Este artículo fue escrito en el 2002. Por ese motivo, el autor comienza con una mención a la «la revolución argentina», refiriéndose al proceso que estalló en diciembre del 2001 y se mantuvo durante todo el 2002, conocido como «argentinazo».

La revolución argentina actualiza una discusión que tomó cuerpo hace 90 años en Alemania: la cuestión de la Asamblea Constituyente. En este artículo, a pesar del poco espacio que tenemos, buscamos reavivar esa polémica en la mente de los marxistas, en el sentido de colaborar para la discusión (que se entabla hoy en torno a la salida para la revolución argentina. En base a la extensa investigación realizada en Munich por Schmidt Von Köln, recordamos los antecedentes históricos (que muestran cómo la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente en Alemania en 1919 significó la derrota de la revolución proletaria y marcó a hierro y fuego el destino político de los trabajadores del mundo entero.

Por: SCHMIDT VON KÖLN – Jurista investigador del marxismo en Munich (Alemania)

En 1913, un año antes de la explosión de la I Guerra Mundial imperialista, el movimiento de los trabajadores alemanes era el más poderoso del mundo y servía de paradigma para muchos partidos socialistas.

En su último congreso antes de la guerra, realizado en Jena en 1913, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) tenía cerca de 1 millón de miembros, 90 periódicos diarios, y constituía, con sus 4.250.000 votos obtenidos en elecciones parlamentarias, el mayor partido alemán de todos los tiempos. 110 diputados federales, 220 diputados estatales y 2.886 concejales representaban el partido de la socialdemocracia alemana en el parlamento. Los sindicatos asociados libremente a la socialdemocracia alemana incorporaban cerca de 2,5 millones de trabajadores y poseían, bajo su control, un patrimonio de cerca de 88 millones de marcos.

En 1914 estalla la guerra. La dirección del SPD, al votar a favor de los créditos de guerra, da la espalda a los trabajadores. Su decisión a favor de la participación del país en el conflicto enfría el ímpetu revolucionario de la clase trabajadora, que solo vuelve con ánimo total en el año 1917, producto de los reflejos en Alemania de la Revolución Socialista en Rusia; y en 1919 la revolución es derrotada. Esta derrota queda sellada, y el poder burgués consolidado, con la proclamación de la Asamblea Nacional Constituyente.

En setiembre de 1918, entra en colapso el frente alemán del este: el país había sido derrotado en la Primera Guerra Mundial. El Estado Mayor del Ejército exige la firma inmediata de un armisticio. Con la institución del parlamentarismo constitucional en el Imperio Monárquico alemán, el objetivo político defendido por la Socialdemocracia había sido alcanzado. No obstante, en la medida en que crecía el número de víctimas de la guerra y se prolongaba el conflicto bélico, se hacía cada vez más difícil disfrazar la carnicería humana como «guerra defensiva»; la clase trabajadora se vuelve cada vez más hostil a los frentes de batalla y se extiende por todo el país una ola irresistible de ascenso revolucionario.

Pero la clase trabajadora alemana padecía un grave problema: la ausencia de un partido revolucionario acreditado para la lucha, como tenían las masas rusas en el Partido Bolchevique.

El 23 de octubre de 1918, en el marco de una amnistía general concedida a presos políticos, Karl Liebknecht sale de la prisión y es recibido fervorosamente por las masas trabajadoras. Junto a Rosa Luxemburgo, asume la dirección de la Liga Spartakista. Rechaza toda colaboración con la Socialdemocracia de Ebert y Scheidemann y el Partido Socialdemocrático Independiente (USPD), de Kautsky y Bernstein, razón por la cual se volvió impostergable una ruptura por la izquierda.[1]

El 4 de noviembre de 1918, estalla la revolución de las masas alemanas. Su preludio fue el levantamiento de los marineros de Kiel, que se negaron, a última hora, a acatar las órdenes de zarpar y atacar a las fuerzas armadas británicas.

En Kiel surge el primer Consejo de Trabajadores y Soldados, que hizo que la ola revolucionaria se extendiese a toda Alemania. En el interior, donde la socialdemocracia tenía más control sobre el movimiento de masas, esto no ocurrió[2].

A continuación, el 9 de noviembre de 1918, irrumpe la Huelga General en Berlín. Trabajadores y soldados armados dominan las calles. Es el colapso definitivo del Imperio Monárquico.

