El 25 de noviembre es el día mundial por la eliminación de la violencia a las mujeres. Instituida por la ONU en 1999, en homenaje a las hermanas Mirabal, asesinadas por la dictadura de Trujillo en la República Dominicana, la fecha sirve para llamar la atención del mundo sobre el impacto de la violencia en las vidas de las mujeres. Para las trabajadoras, además de ser un día de lucha contra la violencia y el machismo, también es día de rebelarse contra la explotación capitalista.

Por Secretaría de Mujeres del PSTU – Brasil

En todo el mundo, la violencia contra las mujeres crece de forma alarmante. Según la ONU, siete de cada diez mujeres ya fueron o serán violentadas en algún momento de la vida y una de cada cinco sufrió violencia física o sexual de sus compañeros en los últimos doce meses. Las mujeres son blanco de diversos tipos de violencia, desde la agresión verbal al femicidio, y la razón de esos crímenes es el machismo.

En el Brasil, cada dos minutos una mujer es golpeada, cada ocho minutos es violada y cada dos horas una es asesinada por la violencia machista. Somos el quinto país en el ranking de la violencia de género. En 2019, el femicidio creció 7,3%, fue el tercer año seguido de alza. Las mujeres negras son las principales víctimas, 66% de los femicidios son cometidos contra mujeres negras. Según el IPEA mientras la tasa de asesinatos de mujeres no negras creció 4,5% entre 2007 y 2017, la de mujeres negras subió 29,9%, revelando la combinación de machismo y racismo.

Además, el país es el campeón del transfemicidio: cada tres días una persona trans es asesinada, de ellas 94% se identificaba como mujeres. Sin hablar de los 66.000 casos de violación, 57,9% de ellos cometidos contra niñas de hasta 13 años, siendo que en 84,1% de los casos el criminal fue un conocido de la víctima, un familiar o persona de confianza, evidenciando la cultura de violación presente en nuestra sociedad.

Un sistema de opresión y explotación

Con la llegada de la pandemia, todo este cuadro de horror y violencia se agravó aún más. Las condiciones de aislamiento necesarias para contener el virus exacerbaron el convivio de muchas mujeres y niños con sus agresores y dificultaron los medios para buscar apoyo o escapar de la violencia.

En un país donde casi 40% de todas las muertes de mujeres ocurren dentro de casa y donde la tasa de asesinatos de mujeres fuera de casa subió 28% en 10 años, mientras los casos en casa aumentaron 38%, para muchas mujeres el peligro mora literalmente dentro de la casa.

Pero la pandemia no creó la violencia sino que evidenció la desigualdad y la opresión que las mujeres sufren en el interior del sistema capitalista y la incapacidad de este para poner fin al machismo y garantizar igualdad para las mujeres.

A pesar del discurso de que el virus es “democrático” y afecta a todos por igual, son los trabajadores y pobres, en especial los negros, los que más sufren las consecuencias de la crisis sanitaria y económica. Para las mujeres trabajadoras, los efectos de la pandemia han sido especialmente devastadores: creció la violencia, pero también aumentó el desempleo, la pobreza y la sobrecarga por los quehaceres domésticos, y dificultó aún más el acceso a los derechos sexuales y reproductivos.

Y son las mujeres negras las que más sufren. La combinación de explotación con la opresión machista y racista, hacen que todos los males del sistema capitalista recaigan con mayor peso sobre los hombros de la mujer negra.

Bolsonaro enemigo de las mujeres

El gobierno Bolsonaro no ha hecho nada para asegurar la vida de las mujeres, por el contrario, además de todo el discurso que refuerza el machismo y potencializa la violencia, viene poniendo en práctica un verdadero desmonte de las pocas políticas públicas de enfrentamiento a la violencia que existen.

A lo largo del año 2019, ni un centavo fue invertido en la red de asistencia a las mujeres víctimas de violencia y de los R$ 26.600 millones del Presupuesto de este año para las acciones de enfrentamiento a la violencia contra la mujer, hasta setiembre solo 6% habían sido gastados.

