«Si estamos derrotando al Covid-19 es gracias al capitalismo y la codicia». Esto es lo que dijo el primer ministro británico, Boris Johnson, a finales de marzo. «El capitalismo nos ha salvado del virus», dijo el jefe de BlackRock, la administradora de fondos más grande del mundo, con un patrimonio estimado en más de nueve mil millones de dólares, en una entrevista publicada en Repubblica el 16 de abril. Al menos han tenido el mérito de ser sinceros.

Por: Alberto Madoglio

La verdadera cara de la salud al servicio del capital

En Italia, donde los comentaristas políticos son en su mayoría sinvergüenzas, hemos sido testigos del intento de distorsionar la realidad con una visión más edulcorada, pero no menos peligrosa. Emblemática fue la declaración emitida hace algún tiempo por el editor de Il Foglio según la cual no la codicia, sino la generosidad de las empresas, estaba permitiendo vencer la pandemia. Nada menos. Lamentablemente, no conocía un artículo de IlSole24Ore fechado el 21 de febrero en el que se informaba que la multinacional farmacéutica Pfizer habría obtenido 15 mil millones con la venta de su vacuna, con una ganancia de entre 25 y 30%. O que otra compañía farmacéutica, Moderna, vio el valor de sus acciones pasar de 50 a 160 dólares en el lapso de un año. Ciertamente no es el resultado de una lógica humanitaria y desinteresada en el lucro.

El artículo «El imperialismo impone un apartheid de las vacunas», del compañero Daniel Sugasti, publicado en el sitio web de la LIT-CI, muestra de manera ejemplar la falsa reconstrucción sobre los méritos de la economía de mercado para hacer frente a la pandemia.

Otros estudios e investigaciones recientes demuestran hasta qué punto el capitalismo es en realidad un obstáculo, y no un estímulo, para abordar y resolver los problemas de salud de miles de millones de personas en el mundo, y hasta qué punto es un obstáculo para hacer que la atención de la salud sea cada vez más eficiente y al alcance de todos.

El ejemplo más evidente del desastre de una salud y una pesquisa farmacéutica dirigidas exclusivamente a la búsqueda de ganancias es Estados Unidos.

Antes de analizar el caso de la industria farmacéutica y sanitaria “de barras y estrellas”, debemos hacer una muy breve digresión sobre la situación europea, dado que desde hace mucho tiempo ronda sobre el Viejo Continente la leyenda de una mayor atención a las necesidades de sus ciudadanos. En realidad, las cosas no van de manera diferente que en Estados Unidos. Hemos tratado ampliamente los recortes a la salud pública en Italia, en varios artículos publicados en este sitio y en nuestro periódico. La austeridad en Francia permitió a las compañías de seguros privadas aumentar su facturación de 17 mil millones a 34 mil millones entre 2001 y 2014. En el Reino Unido, los recortes draconianos en el presupuesto de salud produjeron, entre otros, el efecto de la tasa más alta, en nivel continental, de muertes evitables de pacientes menores de 75 años. Y estamos hablando de tres de las mayores potencias imperialistas del mundo.

Regresemos al océano. En la economía más importante y rica del planeta, un sistema sanitario y farmacéutico casi totalmente subordinado a la búsqueda de ganancias ha permitido a un puñado de multinacionales obtener vertiginosos ingresos. En 2018, los ciudadanos estadounidenses gastaron la friolera de U$S 535 mil millones en medicamentos, un aumento de 50% respecto de 2010, solo ocho años antes. En el mismo período, las 27 mayores empresas pertenecientes a Big Pharma han obtenido porcentajes de ganancia de entre 15 y 20%, cuando la media del resto de las multinacionales es de 6%. En algunos casos, la tasa de ganancia supera 40%. En términos absolutos, esto significó un aumento de sus reservas financieras de 83 a 229 mil millones en el período 2000-2018. Todo esto fue resultado de una verdadera rapiña contra los pacientes, obligados a pagar enormes sumas de dinero para tratar sus enfermedades.

Aprovechando el hecho de que un trabajador puede ahorrar en la compra de un celular de última generación, de un electrodoméstico, o posponer el cambio del automóvil, pero obviamente no puede posponer la compra de medicamentos, si no a riesgo de la propia salud, Big Pharma logra imponer precios alucinantes en sus productos. La justificación que se da a esta política es que la investigación científica para descubrir y producir medicamentos es muy alta y, por lo tanto, los precios se deciden en consecuencia. En realidad, la cosa no es tan así.

Desde la década de 1930, el National Institute of Health [Instituto Nacional de Salud] ha invertido aproximadamente 900 mil millones de dinero público para financiar la investigación privada. De este dinero, 100 mil millones se utilizaron en la investigación básica que permitió la producción de 210 nuevos medicamentos por parte de multinacionales privadas, entre 2010 y 2016.

Algunos estudios han demostrado que siendo 100 el precio de un medicamento, 17 son costos de producción y 16 es la ganancia. En Estados Unidos más que en otros países, y en este sector en particular, el gobierno y el parlamento demuestran ser, como dijo Marx hace más de 150 años, el comité empresarial de la burguesía (farmacéutica).

El organismo que supervisa el asunto, la Food and Drug Administration [Administración de Drogas y Alimentos], en las últimas tres décadas ha recibido fondos multimillonarios de compañías farmacéuticas y, a lo largo de los años, ha relajado los controles sobre las industrias farmacéuticas, permitiéndoles agresivas campañas publicitarias donde los riesgos asociados con el uso de medicamentos se redujeron al mínimo o se ocultaron por completo. Esto explica, al menos en parte, la proliferación de reaccionarias y anticientíficas teorías no vax [contra las vacunas] entre grandes sectores de las clases populares.

