El problema no es solo Netanyahu, sino el Estado colonial y racista de Israel
Mientras los reflectores estaban puestos en el proceso electoral en Israel y, ahora, en el estancamiento tras el recuento de los votos, las fuerzas de ocupación sionistas avanzaban en la limpieza étnica, el genocidio y el apartheid contra los palestinos. No se trataba solamente de una cortina de humo, con todas las miradas dirigidas hacia las elecciones para decidir quién gobernaría un Estado colonial y supremacista forjado sobre crímenes contra la humanidad. También se buscaba conseguir los votos de los colonos.
El 27 de octubre, día de las elecciones, Cisjordania llevaba ya cuatro días enfrentando una intensificación del cerco contra el pueblo palestino, con bloqueos de accesos a barrios, aldeas y ciudades por parte de las fuerzas de ocupación sionistas, incursiones en campos de refugiados, nuevas demoliciones de viviendas, detenciones y expulsiones.
En Gaza, también se derramó sangre, incluida la de niños, durante esa jornada, y las matanzas continuaron en los días siguientes. A los más de 80.000 palestinos asesinados en el genocidio en curso se siguen sumando decenas de víctimas, día tras día.
«Ecos alarmantes»
El avance de la limpieza étnica en Cisjordania llevó al director de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina (UNRWA), Roland Friedrich, a expresar el 27 de octubre, en una publicación en X, su «profunda preocupación por la situación en Hebrón».
Al Khalil, como se llama originalmente en árabe, es la ciudad más grande de Cisjordania, con una población de 700.000 habitantes en toda su provincia. Según denunció Friedrich, enfrentaba un «bloqueo casi total que restringió severamente la libertad de circulación de los habitantes y el acceso a servicios esenciales».
Friedrich agregó en su publicación:
«Estos acontecimientos traen ecos alarmantes del desplazamiento masivo observado en el norte de Cisjordania ocupada a comienzos de 2025, donde más de 34.000 refugiados palestinos —provenientes de los campos de Yenín, Tulkarem y Nur Shams— permanecen desplazados por la fuerza más de un año después. […] Estos acontecimientos se producen, además, en un contexto marcado por las elecciones a la Knéset (Parlamento israelí), mientras las tensiones en toda Cisjordania ocupada siguen siendo elevadas».
El severo cerco a Cisjordania duró diez días, a partir del 23 de octubre. Bajo el argumento de responder a una acción de la resistencia contra soldados de la ocupación sionista, como es habitual, Israel recurrió al castigo colectivo, algo que, como reconoció Friedrich en su publicación, es ilegal según el derecho internacional.
Solo en los últimos días, según informó Al Jazeera, más de 5.000 palestinos de Al Khalil (Hebrón) fueron desplazados.
Nunca está de más recordar que los pueblos sometidos a la colonización, como el palestino, tienen el derecho legítimo de resistir por todos los medios y que la potencia ocupante, en este caso Israel, no tiene derecho a la defensa, como reconoce la propia Organización de las Naciones Unidas (ONU).
No es una cuestión de gobierno
Mientras la situación se agravaba día tras día, sin embargo, las vidas palestinas no merecían los mismos titulares. El interés estaba puesto en si el genocida Benjamin Netanyahu, primer ministro sionista, sería derrotado o no.
El estancamiento continúa, con su coalición habiendo obtenido 53 bancas, frente a las 48 de la oposición encabezada por el general de la ocupación Gadi Eisenkot, uno de los artífices de la Doctrina Dahiya, una estrategia de tierra arrasada desarrollada en el Líbano, en el barrio de Dahiya, en 2006, y aplicada en el genocidio en curso en Gaza.
Como muestra un artículo de Yoav Haifawi republicado por la LIT-CI, titulado «Las elecciones en Israel exponen la crisis del régimen de apartheid», la principal crítica de Eisenkot a Netanyahu, al igual que la de sus aliados, es que no consiguió «aplastar» a Hamás en Gaza. Y la promesa de esa oposición es una mayor militarización, con el reclutamiento obligatorio de los judíos ultraortodoxos haredíes.
Ninguno de los dos dirigentes racistas —y resulta irónico que los medios presenten a Eisenkot como una alternativa «de centro», que incluso sería mejor para los palestinos— alcanzó la mayoría necesaria para formar gobierno.
