Vie Feb 23, 2024
23 febrero, 2024

La presión de la solidaridad internacional con Gaza fuerza al Estado sionista a negociar

Después de un mes y medio de una ofensiva militar genocida, los gobiernos de Israel y Hamás, con mediación de Qatar, Estados Unidos y Egipto, alcanzaron un acuerdo para, básicamente, canjear 50 israelíes presos en Gaza por la entrega de 150 prisioneros palestinos en manos de los sionistas. En ambos casos, se trataría de mujeres y menores.

Por Daniel Sugasti

El hecho es producto de una combinación contradictoria entre la fuerte presión de las masivas protestas que rechazan el genocidio del pueblo palestino, en distintas partes del mundo, y una política del gobierno de Biden, presionado por el fenómeno anterior en al ámbito doméstico y preocupado con una escalada de la inestabilidad en la región.

De cualquier manera, el hecho es que un pacto así no estaba en los planes de Netanyahu y sus ministros neonazis.

El acuerdo garantizaría, además, cuatro días de alto el fuego y la entrada de más camiones con comida, medicinas y combustible en Gaza, sometida a una invasión terrestre y un cerco total por parte de Israel.

El intercambio de rehenes se implementará por fases: cada día se canjearán hasta 13 israelíes por cerca de 40 presos palestinos. Cuando termine el plazo, “la liberación de 10 rehenes adicionales resultará en un día de pausa adicional”, según el gabinete de Netanyahu, que también ha dejado claro que esto no supondrá el fin de las hostilidades, puesto que, tras la tregua, “continuará la guerra para devolver a casa a todos los rehenes, completar la eliminación de Hamás y asegurarse de que no habrá nuevas amenazas al Estado de Israel desde Gaza”.

Lo mismo puede decirse de Hamás y otras milicias palestinas que, probablemente, utilizarán ese tiempo para recomponerse y reposicionarse mejor en el teatro de operaciones.

Hay que señalar, sin embargo, que antes del cerco y la invasión por tierra que comenzó en octubre, Israel tenía encarcelados 5.300 palestinos, entre ellos por lo menos unos 200 menores edad. Muchos de los presos palestinos tienen condenas absurdas, de hasta 20 años, por “lanzar piedras”.

En poco más de un mes, según la Autoridad Nacional Palestina (ANP), esa cifra se elevó a más de 8.000 árabes secuestrados y encerrados, sin ningún respeto a normas legales o derechos humanos.

Para entender la razón y el momento de este acuerdo, hay que considerar que, a pesar de una ofensiva brutal y sin precedentes por parte de Israel, el pueblo palestino no está derrotado. La guerra urbana, palmo a palmo en un terreno reducido a escombros, plantea serias dificultades militares para los invasores. En el espectacular ataque de Hamás, el 7 de octubre, murieron 391 soldados. En lo que va de la ofensiva terrestre, fuentes israelíes admiten 69 bajas, aunque seguramente ese número es mayor.

En pocas semanas, las fuerzas de ocupación sionistas han lanzado sobre Gaza tantas bombas como Estados Unidos arrojó sobre Afganistán en el primer año de ese conflicto. Israel ha matado a más de 14.000 palestinos, de los cuales 70% eran menores. Save the Children denuncia que un niño muere a cada diez minutos en la Franja.

En los primeros 30 días, hubo 11.000 ataques aéreos israelíes. Eso supone nueve veces más de los que realizó Rusia en el primer mes de la invasión de Ucrania y 18 veces más de la media mensual de ataques estadounidenses en Afganistán en 2019. A inicios de noviembre, 45% de los edificios en Gaza estaban destruidos o seriamente dañados, una marca que superó, incluso, a la destrucción de Mariupol, la ciudad ucraniana duramente castigada por la artillería rusa que inutilizó 32% de los edificios en 2022. Barrios gazatíes enteros han sido borrados del mapa, incluyendo campos de refugiados, hospitales, escuelas, mercados, etc. Pero el pueblo palestino, sometido a mil penurias, no se rinde.

A ese contexto de destrucción y resistencia en Gaza, debe sumarse la presión creciente de numerosas movilizaciones en todo el mundo que se solidarizan con Palestina y claman por un alto el fuego o el fin del financiamiento militar a Israel. A pesar de la propaganda sionista y las represalias, en Londres, Alemania, París, Barcelona, Turquía, São Paulo, Buenos Aires y, por supuesto, en los países árabes, cientos de miles de manifestantes protestan contra el genocidio televisado que ocurre en Gaza. A ese proceso se suman importantes protestas, actos, manifiestos de organizaciones y de figuras prominentes de judíos no sionistas con el lema “no en nuestro nombre”.

Esa presión, desde distintas direcciones y con diferente intensidad, es el factor que forzó a Washington insistir en las llamadas “pausas humanitarias” a sus socios sionistas. En filas demócratas, crece el rechazo a los ataques de Israel. La semana pasada, más de 500 funcionarios del gobierno de Biden firmaron una carta que rechaza la masacre en Gaza y critica el apoyo de EEUU. En plena carrera electoral, la Casa Blanca se ve forzada a demostrar, con cinismo, “preocupación humanitaria”. Pero nadie puede confundirse porque, al mismo tiempo, Biden apoya atrocidades como la invasión del hospital Al-Shifa por parte de soldados israelíes.

Dentro de Israel, el elemento que probablemente haya sido desequilibrante para la negociación fue la presión de las familias de las personas en poder de Hamás. Ese sector de la población ocupante acusa a Netanyahu de inacción e insensibilidad ante los israelíes en manos del partido-milicia palestino.

Miles de israelíes hicieron una marcha de varios días hasta llegar hasta la oficina del primer ministro. “Si hay que parar para sacarlos, que paren. Si hay que devolver a los miles de presos palestinos que tenemos aquí (en Israel), que los devuelvan. Pero que hagan todo lo posible para traer ya a todos los rehenes, a todos”, decía una manifestante. Mientras el gobierno debatía la aprobación final del acuerdo con Hamás, una protesta delante del cuartel general de las Fuerzas Armadas, en Tel Aviv, exhibía pancartas exigiendo “¡Acuerdo ya!” o “¿Cuál es el precio de mi hijo?”. Recordemos que, antes de la ofensiva, el primer ministro enfrentaba una fuerte crisis interna. En ese contexto, finalmente, Netanyahu debió ceder y declaró sobre el acuerdo: “Es una decisión difícil, pero es la correcta”. Hubo, sin embargo, un ala de ministros que se opuso en todo momento y votó en contra, hecho que demuestra que las fisuras en el intestino del Estado sionista mal pueden esconderse en medio de la guerra.

El alto el fuego, aceptado a regañadientes por parte de Israel, es un alivio para los palestinos. Sin embargo, habrá que ver si es respetado. Por otra parte, no puede decirse que el comienzo del fin de la ofensiva sionista, que pretende retomar el control directo de Gaza, como parte de un plan de exterminio de los palestinos, tildados de “animales humanos”.

La limpieza étnica, más cerca de ser una “solución final”, continuará. Por eso, es fundamental no dar tregua en la campaña y en las movilizaciones contra el genocidio en Gaza. Hay que plantear la salida de una Palestina única, laica, democrática y no racista, una bandera que, a su vez, presupone la destrucción, el desmantelamiento completo, del Estado sionista de Israel.

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