El Canciller del Imperio, príncipe Max von Banden, transfiere su cargo, oficialmente, a Friedrich Ebert, presidente del SPD. En este sentido, dice el renombrado biógrafo de Rosa Luxemburgo, Peter Nettl:

«Inmediatamente, ambos partidos socialistas emprendieron negociaciones acerca de la formación del gobierno. El SPD ofreció, generosamente, una composición paritaria del gabinete. A cambio, los Independientes (obs.: el USPD) retiraron, «a fin de consolidar las conquistas socialistas revolucionarias», casi todas las consignas radicales con las que chocaba el SPD. Ahora que el gran día había llegado, los dirigentes sentían el impulso de la unidad. El nuevo gobierno del Imperio se designó a sí mismo Consejo de los Comisarios del Pueblo, componiéndose, respectivamente de tres representantes del SPD y otros tres del USPD.»[3]

El mismo 9 de noviembre, Karl Liebknecht proclamó, desde el balcón del Castillo de Berlín, la fundación de la «República Socialista Libre de Alemania». Pero el mismo día, dos horas antes, Philipp Scheidemann había instituido en el Parlamento Imperial, desde una perspectiva notablemente burguesa-imperialista, la «República Libre Alemana».[4]

Al día siguiente se reúne la Asamblea General de los Consejos de Trabajadores y Soldados de Berlín y elige un Consejo Ejecutivo que, como órgano supremo de representación de los consejos, habría de funcionar hasta la convocatoria de un Congreso de los Consejos del Imperio. Sus funciones no fueron, no obstante, claramente, definidas.

Sin embargo, el resultado más relevante de esa Asamblea fue el reconocimiento del Consejo de Comisarios del Pueblo, compuesto por el SPD y el USPD, como Gobierno Provisional, confirmando, así, su existencia y atribuciones. Pero el SPD ya venía haciendo una enorme campaña para vaciar el poder de los Consejos, con un discurso aparentemente muy democrático de que el poder debería ser de «todo el pueblo». Su periódico, el Vorwärts, el 13 de noviembre proclamaba: «¡Nosotros vencimos, pero no vencimos para nosotros solos, vencimos para todo el pueblo! Es por eso por lo que nuestra consigna no es «todo el poder a los soviets, sino todo el poder al pueblo entero». Para eso se lanzaron a una campaña por la Asamblea Constituyente y por el vaciamiento de los consejos de trabajadores. El partido intentaba postergar todos los cambios reivindicados por los consejos en nombre de la convocatoria inmediata de la Constituyente. Solo el ala izquierda del USPD y los Spartakistas rechazaban la Constituyente y exigían todo el poder a los Consejos.

¿Asamblea Nacional Constituyente o República de los Consejos?

Entre el 16 y el 21 de diciembre de 1918, cuando comienzan a volver las primeras unidades de las tropas Berlinesas del frente, se reúne el I Congreso General de los Consejos de Trabajadores y Soldados de Alemania, en la Cámara de los Diputados de Prusia, bajo la presidencia de Richard Müller, dirigente del Sindicato de los Metalúrgicos.

En las manifestaciones callejeras que acompañaron los debates, las masas marchaban exigiendo «¡Todo el poder a los consejos!» Reiteradamente, el congreso fue interrumpido por representantes y delegados de base de los trabajadores y soldados que protestaban, ininterrumpidamente, en las inmediaciones, exigiendo la «Proclamación de la República Socialista» y la «Entrega de todo el poder a los consejos de trabajadores y soldados».

La cuestión central que polarizó los debates fue la disyuntiva: ¿Asamblea Nacional Constituyente o República de los Consejos? Para entender los resultados de esa votación, es necesario recordar la composición del plenario. Los delegados fueron elegidos en un clima de gran confusión, sin procedimiento electoral regular, sin programa. Cada delegado era elegido en la proporción de 200.000 trabajadores y soldados, teniendo como base el resultado del cálculo de la población alemana de 1910. En esas condiciones, fueron elegidos 489 delegados trabajadores y soldados, de los cuales 405 eran oriundos de los Consejos de Trabajadores y 84 de ellos, de los Consejos de Soldados.

