La elección del multimillonario Elon Musk como personalidad del año por la revista Time puso aún más de relieve la excéntrica figura que, desde hace algunos años, lleva la camiseta de los supuestos valores de la meritocracia bajo el capitalismo. Con activos valorados en 250.000 millones de dólares, Musk supera al propietario de Amazon, Jeff Bezos, como la persona más rica del mundo.

Por: Diego Cruz

Más que la fortuna que acumula, Elon Musk se convirtió en esta figura paradigmática por encabezar empresas tecnológicas en sectores como el de automóviles eléctricos, con Tesla, parte del intento de remplazar la matriz energética basada en combustibles fósiles; a SpaceX, que el pasado mes de septiembre realizó el primer viaje espacial privado de la historia solo con tripulaciones civiles, con la cápsula Crew Dragon. La gira fue contratada por el multimillonario Jared Isaacman y se estima que costó unos módicos 200 millones de dólares.

El multimillonario Jared Isaacman en su paseo espacial de 200 millones de dólares.

Musk también es propietario de Neuralink, una empresa que estudia la implantación de chips en el cerebro, con la promesa del multimillonario de iniciar pruebas en seres humanos en 2022. Esto podría usarse para realizar incluso las funciones más básicas y rutinarias, como encender la luz en casa con la fuerza del pensamiento, incluso hasta ayudar en problemas neurológicos o casos de paraplejía.

Así, cargado de mucho marketing personal, Elon Musk pone en práctica proyectos que despiertan el imaginario colectivo, que muchas veces parecen haber salido de las páginas de Isaac Asimov, el autor de ciencia ficción de quien el multimillonario asegura haber sido “fan” en la niñez. Pero, sobre todo, construye su reputación como innovador y visionario. Alguien que, viniendo de cero, habría construido un imperio sobre la base de su perspicacia e inteligencia. El editor en jefe de Time, Edward Felsenthal, justificó la elección de la portada diciendo que Musk está «remodelando la vida en la Tierra y posiblemente la vida fuera de ella».

Pero, ¿esta historia propagada por el multimillonario es realmente cierta?

De «nerd» a multimillonario

Elon Musk nació en 1971 en Pretoria, Sudáfrica, y reconoce su origen en una familia adinerada, disfrutando de los privilegios de los blancos en el país del apartheid. La madre era una modelo famosa en el país y el padre era ingeniero mecánico y piloto de avión. Musk niega la información de que su padre poseía una mina de esmeraldas, una versión que comenzó a transmitirse en 2018. Pero el propio Errol Musk le dijo a Business Insider que vendió un avión y, con parte del dinero, compró la mitad de una mina en Zambia. “Éramos muy ricos. A veces teníamos tanto dinero que ni siquiera podíamos cerrar nuestra bóveda ”, confesó.

Como ejemplo del nivel de vida que tenía la familia, el entonces adolescente Elon Musk habría caminado una vez por Nueva York con esmeraldas en el bolsillo. Él, que entonces tenía 16 años, simplemente entró en una tienda de lujo de Tiffany & Co. en la Quinta Avenida, sacó dos piedras y las vendió por 2.000 dólares.

A Elon Musk le gusta destacar su infancia «difícil», siendo acosado en la escuela mientras dedicaba la mayor parte de su tiempo a los videojuegos y los libros de ciencia ficción. Un típico «nerd», si no fuera por unos pocos millones de rand, la moneda de Sudáfrica. A los 12 años habría desarrollado un juego por sí mismo, Blaster, y lo habría vendido por 500 dólares a una revista de informática.

Convencido de emigrar a los Estados Unidos, obtuvo la ciudadanía canadiense y entró en la Universidad de Queen. Algún tiempo después, ingresó en la Universidad de Pensilvania, donde se graduó en física y economía. Incluso comenzó su doctorado en física aplicada y ciencia de los materiales en la prestigiada Stanford, pero luego abandonó para seguir su vida como emprendedor en el área de la tecnología.

