Se hizo evidente que la vacunación en masa es importante para limitar los efectos más nefastos de la pandemia, reduciendo notablemente los riesgos de internación y, sobre todo, de muerte (según los últimos datos provistos por el Instituto Superior de Salud, en Italia, casi 99 muertos de cada 100 no habían completado el ciclo de vacunación).

Por: Fabiana Stefanoni

Pero, como denunciamos más de mil veces, el modo como se conduce una campaña de vacunación hace diferencia: si se exageran números inexistentes (como hace el general Figliuolo), se reabren todas las actividades y se acaba con la obligatoriedad del uso de máscaras cuando tantos recibieron una única dosis y se relajan las ya escasas medidas de rastreo, los resultados obtenidos serán inevitablemente modestos.

Los datos actuales de la pandemia lo demuestran: en Italia, los nuevos contagios diarios registran números claramente altos (entre otras cosas con un número muy bajo de testes moleculares), las terapias intensivas están llenándose nuevamente (en gran parte por no vacunados), y la cantidad de muertos también volvió a crecer. En ese contexto, vimos algunas manifestaciones llenarse de “no vax” [grupos antivacuna] y “free vax” [grupos contra la obligatoriedad de vacunación], que fueron a la calles (la mayoría sin máscaras) para reivindicar “la libertad” de no vacunarse y para oponerse a la introducción del llamado Green Pass (y la “dictadura sanitaria”). En la mayoría de los casos se trata de manifestaciones promovidas, patrocinadas o hegemonizadas por la extrema derecha, sea esta institucional –Fratelli d’ Italia [Hermanos de Italia] y la Lega Nord [Liga Norte]–, sea extraparlamentaria (en Roma, la manifestación del 24 de julio fue dirigida por los neofascistas de la Forza Nuova [Fuerza Nueva]).

Un fenómeno heterogéneo

Si el negacionismo, entendido como fenómeno social, tiene una base esencialmente pequeñoburguesa, siendo el fruto envenenado de los ataques de los gobiernos burgueses a las condiciones de vida de las clases medias[1], el fenómeno de los “no vax” o “free vax” es más complejo. Fomentado y organizado sobre todo por las extremas derechas, como el negacionismo (el cual frecuentemente acompaña), la diferencia de este último es la mayor difusión entre las clases obreras y en los ambientes “de izquierda”, incluso con el apoyo activo de algunos sindicatos[2].

La idea de fondo que sostiene un poco a todos, la derecha como la izquierda, es la de que la vacuna sería peligrosa, o sus efectos (en el corto o largo lazo) desconocido y probablemente dañino para la salud, y que las campañas de vacunación de los gobiernos responderían a un proyecto oculto de la Big Pharma y de otras multinacionales de la industria farmacéutica. Si el presidente genocida del Brasil, Bolsonaro, se distingue por la originalidad del discurso –declaró realmente que quien se vacuna se arriesga a transformarse en un yacaré[3] y que contra el Covid es más eficaz y segura la cloroquina (sic!)– en los medios sociales se encuentran las teorías más locas: desde un metal detector que resuena sobre las espaldas de las personas vacunadas (de ahí, la teoría de la presencia del misterioso metal en las vacunas) hasta supuestos experimentos genéticos sobre la piel de los ingenuos que aceptan vacunarse.

Entre los argumentos más usuales está aquel de que las vacunas estarían aún en fase experimental y, así, serían desaconsejables. A todo esto se agrega la retórica de la defensa de las “libertades individuales” ya utilizadas por los “no mask” [que están contra el uso de máscaras], que no toman en cuenta el hecho de que la “libertad individual” de no vacunarse o de no usar máscara se traduce, inevitablemente, en un ataque a la libertad de los otros de no ser infectados.

Nos encontramos así en una situación paradójica, mientras en muchos países del mundo, del África al Asia y a la América Latina, las masas populares van a las calles para reivindicar su derecho a una vacunación en masa[4] –no olvidemos que en muchos países del mundo la vacunación está en 1 o 2% (en algunos países de África ni siquiera se inició)– en los países más ricos muchos se recusan a aceptar la vacunación.

Vacunación e intereses de la industria farmacéutica

Saludamos como una buena noticia la descubierta de las vacunas: aunque con pesquisa en tiempos muy cortos y no obstante la verificación de algunos (raros) efectos colaterales, abrieron la posibilidad de salir de la pandemia. Si eso aún no ocurrió es por responsabilidad de la industria farmacéutica y de los gobiernos: las patentes no se tornaron públicas y la vacunación en masa, como dijimos arriba, fueron acompañadas de una abertura irresponsable (sin considerar el hecho de que las fábricas casi no cerraron en ningún momento).