El SPD tenía 292 delegados, el USPD 101, 11 relacionados con Heinrich Laufenberg y se denominaban revolucionarios unidos, de los cuales 26 eran miembros de la Liga Spartakista, dirigida por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Además, 25 delegados eran adeptos del Partido Democrático Alemán, de orientación social-liberal; los 37 restantes no tenían organización partidaria (como algunos delegados de los soldados). En cuanto a la composición social, 195 delegados habían sido elegidos por los organismos de partidos y sindicatos, 71 eran intelectuales, 17 oficiales activos de las fuerzas armadas alemanas, 179 eran trabajadores directamente elegidos por la base.

En la apertura del Congreso hubo una manifestación gigantesca convocada por los Delegados Revolucionarios con la presencia de 250.000 trabajadores exigiendo la proclamación de una república socialista unitaria, el poder para los consejos de trabajadores y soldados, la revocación del gabinete de Ebert, la deportación de los contrarrevolucionarios, el armamento de los trabajadores, y el llamamiento a los trabajadores del mundo entero a hacer también su revolución.

Sin embargo, ese ascenso no se reflejaba en la composición de los delegados. De forma distorsionada, el SPD tenía la mayoría y el resultado fue que, por 400 votos a 50, el Congreso se declaró a favor de la Asamblea Nacional Constituyente, fijando la fecha de las elecciones para el 19 de enero.

En defensa de esa propuesta, el dirigente del SPD Max Cohen, se expresó así: «La socialización es un proceso orgánico de desarrollo y de reconformación, en el cual nuevas formas económicas existirán al lado de formas futuras y también de viejas formas. Por ello, en el caso de que no se estimule ese proceso de desarrollo del modo más cuidadoso, la catástrofe será inevitable. Si la producción se paraliza –como está ocurriendo–, si no tenemos disponibles materias primas o fábricas, ¿qué es lo que podrá entonces ser socializado? En esas condiciones, el repentino socializar significa una grosera locura, ya que, en ese cuadro, no existe absolutamente nada que pueda ser socializado».

En las palabras de Cohen se expresaba claramente la orientación lassalleana­reformista de que solo cuando el proletariado adquiriese la mayoría parlamentaria, se podría pensar en medidas de socialización. Para que el socialismo fuese realidad, sería necesario un segundo presupuesto: las relaciones económicas tendrían que madurar para que una transición orgánica del capitalismo al socialismo pudiese ocurrir sin grandes perturbaciones económicas y políticas.

A partir de ahí surgió la concepción, defendida por Max Cohen y los más célebres dirigentes del SPD, de que el socialismo tendría que ser conquistado no por medio de la más feroz lucha de clases revolucionaria, fundada en la crisis económica y político estatal del sistema capitalista, sino mediante la toma pacifica del poder político, viabilizada por los mecanismos parlamentarios.

El dirigente del USPD, Ernst Däumig, defensor de la República de los Consejos, rebatió la posición de Max Cohen:

¿Qué restará del sistema de Consejos al lado del sistema burgués democrático-parlamentario, tan ampliamente asentado, tal como habrá de resultar de la Asamblea Nacional una vez instituida? ¡Una armazón vacía, una marioneta! En la vida económica, los sindicatos de viejo estilo y, naturalmente, los Consejos de Trabajadores, serán expulsados de las fábricas rápidamente, contando además con el auxilio de la Asamblea Nacional y de la burguesía. Por ello, les digo: todas sus ilusiones en relación a una nueva Alemania libre, libre también en sentido cultural y espiritual, ilusiones en relación a un pueblo que habría lanzado lejos de sí ese viejo espíritu de vasallaje, clavado aún hoy muy profundamente en el fondo del pueblo alemán, ilusiones en relación a una Alemania en la cual el pueblo también asuma una parte realmente activa en sus destinos –y no corra, cada dos o tres años, con una papeleta electoral en la mano, rumbo a las urnas– no serán alcanzadas con ese viejo sistema.

Sin embargo, después de los debates el Congreso se dividió. Por un lado, los representantes del SPD afirmaban defender el socialismo y que este era efectivamente necesario para Alemania para conseguir la confianza de la amplia base de delegados presentes, por otro lado, mantenían que el socialismo, en ese momento histórico concreto, era plenamente irrealizable debido al caos económico consecuencia de la destrucción provocada por la I Guerra Mundial. Entre los spartakistas e independientes de izquierda, a pesar del apoyo a la revolución y al poder de los Consejos, se produjo una división por la cuestión de la Constituyente.

