Recientemente, Canadá volvió a ser noticia en el mundo entero. Decenas de Iglesias católicas están siendo atacadas, y por lo menos ocho ya fueron incendiadas. Los responsables son desconocidos hasta el momento, pero ese proceso parece tener relación con otra noticia de impacto en el país: los terribles descubrimientos, desde mayo, de 215 tumbas ocultas de niños indígenas en el internado católico/gubernamental cerrado desde la década de 1970, localizado en la ciudad de Kamloops, en la provincia de British Columbia, en la costa oeste del país. Hasta el momento en que este texto fue cerrado, fueron descubiertas casi 1.500 tumbas en otras escuelas, con restos mortales de niños de a partir de tres años de edad.

Por: Miki Sayoko

Las familias están encontrando pruebas, de la peor forma posible, de que hace mucho tiempo ya se sabía sobre el destino de hermanos, tías, hijas y primos desaparecidos. Esa sería una terrible noticia en cualquier época y cualquier contexto, pero se hace aún peor porque, por amarga ironía, junio es, desde 2009, el Mes Nacional de la Historia Indígena en el Canadá. Y considerando que la Iglesia católica aún no pidió disculpas formalmente por el papel dirigente que cumplió en esa masacre, y sus organizaciones se niegan a abrir sus archivos para ayudar con las investigaciones, parece probable que la juventud de las Primeras Naciones esté tomando la cuestión en sus propias manos, al final, ocho de las Iglesias incendiadas están localizadas en territorio indígena.

Lamentamos profundamente el dolor de aquellos que perdieron seres queridos, especialmente la nación Tk’emlúps te Secwépenc, en cuyas tierras está la ciudad de Kamloops, y nos solidarizamos con su lucha, que fue lo que posibilitó encontrar la cueva colectiva, a pesar de los esfuerzos del gobierno canadiense por esconder el pasado. Lo que deben haber sentido es inimaginable. No obstante, humildemente creemos que esa tragedia encierra una serie de lecciones importantes para que los pueblos originarios en todo el mundo, así como la clase trabajadora y los demás sectores oprimidos, puedan impedir que ella se repita.

Para la mayor parte del mundo, Canadá pasa una imagen, en general, bastante positiva. Con un índice de desarrollo humano elevado, una de las mayores economías industriales del mundo, varias políticas de bienestar social muy significativas y el primer lugar en el mundo en número de adultos con educación superior, el enorme país de América del Norte difícilmente ocupa los noticieros de otros países con noticias horrendas como esta. Por el contrario, el estereotipo del canadiense en los medios es el de una persona amable, educada y pacífica, ciudadano de un país de tradición democrática y multicultural.

La realidad, como siempre, es más compleja que eso. En política externa, Canadá es una nación tan imperialista como su primo más agresivo del sur. El país estuvo al lado de los Estados Unidos en la Guerra de Corea, fue parte de la coalición que invadió Irak en la primera guerra del Golfo, ayudó a invadir Afganistán (aunque no haya tenido participación en la segunda invasión a Irak) y a bombardear Libia, y fue parte de las tropas de “paz” de la ONU, ocupando la antigua Yugoslavia, Somalia y Ruanda, entre otras. Multinacionales canadienses, particularmente mineras, explotan a países semicoloniales como Namibia, Chile, Brasil y las Filipinas.

Internamente, Canadá tampoco es la utopía que acostumbra ser pintada. La educación pública es paga con altísimas mensualidades y hay una deuda estudiantil acumulada de más de 15.000 millones de dólares. La tasa de desempleo oficial es de cerca de 8,1%, y la real es significativamente mayor, cerca de 20%, ya que hay diversas modalidades de trabajo temporario, precarizado y sin protección. Antes de la pandemia de Covid-19, oficialmente cerca de 10% de la población vivía por debajo de la línea de pobreza, lo que ciertamente aumentó mucho. La industria canadiense está basada en el extractivismo, y enormes corporaciones madereras, mineras y petroleras causan enormes estragos al medio ambiente y a los territorios de los pueblos originarios.