De los R$ 45 millones extras disponibilizados para el Ministerio de la Mujer a inicios de abril para acciones contra el Covid-19 para la población más vulnerable, incluyendo las mujeres, hasta el inicio de junio se gastaron solamente dos mil reales.

A pesar de los alertas internacionales, el gobierno no hizo nada para proteger a las mujeres en la pandemia, pero el presidente fue capaz de utilizar el aumento de los casos para justificar el fin de la cuarentena en el país.

La ministro Damares, además de pregonar la sumisión de la mujer y culpar a niñas por ser víctimas de violencia sexual, aún persigue a víctimas de abuso para evitar que ejerzan su derecho legal de abortar y ha hecho todos los esfuerzos para restringir todavía más el derecho al aborto.

El mismo gobierno que es incapaz de garantizar la vida de las mujeres que desean ser madres –el Brasil es el campeón de mortalidad materna por el Covid-19– condena a millares de mujeres a la muerte y a secuelas al tener que recurrir al aborto clandestino.

Basta de machismo y capitalismo

Vivimos un momento crítico en medio de la pandemia, en el cual el sistema capitalista demuestra toda su incapacidad para garantizar la vida de la clase trabajadora. En el Brasil, así como en el mundo todo, nuestras vidas son sacrificadas por los gobiernos en nombre de las ganancias de los capitalistas y frente a esta situación el sector que más sufre con las desigualdades del sistema es también el más afectado por la pandemia: las mujeres trabajadoras y pobres, y aún más las mujeres negras, sea por el aumento de la violencia y la sobrecarga del trabajo doméstico, el aumento del desempleo y de la pobreza, pero también por los ataques a los servicios públicos y a nuestros derechos.

La elecciones municipales evidenciaron el descontento y la disposición de lucha de los trabajadores para derrotar el proyecto reaccionario y genocida del gobierno Bolsonaro. La enorme votación en candidaturas con pautas identitarias (feministas, negras, LGBTs) expresó el ascenso de las luchas de los sectores oprimidos que ocurren en el mundo entero y en el país, como las recientes manifestaciones contra la violación “culposa” y el asesinato de Jõao Alberto.

Si por un lado esos votos son muy progresivos y mandaron un mensaje a Bolsonaro y la ultraderecha conservadora, por otro, no podemos ilusionarnos creyendo que es por medio de parlamento o eligiendo a más mujeres, más negros y más LGBTs que vamos a garantizar nuestros derechos y derrotar definitivamente a Bolsonaro. En ese sentido, es preciso fortalecer las calles.

Pero, para ser consecuentes en la lucha contra el machismo y la opresión, es preciso luchar también contra el capitalismo, pues es este sistema que genera la desigualdad y la opresión. Y para eso, no basta ser mujer ni “empoderada”, es preciso ser trabajadora y defender también los intereses de las mujeres trabajadoras, como guarderías, salario igual para trabajo igual, fin de la doble jornada, y que esos derechos no queden solo en el papel.

Unidad de la clase para luchar contra la opresión y la explotación
En el combate al machismo y la opresión, queremos y precisamos del apoyo de los hombres trabajadores, pues el machismo que oprime, humilla y sobreexplota a las mujeres sirve tanto para dividir y debilitar a la clase, como para aumentar la explotación sobre el conjunto de los trabajadores. En ese sentido, estamos en contra de todas las visiones sexistas contrarias a la batalla para que los hombres rompan con su propio machismo y vengan a luchar con nosotras.

Solo la derrota del capitalismo por la clase trabajadora puede asegurar el fin de la explotación y las condiciones para el fin del machismo y de toda opresión. Por eso precisamos organizarnos como clase trabajadora, con las mujeres al frente, para luchar contra el machismo y la violencia, combatiendo todos los preconceptos e ideologías que inferiorizan a la mujer, pero también para derrotar este sistema burgués capitalista que nos oprime y nos explota.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 24/11/2020.-

Traducción: Natalia Estrada.