«Esta obra expone, con una claridad y una brillantez geniales, la nueva concepción del mundo, el materialismo consecuente aplicado también al campo de la vida social, la dialéctica como la más completa y profunda doctrina del desarrollo, la teoría de la lucha de clases y del papel revolucionario histórico mundial del proletariado como creador de una sociedad nueva, comunista» V. I. Lenin, 1914.

Durante la última semana de febrero de 1848, la pequeña litografía de J. E. Burghard ubicada en el número 46 de la calle Liverpool, centro de Londres, terminó la impresión de tres mil copias de un panfleto escrito en alemán que ostentaba el título Manifiesto del Partido Comunista. Nadie hubiera podido imaginar el tremendo impacto teórico que ese folleto, originalmente con 23 páginas, causaría en el futuro de la humanidad. Hace 173 años el “espectro” del Manifiesto “recorre el mundo”, inspirando la conciencia y la acción política de millones de personas.

Por Daniel Sugasti

Cualquiera sea la actitud hacia el marxismo o el comunismo, es un hecho que el Manifiesto se transformó en una obra clásica no solo del pensamiento socialista sino de la literatura política universal. Es un texto ineludible para comprender nuestra época histórica. Esto no significa, entiéndase bien, que la realidad haya confirmado cada línea escrita por Marx y Engels. Una lectura así sería dogmática, es decir, antimarxista[1]. La fuerza del Manifiesto guarda relación con que, en términos metodológicos y programáticos, selló el paso definitivo del socialismo utópico al científico.

Ni Marx ni Engels inventaron el socialismo ni el comunismo, como piensan algunos. Antes de 1848 esos conceptos no solo existían sino que ejercían considerable influencia a través de penetrantes autores como el conde de Saint-Simon, Charles Fourier, Robert Owen, etc.

Ellos sometieron las injusticias y el pauperismo provocado por el capitalismo a una crítica severa. El problema consistía en que a las atrocidades de la burguesía oponían sistemas de ensueño, idealizados sobre la base de la filantropía y el esfuerzo, para convencer a las clases dominantes de la inmoralidad de la explotación. En otras palabras, no comprendían la esencia del capitalismo ni identificaban la fuerza social capaz de superarla. En consecuencia, para los utopistas, el proletariado no pasaba de una clase oprimida, desmoralizada e inerte, pasible únicamente de compasión. No obstante, el socialismo utópico era producto de su tiempo. “Sus teorías incipientes”, explicará Engels, “no hacen más que reflejar el estado incipiente de la producción capitalista, la incipiente condición de clase. Se pretendía sacar de la cabeza la solución de los problemas sociales, latente todavía en las condiciones económicas poco desarrolladas de la época. La sociedad no encerraba más que males, que la razón pensante era la llamada a remediar”[2]. La nueva sociedad, por lo tanto, sería “la expresión de la verdad absoluta, de la razón y de la justicia, y basta con descubrirlo para que por su propia virtud conquiste el mundo”[3].

El Manifiesto entierra esta etapa infantil del socialismo. En primer lugar, porque difunde una nueva teoría, la concepción materialista de la historia, uno de los instrumentos más fecundos del pensamiento humano. Según esta, “toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases”[4], es decir, el motor del desarrollo humano no reside ni en la voluntad de un ser superior ni en el papel de los individuos en la historia, sino en la lucha entre opresores y oprimidos.

El concepto de clases sociales y la noción de la lucha entre estas tampoco era original. Antes del Manifiesto, otros pensadores habían considerado estos elementos. Lo innovador del folleto de 1848 fue que, por primera vez, se proponía que la confrontación entre las clases constituía el hecho central en los procesos de transformación social a lo largo de la historia. Para comprender mejor en qué consistía lo nuevo que aportaba el socialismo científico, conviene dar atención a este pasaje de una carta de Marx: “Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases solo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases…[5].

