Las multitudes tomaron de nuevo las calles en todo el país el pasado día 28 para protestar contra la muerte de 13 manifestantes en la capital Saná durante el día anterior y exigir la renuncia inmediata del presidente Ali Abdullah Saleh, incluso tras la presentación del plan del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).


Las protestas en Yemen, el país árabe más pobre, comenzaron en enero, cuando el ejemplo de la revolución en Túnez hizo que se desencadenaran manifestaciones  de masas contra Saleh, en el poder desde hace 32 años. Desde entonces, el presidente está alternando promesas conciliadoras, como no concurrir a la reelección en el 2013, con una violenta represión.

Este proceso tuvo un punto de inflexión el 18 de marzo. Durante las oraciones musulmanas que se realizan los viernes, fuerzas de seguridad del gobierno abrieron fuego sobre millares de manifestantes, causando al menos 50 muertes. Sin embargo esta acción sólo sirvió para sacar más personas a las calles y provocar importantes deserciones, incluyendo diplomáticos, ministros, el alcalde de Adén, cinco comandantes del ejército y el general Ali Mohsen, principal militar del país, que pasaron a exigir la caída del presidente.

A la defensiva, Saleh, dimitió a todo su ministerio y declaró que aceptaría la propuesta de la coalición de partidos de la oposición, la JMP (Joint Meeting Parties – Junta de Partidos Unidos), de salir al final de este año. Sin embargo ese plan fue rechazado por las masas, cuyos líderes afirmaron que no abandonarían las calles si no había una renuncia inmediata de Saleh.

Aunque Yemen sea un país pobre, con unas reservas de petróleo insignificantes (pues produce 400 mil barriles por día, cifra que disminuye sin cesar), se encuentra en la boca de entrada del Canal de Suez y tiene fronteras con Arabia Saudí, que posee un quinto de las reservas mundiales de petróleo y es el principal abastecedor de petróleo de los EEUU. La principal preocupación del imperialismo es que la revolución de Yemen golpee a Arabia Saudí y se extienda al Golfo Pérsico. La primera amenaza vino de Bahréin, duramente reprimida.

El imperialismo busca una salida

Es por esto, y por considerarlo un aliado en la lucha contra Al Qaeda, que los EEUU siempre apoyaron a Saleh, incluso tras el inicio de las protestas. Robert Gates, secretario de Defensa de los EEUU, dijo que la sustitución de Saleh por un líder débil representaría un “problema real” para los EEUU. No obstante, cambió de posición sigilosamente, buscando así para la crisis revolucionaria abierta una salida sin la pérdida del control de la región, con la ayuda del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), una organización de países productores de petróleo del Golfo Pérsico, dirigido por Arabia Saudí. El imperialismo prefiere perder el anillo para no perder los dedos.

El 7 de abril, el CCG le propuso a Saleh que presentase su renuncia al Parlamento en el plazo de 30 días, junto con la realización de elecciones presidenciales en dos meses. Durante este período se constituiría un gobierno de unidad nacional, bajo la dirección de Abdrabuh Mansur Hadi, el vicepresidente actual. Los EEUU inmediatamente apoyaron el plan y pidieron que todos “actuásemos rápidamente” para la “transferencia pacífica del poder”.

Saleh afirmó este sábado 23 que aceptaría la propuesta siempre que se les concediese inmunidad a él y a sus familiares, que ocupan posiciones claves en el aparato de seguridad de Yemen.

La oposición burguesa acepta el acuerdo

Por otro lado, el acuerdo también exige que la oposición forme parte de una coalición con el partido de Saleh en el gobierno de unidad nacional. El líder de la JMP (que es una coalición inestable de militantes islámicos, “socialistas” y de otros grupos que son ampliamente vistos como comprometidos con el gobierno debido a antiguos acuerdos realizados con Saleh), Yassin Saeed Noman, afirmó que su coalición en principio acepta el acuerdo, sin embargo rechazó las condiciones, prefiriendo que el partido de Saleh gobierne hasta su dimisión para sólo entonces participar de un gobierno de coalición.

Pendiente de la calle y del avance de la revolución, la oposición burguesa quiere llegar rápidamente a un acuerdo que devuelva al país la “normalidad”. Además, debido a la propia movilización, no puede aceptar un acuerdo en el cual sea identificada directamente como aliada de Saleh en un gobierno. De esta forma, su proyecto de desviar la revolución para el terreno electoral y así presentarse como la alternativa de confianza para el imperialismo y viable para las masas sólo puede tener éxito si continúa apareciendo como una oposición a la dictadura del país.

Los manifestantes dicen que no

No obstante, existe una dificultad mayor que los apaños hechos en la mesa de negociaciones. El acuerdo propuesto prevé el cese inmediato de las manifestaciones en todo el país y la oposición ya alertó que no tiene el poder de forzar a los manifestantes a abandonar las calles. En realidad, la oposición burguesa no jugó ningún papel, ni lo juega hasta hoy, en la oposición popular, dirigida, como en el resto de los países atingidos por el proceso revolucionario, por los jóvenes desempleados de las ciudades. Existe un abismo entre la oposición burguesa y la oposición que viene de las calles.

