Túnez se vio sacudida en las últimas semanas por una ola de protestas que tuvo como epicentro la región de Kaserine, la más pobre del país junto con Sidi Bouzid. Kaserine tiene una tasa de paro de alrededor de 30%, más que el doble de la media del país (15%). Según Santiago Alba Rico, “la revuelta de Kasserine se ha extendido a Sidi Bouzid, Tala, Meknassi, Kairouan, las regiones donde nació la revolución en 2011, y ha alcanzado luego, como una onda explosiva, el norte y el sur, hasta cubrir el conjunto del país.”[1]

Por: Gabriel Huland

En esta región se encuentra la cuenca minera de Gafsa, productora de fosfato, que es junto al turismo y el petróleo, la principal actividad económica del país. El detonante de las protestas fue, así como en la revuelta minera de 2008 y la revolución de 2011, una acción individual desesperada de un joven en el paro. Ridha Yahyaoui, de 26 años, se subió a una torre eléctrica y murió electrocutado en protesta contra la remoción de su nombre, por parte de las autoridades de Kaserine, de una lista de personas que accederían a unos puestos de trabajo públicos.

El paro no ha dejado de subir desde el estallido de la revolución que derrocó a Ben Ali en 2011 y después de dos gobiernos “post revolución”, uno del partido islamista Ennahda y el actual, una coalición entre Nidaa Túnez (un partido “laico” formado por antiguos representantes del régimen dictatorial) y el mismo Ennahda. El 15% de la población económicamente activa está en el paro, un tercio de los cuales son jóvenes universitarios recién graduados. En 2010 la tasa de paro rondaba el 12%.

Tanto Ennahda como Nidaa Túnez, en sus distintos turnos al frente del ejecutivo, han gobernado sin cambiar un milímetro la estructura económica dependiente y desigual del país, la corrupción de los viejos “caciques”, la falta de inversión en los servicios públicos y la desigualdad social entre ricos y pobres. Han firmado acuerdos con el FMI y el Banco Mundial que solo han sofocado aún más la estancada economía tunecina. La deuda pública llega a 60% del PIB y el déficit público roza el 5%. Desde 2011, han entrado en el país más de 3.000 millones de euros en préstamos que al revés de utilizarse para amenizar el sufrimiento del pueblo, irán para atar la economía a los intereses de la banca internacional mediante el nefasto mecanismo de la deuda pública. El FMI impone, a cambio de los préstamos, la aplicación de duras políticas de austeridad.

La primera reacción del presidente Beji Caït Essebsi fue pedir calma a la población, después prometió crear milagrosamente en pocas semanas cerca de 5.000 nuevos puestos de trabajo, aparte de establecer el toque de queda. Por último, introdujo secretamente dentro de las protestas, según distintos grupos de activistas tunecinos, grupos de matones pagados para llevar a cabo acciones de vandalismo. El objetivo es criminalizar la lucha y vincularla a los últimos atentados terroristas. De momento la situación se ha calmado, pero nadie puede asegurar que no vuelvan a ocurrir enfrentamientos en las próximas semanas.

Essebsi, que antes ya había presidido el país por un corto periodo, inmediatamente después de la caída de Mohamad Ghannouchi (que había sucedido a Ben Ali) en febrero de 2011, es un político fuertemente vinculado al antiguo régimen. Está al frente de un ejecutivo formado conjuntamente con Ennahda. Al asumir el gobierno fijó las siguientes prioridades: ley antiterrorista, acuerdos de financiación con instituciones internacionales, políticas de desarrollo y contención de los precios – la inflación es de casi 6% (El País).

Por detrás de las recientes protestas se notan los mismos factores que ocasionaron los ascensos de 2011 y 2008. Así como en la revolución tunecina, la falta de liderazgo y su carácter espontáneo marcan la situación actual.

La UGTT y el Frente Popular bloquean la movilización obrera y popular

La UGTT es la principal central sindical de Túnez. Durante la revolución jugó el triste papel de contener las protestas y actuar como valla de contención entre las masas y el régimen de Ben Ali. El 17 de enero nominó 3 representantes a un gobierno presidido por un antiguo primer ministro del dictador (Ghannouchi). La decisión provocó una verdadera rebelión en sus bases que obligó la dirección de la central a cambiar de posición, salir del gobierno y presentar la propuesta de formar el “Consejo nacional de protección de la revolución” (CNPR). Lejos de funcionar como un contrapoder al régimen, el CNPR operó más bien como una camisa de fuerza a los comités locales que habían surgido espontáneamente durante los primeros meses de la revolución.

Desde el CNPR, la UGTT apoyó el gobierno del mismo Essebsi, presidente del país actualmente, que había sucedido a Ben Ali tras su renuncia, y empezó a negociar una transición respetando integralmente la legitimidad del gobierno interino. Essebsi creó entonces un nuevo organismo, de carácter consultivo, la Alta Instancia, incorporando la UGTT y el CNPR.

Durante las protestas actuales, la UGTT se hizo eco de los llamamientos del gobierno a la calma, así como reiteró que la prioridad nacional debe ser el combate al terrorismo. La UGTT acaba de firmar un acuerdo, llamado “contrato social”, con el sindicato patronal que prevé dimisiones y cambios en la legislación laboral.

Por su parte, el partido opositor de izquierdas más importante, el Frente Popular, creado en 2012 en el marco de la revolución, se limitó a hacer propuestas al gobierno de Essebsi, actuando de esta forma como mero consejero del ejecutivo. Se trata de una organización similar a Syriza y Podemos, en Grecia y el Estado español, tomando obviamente las debidas proporciones. Dominique Lerouge, miembro del NPA francés, lo describe de la siguiente manera en un artículo publicado en la web Rebelión en mayo de 2015.