Sobre lo último, dos comentarios. David Riazanov anotó que en el Manifiesto no existe la expresión “dictadura del proletariado”, aunque sí es posible advertir los elementos básicos de esta idea. En 1848, sin embargo, esto era todavía abstracto. Sus autores sostuvieron que el primer paso que ha de darse luego de la revolución obrera será la “la elevación del proletariado a clase dominante”. La categoría “dictadura del proletariado” aparecerá de manera explícita durante 1850: “Este socialismo es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como paso necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que estas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales”[6].

A la misión de elevar al proletariado a la condición de “clase dominante” [herrschende Klasse], Marx y Engels agregan “y la conquista de la democracia”. Esta, según Riazanov, se trataría de la democracia proletaria en oposición a la democracia burguesa; es decir, otro componente elemental de la formulación actual de la dictadura revolucionaria del proletariado[7].

Lo segundo es hacer notar cuán alejados están de la esencia del marxismo ciertos marxólogos académicos, mucho más preocupados en cortar en pedazos el pensamiento de Marx para estudiarlo, de modo estático, como “filósofo”, “sociólogo”, “economista”, en suma, como a un pensador de gabinete.

Marx y Engels, al tiempo que probaron la historicidad y transitoriedad del capitalismo –presentado por el liberalismo como sistema “natural”–, identificaron en el proletariado la principal fuerza social revolucionaria, señalándola como producto inevitable y sepulturera de la sociedad burguesa: “… al desarrollarse la gran industria, la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre las que produce y se apropia de lo producido. Y a la par que avanza, cava su fosa y cría a sus propios enterradores”.

Pero la misión histórica del proletariado, en la visión de los autores del Manifiesto, poseía una particularidad con relación a las anteriores clases oprimidas. Debido al grado de desarrollo de las fuerzas productivas que la sociedad había alcanzado, “… el proletariado, no puede llevar a cabo su emancipación sin emancipar al mismo tiempo a toda la sociedad de su división en clases y, por lo tanto, de la [propia] lucha de clases”[8].

Dicho de otra manera, de acuerdo con la teoría marxista, la aspiración suprema del proletariado no estriba en cristalizarse como “clase dominante”, aunque asuma ese papel durante un período necesario, sino en la abolición de las clases sociales y, con ello, la extinción del moderno Estado burgués. En este punto vale reafirmar que el resultado de la lucha entre las clases ni está, ni mucho menos, predestinado, como gustan repetir aquellos que acusan al marxismo de ser “determinista”. El propio Manifiesto –para no mencionar otras obras de sus autores–, alerta que ese proceso “conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes”. Es decir, el comunismo no es algo “inevitable”, fatal, sino resultado de ese embate histórico. Su contraparte es el triunfo de la barbarie.

Esto nos lleva a otro concepto fundamental expuesto en el Manifiesto, el del Estado moderno. El Estado, según la teoría marxista, no es un aparato “neutral”, al margen de la lucha de clases. Su aparición no solo es producto inevitable de la división de la sociedad en clases, sino que, bajo el control de las clases dominantes, es el principal instrumento de sujeción de las clases dominadas. “El gobierno moderno”, aseguran Marx y Engels, “no es sino un comité administrativo de los negocios de la clase burguesa”. El Manifiesto prosigue explicando que “el poder público, hablando propiamente, es el poder organizado de una clase para la opresión de las otras. Si el proletariado, en su lucha contra la burguesía, se constituye fuertemente en clase; si se erige por una revolución en clase dominante y como clase dominante destruye violentamente las antiguas relaciones de producción, destruye al mismo tiempo que estas relaciones de producción las condiciones de existencia del antagonismo de las clases, destruye las clases mismas y, por lo tanto, su propia dominación como clase”. De este modo expone la teoría de la extinción del Estado: “Una vez desaparecidos los antagonismos de clases en el curso de su desenvolvimiento, y estando concentrada toda la producción en manos de los individuos asociados, entonces perderá el poder público su carácter político”.