Por esto el pasado viernes, un día antes de la aceptación del acuerdo por Saleh, se realizaron protestas llamadas de “Última oportunidad”, en las que había pancartas con el lema de “Países vecinos: ninguna negociación, ningún diálogo”, exigiendo la salida inmediata de Saleh.

Khaled Alansi, perteneciente a la comisión de los 20 miembros de la Rebelión Pacífica de la Juventud (PRYPeaceful Revolt Youth) que organiza las protestas de las calles de Saná, reaccionó ante la oferta de Saleh afirmando que: “Esto es un show. Todo el mundo sabe que Saleh está simplemente ganando tiempo para seguir atacando a los manifestantes. Nadie confía en él”.

La PRY emitió un comunicado rechazando la iniciativa, exigiendo “la expulsión inmediata de Saleh” y que “no acepta salvaguardas ni para él, ni para su familia ni para sus asesores, que son todos asesinos”.

Debido a esto, Mark Toner, portavoz del Departamento de Estado norteamericano, añadió: “La participación de todas las partes en este diálogo es una necesidad urgente para encontrar una solución apoyada por el pueblo yemení”. Y dejó claro que la juventud de la nación debe ser escuchada y tenida en cuenta en el proceso.

La única salida posible: la derrota de la dictadura y del imperialismo

Como el coronel Gadafi, Ali Abdullah Saleh ha asesinado a su propio pueblo. La represión de la dictadura ya dejó decenas de muertos sólo en estos últimos días y al menos 130 desde el inicio de las manifestaciones.

Como los demás gobiernos del Norte de África y de Oriente Medio, el gobierno de Saleh nunca suministró al pueblo yemení, con los ingresos provenientes de los lucros del petróleo, servicios esenciales. Ha sido precisamente con ese dinero que Saleh ha comprado tanques y armas y pagado francotiradores, para usarlos contra su propio pueblo.

Los EEUU suministran a Saleh armamento bélico y entrenan a sus tropas, bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo. El Departamento de Defensa de los EEUU ya anunció los planes para aumentar de US$ 70 millones a US$ 150 millones de ayuda militar para Saleh. El gobierno de los EEUU, y no sólo Saleh, debería ser juzgado y condenado por crímenes de guerra contra la humanidad por los 32 años de apoyo y abastecimiento de armas a este dictador.

Además, cuando las posibilidades de mantener tal cual a la dictadura se agotan, el imperialismo norteamericano y europeo, las burguesías árabes y la oposición burguesa trabajan duramente para llegar a un acuerdo en el que “todas las partes” se comprometan a garantizar una transición pacífica de gobierno para mantener en pie al actual régimen.

La propuesta presentada, sin tener en cuenta la “parte de las calles”, es muy similar a la realizada por Mubarak y apoyada por el imperialismo) antes de su caída en Egipto: su renuncia y el mantenimiento de su vice en el poder. Y la respuesta en las calles fue también muy parecida: de rechazo total.

Al mismo tiempo, a diferencia de Egipto, no hay una institución sólida, con vínculos orgánicos con el imperialismo y de confianza para las masas, como el ejército egipcio, para realizar una transición bajo control. También, a diferencia de Libia, no existen condiciones para que Saleh inicie una guerra civil, debido a su escasísima base de apoyo, aunque continuamente amenace con esta posibilidad en sus declaraciones.

Toda esta inestabilidad la expresó el propio Saleh en una entrevista el pasado domingo (24 de abril) concedida a la BBC de Londres, donde afirmó que no cedería el poder a los “golpistas” y que sólo se iría mediante elecciones: “Vamos a invitar a observadores internacionales para acompañar el proceso. Cualquier golpe será rechazado porque estamos comprometidos con la legalidad constitucional y no aceptaremos el caos”. Y amenazó al imperialismo con el espectro del avance del terrorismo: “Al Qaeda se está infiltrando en las manifestaciones, ¿por qué Occidente no percibe este trabajo destructivo y sus peligrosas implicaciones para el futuro?”.

Estas declaraciones las hizo solamente un día después de aceptar la propuesta del CCG. Todo está siendo muy similar al recule de Mubarak en el día anterior a su caída, cuando anunció en un canal de TV que no iba a renunciar. El fin de la dictadura de Saleh está cada vez más próximo, pero solamente la acción decidida del movimiento de masas puede poner punto final a esta situación. Para ello es imprescindible no tener ninguna ilusión en el imperialismo ni en su filial, la ONU, con sus propuestas de cambiarlo todo para dejarlo todo como está.

* Con la colaboración de Américo Gomes y Dalton dos Santos, del Ilaese

Traducción: Raúl Alberich