La política “multicultural” oficial del gobierno de Canadá, que atrae a centenas de millares de inmigrantes todos los años, tampoco es bien lo que parece. Apenas cerca de 18% de los inmigrantes son considerados permanentes, con todos los derechos de los demás ciudadanos canadienses; la mayoría son “residentes temporarios”, sin garantía de permanencia por mucho tiempo y con varias restricciones. Los inmigrantes tienen los empleos más precarios y los peores salarios, lo que es empeorado por el hecho de que el gobierno no reconoce prácticamente ningún diploma extranjero, estimulando una especie de “industria del diploma” en la que los migrantes son obligados a volver a las universidades locales (pagando mensualidades altísimas, naturalmente) para poder ejercer funciones para las cuales ya tienen años de formación y experiencia en sus países de origen. Hay diversos casos de xenofobia, incluso violenta, contra migrantes.

No obstante, en ningún aspecto la contradicción entre la imagen paradisíaca del Canadá y su realidad es tan evidente como en la relación genocida del Estado canadiense blanco con los pueblos originarios del país. Los indígenas sufren de tasas de encarcelamiento desproporcionadas, sus regiones son las más empobrecidas del país, y sus mujeres son las principales víctimas de asesinatos, violaciones y desapariciones (y los casos raramente son resueltos o siquiera propiamente investigados por la policía).

Un joven de las Primeras Naciones, Inuit o Métis (los tres grandes grupos de indígenas canadienses) tiene tres veces más chances de suicidarse que un joven blanco, con tasas de suicidio entre las más altas del mundo. Y, como muestra el reciente descubrimiento en Kamloops, esa es una cuestión estructural, profundamente arraigada en la historia del país. Como dijeron varios posteos en redes sociales, en los últimos días: “¡Paren de decir que este es un capítulo sombrío de la historia del Canadá! ¡Todo el enredo del Canadá siempre fue el genocidio indígena!”.

Los detalles son controversiales, pero la mayoría de los académicos concuerda que los primeros seres humanos llegaron al norte del continente americano hace por lo menos 20.000 años atrás, descendieron hace 14.000 años a la región que hoy es el Canadá, y allí constituyeron centenas, tal vez millares de culturas diferentes.

Hubo contactos anteriores, pero la relación con Europa se torna una constante con la onda de explotación y colonización del siglo XV en adelante, que fue bastante sangrienta. Aunque haya sido menos violento que la relación entre los colonizadores del actual Estados Unidos con sus pueblos originarios, de los españoles con los Aztecas, o de los portugueses con los indios brasileños, es bastante ilustrativo el hecho de que, de las cerca de 600 lenguas que existían en el territorio, hoy resten alrededor de 70, de las cuales apenas tres (Cree, Ojibwa e Inuktitut) tengan hablantes fluentes en cantidad suficiente para sobrevivir. De la misma forma, habían entre 2.000.000 y 2.500.000 indígenas antes de la llegada de los europeos; se estima una reducción de entre 40 y 80% de la población originaria en los primeros cien años. En el censo de 2016, había 1.673.785 canadienses autodeclarados indígenas, solo 4,9% del total de habitantes del país.

Esa mortandad ocurrió de varias formas. Más allá de repetidos brotes de enfermedades europeas para las cuales los indígenas no tenían inmunidad, como el sarampión y la viruela, hubo también un proceso de esclavitud (2/3 de los esclavizados en el Canadá eran indígenas) y diversas guerras, sea entre los propios pueblos indígenas, sea contra franceses, británicos y estadounidenses, sea aliados a un grupo de colonizadores contra otro.