La estrategia que propone el Manifiesto para superar la sociedad burguesa está relacionada con lo anterior. El proletariado, dotado de organización política, deberá tomar el poder, concentrado por la burguesía por medio del control de la máquina estatal, no por medios pacíficos sino valiéndose de la violencia revolucionaria: “el proletariado fundará su dominación por el derrumbamiento violento de la burguesía”. La tarea de los comunistas, por lo tanto, consiste en “constitución de los proletarios en clase, destrucción de la supremacía burguesa, conquista del poder político por el proletariado”. Las lecciones de la Comuna de París, ocurrida 23 años después de la publicación del Manifiesto, precisaron la teoría de los fundadores del socialismo científico sobre la relación entre el Estado y la revolución proletaria, que según ellos mismos, había “envejecido”: “la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal como está para servirse de ella para sus propios fines”, sostuvo Marx en 1871. Era necesario “romper” ese aparato. Por su parte, Engels escribió en 1891: “… la clase obrera, al llegar al poder, no puede seguir gobernando con la vieja máquina del Estado […] para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento”[9].

Al llevar a cabo este programa, según una de las frases más citadas del Manifiesto, “los

proletarios no pueden perder más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar”.

Causa espanto cómo la izquierda actual ha abandonado, de modo velado o explícito, las lecciones del Manifiesto. El método revolucionario fue sustituido, sin más, por la inofensiva estrategia parlamentaria, completamente adaptada a la legalidad burguesa. De la misma forma se dejó de lado una idea que atraviesa todo el contenido del célebre folleto, la independencia de clase del proletariado con relación a la burguesía y sus representantes políticos. La doctrina de los “frentes populares” y toda suerte de “frentes amplios” con facciones de la burguesía “democrática” o “progresista”, sacramentada por el estalinismo, es opuesta a la máxima marxista de que “la emancipación de los trabajadores solo puede ser obra de la propia clase obrera” y, consecuentemente, está en las antípodas de la célebre convocatoria con la que concluye el Manifiesto: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.

En esta apretada mención de las ideas fundamentales del Manifiesto no puede faltar el principio del internacionalismo proletario, fundamentado en la premisa de que el capitalismo, entonces en expansión, no conocía fronteras. La unión de la clase obrera, por ende, tampoco podía restringirse a los límites nacionales: “Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen”, reza otra sentencia icónica del Manifiesto. Más adelante, refuerzan: “la acción común de los diferentes proletariados, al menos en los países civilizados, es una de las primeras condiciones de su emancipación”. El correlato organizativo de este principio se aplicó desde 1846 por medio de la conformación de los Comités de Correspondencia Comunista y, luego, en la Liga de los Comunistas, que disponía de miembros en Londres, París, Bruselas, además de alguna influencia en partes de la actual Alemania. Esta fue la base de la posterior organización de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), fundada en 1864, después conocida como Primera Internacional.

El principio de la independencia de clase, por su parte, moldeó toda la teoría marxista del partido revolucionario. El Manifiesto, primer programa científico de un partido comunista, declaró haber llegado la hora “de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus tendencias, sus aspiraciones, saliendo así al paso de esa leyenda del espectro comunista con un manifiesto de su partido”. En el capítulo dos, expone el papel del partido comunista como “fracción más resuelta de los partidos obreros de todos los países, la fracción que arrastra a las otras; teóricamente, tienen sobre el resto del proletariado la ventaja de un concepto claro de las condiciones, de la marcha y de los fines generales del movimiento proletario”.

El Manifiesto, en su forma definitiva, expone con perspicacia penetrante un claro panorama del pasado, presente y futuro de la sociedad. Si bien casi todas las ideas del documento habían sido desarrolladas con anterioridad por sus autores, por ejemplo, en el título por entonces inédito La ideología alemana (1846), la profundidad y el estilo con que sintetizaron la nueva visión del mundo, creando una unidad entre teoría y práctica, hizo de esta obra un verdadero patrimonio histórico del proletariado.

