Incertidumbre sobre las negociaciones mantiene bloqueado el estrecho de Ormuz
Tras diez semanas desde el inicio de la agresión militar estadounidense-israelí contra Irán, todavía no existe un escenario completamente definido. Hay un frágil alto el fuego en curso que cumple un mes, con tres escenarios posibles.
La principal conclusión es que el plan estadounidense-israelí de una victoria arrolladora y rápida, al estilo de Venezuela, fracasó. La estrategia iraní de guerra asimétrica, con ataques con misiles y drones contra países con bases estadounidenses e Israel, y sobre todo el bloqueo selectivo del estrecho de Ormuz, se reveló exitosa al provocar un estancamiento debido a la mayor crisis energética internacional, con importantes repercusiones económicas y políticas en todo el mundo y también dentro de Estados Unidos.
Frente a esta situación, emergen tres escenarios posibles: un acuerdo de mediano o largo plazo, la reanudación de las acciones militares o una especie de “guerra fría” prolongada, alternando acciones militares y sanciones con negociaciones.
La reanudación de las acciones militares tal como ocurrieron durante los primeros 38 días de la agresión no es la hipótesis más probable. Bajo presión de la mayoría de las grandes corporaciones, que quieren evitar una recesión mundial, y de la impopularidad de la guerra expresada en las encuestas y en las movilizaciones del No Kings Day y del Primero de Mayo, Trump busca una salida en la que pueda presentarse como vencedor.
Al inicio de la guerra, eso significaba la caída del régimen iraní o la destrucción de toda la infraestructura del país. Hoy, Trump se limita a exigir el fin del programa nuclear centrado en la construcción de bombas atómicas y la reapertura irrestricta de Ormuz como puntos centrales de la negociación.
Su objetivo se limita a conseguir, mediante presión diplomática, un acuerdo nuclear mejor que el firmado por el presidente Obama en 2015. Por eso presentó la propuesta de congelar el enriquecimiento de uranio por doce años y la entrega parcial de las reservas iraníes de uranio (Irán posee alrededor de 11 toneladas de uranio, de las cuales unos 400 kilos están enriquecidos al 60%, que Trump quiere retirar del país).
Otro punto: la apertura del mercado energético del país a las petroleras estadounidenses es de interés mutuo. Trump ganaría margen de maniobra frente a su principal competidor, el imperialismo chino, principal destinatario del petróleo iraní. E Irán podría modernizar su industria y vender su petróleo a precios internacionales, sin el descuento impuesto por China. Este punto aparece en la discusión sobre el fin de las sanciones contra Irán.
El régimen iraní tampoco quiere la reanudación de la agresión debido a toda la destrucción que provoca en el país, y busca objetivos estratégicos tanto económicos (fin de las duras sanciones, descongelamiento de fondos iraníes en el exterior, reparaciones de guerra, cobro de peaje en Ormuz) como geopolíticos (control sobre Ormuz, mantenimiento del programa nuclear con fines civiles y fin permanente de la guerra en todos los frentes —incluido Líbano, pero no Palestina—), que expresen su éxito al sobrevivir a la agresión conjunta de la mayor potencia mundial y la mayor potencia regional.
En su propuesta de negociaciones, el régimen iraní propuso un acuerdo de paz en tres fases. En la primera habría un alto el fuego en todos los frentes (incluido Líbano) y la reapertura del estrecho de Ormuz, poniendo fin al bloqueo marítimo contra el país. En la segunda, un intercambio entre el abandono del programa nuclear con fines militares y medidas económicas para la reconstrucción del país, principalmente el fin de las sanciones económicas y el descongelamiento de fondos iraníes en el exterior. En la tercera, un nuevo Oriente Medio preservando el papel de Irán como importante potencia regional junto a sus aliados y eliminando el plan israelí de un Oriente Medio totalmente bajo su hegemonía.
El estancamiento en las negociaciones está llevando a la economía internacional hacia una recesión. La reapertura del estrecho de Ormuz pasó a ser clave tanto para Trump como para Irán, y puede producirse sin un acuerdo general, dando lugar a una especie de “guerra fría” entre ambos países.
El único interesado en retomar la guerra es el Estado de Israel. Su frágil estabilidad interna depende de las guerras para imponer nuevas conquistas territoriales y su completa hegemonía regional (algunos llaman a este proyecto Gran Israel, otros nuevo Oriente Medio). Pero Israel ni siquiera participa en las negociaciones.
Israel perdió la batalla por los “corazones y las mentes” en todo el mundo debido al genocidio en Gaza, y depende totalmente del imperialismo estadounidense para continuar cualquier guerra, tanto en términos económicos, políticos como militares. Pero el imperialismo estadounidense atraviesa un momento de declive, aunque mantenga su condición hegemónica, y la popularidad de Israel sufrió un golpe sísmico en el país, particularmente entre la juventud, entre quienes la mayoría simpatiza más con los palestinos que con Israel, incluidos los jóvenes judíos.