Después de ser derrotados en el Congreso, se vieron ante una disyuntiva: participar en la Constituyente o abstenerse y no acompañar la experiencia de las masas. Paul Levi, uno de los fundadores de la l.iga Spartakista, se pronunció en el Congreso de fundación del KPD: «la cuestión es muy seria. Nosotros vemos la situación así: la decisión sobre esta cuestión puede comprometer por meses el destino de nuestro movimiento ( … ) La Asamblea se va a reunir; nadie podrá impedirlo. Durante algunos meses dominará toda la vida política alemana. No se podrá impedir que todos los ojos estén vueltos hacia ella, no se podrá impedir que, hasta los mejores militantes, para orientarse, informarse, prever, buscarán saber lo que ocurrirá en la Asamblea Nacional. Estará en la conciencia de los proletarios alemanes, y ustedes, a contrapelo ¿quieren quedar afuera, trabajar desde afuera?».

A pesar de las intervenciones favorables de Rosa Luxemburgo, el Congreso del KPD votó por 62 a 23 el boicot a las elecciones.

Reflejos en el proceso revolucionario

Con la decisión de la Asamblea General de los Consejos de Trabajadores y Soldados a favor de la Asamblea Constituyente, se fortaleció la concepción constitucional, ilusoria y fantasiosa, de que solo un Parlamento libremente elegido estaría legitimado para efectuar intervenciones más amplias del Estado en las relaciones socioeconómicas, aunque se acoplase a los Consejos de Trabajadores y Soldados.

Los grupos marxistas-revolucionarios que se esforzaban por acelerar el proceso de transformaciones sociales se vieron expuestos a la dificultad adicional de ser falsamente considerados como sospechosos de putchismo y de ignorar completamente la voluntad formalmente expresada por la mayoría del proletariado alemán, en una palabra: de ser «bolcheviques». Por otro lado, los resultados del Congreso estimularon la presencia de las tropas contrarrevolucionarias en Berlín, en el transcurso de diciembre de 1918 y en los primeros meses de 1919.

Después de los trabajos congresuales, Ebert no se sintió vinculado a ninguna representación de los trabajadores y soldados en el desarrollo de su sigiloso plan de colaboración con los militares. Inmediatamente después de terminado ese congreso, se comenzaron a ejecutar los planes militares trazados por el Estado Mayor de los generales Groener y Hindenburg para eliminar a los principales representantes de la revolución. El 23 de diciembre, solicitó al general von Lequis, comandante de la guarnición de Brandenburgo, que marchase sobre Berlín para ocuparla militarmente.

Además, disolvieron la División de la Marina Popular, que se había convertido en el símbolo más representativo de aquellos meses, que contó desde el principio con cerca de 6.000 marineros rebelados, hasta que, posteriormente, varios millares de marineros y soldados se sumaron a ella. Desde la Revuelta de Kiel, flotaba sobre la División una verdadera aureola revolucionaria. En los primeros días de octubre de 1918, sus miembros habían ocupado, provisionalmente, el barrio del antiguo Castillo Imperial.

Sin adherirse formalmente a ningún partido, la división se puso a disposición de Ebert, mientras este intentaba librarse de esas fuerzas indeseables tan pronto como le fuese posible. El 23 de diciembre, la división ocupó por algunas horas la Cancillería del Imperio y el Departamento de Telégrafos para protestar contra el no pago de sus sueldos.

Emil Barth, comisario de la policía de Berlín y representante del USPD, logró que los marineros desocupasen los locales públicos que habían ocupado, bajo la promesa de que negociaría personalmente con el gobierno de Ebert y Scheidemann.

Sin embargo, intervino el general von Lequis, bombardeando pesadamente el barrio del antiguo Castillo Imperial. No obstante, frente a la heroica resistencia de la División de la Marina Popular, ahora en la región del Marstall, Ebert y sus seguidores se vieron forzados a reconocer el derecho de permanencia de los marinos en esa localidad, con la condición de que fuese firmado el compromiso de esa división de rebelados de cesar en el reclutamiento de nuevos combatientes.

Cuando las noticias de la resistencia encarnizada de la División de la Marina Popular llegaron a conocimiento de la Dirección Suprema del Ejército se abatió sobre esta última un profundo desánimo y un marcado abatimiento.

El militarismo burgués-imperialista alemán pretendió, a partir de entonces, romper, definitivamente, con los principales representantes del conciliacionismo de clase de entonces, Ebert y Scheidcmann.