El contexto histórico del Manifiesto

El Manifiesto no fue un rayo en cielo sereno. Surgió en el contexto de una Europa políticamente efervescente. Una terrible crisis económica, sumada a repetidas malas cosechas, aceleró el desgaste de los antiguos regímenes monárquicos. El pauperismo desencadenó una serie de rebeliones por el pan en muchos países. Las mentes más lúcidas no dudaban que una revolución estaba a punto de estallar, aquella que sería la más europea de todas las revoluciones.

Así, el momento histórico en el que aparece el Manifiesto debe ser comprendido como un proceso único, condicionado por el grado de desarrollo que había alcanzado el capitalismo en la Europa occidental y, consecuentemente, el estadio de organización de la clase obrera, así como la propia evolución de las ideas de Marx y Engels, esto es, su transformación de demócratas radicales en comunistas.

Durante su primera estadía en Manchester, entre 1842 y 1844, Engels cuenta que había llegado a la idea “de que los fenómenos económicos, a los que hasta allí los historiadores no habían dado ninguna importancia, o solo una importancia muy secundaria, son, por lo menos en el mundo moderno, una fuerza histórica decisiva; vi que esos fenómenos son la base sobre la que nacen los antagonismos de clase actuales y que estos antagonismos de clase, en los países en que se hallan plenamente desarrollados gracias a la gran industria […] constituyen a su vez la base para la formación de los partidos políticos, para las luchas de los partidos y, por consiguiente, para toda la historia política”[10]. Es sabido que Engels se anticipó a Marx en el intento de sintetizar la filosofía clásica alemana con la economía política inglesa. Plasmó esas ideas en su Esbozo para una crítica de la economía política, artículo publicado en los Anales franco-alemanes y que ejercería enorme influencia en el joven Marx.

Este, por su parte, expuso en el mismo periódico una idea semejante, que Engels resumió de esta manera: “… no es el Estado el que condiciona y regula la sociedad civil, sino esta la que condiciona y regula el Estado, y de que, por tanto, la política y su historia hay que explicarlas por las relaciones económicas y su desarrollo, y no a la inversa”[11]. Así, cuando en agosto de 1844 se reunieron en París, ambos constataron que habían alcanzado las mismas conclusiones teóricas fundamentales por caminos diferentes. De ese encuentro data su colaboración intelectual y, sobre todo, su intensa actividad militante, como veremos.

En febrero de 1846, Marx y Engels fundaron el Comité de Correspondencia Comunista en Bruselas –ciudad en la que Marx se había radicado luego ser expulsado de París un año antes– con el objetivo de estrechar relaciones con emigrados políticos y otros elementos revolucionarios dispersos en Alemania, Francia e Inglaterra; el propósito de los amigos consistía en organizar las luchas sobre la base de la nueva concepción materialista de la historia.

Los Comités de Correspondencia fueron muy importantes, puesto que consistieron en un embrión de asociación obrera internacional. Marx y Engels también organizaron la Asociación obrera alemana. Escribían en el Deutsche-Brüsseler-Zeitung, que prácticamente transformaron en órgano de sus ideas. Engels colaboraba con el Northern Star, periódico del ala radical de los cartistas ingleses. Marx ejerció la vicepresidencia de la Asociación Democrática, una suerte de coalición con demócratas radicales de Bruselas y socialistas pequeñoburgueses franceses agrupados en el periódico La Réforme. En medio de esta intensa actividad práctica, los dos encontraron tiempo para escribir una obra fundamental del marxismo, La ideología alemana, cuyo manuscrito no llegó a imprimirse por falta de editor. Su contenido terminó sometido a la “crítica roedora de los ratones”.

La Liga de los Justos, una sociedad secreta con métodos conspirativos, propios de la tradición de los revolucionarios franceses de entonces[12], redobló sus esfuerzos para acercase a Marx y Engels. La Liga había reclutado obreros modernos, pero estaba compuesta principalmente por artesanos alemanes emigrados: sastres, zapateros, herreros, relojeros, etc. La sección con perfil más proletario y radical era la de Londres. Sus principales líderes eran los alemanes Karl Schapper, Heinrich Bauer y Joseph Moll.