Junto con su hermano Kimbal Musk y un inversor, fundó la empresa Global Link Information Network (más tarde Zip2), en California. En un momento de dificultad, recibió una generosa subvención de 28.000 dólares de su padre para el emprendimiento. La compañía comenzó a crecer con el trabajo desarrollado para The New York Times, Chicago Tribune, entre otros importantes periódicos, hasta que fue comprada por Compaq en 1999. Young Musk abandonó la empresa con 22 millones en acciones en su bolsillo.

Pero fue la siguiente compañía que hizo que el camino de Musk fuera un salto adelante, con los pagos financieros en línea de la X.com, que luego se fusionaría con el banco en línea Confinity. El servicio de transferencia, PayPal, desarrollado por ellos, se conocería en todo el mundo años después. Tras algunas escaramuzas con el socio por el control del negocio, la empresa se vende a eBay. Esta vez, Musk deja la aventura con más de 100 millones de dólares en efectivo.

Con ese dinero, Musk crea SpaceX en 2002 y compra Tesla al año siguiente. Tras un período turbulento en el que las empresas estuvieron a punto de quebrar, SpaceX recibió de la propia NASA un aporte de nada menos que 1.600 millones de dólares para el desarrollo de un proyecto de vuelo para la Estación Espacial Internacional. Recibió otros 300 millones de dólares por el desarrollo de un módulo lunar, parte del Proyecto Artemis de la NASA, que pretende reanudar los vuelos al satélite. El contrato total de la NASA con la compañía de Musk se acerca a los 3.000 millones de dólares.

Tesla: ¿burbuja o innovación?

Si SpaceX tuvo un aporte sustancial de la NASA, Tesla se capitalizó con la apertura de su capital en 2010, cuando recaudó nada menos que 226 millones de dólares. Tras años de incertidumbre, en 2020 entregó cerca de 500.000 coches eléctricos. A pesar de una serie de atrasos, la previsión para 2021 es cerrar el año con la entrega de un millón de vehículos, actualmente fabricados en California y Shanghái. La compañía es el buque insignia o carro jefe actual de Musk, habiendo superado el billón de dólares en valor de mercado, uniéndose al selecto grupo de billonarias como Apple, Microsof y Amazon.

Ahora es el fabricante de automóviles más valioso del mundo en valor de mercado, por delante de Toyota y todos los demás fabricantes de automóviles del mundo, aunque la producción del gigante japonés supere los 9 millones de vehículos al año. No se puede negar el papel que puede jugar Tesla en la llamada Industria 4.0, de alta tecnología incorporada, tanto en los productos cada vez más “inteligentes” y automatizados como en el propio proceso productivo. Pero está claro que el valor estampado por la montadora de Musk no refleja su realidad actual. Más que eso, mucha gente identifica la empresa como el epicentro de una burbuja financiera que, tarde o temprano, estallará.

Por otro lado, la montadora sufre con denuncias que poco tienen que ver con el futuro idealizado que propaga Musk. El racismo, la LGBTfobia, el acoso sexual y la sobreexplotación de la mano de obra inmigrante en la fábrica ya son parte de la historia de Tesla.

Showman del capitalismo

Gran parte de la visibilidad de Elon Musk, y su propio éxito y capitalización, se debe a su marketing personal. Mediático, el multimillonario no escatima esfuerzos en presentarse como una especie de Tony Stark Geek. Su entusiasmo por las criptomonedas, su discurso liberal y su estilo pretendidamente audaz y pionero (con miles de millones en exenciones fiscales y financiamiento público, evidentemente) ayudaron a formar un verdadero club de fans del empresario en todo el mundo, especialmente entre los jóvenes.