¡En Palestina el genocidio continúa!
Ese debilitamiento de Israel no se refleja en el genocidio en curso contra los palestinos de Gaza, ni en la agresiva limpieza étnica en Cisjordania, ni en el régimen de apartheid impuesto sobre los palestinos del 48 (que viven en los territorios palestinos conquistados en 1948).
Israel conserva apoyo y complicidad internacional para continuar el genocidio en Gaza, sitiada por tierra, mar y aire con el aval del “Consejo de Paz” liderado por Trump, que se limita a repetir la exigencia israelí de desarme incondicional de la resistencia palestina, mientras las fuerzas israelíes avanzan sobre el territorio palestino e impiden el ingreso suficiente de ayuda humanitaria.
Por otro lado, el debilitamiento de Israel, la continuidad del genocidio y la interceptación de la flotilla están detrás de un fortalecimiento de las movilizaciones de solidaridad con Palestina, particularmente en Europa, algunos países de América Latina y Siria, aunque sin alcanzar el nivel que existía antes del alto el fuego. Es solo con la solidaridad internacional con lo que los palestinos pueden contar para continuar la lucha contra el Estado genocida.
En Líbano, Trump trabaja para imponer la normalización de relaciones con Israel. Pero Israel exige el desarme del Hezbollah manu militari, el control de una franja fronteriza en el sur del Líbano (de la cual nunca pretende retirarse), así como el derecho a atacar militarmente cualquier objetivo en todo el país. Este tipo de acuerdo representa una capitulación total, y el gobierno libanés se apoya en la oposición de Arabia Saudita para buscar un mejor acuerdo. Mientras tanto, Israel no cumple el alto el fuego acordado y lleva adelante una guerra total en el sur, y ayer atacó la capital, Beirut. Por otro lado, Hezbollah sigue activo e incorporó a su arsenal drones guiados por cable, baratos y difíciles de interceptar, con los cuales dificulta los avances israelíes en el sur.
El impacto de la guerra dentro de Estados Unidos
A diferencia de la agresión contra Venezuela, Trump no salió fortalecido tras 10 semanas de agresión contra Irán.
Dentro de Estados Unidos enfrenta baja popularidad, con cuestionamientos incluso dentro del propio movimiento MAGA (Make America Great Again). La guerra y sus efectos perjudiciales sobre la economía estadounidense se suman a otros desgastes, como la actuación del ICE y su relación con el multimillonario Epstein.
La mayoría de las grandes corporaciones pierden con la desaceleración de la economía nacional e internacional. Aquellas que lucran con la agresión militar, como el complejo industrial-militar y las Big Tech, ya no dependen de la continuidad de la guerra para mantener sus ganancias, garantizadas por la carrera armamentista y las inversiones públicas. Por otro lado, la industria petrolera, gran beneficiaria del cierre del estrecho de Ormuz, podría beneficiarse de un eventual acceso a las reservas iraníes en caso de suspensión de sanciones.
La clase trabajadora estadounidense paga el precio de la agresión, ya sea a través de la inflación provocada por el aumento del precio del petróleo o mediante recortes al presupuesto público en educación, salud y asistencia social para fortalecer el presupuesto militar. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, afirmó que se gastaron 25 mil millones de dólares en la agresión contra Irán. Pero especialistas señalan que estos gastos se ubican entre 28 y 35 mil millones de dólares, casi mil millones por día.
En Irán: fortalecimiento del régimen y de la represión
El éxito de la estrategia militar iraní llevó al fortalecimiento de la Guardia Revolucionaria dentro del régimen, así como a una recuperación de la moral de su base social, que estaba debilitada por las masacres del 8 y 9 de enero contra movilizaciones obreras y populares.
Los monárquicos y el MEK apoyaron la agresión imperialista y hoy enfrentan un desprestigio general, del mismo modo que el MEK lo sufrió cuando apoyó la invasión de Irán por parte del régimen iraquí liderado por Saddam Hussein.
La mayoría de los sectores opositores se opusieron a la agresión imperialista, tanto por la experiencia histórica que demuestra que ninguna invasión extranjera benefició al país, como por la destrucción y la muerte de más de tres mil iraníes, la inmensa mayoría civiles.
A pesar de los duros ataques imperialistas, el régimen iraní encontró los medios para ejecutar, desde el 17 de marzo, al menos a 10 manifestantes detenidos en enero en secreto, sin comunicación previa a familiares o abogados, bajo acusaciones obtenidas mediante tortura.
Además, el corte de acceso a internet y telefonía impide la comunicación entre familias y amigos, así como inviabiliza diversas actividades económicas, afectando al menos a un millón de trabajadores.