Este último recibió la tarea de reunirse con Marx en Bruselas y con Engels en París para invitarlos oficialmente a formar parte de la sociedad. Si aceptaban, podrían intervenir libremente en el proceso de reelaboración teórica y reorganización política que sería definido en un congreso internacional. Moll explicó a ambos que la mayoría de la Liga estaba convencida de la justeza de su teoría y se disponían a abandonar los métodos conspirativos, forma de actuación a la que ellos se oponían.

La Liga poseía un programa utópico basado en un comunismo igualitario francés, que emanaba de las ideas de Babeuf, que se mezclaba con elementos de una confusa interpretación del cristianismo primitivo que predicaba un talentoso sastre alemán de apellido Weitling. Este hombre, que se veía a sí mismo como un profeta y había llegado a elaborar un proyecto de idioma universal, estaba muy influenciado por las ideas de Proudhon. La divisa de la Liga de los Justos era “Todos los hombres son hermanos”. Para un sector de la sección londinense de la Liga, ese comunismo “filosófico-sentimental” no estaba a la altura de los cambios sociales y las tareas del proletariado que imponía el pujante desarrollo de la industria capitalista. La crisis interna fue creciendo, acelerada hasta cierto punto por la propaganda incansable desplegada por Marx y Engels: “Al mismo tiempo”, comenta Marx, “publicamos una serie de panfletos, ya fueran impresos o litografiados, en los que la mezcolanza de socialismo anglo-francés y filosofía alemana, era sometida a una crítica despiadada que por aquel entonces constituía la doctrina secreta de la Liga, recomendándose en cambio el estudio científico de la estructura económica de la sociedad burguesa como único fundamento teórico pertinente, explicándose en un lenguaje netamente popular que lo que se trataba no era la imposición de un sistema utópico cualquiera sino la participación activa y consciente en el proceso revolucionario social a que asistíamos”[13].

A esto debemos añadir el trabajo de Engels, que en agosto de 1846 marchó rumbo a París para intentar atraer y organizar a los emigrados alemanes bajo la bandera del comunismo científico. Para ello debió entablar una dura batalla contra las ideas de Proudhon y el “socialismo real” de Karl Grün, disputa que tuvo fuerte impacto en el interior de la Liga de los Justos.

Lo cierto es que esa Liga ofrecía a Marx y Engels una oportunidad de actuación que no podían desperdiciar. Así, aceptaron incorporarse en enero de 1847. Intervinieron con fuerza total en el debate interno, con apoyo de los londinenses.

El primer congreso comenzó en junio de 1847. Marx no tuvo dinero para el viaje, así que toda la responsabilidad recayó sobre Engels. Después de violentos debates, la Liga se reorganizó. Tanto los estatutos como esbozos de programa deberían ser sometidos a la consideración de la base, para luego ser abordados en un nuevo congreso. La tradición autoritaria de “decisiones desde arriba”, propia de las sectas, fue superada. La organización cambió su nombre por el de Liga de los Comunistas. El primer artículo de los estatutos indicaba la penetración de las ideas del socialismo científico: “La finalidad de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, la dominación del proletariado, la supresión de la vieja sociedad burguesa basada en los antagonismos de clase, y la creación de una nueva sociedad, sin clases y sin propiedad privada”. En setiembre, la Liga publica la Revista Comunista, donde aparece el nuevo lema de la organización: “Proletarios de todos los países, uníos”.

A finales de octubre, Engels redactó un esbozo de programa, en virtud de un pedido de los miembros parisinos de la Liga de los Comunistas, que quedó conocido como Principios del comunismo, el principal antecedente del Manifiesto. El borrador adquirió forma de “credo”, con preguntas y respuestas. Sin embargo, el propio Engels, meticuloso, no tardó en oponerse al formato. El futuro programa debería ser algo perenne, con sólida fundamentación sobre “la historia de la cuestión”. Para Engels, un “catecismo” no “servía en absoluto” para ese fin. Entonces, el 24 de noviembre le propuso a Marx dar a “la cosa” el nombre de “Manifiesto Comunista”, un estilo familiar en la literatura política francesa desde el Manifiesto de los Iguales de 1796.