El interrogante ahora es si la llamada oposición a Netanyahu conseguirá formar una mayoría aceptando una alianza con los partidos árabes, que obtuvieron 19 bancas y que no tienen «ninguna influencia real», como también detalla Yoav Haifawi en otro artículo, titulado «Los palestinos del 48 y las elecciones del apartheid israelí».
Cabe señalar que Yoav es miembro de la organización palestina de izquierda Abnaa el-Balad («Hijos de la Tierra»), que mantiene una posición de boicot a las instituciones del Estado sionista y no legitima las elecciones al Parlamento sionista, la Knéset.
Esta posición coherente se enfrenta a la retórica construida alrededor de la idea de que el problema sería Netanyahu y la «extrema derecha» israelí.
Esa narrativa ignora que no se trata de una cuestión de gobierno, sino de Estado. Israel se presenta ante el mundo como un Estado democrático burgués normal, pero es un enclave militar del imperialismo, la consolidación de un proyecto colonial y supremacista desde hace más de 78 años.
Y la democracia es un mito. El apartheid está institucionalizado, del río al mar, como quedó demostrado también durante el proceso electoral con el racismo contra los palestinos.
Los llamados ciudadanos árabe-israelíes, que representan el 20% de la población del Estado sionista —1,9 millones de personas—, enfrentan alrededor de 65 leyes racistas y no gozan de los mismos derechos en el «Estado-nación judío».
El proyecto colonial sionista consistía en mantener una «minoría» de entre el 15% y el 20%, lo que serviría para sostener la fachada de «democracia».
Estos palestinos son los pocos que pudieron permanecer en el enclave después de 1948, cuando Israel fue constituido sobre el 78% de la Palestina histórica, mediante una limpieza étnica y genocidios que provocaron la expulsión violenta de 800.000 palestinos de sus tierras y la destrucción de alrededor de 530 aldeas.
Allí se colocó la piedra fundamental de la Nakba (catástrofe) permanente.
Quienes estaban al frente en aquel momento eran los llamados sionistas laboristas (identificados hoy como la «izquierda»), y no el ala revisionista de Netanyahu.
Los laboristas permanecieron en el poder hasta 1977 y, por lo tanto, también gobernaban en 1967, cuando Israel ocupó violentamente el 22% restante de la Palestina histórica: Gaza, Cisjordania y la Ciudad Vieja de Jerusalén.
La cuestión no es el espectro político dentro de una ideología y un proyecto colonial racista, sino el sionismo como tal.
Por otra parte, la crisis del sionismo también queda en evidencia en las elecciones, y no solamente en las israelíes, sino también en las elecciones de medio término de Estados Unidos.
Trump anunció este 3 de noviembre que pondrá fin al acuerdo de cooperación en materia de seguridad con Israel, que contempla el envío anual de 3.800 millones de dólares y que ha sido cuestionado por los demócratas.
Una ironía y una hipocresía, ya que quien lo firmó fue Barack Obama en 2019.
Pero esto demuestra la pérdida de apoyo a Israel incluso dentro de Estados Unidos. Una encuesta reciente del Pew Research Center señalaba que seis de cada diez estadounidenses tenían una opinión desfavorable de Israel.
Para el Estado sionista, apartar a Netanyahu del cargo de primer ministro sería providencial para intentar frenar la crisis, recuperar la imagen del Estado genocida ante la opinión pública y contener el creciente aislamiento internacional.
Este esfuerzo encuentra eco en las narrativas que presentan a Netanyahu y a su extrema derecha como el problema.
El obstáculo son quienes se niegan a guardar silencio y continúan exponiendo el verdadero rostro del Estado genocida de Israel, alineados e inspirados por la resistencia, la firmeza y la persistencia del pueblo palestino, que consiguió que sus voces resonaran en una ola de solidaridad nunca antes vista en todo el mundo.
En este sentido, es fundamental enfrentar la confusión de que el problema es el gobierno de turno y seguir actuando para acelerar el fin del proyecto colonial sionista, hacia una Palestina libre, del río al mar, con el retorno de los millones de refugiados palestinos a sus tierras.