Big Pharma y las multinacionales de los fármacos tienen una gran responsabilidad: todas las empresas de capital privado pusieron la lógica de la ganancia por encima de los intereses de las masas[5]. Pero, recusar la vacuna porque la industria farmacéutica es –como es obvio en el sistema capitalista– funcional al lucro, es un razonamiento que no funciona. Las multinacionales automovilísticas, Stellantis al frente, son tal vez las más cínicas y corruptas de la historia del capitalismo: solo para hablar de algunas, contaminaron y devastaron el ambiente con las emisiones de CO2 y son las principales responsables por la catástrofe climática en curso, pero la solución correcta no es sugerir a las masas que eviten usar autos u ómnibus; la única vía que permite conciliar la producción de los medios de locomoción a motor con el ambiente está en la transformación de la industria automovilística en industria pública, y en la potencialidad del transporte público.

Un razonamiento análogo precisaría hacerse con las vacunas: la industria farmacéutica ciertamente no actúa para el bien de la humanidad, como demuestra la negación de hacer públicas las patentes. Si es verdad que frecuentemente los tratamientos y los remedios que son prescriptos responden a la lógica del mercado –basta pensar en aquello que generalmente ocurre en la salud privada, donde se prescriben curas contraproducentes a cambio de financiamientos públicos o privados– eso no significa que todos los tratamientos y todos los remedios son dañinos. La producción de vacunas constituye indudablemente un gran negocio para la industria farmacéutica, pero eso no implica que haya un interés en distribuir productos peligrosos, incluso porque los accionistas saben muy bien que eso incidiría [negativamente] sobre sus negocios.

Si las manifestaciones de los “no vax” llaman a las personas a no vacunarse y la Big Pharma a salir de Italia (y, tradicionalmente, los grupos de derecha se alinean contra las empresas solo cuando son italianas), nosotros explicamos a los trabajadores y trabajadoras que deben vacunarse y preservar su salud (y la de los otros) y que, al mismo tiempo, es necesario que la salud y la industria farmacéutica sean enteramente públicas. Por eso, reivindicamos la expropiación y nacionalización bajo control obrero de todas las industrias farmacéuticas (de las patentes, incluidas), el aumento del financiamiento a la salud, la requisa y la estatización de todos los hospitales privados, la gratuidad de los testes y de todos los tratamientos. Solo así será posible proceder rápidamente con la vacunación en masa, favoreciendo la más rápida salida de la emergencia sanitaria.

Confusión genera confusión

Los gobiernos capitalistas, que se presentan como grandes defensores de la salud pública financiando campañas mediáticas para la vacunación en masa, son los principales responsables por la actual situación. Para preservar los intereses de la gran industria y del mercado capitalista, de hecho no tuvieron ninguna política radical de cuarentena con subsidios y protección, ni siquiera en la fase más aguda de la pandemia: de ese modo, arrojaron agua en el molino de los negacionistas y de los teóricos de la conspiración. No es para asombrarse si el pequeño comerciante o el restaurante, que precisó cerrar su negocio por varias semanas y que vio que la fábrica cercana a su casa no cerró ni un solo día, comience a pensar que se trata de un complot contra él.

No es para asombrarse si, después de meses de informaciones contradictorias, las masas comiencen a desconfiar de cualquier información. Primero, se convida a todos a volver a la normalidad porque la emergencia “acabó”, enseguida, cuando las unidades de terapia intensiva y los cementerios están llenos, recomienzan a temer la emergencia; mientras se crea la alarma para la difusión de la variante Delta, se proclama a Italia como “Zona Blanca” y se acaba con la obligación del uso de máscara en espacios abiertos; mientras se pone a la población sobre aviso con la preocupante difusión de la variante en Gran Bretaña, se proyectan las imágenes de los estadios llenos justamente en Gran Bretaña. Para no hablar de las insistentes campañas mediáticas contra la “terrible” vacuna AstraZeneca, probablemente incitada por la Pfizer y otros productores (de hecho fue comprobado que en porcentajes las muertes son mayores después de la vacunación con la Pfizer que con la AstraZeneca), de que es incluso una vacuna con muchas limitaciones y que protege menos que otras.

El mismo Green Pass es una medida contradictoria, para estigmatizar, pero por motivos opuestos de aquellos indicados por las manifestaciones reaccionarias de estos días. El Green Pass es la otra cara de la moneda de las políticas del “libera todo”: sirve para abrir aún más, en un momento en el cual, al contrario, es necesario mantener un gran cuidado. Permitir aglomeraciones, no solo en espacios abiertos (donde se permite hacer aquello que se quiere hacer sin el uso de máscara), sino también en los espacios cerrados con el simple resultado negativo de un teste rápido o con una sola dosis de vacuna, significa prepararse para un nuevo y dramático aumento de los contagios. Si ya en el siglo pasado la pauperización de las masas fue terreno fértil para la difusión de ideologías reaccionarias –pensemos solo en la popularidad del antisemitismo en Alemania– las características del capitalismo en la época actual fomentan nuevamente la difusión de miedos irracionales.