Estaban dados algunos de los presupuestos fundamentales para la eclosión del levantamiento armado de enero de 1919, que sería encabezado por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

A pesar de esto, resultan muy sorprendentes, a primera vista, los motivos y las razones por las cuales, al reunirse el II Congreso General de los Consejos de Trabajadores y Soldados de Alemania, el 15 de abril de 1919, también en la ciudad de Berlín, ya no poseía este órgano de poder proletario ningún significado palpable, teniendo en cuenta que, en el período intermedio entre enero y abril de 1919, innumerables dirigentes revolucionarios de fábricas habían sido exterminados o apresados en el marco de la Guerra Civil de Alemania, desplegada durante esos meses.

Finalmente, el 23 de agosto de 1919, el Ministro del Interior de la Socialdemocracia, Gustav Noske, mandó a confiscar el Buró del Consejo de los Trabajadores y Soldados del Gran Berlín.

Una Constitución para desmontar la revolución

Después de la aprobación de la Asamblea Nacional Constituyente, en el seno del I Congreso General de los Consejos de los Trabajadores y Soldados, su apertura e inicio de trabajos del 4 de febrero de 1919, y con posterioridad a la eliminación física de los más representativos dirigentes marxistas-revolucionarios, la dirección del SPD trató de desviar la revolución hacia la vía parlamentaria institucional.

La Constitución surgida el 11 de agosto de 1919 mantenía un barniz socialista, y no podía ser de otra forma, ya que había nacido al calor del proceso revolucionario. Pero esa era una forma más de aprovechamiento, por parte de la socialdemocracia, de las ilusiones de las masas alemanas en el nuevo régimen y de hacerles creer en la nueva legislación: en su esencia, la Constitución entonces aprobada no dejaba lugar a dudas en cuanto a su carácter capitalista.

El jurista alemán Gerhard Anschütz subraya el hecho de que esta nació de una revolución socialista-democrática:

«Aquí se demuestra lo lejos que llegó la influencia de la especulación socialista en la nueva Alemania. Y no se puede negar que esta influencia llega, de hecho, muy lejos. Mucho de lo que surge es, decididamente, socialista. Así se debe entender la autorización conferida al Imperio para transferir al dominio común emprendimientos económicos privados, apropiados a la comunidad (art. 156), los preceptos sobre la protección de la fuerza de trabajo, de seguridad social, el deber de trabajar y el derecho al trabajo (art. 157, 161-163). Ubicado también en el campo del socialismo está el art. 165, inciso I, línea l, que autoriza al trabajador y al empleado a establecer, junto con los empresarios, la reglamentación de las condiciones salariales y laborales, así como a actuar conjuntamente en el desarrollo económico común de las fuerzas productivas»[5].

El célebre artículo 151 no deja margen a dudas: «Art. 151. El orden de la vida económica debe corresponder a los fundamentos de la Justicia, con el objetivo de garantizar una existencia digna para todos. En esos límites, se asegura la libertad económica del individuo. La coacción legal será solo permitida para hacer efectivos los derechos amenazados o puesta al servicio de las necesidades prioritarias del bien común. Se asegura la libertad de comercio e industria en los términos de la ley del Imperio»[6].

Aunque el primer gobierno republicano de Ebert y Scheidemann, ejercido a través del Consejo de Comisarios del Pueblo, declarase, en la proclamación de 12 de noviembre de 1918, que pretendía concretar el socialismo, esto no significaba que la Constitución de Weimar se acercara a este en lo fundamental. En su Parte V, no ordenaba ni permitía la organización de la relación del Estado con la economía de un modo realmente socialista. Y lo mismo en lo que hace a la concepción jurídica dominante, la época del socialismo renovado, promovido por la Socialdemocracia Alemana, era presentada por el mismo constitucionalista Anschütz de la siguiente manera:

«Esta (la Constitución de Weimar de 1919) es también en su parte económica-política obra de un parlamento en el que la parte del pueblo que piensa de modo socialista era, en verdad, muy fuerte, pero no representada de modo dominante»[7].

En realidad, es necesario reconocer que la Constitución de la República de Weimar representó simplemente la consagración de la orientación social-reformista del capitalismo imperialista alemán y le dio expresión jurídico­constitucional a la tentativa de colaboración de clases, de conciliación de los intereses materiales del proletariado y de la burguesía, algo imposible de realizarse si no es en el marco de la preservación de la explotación económica y la dominación política, asegurada por el Estado burgués. Tal contexto fue denominado por los principales dirigentes socialdemócratas y por el pensamiento jurídico-dominante de la época como parte de un Socialismo Democrático Renovado.