Y hubo también un amplio y largo proceso de asimilación forzada y genocidio cultural, apoyado en distintas leyes e instituciones, estatales o no. Los pueblos originarios tuvieron sus lenguas, costumbres y religiones perseguidas, sus lazos familiares cortados y sus actividades de sustento tradicionales dificultadas, y con eso, fueron poco a poco siendo absorbidos por la etnia dominante, en un proceso que recuerda mucho al “blanqueamiento” del Brasil o de la Argentina, o lo que ocurrió con los Ainus en el Japón, o los Sépmi en el norte de Europa. Ese proceso tenía como lema la frase “matar al indio desde niño” y tuvo muchas expresiones, de las cuales los “internados indígenas” no es la única, pero es la más conocida y posiblemente la más cruel. Desde el inicio de la colonización europea hubo tentativas de “civilizar” a los pueblos originarios a través de escuelas, generalmente organizadas por iglesias, pero fue luego de la Guerra de 1812 que ese proceso se aceleró, con un gran salto dado a partir de la aprobación, en 1876, del “Acto de los Indios”, una amplísima ley que establecía la competencia exclusiva del gobierno federal del Canadá para legislar sobre los pueblos originarios, sus territorios, sus vidas, su sistema de salud y educación y mucho más, además de establecer quién es considerado “indio”, sus derechos y deberes. Esa ley continúa en vigencia y aún genera muchas polémicas, como el hecho de aplicarse exclusivamente a los indígenas de las Primeras Naciones y excluir a los Métis, Inuits y otros pueblos. No obstante, fue muy enmendada y algunos de los fragmentos más grotescos fueron retirados, como, a partir de 1894, la obligatoriedad de que todos los niños indígenas frecuentasen los “internados”.

Esas escuelas eran verdaderos campos de concentración infantiles, financiados por el gobierno y dirigidos por varias denominaciones cristianas. Especialmente la Iglesia católica. Los estudiantes sufrían todo tipo de abusos por parte de profesores y directores, desde violencia física hasta agresión sexual, pasando por ser usadas como cobayas en experimentos “científicos” sin saber, al estilo de la Alemania nazi. Las condiciones sanitarias y de alimentación eran terribles, y eran comunes los brotes de gripe, de tuberculosis, con altas tasas de fatalidad.

Como el dinero del gobierno era muy poco, muchas escuelas dependían del trabajo forzado (y no remunerado) de los estudiantes para bancarse. El gobierno llegó al punto de hacer experimentos científicos con los niños presos. Buena parte de los registros fue destruido por las autoridades, pero hay al menos 3.201 muertes conocidas, y el número puede llegar a más de 6.000 –una tasa de mortalidad de por lo menos 1/150, comparable a la de los prisioneros de guerra durante el régimen de Hitler–.

Como si no bastase la violencia física, los niños eran también atacados por una intensa violencia étnico-cultural. Tenían prohibido usar sus idiomas (incluso fuera del aula), obligados a participar de ceremonias religiosas cristianas, recibían una educación de bajísima calidad, volcada básicamente al trabajo brazal. El gobierno imponía todo tipo de obstáculos a las visitas por parte de las familias, que frecuentemente quedaban meses y hasta años sin conseguir ver a sus hijos y nietos. Muchos no conseguían reintegrarse a sus pueblos ni conseguían ser asimilados a la sociedad blanca, quedando crónicamente desempleados.

Hubo mucha resistencia desde siempre, con muchas de las familias negándose a entregar a sus hijos (y frecuentemente siendo obligadas por la policía a hacerlo), pero la lucha contra esa política genocida da un salto hacia finales de los años 1960, cuando diversas naciones indígenas, usando métodos radicalizados como piquetes, bloqueos de autopistas y ocupaciones de tierra y de escuelas, fueron tomando el control de ellas. Algunas, como la primera, Blue Quills, se tornaron universidades indígenas que aún hoy existen, pero la enorme mayoría fue cerrada; la última, en la provincia de Saksatchewan, cerró sus puertas y fue demolida solo en 1996.

En 1969, el gobierno de Pierre Trudeau (padre del actual primer ministro, Justin Trudeau) divulgó un documento escandaloso conocido como “Libro Blanco”, en que proponía abolir todas las legislaciones existentes sobre las Primeras Naciones para asimilar a los indígenas como ciudadanos “iguales” a los del resto del Canadá, destruyendo las reservas indígenas y convirtiendo sus tierras en propiedad privada, entre otros absurdos. El Libro Blanco causó un enorme ultraje y fue abandonado en 1972, aunque muchos en el país consideren que la política expresada en él continúa siendo aplicada, y que la asimilación es el proyecto de largo plazo del gobierno del país.

