En Valonia, una región del sur de Bélgica, las inundaciones provocaron varias decenas de muertos y, probablemente, si las noticias de Alemania no hubieran sido dramáticas, la evacuación de Lieja, una localidad de unos 200.000 habitantes, habría causado un especial revuelo. En la Renania del Norte-Westfalia y la Renania-Palatinado, sin embargo, se llegó a un balance mucho más crítico: más de un centenar de muertos, miles de desaparecidos, y casi 200.000 personas sin electricidad.

Giacomo Biancofiore – Italia

Veinte años de desastres

El pasado mes de octubre, con motivo del Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres, la Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (United Nations Office for Disaster Risk Reduction – Unddr) y el Centro de Investigación sobre la Epidemiología de los Desastres (Centre for Research on the Epidemiology of Disasters – Cred) publicaron el informe «The Human Cost of Disasters 2000-2019 [El Costo Humano de los Desastres 2000-2019]» que arrojó datos desconcertantes: en el período de 2000 a 2019 se registraron 7.348 eventos catastróficos graves que provocaron la pérdida de 1,23 millones de vidas, afectando a 4.200 millones de personas (muchas de ellas en más de una ocasión).

Aproximadamente la mitad de estos eventos habían ocurrido en las dos décadas anteriores y la diferencia solo puede explicarse por un aumento en los desastres relacionados con el clima, incluidos los eventos meteorológicos extremos: de 3.656 eventos ligados al clima (1980-1999) a 6.681 desastres por la misma razón en el período 2000-2019.

En el informe, se atribuyó especial atención al aumento significativo de incendios y otros eventos meteorológicos con fuertes impactos. También ha habido un aumento de los eventos geofísicos, incluidos terremotos y tsunamis, que han matado a más personas que cualquier otro fenómeno natural examinado en el informe.

La situación ha empeorado

Lo que surge del informe, pero también de los informes de la mayoría de los científicos del planeta, es que las últimas décadas han visto una aceleración de la destrucción de la biodiversidad del planeta nunca vista en los 500 años precedentes.

Actualmente, la investigación científica identifica un número entre 5 y 6 (sobre la base de un nuevo estudio realizado por Michael Rampino, profesor del Departamento de Biología de la Universidad de Nueva York) las extinciones masivas que han ocurrido en la Tierra en los últimos 500 millones de años. Despiadado es el veredicto casi unánime del mundo científico sobre las consecuencias de las actividades humanas y el calentamiento global relacionado con ellas en los últimos años: ¡nos enfrentamos inexorablemente a una nueva extinción de la vida en la Tierra!

Una extinción diferente de las otras

Hay una variable que diferencia esta hipotética nueva extinción masiva de las anteriores: no es el resultado de un hecho excepcional, sino la consecuencia de un proceso destructivo provocado y amplificado por el modo de producción capitalista.

Quien escribe no puede ocultar una molesta oleada de ira ante una afirmación tal, ahora adquirida e irrefutable, ya que el conocimiento científico madurado a lo largo de cientos de años no deja lugar a dudas sobre el hecho de que, para su propio sustento, la vida en la Tierra está totalmente condicionada por biodiversidad, ya que forma parte de ella y, al mismo tiempo, depende de ella.

A pesar del progreso científico y tecnológico, la precipitación de los eventos es más repentina e inexorable que en el pasado. Basta pensar que en la rica Europa hace solo unos años, tal vez después de inundaciones o tsunamis en lugares al margen del mundo, se podían escuchar advertencias como «es necesario intervenir y prevenir hechos extremos, antes de que el muerto se escape aquí también».  Los cientos de muertes alemanas y belgas, solo por mencionar los casos más recientes, son más que elocuentes sobre los auspicios de intervenciones y prevención.

Le nature-based solutions [Soluciones basadas en la naturaleza]

En uno de los momentos más críticos de la historia, con la posibilidad concreta de que el cambio climático pueda producir una nueva extinción, para empeorar el panorama hay organismos como la Agencia Europea de Medio Ambiente (European Environment Agency – Eea) que, por medio de ilustres y bien pagados académicos, proponen soluciones que además de ser de una banalidad que desarma son sumamente dañinas por la confusión que alimentan. Según la Eea, para reducir el riesgo de los impactos del cambio climático, reduciendo también así la pérdida de biodiversidad y la degradación de los ecosistemas, bastaría con apoyarse en soluciones basadas en la naturaleza, es decir, actuar «sobre la adaptación, y por tanto, sobre el aumento de la resiliencia». ¿Cómo? Simplemente siguiendo 11 buenos ejemplos. Uno sobre todo: “un programa de techos verdes que combina incentivos financieros para instalaciones voluntarias con la reglamentación para la instalación obligatoria de techos verdes en los nuevos planes locales”.

Verdaderos criminales

Ahora bien, si el tema no fuera extraordinariamente dramático, podríamos incluso reírnos mucho, pero lo siguiente que tienen estos verdaderos e inconscientes criminales va más allá de todos los límites. Pensemos en esos reformistas, que, para mostrar formas de compatibilidad con el sistema capitalista, desde arriba (así como, desde abajo) de sus falsas batallas ambientalistas pequeñoburguesas, corrompen a diario a jóvenes de todo el planeta adelantando la solución de los «arbolitos del alcalde» ¡para afrontar la madre de todas las catástrofes!