Tras una primera tentativa efímera tras el 14 de enero de 2011, lo esencial de las fuerzas de izquierda se reagrupó en octubre de 2012 bajo el nombre de Frente Popular. Se reagruparon en él formaciones provenientes del marxismo-leninismo, del trotskismo, del nacionalismo árabe y de la socialdemocracia. Por otra parte, una gran número de militantes, hombres y mujeres, del Frente están personalmente implicados en la UGTT, la UGET (sindicato estudiantil) y diversas asociaciones. El Frente tiene como aglutinante una tradición de lucha en común de sus fundadores contra la dictadura de Ben Alí, incluso de Burguiba, una voluntad de acabar con la tradición de dispersión de la izquierda así como de lograr las reivindicaciones sociales de la revolución. La principal orientación inicial del Frente fue combatir simultáneamente a las dos corrientes neoliberales que pugnaban por el poder entonces: los islamistas de Ennahda (que dirigía el Gobierno en 2012-2013) y los “modernistas” de Nida Tounes que querían sucederle.[2]

Desgraciadamente están perdiendo una gran oportunidad de reactivar de manera organizada y planificada una segunda fase de la revolución. El papel de un partido revolucionario debe ser el de acompañar a los trabajadores tunecinos en su experiencia con el actual régimen neoliberal y burgués encabezado por el gobierno de coalición entre Nidaa Túnez y Ennahda, por un lado, impulsando y dotando las luchas de un programa anticapitalista, por el otro, y no el de aconsejar el gobierno para “estabilizar la situación”. Al contrario de impulsar las movilizaciones y la auto organización de las masas, actúan para desviar el proceso hacia las elecciones. Esto ocurre a causa de su carácter eminentemente electoral. Al llevar las aspiraciones de cambio de las masas oprimidas al callejón sin salida de las elecciones, que se tratan de un terreno dominado por el poder económico y los grandes capitales, siguen los pasos de Syriza en Grecia. El resultado ya lo conocemos.

El Frente Popular eligió cerca de 15 diputados en las últimas elecciones realizadas en 2014. Han tenido importantes votaciones en las regiones más pobres del país, donde se iniciaron las revueltas que originaron la “primavera árabe”, y en Ben Arús, región de la capital que aglutina el principal polo industrial del norte del país.

El actual gobierno está formado, como dicho antes, por una coalición entre dos partidos burgueses. Nidaa Túnez, una organización que representa el antiguo régimen reciclado, y Ennahda, más vinculada al islamismo político, fortalecido tras la victoria de los ayatolás en Irán. Ennahda fue el partido que mejor “capitalizó” en un primer momento la reapertura democrática del país, ganando las primeras elecciones después de la caída de Ben Ali. A raíz de su proyecto económico neoliberal que en muy poco difiere de lo que Ben Ali ya aplicaba anteriormente, perdió una parte importante de su base electoral, pasando a ser la segunda fuerza política.

La vía tunecina

Túnez es un caso particular dentro de las revoluciones denominadas “Primavera Árabe”. La enorme mayoría de los analistas políticos y de los partidos de izquierda opina que en Túnez “la revolución triunfó”. Esta visión está totalmente equivocada. Es cierto que en Túnez, al contrario de Libia, Egipto y Siria, la revolución logró cambiar el régimen, aunque no logró cambiar la naturaleza de las relaciones sociales en el país, ya que la economía sigue dominada en última instancia por el imperialismo, sobre todo el europeo, apoyado en una débil clase propietaria tunecina.

El antiguo régimen, los imperialismos europeo y norteamericano, y las fuerzas islamistas han conseguido pactar una salida distinta al proceso. La instauración de una democracia burguesa extremadamente débil y limitada, pero que significó en su momento una conquista importante después de más de 30 años de dictadura militar: la realización de elecciones más o menos libres. Unas elecciones dominadas por el poder económico y por los viejos aparatos, pero que por lo menos permitieron a algunos grupos de izquierda e independientes presentarse de forma autónoma. No por acaso el Frente Popular obtuvo 15 escaños en las pasadas legislativas.

Las elecciones generaron inevitablemente un periodo de ilusión y tregua en las masas que protagonizaron la revolución de 2011. Sin embargo, al no resolver los reales problemas que asolan el país (la pobreza, la corrupción, la represión y la desigualdad) no representó, en los hechos, una salida de fondo a las aspiraciones de la inmensa mayoría de la población, sobre todo los trabajadores más miserables y las clases medias empobrecidas. El componente generacional cumplió un papel muy importante y el uso de las redes sociales también no deben ser menospreciados. Esta herramienta que denominamos “reacción democrática” fue utilizada en otros procesos revolucionarios en las últimas décadas, sobre todo en América Latina, pero también en otras partes del mundo.

Las recientes protestas apuntan a un mayor recrudecimiento de la conflictividad social en el pequeño país mediterráneo. ¿Hasta cuando los trabajadores van a esperar? ¿Cómo reaccionarán las fuerzas de izquierdas que se reivindican herederas de la revolución? Estas son las grandes cuestiones a responder.

  • ¡Por la nacionalización de las minas de fosfato!
  • ¡No al pago de la deuda externa al FMI, BM y la banca internacional!
  • ¡No a los planes de austeridad! ¡Por un plan de emergencia social que cree empleo, aumente los salarios y asegure derechos básicos a toda la población!
  • ¡Contra la represión a los que luchan!
  • ¡Prisión a los corruptos y nacionalización de las empresas corruptas!
  • ¡Fuera Essebsi! ¡Fuera Nidaa Túnez y Ennahda!
  • ¡La revolución tunecina continúa!

[1] http://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/01/22/kasserine-otra-vez-la-revuelta/8085

[2] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=204071

Artículo publicado en: www.corrienteroja.net