En los años siguientes, presionados por la creciente lucha de los pueblos originarios, algunas de las instituciones responsables fueron forzadas, aunque de manera muy parcial, a reconocer y reparar los daños causados a las naciones indígenas. La iniciativa más importante probablemente fue la Comisión de la Verdad y Reconciliación establecida por el gobierno del Canadá, que duró entre 2008 y 2015 y reconoció que el gobierno canadiense cometió genocidio cultural, pero no “consiguió” comprobar que hubo genocidio físico y biológico.

El descubrimiento de las 215 tumbas en Kamloops el 28 de mayo desenmascaró ese discurso mentiroso y desencadenó una avalancha de descubiertas semejantes. Solo seis después, el 4 de junio, investigadores y la nación Sioux Valley Dakota anunciaron la descubierta de más de 100 tumbas en la escuela Brandon, en la provincia de Manitoba, y el 25 de junio, el pueblo Cowessess encontró, usando la misma tecnología que los Secwépenc, más de 751 tumbas ocultas en la escuela de Marieval, en la provincia de Saksatchewan. Hay por lo menos tres antiguas escuelas más siendo investigadas en este momento, y todo indica que surgirán muchas más.

La situación conmovió al país. Hubo decenas de manifestaciones por todo Canadá, que fueron desde colocar centenas de pares de zapatos (uno por cada niño encontrado en Kamloops) frente a edificios públicos e iglesias, hasta ataques a monumentos de figuras dirigentes del sistema escolar genocida, como John McDonald y Egerton Ryerson, cuya estatua frente a la universidad que lleva su nombre, en Toronto, fue derribada y decapitada (la cabeza fue posteriormente espetada en una lanza en una tierra que está siendo disputada entre un grupo indígena conocido como Seis Naciones y el gobierno). En el Día del Canadá, aniversario de la unificación de los territorios británicos en la región y principal feriado del país, fueron destruidas estatuas de las reinas Victoria y Elizabeth II. Hubo también el quite de nombres de otros arquitectos del sistema en varias ciudades del país y decenas de marchas y caravanas, además, claro, de los incendios en las iglesias.

El capitalismo es incapaz de existir sin practicar genocidios. De los Yanomami en el Brasil a los Rohingya en Myanmar, de los Uigures en la China a los Romaní en buena parte de Europa, de los musulmanes en la India a los palestinos en el Medio Oriente, la burguesía precisa, para sobrevivir como clase, exterminar pueblos y destruir sus lenguas y culturas en la búsqueda interminable por la extracción de cada vez más plusvalía. En nombre del “progreso” –en verdad, de la expropiación de los recursos naturales y de forzar la división entre los oprimidos–, verdaderas masacres fueron y son realizadas por la clase dominante en todos los países, si no en su propio territorio en algún país semicolonial que dominan.

El Canadá de Justin Trudeau, a pesar de su imagen “pacífica” e “inofensiva” es parte integrante de eso. No habrá fin al genocidio, de las Primeras Naciones, de los Inuit y de los Métis, sea abierto o velado, mientras este sistema no sea abolido en todo el mundo por una revolución de la clase trabajadora y sus aliados, con las nacionalidades oprimidas en la vanguardia, y una nueva sociedad socialista, controlada por los de abajo, se erija en su lugar.

Referencias

https://www.thestar.com/opinion/contributors/2021/02/17/the-polite-xenophobia-compelling-canadas-ever-tighter-travel-restrictions.html

https://www.tamarackcommunity.ca/latest/updates-to-canadas-official-poverty-line-and-the-dimensions-of-poverty-hub

CANADIAN FEDERATION OF STUDENTS, Student Debt in Canada: Education shouldn’t be a debt sentence. https://cfs-fcee.ca/wp-content/uploads/2018/10/Factsheet-2015-05-Student-Debt-EN.pdf

https://www.channelnewsasia.com/news/world/fires-destroy-two-more-churches-in-canada-indigenous-communities-15101228

Traducción: Natalia Estrada.