El mito del nerd despreciado que, por su propia genialidad y coraje, ganó de la nada hasta el punto de determinar cómo será la vida “dentro y fuera del planeta”, refuerza la ilusión de la meritocracia bajo el capitalismo. La realidad es que la propia historia de Musk confirma la desigualdad de este sistema en el que, mientras 811 millones de personas pasan hambre, los multimillonarios viajan al espacio. En el que el genio innovador tuvo su privilegiada educación financiada por la explotación de esmeraldas en África, práctica que, de forma ilustrativa, sumió al continente en una historia de colonialismo, genocidio, barbarie y miseria.

¿Elon Musk es inteligente? Es muy probable que sí. ¿Un verdadero genio? Quizás. El caso es que su trayectoria no estuvo determinada por eso sino por su posición privilegiada, que le permitió tomar las decisiones que tomó. En un mundo donde lo mejor que puede hacer alguien realmente inteligente y genial, sin ser multimillonario, es tratar de vender su fuerza de trabajo a un capitalista. Y que las innovaciones, cuando chocan con los intereses y las ganancias, no son incentivadas sino combatidas.

Capitalismo y desarrollo tecnológico

La historia de Elon Musk y sus empresas, sin embargo, nos permite pensar no solo en la desigualdad del capitalismo, sino en el potencial que permitiría el desarrollo tecnológico sobre otras bases. Los vehículos eléctricos e inteligentes, por ejemplo, ya son una realidad. No necesitaríamos seguir siendo esclavos de una economía dependiente del carbono que, además, más allá de destruir el medio ambiente, solo sirve a las ganancias de media docena de multimillonarios.

Musk: “¡Golpearemos a quien queramos! Tratar con él.»

El problema es que, bajo el sistema capitalista, toda innovación tecnológica, en lugar de liberar al hombre, profundiza las desigualdades. Un automóvil «inteligente», en lugar de ahorrar trabajo, amenaza con el desempleo masivo. La dependencia con los combustibles fósiles será reemplazada por la dependencia del litio, materia prima de las baterías de los coches eléctricos y, con ello, la colonización y la intervención imperialista. Como respondió el propio Musk cuando se le preguntó en Twitter sobre los intereses de Estados Unidos en el golpe de Estado de 2019 en Bolivia debido a las reservas de litio del país: “¡Vamos a dar golpe a quien queramos! Lidie con eso».

Las propias vacunas en la pandemia actual lo demuestran. Una hazaña sin precedentes en la historia de la humanidad, sin duda, pero accesible a solo 7% de la población africana. Y cuyas patentes garantizan ganancias exorbitantes a los grandes laboratorios, incluso con una fuerte financiación pública en su elaboración.

Una distribución igualitaria de la riqueza producida socialmente, en la que 1% de los más ricos no concentrase 40% de toda la riqueza mundial mientras que la mitad sobrevive con solo 2% (Global Inequality Report – Informe Global de la Desigualdad) no solo garantizaría el fin del hambre y la miseria, sino liberaría recursos para la investigación y el desarrollo tecnológico. No solo para afrontar las pandemias, sino para problemas como los que propone la Neuralink de Musk, con la investigación del funcionamiento del cerebro humano y la cura de enfermedades a través de la neurociencia, que hoy nos parecen ciencia ficción. Y no para enriquecer una empresa y beneficiar a unos superricos, sino para la humanidad.

En cambio, tenemos la pandemia que mata a millones, principalmente debido a la distribución desigual de las vacunas. E incluso antes de eso, hemos estado viviendo con una enfermedad de fácil solución durante al menos el último siglo, la tuberculosis, que sigue matando a los pobres en todo el mundo. Más de 1,5 millones de personas en 2020.

El socialismo no solo permitiría la solución de los problemas más inmediatos de la humanidad, sino daría lugar al desarrollo científico e incluso espacial. No para el programa de fin de semana de un multimillonario, o para satisfacer el ego de un playboy mimado, sino para responder a nuestro intrínseco instinto exploratorio, haciendo realidad las palabras de Carl Sagan: “El cielo nos llama, si no nos autodestruimos, algún día nos aventuraremos por las estrellas ”.

Artículo publicado en www.pstu.org.br/ 21/12/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.