“Mi tierra, mi tierra. Cuando yo vuelva, voy a pintar las paredes de mi casa como el rostro de mi novia”. Ese era un poema popular que mi abuelo entonaba en árabe mientras lloraba. Él había acabado de ser expulsado con mi padre de 13 años de edad, mi abuela, mis tíos. Son parte de los 800.000 palestinos que se tornaron refugiados en la limpieza étnica sionista que culminó en la formación del Estado del Israel como exclusivamente judío, el 15 de mayo de 1948 en 78% de la Palestina histórica: la Nakba (catástrofe), que hoy ya dura 73 años. Pero la resistencia heroica es permanente y se intensifica.

Por: Soraya Misleh

La aldea de la familia –entre cerca de quinientas de ellas– fue enteramente destruida en la ocupación violenta. Mi abuelo, mi abuela, mis tíos fueron enterrados sin poder retornar a su amada Qaqun, así como millares de otros palestinos. Mi padre, a los 86 años, mantiene esa idea viva, pero también los recuerdos de la Nakba, como una cicatriz que sigue a sangrar, ante la injusticia cometida con la complicidad de la llamada comunidad internacional y las armas del estalinismo. Sentimiento común entre los actualmente cinco millones de refugiados que esperan y luchan por el retorno, y millares en la diáspora. Mitad de los trece millones que forman la sociedad palestina enteramente fragmentada está fuera de sus tierras. Todos transmiten la memoria colectiva, identidad y sentimiento de pertenencia, de generación en generación. Todos enfrentan, de diferentes maneras, el apartheid, el racismo, la colonización y la limpieza étnica. Pero saben que por cada gota de sangre derramada, por cada uno que es martirizado, otros diez se levantan.

La Nakba continúa, pero la resistencia heroica e histórica se fortalece. Es lo que se ve en medio de la barbarie sionista, de Jerusalén a Gaza. Se extiende por las áreas ocupadas en 1948, lo el mundo llama hoy de Israel, y viven sobre sesenta leyes racistas un millón y medio de palestinos. Alcanza los campos de refugiados y, a partir de las fronteras con el Líbano y Jordania, se mueve oscilante el poder que les impide retornar a sus casas.

Palestina se une y desafía a sus poderosos enemigos –imperialismo/sionismo, regímenes y burguesía árabes–. Desafía la fractura impuesta por el colonizador. Desafía a la cuarta potencia bélica del mundo con las armas que tiene, y profundiza la decadencia del sionismo. Resistencia es existencia.

Más de 400 fueron heridos en los últimos días frente a la brutalidad israelí en Jerusalén (Al Quds en árabe), algunos en estado grave, incluso niños, muchos de ellos mientras rezaban y apoyaban en el interior de la Mezquita de Al-Aqsa a sus hermanos amenazados por la limpieza étnica en el barrio palestino de Sheikh Jarrah. Al-Aqsa es el tercer lugar sagrado del Islam, profanado bárbaramente por los sionistas.

Bajo el cerco israelí deshumano hace 14 años, los dos millones de palestinos en Gaza –80% refugiados de la Nakba– viven una nueva masacre, con más de 100 muertos y centenas de heridos, familias enteras destrozadas una vez más por las bombas que caen sobre sus cabezas. Su crimen es resistir, esta vez también levantarse en socorro de Sheikh Jarrah, el pequeño barrio que este 14 de mayo sufrió una embestida más por parte de los colonos racistas, que dispararon contra los palestinos. De los 2.800 moradores, 550 están amenazados de expulsión. Es un microcosmo de lo que ocurre en Palestina bajo ocupación, en muchos otros barrios y aldeas en la región, y en la Cisjordania bajo apartheid, en que las protestas se amplían.

Sheik Jarrah es la mecha para un pueblo que no soporta más la colonización, el apartheid que le impide respirar hace 73 años. Todos enfrentan la violencia sionista con el coraje de aquellos que saben que ningún Estado colonial y de apartheid dura para siempre. Saben porque luchan; su causa es justa, de la humanidad.

En estos 73 años de la Nakba, urge ampliar el llamado por boicot y embargo militar a Israel, cuyas armas son testadas sobre las cobayas humanas palestinas y después vendidas a los gobiernos para la criminalización de los trabajadores y trabajadoras, y para el genocidio del pueblo pobre, negro e indígena en el Brasil y en el mundo.

Fortalecer la solidaridad internacional efectiva, apoyando la resistencia heroica, es también luchar contra este sistema capitalista que tiene las manos sucias de sangre. Palestina libre, del río al mar, con el retorno de los millones de refugiados a sus tierras, es el grito de los oprimidos y explotados en todo el mundo.

Traducción: Natalia Estrada.