Desafortunadamente, para estos burócratas mediocres, ante la evidencia de las consecuencias causadas por la emergencia climática y de la incapacidad del modelo económico capitalista (so pena de su propia existencia) para remediarla, la futilidad de estas soluciones se hace evidente incluso para aquellos que se mantuvieron bien lejos de la crítica al capitalismo.

La total incapacidad de preservar la naturaleza, mitigar los cambios climáticos, mejorar la salud y el bienestar de la humanidad, pero también los fracasos de las políticas eco-compatibles en sectores socioeconómicos como el turismo, la energía y el transporte están mostrando de modo cada vez más implacable que nos estamos encaminando hacia la desintegración de toda la sociedad capitalista y que no existen alternativas creíbles para la revolución socialista mundial.

El destino que hay que cambiar

El futuro que nos espera está bien definido incluso por quienes proponen soluciones poco probables. Saben bien, y no dejan de recordar, que el incumplimiento de los objetivos del Acuerdo de París de 2015, en particular la imposibilidad de mantener el calentamiento global por debajo de 1,5 grados, conduce a “fenómenos meteorológicos extremos en áreas donde esto era raro, alternancia de inundaciones y sequías, con daños inimaginables a la agricultura, agravados por enfermedades importadas de climas más cálidos que nuestros cultivos y nuestros bosques luchan por resistir, y obviamente la multiplicación de los incendios forestales; ciudades cada vez menos habitables, sometidas a periodos igualmente intensos de calor y frío. Lo mismo ocurre con nuestras infraestructuras, que también están concebidas para climas templados y no para una alternancia de frío y/o calor extremos. Daños a la salud. Cuanto más suben las temperaturas medias, más aumentan las tensiones y el estrés en las personas, el medio ambiente, las estructuras físicas”, como admite con franqueza Mauro Petriccione, quien desde marzo de 2018 es responsable de la Dirección General de Acción por el Clima de la Comisión Europea que lleva a cabo, entre otras cosas, negociaciones internacionales sobre el clima en nombre de la UE.

La Cop26 nació muerta

Lo que no dicen Petriccione y asociados es que la Cop26 en Glasgow es muy diferente de eso escenario en la que miles de delegados de todo el mundo, entre ellos jefes de Estado y de gobierno, expertos en clima y activistas, se reunieron para definir el enésimo inútil plan de acción coordinado para enfrentar la emergencia climática.

¡La Conferencia de noviembre en Escocia hoy ya está muerta, es decir una cosa muy diferente del «consenso global y las iniciativas de cooperación para una justa transición ecológica»!

Las premisas de la COP26 están casi todas encerradas en la lógica habitual de los Estados imperialistas que nunca encontrarán un acuerdo real sobre la movilización de 100.000 millones de dólares anuales para apoyar a los países en vía de desarrollo, sobre el aumento de la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, ni mucho menos sobre la adaptación de la economía a la emergencia climática o al papel de los mercados del carbono para apoyar los objetivos de reducción de emisiones de CO2 establecidos en el Acuerdo de París.

En definitiva, más allá de las declaraciones de los líderes mundiales en varias cumbres, la COP26 representará la enésima colosal operación política de greenwashing [lavado verde] político en ocasión de la recuperación mundial pospandemia. Aunque hay quienes ingenuamente siguen esperando en el «trabajo» de los camareros al servicio del sistema capitalista, sabemos bien que la burguesía mundial no tiene ni la intención ni la capacidad de encontrar soluciones al problema del cambio climático. Este sistema, que tiene en su ADN la explotación hoy y la destrucción de los recursos por la acumulación de capital, no podrá resolver los temas cruciales que conducirán a la destrucción definitiva de los ecosistemas.

La única salida

El grupo de países menos adelantados (Least developed countries – Ldc), la alianza de pequeños Estados insulares y el grupo africano de negociadores (organizaciones que representan a más de la mitad de los países del mundo) han presentado un plan que define su posición sobre temas clave de negociación en la COP26. Este se basa en una solicitud para acelerar los objetivos de reducción de emisiones; la obligación por parte de los países ricos de respetar la promesa de pagar 100.000 millones de dólares al año a los países pobres a título de financiación por el clima y la confirmación por parte de todos los países ricos del cumplimiento de los plazos quinquenales comunes para sus planes climáticos nacionales. Mientras los gobiernos de los países africanos siguen, por lo tanto, expectantes, las poblaciones más pobres del planeta siguen sufriendo el impacto más devastador: la pérdida de hogares y tierras fértiles, que además de provocar hambre y forzar la migración, favorece el desarrollo de epidemias y pandemias que se cobran la vida de millones de personas. Este aumento exponencial de las desigualdades entre países pobres y países ricos, entre explotados y explotadores es el resultado más evidente del fracaso del modelo económico capitalista.

Es a partir de este conflicto insoluble entre capital y trabajo que debemos trabajar hacia el objetivo no posponible de la revolución socialista, la única salida para resolver de verdad los problemas de la destrucción de los ecosistemas y el calentamiento global, que representan mucho más que una amenaza a la vida en el planeta.

No importa cuán grandes sean los obstáculos que debamos enfrentar, nuestra tarea es convencer a los trabajadores y a la población pobre del planeta de que la causa revolucionaria es su propia causa. Solo así podremos evitar que un puñado de ricos, minoría absoluta en el mundo, después de haber dispuesto de nuestras vidas y de los recursos del planeta, conduzcan a la Tierra hacia la catástrofe.