Una confusión siempre al acecho y que ganó espacio en los últimos días es que el antisionismo sería una forma de antisemitismo. Nada más falso. Entendemos que existen tres tipos de confusión en relación con esto: la primera es deliberada y, por lo tanto, criminal, como lo hace el racista Estado de Israel y sus organizaciones; la segunda se debe a la deshonestidad o al oportunismo, y suele estar ligada a la primera; y la tercera es, por incomprensión o desconocimiento, fruto de ideologías que muchas veces permean los medios de comunicación de masas y están en boca de políticos y otras personalidades. El propósito de este artículo es explicar la diferencia entre el antisionismo y el antisemitismo, que es grande.

Por: José Welmowicki y Soraya Misleh
El antisemitismo estuvo presente en los discursos del presentador Bruno Aiub (Monark), durante la edición del Flow Podcast del 7 de febrero, y del diputado federal Kim Kataguiri (DEM-SP) en el mismo programa, lo cual es absolutamente condenable. Nuestro vehemente repudio a la idea absurda que propagaron de que el nazismo no debereia ser tratado como crimen y que, como afirmó Aiub, “está bien ser antijudío”. No está nada bien defender el racismo, la discriminación y la opresión. Por lo tanto, no está nada bien ser antisemita. Esto significa naturalizar el odio hacia determinadas etnias o razas.

El nazismo, con su abominable historial de atrocidades cometidas durante el Holocausto contra judíos (6 millones de muertos), y también contra gitanos, comunistas y anarquistas, LGBT y deficientes físicos, todos los que no formarían parte de la “raza aria”, durante la siglo XX, fue un crimen contra la humanidad. Abogar por la legalización de un partido nazi es inaceptable. Degraciadamente, Aiub y Kataguiri no son los únicos. El concejal de la ciudad de São Paulo, capanga Fernando Holiday (Novo), quien dijo antes que el racismo contra negros en el Brasil no existe, es otro que, desde lo alto de su inconmensurable idiotez, defendió la “despenalización del nazismo”, bajo la lógica distorsionada de “ libertad de expresión».
El derecho democrático a la libertad de expresión no significa el derecho a incitar al racismo bajo ninguna forma. No puede usarse como muleta para propagar libremente crímenes de lesa humanidad y discursos de odio. Las consecuencias, y esto no es nuevo, son ampliamente conocidas.

Al mismo tiempo, en su ridícula disculpa, tratando de justificar lo injustificable, Kim Kataguiri trajo la máxima, en un video en sus redes sociales, sobre que no podía ser antisemita porque “no hay nadie más proisraelí en el Parlamento que yo”, para enmendar diciendo que considera “incluso divertido que personas anti-Israel ahora me llaman antisemita, nazi”.

Esta ideología no es por nada. Responde a la confusión deliberada que hace el Estado racista de Israel, que pone un signo igual en lo que no tiene absolutamente nada que ver, un chantaje que también merece un repudio vehemente, para silenciar a los críticos del proyecto colonial sionista. Y eso tampoco es de hoy.

Pero, ¿qué es el antisemitismo y cuál es su origen?
El racismo contra los judíos, el antisemitismo, se originó en la Edad Media, en Europa. Reyes, nobles y sacerdotes explotaban a los siervos en sus feudos en la Europa medieval; en la sociedad feudal, las transacciones y actividades comerciales y financieras como la usura se consideraban pecaminosas y prohibidas para los cristianos. Un no cristiano tenía que hacerlas. De hecho, haciéndolas al servicio de la nobleza y del clero, que eran la clase dominante. Los judíos cumplieron ese papel de comerciantes, artesanos, orfebres, etc. y también prestamistas, tarea que estaba vetada a los cristianos. Hicieron esto bajo el control de los reyes, el clero y los nobles, y cuando surgieron catástrofes como el hambre, las pestes, en cada período de este sistema feudal, las clases dominantes veían como necesario un chivo expiatorio.