Estas medidas represivas no ayudan en nada al esfuerzo de guerra contra la agresión imperialista. Por el contrario, dividen a la población y alienan a los disidentes. Esta brutal represión tiene como objetivo impedir el surgimiento de nuevas movilizaciones contra el costo de vida y la falta de libertades democráticas.
Medidas necesarias para la defensa del país frente a la agresión imperialista, como el armamento general de la población, particularmente ante la amenaza de invasión terrestre, no fueron tomadas.
La salida de Emiratos Árabes de la OPEP
La agresión imperialista aceleró la ruptura entre Emiratos Árabes y Arabia Saudita. Esta división refleja intereses económicos y políticas regionales distintas. Por un lado, Emiratos Árabes se desvinculó de la OPEP para liberarse de cumplir los topes de exportación de petróleo y gas, y acepta la hegemonía israelí para actuar en otros países en disputa con Arabia Saudita, como Yemen y Sudán. Durante la agresión imperialista, Israel le suministró baterías antiaéreas que, evidentemente, no lograron derribar los misiles y drones iraníes. Ahora cuentan con apoyo israelí para hacer frente al poder iraní.
Por otro lado, Arabia Saudita no acepta el “nuevo Oriente Medio” bajo hegemonía israelí. Tampoco acepta una hegemonía iraní. Al contrario, aspira a fortalecer su influencia regional. Para ello, está construyendo una alianza con Pakistán, Egipto y Turquía, y debe diversificar sus relaciones con los países imperialistas.
La disputa interimperialista entre Estados Unidos y Europa
La agresión contra Irán aceleró la crisis entre Estados Unidos y Europa. Sus antecedentes remiten al apoyo al imperialismo ruso en detrimento del imperialismo europeo en Ucrania, la disputa sobre Groenlandia y el apoyo dado a la extrema derecha europea, particularmente a la AfD alemana y a Viktor Orbán, pese a la impopularidad récord de Trump entre la población europea.
A estos casos se suma la exigencia de apoyo a la agresión contra Irán, tras comprobarse que la estrategia de Trump de una victoria rápida no se concretó. La semana pasada, Trump anunció la retirada de cinco mil soldados de una base militar de la OTAN en Alemania. Trump no pretende destruir la OTAN, sino someter de manera más profunda al imperialismo europeo a sus dictados.
China y Rusia, beneficiarias de la guerra
A corto plazo, el imperialismo ruso se benefició de la renta petrolera producto del levantamiento de sanciones estadounidenses que vencen el 16 de mayo. Sin embargo, este beneficio fue limitado por ataques iraníes contra objetivos de la industria petrolera rusa y sus puertos. Estos ataques redujeron la producción y exportación de petróleo en al menos un 20%.
A pesar de la recaudación extra, el esfuerzo bélico consume una parte creciente del presupuesto público, además de más de mil bajas por día, de las cuales 25% son muertes. Se calcula que Rusia ya perdió más de 1,2 millones de soldados, un cuarto de ellos muertos. Esta situación indica que Rusia está llegando a un límite y depende cada vez más de Trump y Xi Jinping para arrancar una parte del territorio ucraniano.
Por su parte, el imperialismo chino se beneficia a mediano y largo plazo de la pérdida de credibilidad política y militar internacional de Estados Unidos debido al estancamiento en la agresión contra Irán, a lo que se suman otras medidas como la guerra arancelaria. Además, China estuvo detrás de los esfuerzos de Pakistán por el alto el fuego. En los últimos días, el régimen chino pidió la reapertura incondicional del estrecho de Ormuz, influyendo en la posición iraní en el mismo sentido.
Por la victoria militar de Irán contra la agresión imperialista
La guerra aún no terminó, pero su impacto sobre la economía internacional y el desmantelamiento del orden mundial surgido al final de la Segunda Guerra Mundial ya es visible.
La derrota del imperialismo estadounidense y de Israel es de interés no solo para la clase trabajadora iraní, libanesa y palestina, sino para todos los pueblos oprimidos que luchan por autodeterminación o libertad. Si se confirma una derrota del imperialismo estadounidense en esta guerra, aunque Trump no lo admita, eso tendrá un impacto muy importante en el mundo, debilitando al gobierno imperialista de ultraderecha.
Lamentablemente, el régimen iraní no liberó a los presos políticos ni armó a la población, medidas necesarias para la defensa del país. Denunciamos las limitaciones que el régimen impone a la propia defensa del país: es necesario que entregue armas a la población para la defensa nacional.
Defendemos la victoria militar iraní —ya que esto constituiría un paso hacia su liberación— sin que ello implique apoyo político alguno al régimen. Apoyamos las iniciativas de autoorganización de la clase trabajadora, la juventud, las mujeres y las nacionalidades oprimidas para que, participando en la defensa de Irán, hoy dirigida por un régimen reaccionario, puedan construir la dirección revolucionaria que hoy falta y las condiciones para retomar el camino de la gran revolución obrera de 1979, interrumpido por los ayatolás.