Al mismo tiempo, estas multinacionales han invertido millones para apoyar las campañas electorales de los dos partidos en los que se divide la gran burguesía de barras y estrellas: republicanos y demócratas. Como agradecimiento por estas generosas «donaciones», los diputados votaron una ley que impide que Medic Aid, una suerte de servicio de salud público, negocie el precio de los medicamentos con las grandes farmacéuticas en el momento de la compra.

La capacidad de la industria farmacéutica para tener un control generalizado, casi totalizador, sobre el asunto se puede deducir del hecho de que 8 de cada 10 asociaciones que afirman defender los derechos de los pacientes están financiadas por la propia Big Pharma.

La salud subordinada a las ganancias

Podemos ver cuán criminal es la gestión capitalista de la salud y el control monopolista de un puñado de empresas en el tema vinculado a las patentes. Las multinacionales no solo obtienen miles de millones de dólares en ganancias a través de este sistema, al aprovechar la investigación financiada en gran medida con fondos públicos, sino que incluso esto no es suficiente para ellas. Hay varios casos de lo que se llama evergreening, es decir, la modificación de partes no esenciales de los medicamentos, lo que permite extender la duración de la patente más allá de los veinte años. O el hecho de que este cártel monopolista pague a otras empresas para retrasar la producción de medicamentos genéricos, por tanto accesibles a un precio menor.

Un dato demuestra, de manera incontrovertible, cómo una sociedad basada en el lucro es incapaz de satisfacer una necesidad primaria y, vital, como la relativa al a salud. En una época de bajas tasas de interés, las multinacionales han aumentado su endeudamiento alcanzando la exorbitante suma de 500.000 millones de dólares. ¿Pero con qué propósito? Ciertamente no invertir en nuevos medios de producción (maquinaria, plantas industriales, etc.) que, por el contrario, están disminuyendo en términos porcentuales. Tampoco para la investigación y el desarrollo a los que se han asignado fondos porcentualmente cada vez más exiguos.

La deuda se contrajo para incrementar el valor de las acciones, mediante el aumento de dividendos y la readquisición de acciones en el mercado (buyback). Es una tendencia que ha afectado a todo el sistema capitalista desde mediados de la década de 1970. Dado que la tasa de ganancia en la producción real disminuye constantemente, los capitalistas de todo tipo buscan aumentarla a través de la creación de capital ficticio, recurriendo a transacciones financieras cada vez más especulativas.

En la rama de la producción de la que hablamos en este artículo, tenemos la explicación más simple y clara de lo que Marx quiso decir cuando afirmó que en cierto punto el desarrollo de las fuerzas productivas encuentra un obstáculo insuperable en las relaciones de producción capitalistas.

En nuestro caso significa que no se descubren o producen nuevas fármacos a un costo accesible para toda la población no porque sea imposible hacerlo sino porque ya no es conveniente en un sistema basado en el lucro. Por supuesto que los capitalistas y sus coros dicen que después de todo, al menos en los países desarrollados (sería mejor decir imperialistas) la edad promedio ha aumentado enormemente en el último siglo, entonces, ¿de qué quejarse? ¿A que precio? Según un estudio del Instituto Superior de Sanidad, la mitad de la población italiana de entre 65 y 75 años vive con enfermedades crónicas, porcentaje que llega a 75% por encima de los 85 años.

El capitalismo nos hace vivir más tiempo para explotarnos más, y cuando al final del proceso productivo ya no somos útiles, nos deja vivir con enfermedades no curables. Como si fuésemos un torno o un telar que ya no se puede renovar.

En una sociedad socialista, la industria farmacéutica estaría bajo el control de los trabajadores, y el único límite a la producción se debería al nivel de conocimiento médico y científico alcanzado en cada momento. Obviamente, las enfermedades no desaparecerían y la vida seguiría su curso, con un principio y un final, pero este sería precisamente el curso natural de las cosas, no el fruto de la codicia y de la avaricia de unas pocas personas que, como la terrible pandemia que estamos viviendo muestra, provocan millones de muertes que serían absolutamente evitables.

El fin de la explotación del trabajo asalariado, el fin del capitalismo, ya no puede posponerse si queremos garantizar una vida sana y digna para la gran mayoría de la población del planeta.

Referencias bibliográficas disponibles en línea

  • Private gains we can ill afford. The financialisation of Big Pharma april 2020 [Ganancias privadas que no podemos permitirnos. La financierización de las grandes farmacéuticas] somo.nl
  • D. Deangelis, Big Pharma Profits and the public loses [Big Pharma gana y el público pierde]  www.ncbi.nlm.nhi.gov
  • Center for American Progress: How Big Pharma reaps profits while hurting everydays American [Centro para el Progreso Americano: cómo las grandes farmacéuticas obtienen ganancias mientras perjudican todos los días a los estadounidenses]
  • Thick as thieves? Big Pharma wields its power with the help of government regulations [¿Pocos y ladrones? Las grandes farmacéuticas ejercen su poder con la ayuda de las regulaciones gubernamentales]
  • The Impact on Big Pharma’s production model of medicine policies in a contesxt of austerity in France and the Uk (2017) [El impacto en el modelo de producción de políticas de medicamentos de las grandes farmacéuticas en un contexto de austeridad en Francia y Reino Unido]
  • Patologie croniche nella popolazione residente in Itala secondo i dati PASSI e PASSI d’Argento [Enfermedades crónicas en la población residente de Italia según los datos de PASSI y PASSI de Argento]  epicentro.iss.it

Artículo publicado en www.partitodialternativacomunista.org, 14 de mayo de 2021.
Traducción: Natalia Estrada.