En cuanto al derecho de propiedad, la Constitución Imperial dispone expresamente:

«Art. 153. La propiedad está asegurada por la Constitución. Su contenido y sus límites surgen de la ley. Una expropiación solo podrá darse a favor del bien general, en base a los fundamentos establecidos por ley (…) La propiedad obliga. Su uso debe, al mismo tiempo, ser útil al bien común»[8].

Sobre esto, Gerhard Anschüzt señaló: «Las viejas Constituciones (como la Prusiana de 1850, art. 9) afirmaban: La propiedad es intocable». Si hubiésemos usado una expresión menos patética: «La propiedad esta asegurada por la Constitución», no significaría ningún cambio objetivo. Las expresiones «es intocable» y «está asegurada» dicen lo mismo. Proclaman la soberanía del individuo y de su propiedad. Ambas afirman que el individuo «puede proceder con su propiedad según le plazca, en la medida en que la ley o los derechos de terceras personas no se opongan».

Este es, por lo tanto, el secreto más profundo del socialismo democrático y de una Constitución que hábilmente supo cabalgar sobre el movimiento revolucionario justamente con la misión fundamental de desmontar uno a uno los cimientos de esa misma revolución.

La derrota del socialismo en Alemania y la eliminación física de sus principales dirigentes, sobre todo el brutal asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, ponen a la orden del día las palabras pronunciadas por Ernst Däumig ante los Consejos de los Trabajadores y Soldados:

«¡Compañeros y Camaradas! Poco tiempo atrás, cuando el compañero Cohen, de manera tan ardiente, defendió la Asamblea Nacional Constituyente y tomó posición a favor de fijar una fecha breve para su convocatoria, ustedes aplaudieron, en pie, fervorosamente. Pero, con esto, declararon, indudablemente, su propia sentencia de muerte».

Notas:

[1] Ver sobre el tema, Liebknecht, Karl, Acerca de la Justicia de Clase, San Pablo-Munich­París: Instituto José Luís e Rosa Sundermann, 2002, especialmente Introducción: El Revolucionario Karl Liebknecht, p. 16.

[2] En ese sentido, ver, de modo más preciso Winkel, Udo, November-Revolution 1918 (La Revolución de Noviembre de 1918), in Fritz Rück, Schriften zur Deutschen November­Revolution 1918 (Escritos sobre la Revolución Alemana de Noviembre de 1918), Stuttgart: Selbstverlag Studiengruppe zur Geschichite dcr Arbeiterbewegung, 1978, p. 10.

[3) Cf, Nettl, Peter. Rosa Luxemburg, Köln-Berlín, 1969, p. 677.

[4] Ver en ese sentido, Liebknecht, Karl. Acerca de la Justicia de Clase, San Pablo-Munich-París: Instituto José Luís e Rosa Sundermann, 2002, especialmente Introducción: El Revolucionario Karl Liebknecht, p. 16.

[5] Cf. Anschütz, Gerhard Die Verfassung des Deutschen Reiches vom 11. August 1919 (La Constitución del Imperio Alemán del 11 de Agosto de 1919), Berlín-Darmstadt: v. Stilke, 14. ed. 1933, pp. 697 y ss., ver, incluso, los comentarios de Astuto R. Gomes, Emílio. Banco Central y Orden Jurídica, San Pablo: Tesis de Doctorado de la Universidad de San Pablo (USP), 1997, pp. 56 y ss.

[6] Cf. Verfassung des Deutschen Reiches vom II. August 1919 (La Constitución del Imperio Alemán, de 11 de Agosto de 1919), in: Reichsgesetzblatt (Diario Legal del Imperio), 1919, N. 152, p. 1383.

[7] Cf. Anschütz, Gerhard. Die Verfassung des Deurschen Reiches vom 11. August 1919 (La Constitución del Imperio Alemán, de 11 de Agosto de 1919), Berlín-Darmstadt: v. Stilke, 14. ed, 1933, p. 698.

[8] Cf. Verfassung des Deutschen Reiches vom 11. August 1919 (La Constitución del Imperio Alemán, de 11 de Agosto de 1919), in: Reichsgesetzblatt (Diario Legal del Imperio), 1919, N. 152, p. 1383.

Artículo de Marxismo Vivo, n.° 5, abril de 2002, extraído del Archivo León Trotsky.
Compilación: Natalia Estrada.