El segundo congreso, que debía finiquitar la tarea del primero, se realizó en noviembre-diciembre de 1847. Terminó de acuerdo con las aspiraciones de Marx y Engels. El congreso les encargó elaborar un programa teórico y práctico, con fines de publicación, para la Liga.

El encargado de la redacción del Manifiesto fue Marx. Finiquitó la tarea en enero de 1848, enviándolo para impresión pocas semanas antes del estallido de la revolución de febrero en París, que derrocó al rey Luis Felipe I e instauró la Segunda República francesa. El proceso revolucionario se extendió como reguero de pólvora a Italia, después a Renania, Prusia y, en seguida, a Austria y Hungría.

El Manifiesto había predicho que Europa, sobre todo la futura Alemania, se encontraba en vísperas de una revolución. Este proceso tendría la ventaja de desarrollarse en condiciones objetivas y subjetivas más avanzadas que las revoluciones burguesas clásicas de los siglos XVII y XVIII, a punto tal que antevieron que “la revolución burguesa alemana” sería el “preludio inmediato de una revolución proletaria”. Pero ese pronóstico no se confirmó. La revolución alemana de 1848-49 no triunfó como revolución proletaria y, por ese motivo, tampoco lo hizo como revolución democrático-burguesa. La derrotada “primavera de los pueblos” inauguró una nueva dinámica de clases dentro de la época de la revolución burguesa; sus lecciones serían analizadas por Marx y Engels a partir de 1850.

Trotsky explicará, en 1905, la razón por la cual 1848 no fue 1789. La revolución europea en la que participaron Marx y Engels estalló en el contexto de la peor situación, una suerte de “término medio”. La burguesía de 1848 no se comportó como la de 1789. Los liberales ya no “querían” desarrollar su propia revolución y el proletario aun no “podía” llevarla hasta el fin: “El proletariado era demasiado débil, se encontraba sin organización, sin experiencia y sin conocimientos. El desarrollo capitalista había progresado lo suficiente como para hacer necesaria la abolición de las viejas condiciones feudales, pero no tan suficientemente como para permitir destacarse a la clase obrera –el producto de las nuevas condiciones de producción– como una fuerza política decisiva”[14].

De cualquier manera, no puede decirse que el Manifiesto ejerciera una influencia práctica en los movimientos revolucionarios de 1848-1849. Fuera de los miembros de la Liga, muy pocos lo conocían. Ni siquiera estuvo a la venta. Tras la derrota, el Manifiesto salió de la escena política completamente anatematizado y, cuenta Engels, “fue pronto relegado a segundo plano a causa de la reacción que siguió a la derrota de los obreros parisinos, en junio de 1848”. La Liga de los Comunista se disolvió en 1852.

La trascendencia del Manifiesto debió esperar un momento distinto de la lucha de clases y nuevos progresos en la organización obrera, que tuvo su máxima expresión a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, cuando la socialdemocracia europea experimentó un fortalecimiento vertiginoso. Pero existe un hecho que marca el punto de inflexión en la realidad europea y en la difusión de las obras de Marx: la Comuna de París. Es después de la experiencia del “primer gobierno obrero de la historia” que se multiplicaron las ediciones y traducciones de las obras de los padres del socialismo científico, principalmente del Manifiesto.

De acuerdo con datos de Bert Andréas, entre 1872 y la Revolución Rusa de 1917 el texto de 1848 se imprimió en treinta idiomas, incluidas tres ediciones en japonés y una en chino. Hubo 70 ediciones en ruso, 55 en alemán, 34 en inglés, 26 en francés, 11 en italiano, etc. La primera traducción al castellano, hecha por el tipógrafo José Mesa, apareció en 1872.

¿Cuál es la vigencia de las ideas del Manifiesto en el siglo XXI?

