La semana pasada, los días 28 y 29 de marzo, vimos fuertes imágenes de las manifestaciones del pueblo haitiano, agregando un capítulo más a una larga historia de combate al racismo, a gobiernos burgueses autoritarios e intervenciones imperialistas.

Por Wilson Honório y João Pedro Mendonça

El estopín, esta vez, fue la combinación de dos símbolos actuales de esta historia: el repudio al gobierno autoritario y fraudulento de Jovenel Moïse y la propuesta de levantar un muro de casi 400 km entre Haití y República Dominicana, que divide el territorio de la Isla Española, o Santo Domingo.

Haití se suma, así, a los principales palcos de las grandes rebeliones de la actualidad, como Chile y Paraguay, en América Latina; los “chalecos amarillos” franceses, en Europa; y nuestros hermanos y hermanas africanos, de Nigeria y Senegal. Todas ellas ejemplos de la creciente polarización mundial y del levante de los “de abajo” contra sus gobiernos,; las consecuencias de la pandemia, como las muertes en masa; y la profundización de la crisis económica.

Particularmente en el caso del país de las Antillas, el pueblo en lucha está manteniendo encendida la llama de un intenso proceso revolucionario, lindamente analizado por el trotskista negro C.L.R. James, en el libro Los jacobinos negros, que en 1804, de un solo golpe, puso fin a la esclavitud y derrotó al imperialismo francés de Napoleón Bonaparte y las invasiones españolas, en la lucha por la conquista de la independencia.

No obstante, la osadía de la primera Revolución Negra de la historia costó caro al país, cuya historia, hasta hoy, está marcada por intervenciones económicas y militares y proyectos de recolonización que han llevado a haitianos y haitianas a sobrevivir en el país más pobre del continente americano.

Autoritarismo en nombre del imperialismo norteamericano

Desde 2016, Haití el gobernado por Jovenel Moïse, del neoliberal PHTK (Partido Haitiano de los Cabezas Rapadas), que asumió el gobierno después de una seguidilla de denuncias de fraudes electorales, que llevaron a la anulación del pleito de 2015. Empresario y socio del ex presidente Michel Martelly, Moïse ha sido blanco de constantes escándalos financieros, como el caso de corrupción que involucra a la petrolera venezolana Petrocaribe.

Año tras año, con cada escándalo y maniobra de Moïse, las masas populares han reaccionado con furiosas movilizaciones. En 2019, consiguieron derrumbar al primer ministro Jean Michel Lapin, pero, Moïse siguió atacando, no convocando a elecciones en 2020, disolviendo el parlamento, y negándose a dejar su mandato el último 7 de febrero, conforme determinado por la Constitución.

Movilización del 29 de marzo de 2021.

Mientras tanto, Moïse amenaza alterar la Constitución para mantenerse en el poder con un segundo mandato, lo que no ocurre desde las sangrientas dictaduras de Papa Doc (1957-1971) y Baby Doc (1971-1986). Y, dicho sea de paso, el proyecto y el carácter totalitarios de Moïse pueden ser ejemplificados por una frase bizarra, que se tornó su “marca registrada”. “No veo como hay alguien, después de Dios, que tenga más poder que yo en el país. Yo soy el presidente”, declaró el modestísimo Moïse en un discurso, en julio de 2020.

Las maniobras institucionales del presidente son acompañadas por una política permanente de represión al pueblo y a los que luchan. Hay denuncias constantes de persecución política, con ataques, prisiones y asesinatos de periodistas, sectores del poder judicial y, principalmente, activistas de los movimientos; además de masacres en barrios populares a manos de centenas de grupos armados paramilitares (verdaderos escuadrones de la muerte, llamados “pandillas”).

Como en todos los demás lugares del mundo, principalmente en aquellos hundidos en la pobreza y habitados mayoritariamente por negros y negras, la situación empeoró muchísimo con la pandemia, tratada con la misma falta de interés genocida que el gobierno Bolsonaro en el Brasil.
Oficialmente, el número de muertos llega a 400, pero hay dos factores importantes por detrás de esta cifra. Primero, la trágica historia del país (incluso el terremoto de 2010, que mató a cerca de 300.000 personas o los 10.000 que murieron de cólera en los años de la ocupación militar), que hizo que, hoy, más de la mitad de la población (que es cercana a 11 millones) tenga menos de 24 años. Segundo, simplemente no hay cómo confiar en los datos.

Frente a esto, en 2020, como relatado en un artículo publicado en febrero pasado en el site de la Liga Internacional de los Trabajadores (LIT-CI): “Haití comienza a levantarse… de nuevo” (https://litci.org/es/haiti-comienza-a-levantarse-de-nuevo/), tuvo inicio una nueva ola de rebeliones que, aun a inicios de marzo, llevó a la caída del primer ministro biónico Joseph Jouthe.

El 29 de marzo, fecha de aprobación de la Constitución de 1987, las masas retomaron las calles con energía renovada, y la inmensa radicalización vistas en las imágenes de la rebelión nos muestran, también, que el pueblo sabe muy bien quiénes son sus enemigos: el “Fuera Moïse” incendió las calles con la misma intensidad con que las banderas norteamericanas ardieron en las protestas.

El odio al imperialismo tiene origen tanto en el pasado histórico del país como en el actual momento. Al final, más allá de la más reciente ocupación promovida por las Organización de las Naciones Unidas (ver abajo), a pesar del escandaloso gobierno de Moïse, Estados Unidos, Francia y la OEA (Organización de los Estados Americanos) legitiman su poder y los haitianos perciben que él es el fantoche para el proyecto de profundizar la colonización haitiana.

