Allí donde la oscuridad es temible, a doscientos o más metros bajo la superficie y luego de caminar kilómetros, esquivando piques y encorvándose para escarbar en labores antiguas, los del turno de la Minera San Esteban, buscan una salida ya que se encuentran atrapados, desde el jueves 5 de julio pasado. Un “planchón”, – que aún no es posible determinar su extensión-  los tiene separados de la vida,

de sus familias y afectos, detrás del murallón de rocas, solo queda el temple, las ganas de vivir y salir a tomarse una cervecita. Entre todos hay un primo, Luis Alberto quien hace años me contaba que con su amigo y compadre que seguramente también se encuentra en esa mina atrapado, una vez de puro compadre y amigos que son para arreglar una dificultad, se agarraron a combos, al cabo de horas y mientras jadeaban, se consultaron si quedaban temas pendientes y dijeron que sí, continuaron dándose con todo.
 
Sangrantes dejaron de luchar para comer algo, siguieron peleando hasta que se cansaron y durmieron. Al otro día se saludaron y se preguntaron si ya era suficiente, dijeron que no y se plantaron a pelear, hasta que ya no pudieron más y de común acuerdo se fueron al hospital. Así de sencillo, sin incomodar a otros, sin miradas malintencionadas ni zancadillas al pasar, el orgullo atávico de los mineros Atacameños guerrea en su esplendor en los momentos  que ellos encuentran una dificultad.
 
De esa montaña espero verlos salir, sonriendo a la vida y explicando que el “planchón”  es parte de su trabajo, que otras veces ha sido peor y que afortunadamente ninguno falleció, -eso espero-, pero los que sabemos y quienes nos hemos metido a la mina a trabajar, es que la precariedad de las faenas no solo afecta a los pequeños pirquineros, que sin recursos arañan y escarban la platita, o trabajan para la “pella” de orito o limpian el metal para no quedar apanteonados. Por que los ricos, los patrones con recursos mantienen las minas sin mayores fortificaciones, sin las seguridades que incluso la ley (que ya es blanda) recomienda. Pero la ambición es desmedida, ya escuchamos que hay otros muertos en esas faenas, inválidos y siguen explotándola, en esta ocasión una treintena de obreros atrapados con peligro cierto de sobrevivencia. En esa mina antigua, no hay piques ni respiraderos, esto se lo permiten para no incurrir en gastos a los propietarios de los yacimientos.  Quienes generan riqueza para otros, sueñan con salarios justos, con condiciones de seguridad efectivas, seguramente la totalidad de los mineros atrapados ha marchado por las calles Copiapinas frente a  demandas salariales, o en sus huelgas legales.
 
Ya la noticia del IMACEC que tanto agrado produce en la élite gobernante palidece frente a este desastre. Así se alimenta la economía, mas trabajadores con pocos salarios, nulas medidas de seguridad y mayor producción, esa es la ecuación perfecta para el modelo capitalista a ultranza (no me vengan con neo liberalismo), ahora el tema comunicacional es desviar la atención de fondo, en la TV y medios de comunicación. Se enaltecerán los “rescatistas” sean los voluntarios o los del gobierno, acá ya se encuentra la “mesa servida” para mostrar en vivo y en directo a familiares y mineros en el abrazo del retorno, pero tras esos abrazos subyace la bronca por la injusticia en que viven los trabajadores.
 
Desde este lado de las rocas en que escribo, sigo recordando aquellos pesos constituyentes que Luis Alberto guardaba, los pesos de plata fundidos en Copiapó  para demostrarles a los Chilenos que el pueblo de Atacama no es fácil de abatir, ellos son de la estirpe de los Barahona, de los Gallo, de Tomas Peña, de aquellos que lucharon en Los Loros y Cerro Grande para ser libres. Por ello es que espero verlos salir de aquella montaña, “entierrados” pero jamás vencidos, no como otros. 
 
Estaban vivos
 
A la distancia no podía entender el optimismo de mis familiares, ellos allá arriba en el campamento esperanza de la Mina San José sobre la suerte de los mineros. La información de profesionales y de ingenieros señalaba otra situación y nunca como hoy me he alegrado de haberme equivocado al pensar que todo había concluido. Las gestiones de los dueños de la mina en Santiago y el progresivo abandono de las faenas dejando solo a sondas que nunca llegaban o pasaban de largo, sugería lo peor. Sin embargo a medio día del domingo, casi a la misma hora del colapso 17 días antes, surgen de debajo de la tierra señales del otro cosmos, el de metal y piedras, de pronto las imágenes como las de un vuelo espacial, surge plácidamente el rostro de un minero  (mi tía Nelly y todos allá en Copiapó me dicen que eres tú), como el del renacimiento de la vida, ese rostro que puede ser el de todos, los de adentro y los de afuera, mirándonos directamente.
 
Es un momento estelar para este bicentenario charchoso, es la esperanza que nos permite reconocernos en la solidaridad de la desgracia. Este es el reality de los trabajadores en este modelo económico, de quienes tienen sí o sí que ponerle el hombro a la pega, con o sin imposiciones, con o sin seguros de vida. Acá en este Chile no existen certezas, ayer desaparecido bajo una mina, hoy esperando ser rescatados. Acá están todos los trabajadores de la patria, los que salen de madrugada a fumigar los campos, los que se suben a un bus para ir a la pega, los que van a la mar por que el mercader ya pago a vil precio la pesca que deben traer y no saben de costos no sacrificios.
 
Las imágenes y palabras estudiadas de los que quieren comunicar y tienen el poder para hacerlo, nos querrán hacer creer que este es ejemplo de esfuerzo que el país necesita, del gobierno y sus autoridades que hacen todo para que seamos felices, sin embargo en este caso y me alegro por mi primo y mi familia y demás trabajadores, estimo que es y ha sido innecesario tanto dolor.
 
Además si los familiares no se hubiesen quedado allá arriba, si los íconos que llevaron manos solidarias, como las banderas, la imagen de la virgen de La candelaria, los carteles y mensajes en piedras, los obreros o cuadrillas de voluntarios dispuestos a meterse a los piques, de la solidaridad concreta, la de aquellos que caminaron para llegar y señalar que estaban dispuestos a mover con sus manos piedras y rocas, quizá que hubiera ocurrido. Hoy el país se alegra de esta aparición, no más desaparecidos para la patria dolida, ahora a crear nuevos escenarios para relanzar a Chile al otro espacio, aquel que nos permita salir del subdesarrollo económico y del otro, del social y cultural.
 
Entierrado nunca vencido te dije el otro día que estarías, allí afuera verás ese cartel y el país entero emergerá con ustedes.
 
Ah¡ te debo una cerveza allí al lado de lo que fueron “Las Cañas” en la Pedro León Gallo, total ahora no importa que sea para después del 18.
 
 
Fernando Orellana es pariente de Luis Alberto Urzua Iribarren, quien está soterrado en la mina
 
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