los derechos de los trabajadores. Esto provocó, como debía ser, protestas masivas del pueblo trabajador húngaro, que es todo menos un pueblo pasivo.

Tras el retorno a la democracia capitalista, fue la traición de la centroizquierda reformista en el gobierno la que alimentó la pesadilla del fenómeno de masas del populismo nacionalista de derechas de Viktor Orbán, entonces líder de la Alianza de Jóvenes Demócratas, nombre original de Fidesz. Este movimiento, que en su origen tuvo claros rasgos liberales restauracionistas, se consolidó posteriormente como la fuerza dominante del sistema político húngaro, hoy desplazada pero no completamente superada, y parcialmente reconfigurada en formaciones partidarias como Tisza, que preservan un perfil conservador de derecha.

Estamos, en este sentido, ante el fin de la hegemonía de Orbán, pero no aún ante el fin de la hegemonía nacional-populista de derechas. Entramos en una era post-Orbán. Amén, así sea. Aunque su legado continúa presente, tanto en la oposición como en el discurso público, pese a que recién Orbán y otros líderes declinaron ocupar un asiento parlamentario, es un “cadáver vivo” insepulto y podrido, que sigue resonando en la vida política nacional a través de otras figuras carismáticas. Una suerte de orbanismo moderado (soft) sin Orbán. 

En esta crisis de dirección revolucionaria —para parafrasear a Rosa Luxemburgo (8)— el pueblo trabajador húngaro deberá atravesar su propio Vía Crucis histórico y camino de liberación por el desierto, hasta encontrar una salida emancipadora, la luz al final del túnel en el camino empedrado de la lucha de clases. La derrota de Orbán abre, en perspectiva histórica mediata, en los próximos años, una posibilidad de aceleración de contradicciones bajo el gobierno de Magyar, el cual difícilmente podrá satisfacer plenamente las expectativas de cambio.

En conclusión, en los últimos meses estamos viviendo avances en el terreno político-organizativo. Vivimos momentos históricos extraordinarios de la apertura de una nueva etapa. Las oportunidades de reconstrucción de un proyecto de alternativa de izquierda y de reconstrucción del movimiento de masas se amplían. Esto reafirma un optimismo socialista y criterio científico basado en la agencia de los de abajo, en la lucha histórica del pueblo trabajador húngaro en el conflicto inmanente de clases:

La marcha masiva de mujeres del 8 de marzo en la Plaza de la Libertad y frente a la Basílica de San Esteban. La manifestación masiva de la diversidad LGBTI en el Puente de la Libertad. El mega concierto multicultural en la Plaza de los Héroes. La manifestación de la Unión de Nacional de Estudiantes (HÖOK) por los recortes presupuestales en las universidades públicas y el intento de cobro de matrículas. Los plantones contra la visita de Netanyahu a Budapest y la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), en solidaridad con el pueblo palestino. Los boicots antifascistas a los actos neofascistas del Día del Honor (Becsület napja) en Budapest. Y las concentraciones de la diáspora en solidaridad con el pueblo de Irán y de Ucrania, en rechazo tanto de la represión interna del régimen islámico como de la invasión colonial rusa.

Por último, destacan los mítines del nuevo sindicato de repartidores de la multinacional Wolt, así como al menos once conflictos laborales y procesos huelguísticos en los últimos tres años en sectores industriales (energía, manufactura, automotriz) y de servicios (sanidad, transporte, educación y administración pública).

Notas

  1. Léase la nota Aplastante derrota del populismo autoritario (14/4/2026) en la web de la Liga Internacional de los Trabajadores (LIT-CI). 

(2) Véase los resultados oficiales en Composition of the National Assembly y Hungary’s General Election: Official Final Results.

(3) Léase la prensa Hungary Today Péter Magyar Begins Negotiations for Billions in EU Funds to Be Released (2026/04/20).

(4)Véase el reporte de Human Rights Watch Hungary: Fundamental Law Changes Attack Rule of Law, Rights (2025/04/17).

(5) Véase el artículo de análisis Orbán y el nudo gordiano de Ucrania (2026/02/26) en la web de la Liga Internacional de los Trabajadores (LIT-CI). 

(6) Véase los datos oficiales de inmigración del Hungarian Central Statistical Office (KSH) y el análisis del portal económico Pénzcentrum (4/11/2025).

(7) En el campo heterogéneo de la “izquierda húngara”, la Democratic Coalition de corte socioliberal de centro, sacó el 1.1% (70 298 votos) y quedó por fuera del parlamento. El Partido Socialista Húngaro (MSZP), que solía tener 10 asientos, esta vez decidió no presentarse, quedar en 0 y optar por la campaña “izquierdistas por el cambio de sistema” de sufragio pragmático por Tisza. Otras expresiones socialdemócratas y ecologistas (Dialogue, LMP) declinaron también presentarse y llamaron a votar por Tisza. Mientras tanto, los partidos estalinistas como el Partido Obrero Húngaro, en coalición con el Partido Solidaridad, que ha estado alineado con Rusia en el conflicto armado con Ucrania, llamó a no votar ni por Orban ni por Magyar sino por sus propias listas de candidatos uninominales en tres distritos de Budapest (150 votos, 0.1%), sin lograr cuota parlamentaria nacional. 

(8) “La experiencia histórica es su único maestro, su Vía Doloroso [Dornenweg] hacia la libertad está jalonada no sólo de sufrimientos inenarrables, sino también de incontables errores. La meta del viaje, la liberación definitiva, depende por entero del proletariado, de si éste aprende de sus propios errores. La autocrítica, la crítica cruel e implacable que va hasta la raíz del mal, es vida y aliento para el proletariado. La catástrofe a la que el mundo ha arrojado al proletariado socialista es una desgracia sin precedentes para la humanidad. Pero el socialismo está perdido únicamente si el proletariado es incapaz de medir la envergadura de la catástrofe y se niega a comprender sus lecciones”, El Folleto Junius: la crisis de la socialdemocracia alemana (1916), Rosa Luxemburg. Disponible en Marxist Internet Archive.

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