Después de Estados Unidos e Israel, es la vez del muro dominicano

El descontrol sobre la pandemia, más allá de la responsabilidad del gobierno, tiene que ver con el hecho que de Haití tiene uno de los mayores flujos migratorios del continente, provocado en gran medida por las pésimas condiciones de vida.

Y si no bastasen las enormes barreras políticas, sociales y xenófobas (contra los inmigrantes) levantadas en todo el mundo, hay otra, bastante concreta, siendo levantada: la vecina República Dominicana planea construir un muro, con casi 400 km, en la ya ultra vigilada frontera que corta la Isla, lo que no impide que hoy ya se calcule en 500.000 el número de haitianos viviendo en el país.

El proyecto anunciado por el presidente Luis Abinader (profundamente relacionado con el imperialismo mundial, particularmente como mega empresario del sector de turismo), a finales de febrero, es inspirado en el apartheid sionista, que separa a Israel de la Franja de Gaza y, también, del muro entre los Estados Unidos y México, monumento del gobierno Trump.

Abinader habla de contener la inmigración, el tráfico y la violencia, cuando en verdad, su intención es cerrar una de las pocas rutas de fuga para la sobrevivencia haitiana, ya que muchos de ellos usan el país vecino como refugio de la miseria reinante y, principalmente, como conexión para otros destinos de inmigración.

El muro del apartheid dominicano, presupuestado en U$S 100 millones, se basa en un proyecto piloto elaborado por la empresa estatal israelí Rafael Advanced Defence Systems, especializada en el desarrollo de armas y tecnología militar, lo que ya dice mucho sobre su carácter higienista, xenófobo, represivo y destinado a enriquecer aún más las empresas internacionales.

Los esclavos se rebelan.

Una historia de intervenciones, pero también de luchas

Como mencionamos al inicio, la historia de Haití está marcada por intervenciones. Y es siempre importante recordar la más reciente, la Minustah (Misiones de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití), una ocupación enmascarada de “misión de paz” de la ONU, lamentablemente comandada por el Brasil, al mando de Lula (y, después, mantenida por Dilma), que, haciendo el trabajo sucio para el gobierno de George W. Bush (en aquel momento muy ocupado con la Guerra de Irak), reprimió violentamente al pueblo haitiano que se había levantado en lucha. Un crimen contra la historia del pueblo negro que, hasta hoy, también deja marcas en nuestra historia.

Además de imponer un régimen de terror en el país, la misión solo “estabilizó”, de hecho, la explotación de la elite local que parasita el país, siempre en estrecha asociación con las multinacionales extranjeras, dejando un rastro de más de 2.000 casos de violaciones practicados por las tropas y una lista infinita de masacres, como la ocurrida en 2005 en la invasión de la comunidad de Cité Soleil, en la periferia de la capital Puerto Príncipe, que resultó en la muerte de más de 60 personas y centenas de heridos.

Si esto no bastase, la Minustah fue transformada en laboratorio para la formación y entrenamiento de las fuerzas de represión, posteriormente utilizadas, en el Brasil, para intensificar el genocidio contra la juventud negra, pobre y periférica y, además, fue responsable por palanquear al poder a mucha gente que hoy cumple un papel nefasto en el gobierno Jair Bolsonaro y en su proyecto autoritario y represivo.

Ejemplos no faltan. El general Augusto Heleno, escogido por Lula para comandar la ocupación entre setiembre de 2004 y agosto de 2005, es hoy jefe del Gabinete de Seguridad Institucional de la Presidencia de la República. El también general Carlos Alberto dos Santos Cruz sirvió en Haití entre 2006 y 2009 y, después de ser ministro de la Secretaría de Asuntos Estratégicos en el gobierno petista, ocupó la Secretaría de Gobierno del actual presidente, entre 2018 y 2019.

Por su parte, Floriano Peixoto, que sirvió al PT entre 2009 y 2010, ya fue ministro jefe de la Secretaría General de Bolsonaro y, actualmente, preside la empresa de Correos. Y Luiz Eduardo Ramos, que lideró la Minustah entre 2011 y 2012, ya fue ministro jefe de la Secretaría de Gobierno de Bolsonaro entre 2019 y 2021, y hoy es ministro jefe de la Casa Civil del gobierno miliciano.

Después de intensas luchas, la misión de la Minustah fue encerrada oficialmente en abril de 2017, siendo, con todo, sustituida por la igualmente represiva Minujusth (Misión de las Naciones Unidas para el Apoyo a la Justicia en Haití). Es importante recordar que la solidaridad internacional fue fundamental para la resistencia a la ocupación. Y lo mismo se hace necesario en este momento.

Desde ya, es preciso apoyar el heroico levante haitiano, que debe seguir marchando para derrotar el proyecto autoritario de Jovenel Moïse, garantizar la “segunda independencia” de su país, y avanzar en la construcción de un gobierno de los trabajadores, apoyado en las organizaciones y movimientos que han sido construidos en el transcurso de las últimas décadas.

Para tal, cabe a todos nosotros intensificar la denuncia de toda intervención extranjera en el país y el proyecto de apartheid dominicano. Es algo que debemos al pueblo haitiano y, también, a la historia de luchas de negros y negras en todo el mundo.

Aba Moïse! Ayiti Lib!
¡Abajo Moïse! ¡Haití Libre!

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 7/4/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.