Sería muy difícil, sin hacer el ridículo, negar la influencia que el legado teórico y político del marxismo continúa ejerciendo en el mundo; y el Manifiesto es parte fundamental de la vasta obra de los fundadores del socialismo científico. Traducido a casi todos los idiomas y publicado en casi todos los países, el poder de las ideas contenidas en este “panfleto” todavía es capaz de quitar la tranquilidad a las clases dominantes. No importa el paso del tiempo, puede decirse que, en cada lucha, en cada revolución, deambula el fantasma del comunismo…

Es así porque los principios generales enunciados en el Manifiesto mantienen plena exactitud y vigencia. Es evidente que existen detalles que están anticuados. Existen, también, hipótesis y pronósticos que no se comprobaron. Trotsky tiene razón, entre otras constataciones, cuando sostiene que sus autores tendieron a “la subestimación de las posibilidades futuras latentes en el capitalismo, y por el otro, de la sobrevaloración de la madurez revolucionaria del proletariado”. Pero sería inexacto no destacar que el Manifiesto alertó que “la aplicación práctica de estos principios dependerá siempre y en todas partes de las circunstancias históricas existentes”. Sus propios autores, veinticinco años después, reafirmaron los principios expuestos en el texto, pero admitieron que existían partes que justificaban un retoque o una redacción distinta. Ellos no eran videntes. Puesto que la lucha de clases es un proceso vivo, dinámico, y como el propio objeto de análisis del marxismo, el modo de producción capitalista, está en constante movimiento, es imposible exigir que un texto publicado hace 173 años responda en detalle a los problemas que plantea el siglo XXI. El Manifiesto no es un oráculo ni un texto sagrado. Por lo tanto, nada menos marxista que encararlo con método talmúdico. El Manifiesto puede no ser suficiente para responder en detalle a los actuales de la clase trabajadora mundial, pero sigue siendo indispensable. Sigue siendo una guía para la acción de quien no solo pretenda interpretar el mundo sino transformarlo.

Notas:

[1] Para un balance de las ideas del Manifiesto, recomendamos el texto de Trotsky titulado: A noventa años del Manifiesto Comunista: < https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1930s/30-ix-37.htm>.

[2] ENGELS, Friedrich. Del socialismo utópico al socialismo científico. Buenos Aires: Editorial Ágora, 2001, p. 33.

[3] Ídem, p. 39.

[4] MARX, Karl; ENGELS, Friedrich. Manifiesto del Partido Comunista: <https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm>. Salvo indicación contraria, en adelante todas las referencias al Manifiesto remitirán a esta edición digital.

[5] Marx, Karl. Carta a Joseph Weydemeyer, 5/03/1852: < https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/m5-3-52.htm>.

[6] MARX, Karl. Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850: <https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/francia/index.htm>.

[7] RIAZANOV, David. Notas aclaratorias. In: MARX, Karl; ENGELS, Friedrich. Biografía del Manifiesto Comunista. México: Editorial México S. A., 1949, pp. 219-221.

[8] ENGELS, Friedrich. Contribución a la Historia de la Liga de los Comunistas: <https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/1885-hist.htm>.

[9] MARX, Karl. La guerra civil en Francia. Introducción de Friedrich Engels: <https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gcfran/intro.htm>.

[10] ENGELS, Friedrich. Contribución a la Historia de la Liga de los Comunistas: <https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/1885-hist.htm>.

[11]  Ídem.

[12] La Liga de los Justos nació en París en 1836, resultado de una escisión de la Liga de los Proscritos, una sociedad de emigrados alemanes que, según Engels, no era sino “una rama alemana de las sociedades secretas francesas, y principalmente de la ‘Société des saisons’, dirigida por Blanqui y Barbès, con la que estaba en íntima relación”.

[13] MARX, Karl. Herr Vogt. Buenos Aires: Lautaro, 1947, p. 102.

[14] TROTSKY, León. Resultados y perspectivas: <https://www.marxists.org/espanol/trotsky/ryp/03.htm>.