La exigencia de producir y vender en plena pandemia, directamente asociada a la utilización de la publicidad para favorecer los intereses capitalistas, crea un efecto gaslighting[6] sobre las masas proletarias y pobres. En la televisión y los noticieros y talking shows que hablan sobre el aumento de las muertes y de los contagios son intercaladas publicidades que nos induce a creer que la situación sanitaria está “normal”. Para vender las mercaderías y tener ganancias, el capitalismo precisa engañar a las masas con un mundo ilusorio. El resultado es un efecto de extrañeza que no puede más que favorecer la difusión de miedos irracionales. Por eso, es hipócrita y vergonzoso que hoy la Confindustria, que tiene las manos sucias de sangre –sea por los obreros muertos o con secuelas del Covid en los lugares de trabajo, sea por la dinámica del mercado que acabamos de describir– se levanta como el paladín de la salud pública reivindicando el derecho de despedir a quien no se vacune.

Al contrario de aquello que dicen los teóricos de la conspiración de extrema derecha, no existe ninguna “dictadura sanitaria”: la única real “dictadura” es la del lucro capitalista que puede, eventualmente, decidir dejar a todos libres para hacer aquello que quieran (si eso favorece la compra-venta de mercaderías), o viceversa, aumentar las políticas restrictivas (por ejemplo, durante el piquete obrero que impide el flujo de mercaderías).

El camino de salida

El capitalismo es un sistema económico en profunda decadencia. En una fase de emergencia sanitaria no puede sobrevivir sin provocar la muerte cotidiana de millares de personas. La ausencia, a los ojos de las masas, de una alternativa a este sistema las induce a dar crédito tanto a teorías bizarras como reaccionarias. Fingir que es posible mejorar dentro de un sistema podrido –como hacen los reformistas de todas las vertientes– contribuye solo a fomentar los miedos irracionales. Es por eso que el único camino real es aquel que pone a la orden del día la destrucción del sistema capitalista y la construcción de una economía socialista, que socialice los medios de producción –incluso las multinacionales farmacéuticas– creando las premisas materiales para una vida digna y racional. Es necesario recuperar la confianza de la clase obrera en sí misma, lo que hoy, después de décadas de traiciones por parte de sus direcciones reformistas (sindicales y políticas), en gran parte le falta.

A diferencia de algunas organizaciones que ven con simpatía las movilizaciones “no” y “free” vax de estos días, nosotros pensamos que la salida está en el retorno de las luchas obreras, en el fortalecimiento de la independencia de clase, en la construcción de una alternativa que parta de las huelgas en las fábricas y llegue hasta la conquista del poder político. Para eso, es más que urgente construir un partido revolucionario con influencia de masas, que sepa plantear estas tareas para sí mismo. Muchas movilizaciones revolucionarias están en curso en muchos países del mundo, de América Latina a Túnez; el viento de la lucha de clases también soplará rápido por aquí. Incluso en nuestro país no faltan importante luchas obreras, la de las trabajadoras y los trabajadores de Alitalia, la de los obreros de la Gkn; de la Gianetti, de la logística: sobre ellas debemos apoyarnos, incluso para oponernos a la difusión de ideologías reaccionarias.

Parafraseando a Trotsky, si es verdad que una vez en las fases de reflujo de la lucha de clases, en la conciencia de las masas emergen “preconceptos y supersticiones”, es, no obstante, verdad que los procesos moleculares que ocurren entre las masas sanan rápidamente las heridas de los viejos conflictos y, de ahí a poco, “la lucha de clase recomienza en un nivel más elevado”[7]. Nosotros daremos nuestra contribución para que las cosas marchen efectivamente de ese modo.

Notas:

[1] Nos referimos a la lectura de un artículo de 2020: partitodialternativacomunista.org/politica/nazionale/covid-e-piccola-borghesia-impoverita

[2] Es el caso por ejemplo de algunos sectores del sindicalismo de base de Turín y otras ciudades, que llegaron incluso a organizar y llevar a las calles a los trabajadores de la salud contrarios a la vacunación.

[3] https://www.ansa.it/sito/notizie/mondo/2020/12/18/covid-bolsonaro-ironizza-sul-vaccino-pfizer-se-diventi-un-alligatore…_924ede31-1454-4177-b902-0ee66ba9cf6f.html Es por eso que en el Brasil, durante las grandes manifestaciones de estos meses por la salida de Bolsonaro, muchos manifestantes en señal de protesta fueron a las calles vestidos de yacaré.

[4] https://www.partitodialternativacomunista.org/politica/internazionale/brasile-dopo-il-29-maggio-continuare-la-lotta-fino-a-sconfiggere-bolsonaro

[5] https://www.partitodialternativacomunista.org/politica/nazionale/big-pharma-miliardi-di-profitti-sulla-salute-dei-lavoratori

[6] La palabra gaslighting deriva de una obra teatral de los años ’30, Gaslight (existe también un antiguo filme basado en ella): un marido induce a la esposa a la locura manipulando elementos del ambiente, haciéndole creer que es todo fruto de su imaginación. La pobre esposa, al no comprender más dónde está la verdad, pierde la cabeza.

[7] Es una referencia a un fragmento de la Historia de la revolución Rusa, de Trotsky, cap. “El proletariado y los campesinos”.

Artículo publicado originalmente en italiano, en partitodialternativacomunista.org
Traducción al portugués: Nívia Leão.
Traducción del portugués: Natalia Estrada.