Por su papel en la sociedad, el de mercaderes que comercian las mercaderías y de prestadores de dinero y que cobran intereses, los judíos eran un blanco fácil, de ahí las leyendas divulgadas por la Iglesia cristiana, como el mito de que “los judíos mataron a Cristo”, eranutilizadas por los nobles para echar la culpa de todos los infortunios de la población a los judíos.

La Revolución Francesa, con sus tres lemas –libertad, igualdad y fraternidad– planteó la cuestión de considerar a los seres humanos iguales ante la ley. Pero, como sabemos hoy, la nueva sociedad capitalista fue incapaz de dar verdadera igualdad a las mujeres y persiguió a las etnias y razas. Fue la Revolución Rusa de 1917 la que trajo la liberación de los pueblos de todo el antiguo Imperio ruso, el fin de la discriminación contra todas las etnias, incluidos los judíos de su territorio.

Y en su fase imperialista, el capitalismo intensificó la expotación y las guerras de colonización de pueblos: y la persecución racial tomó una forma aún más asesina. Fue en esta fase imperialista que surgieron el fascismo y el nazismo; una ideología que justificaba el genocidio y la eliminación de razas como único camino a seguir para el pueblo alemán. El antisemitismo fue transformado en una política industrial de genocidio, de eliminación de los judíos.

Ver: La fábula del sionismo de izquierda – Revista Cult.

El surgimiento del sionismo
El sionismo, que surgió a finales del siglo XIX, con Theodor Herzl, argumentó que el problema de la discriminación contra los judíos solo se resolvería si los judíos tuviesen un Estado exclusivo para ellos. El sionismo aceptaba, así, una presupuesto que los racistas antisemitas habían estado predicando: era imposible la convivencia sin discriminación entre diferentes razas y etnias, entre judíos y no judíos. Su propia constitución racial lo impediría. Y Herzl y la Organización Sionista Mundial (OSM) intentaron buscar a los líderes de las potencias imperialistas y ministros del Imperio zarista de Rusia para negociar su apoyo a este proyecto, entre otros argumentos, recordándoles que podrían deshacerse de los judíos de su territorio. Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), a través de Chaim Weizmann, líder sionista, la OSM obtuvo una declaración del gobierno imperialista británico, la Declaración Balfour de 1917, comprometiéndose a permitir la instalación de un Hogar Nacional Judío en el territorio de Palestina. Es decir, fue un compromiso de la autoridad colonial inglesa permitir que Palestina, ahora colonizada por ellos, fuese utilizada por los sionistas para instalar allí nuevos colonos judíos. Pero eso solo sería posible expulsando a la población palestina existente.

El líder sionista “revisionista” Jabotinsky (del que derivaron las organizaciones de extrema derecha Irgun y Likud de Begin y Netanyahu, primer ministro de Israel durante más de una década), llevaría esta visión hasta sus últimas consecuencias, predicando un “muro de hierro” entre judíos y los árabes habitantes de Palestina, y ninguna “mezcla de sangre” entre ellos, es decir, Israel debería ser un Estado abiertamente racista, exclusivamente de los judíos. Este fue el proyecto implementado y que dio origen al Estado de Israel, a expensas de la expulsión de la población palestina. Como revela el historiador israelí Avi Shlaim en su libro “El muro de hierro – Israel y el mundo árabe” (Editora Fissus, 2004), este fue también el presupuesto no declarado del llamado sionismo laborista –y su dirigente, David Ben-Gurion– que, de hecho, llevó a cabo la limpieza étnica en 1948.

¿Qué es el antisionismo?
El antisionismo es oponerse al proyecto político colonial sionista y todas sus ramificaciones. Es estar en contra de la limpieza étnica, el racismo, el apartheid –como lo reconocen incluso las propias organizaciones israelíes Bet’Selem, y las internacionales Amnistía Internacional y Human Rights Watch–, crímenes contra la humanidad. La causa palestina, que sintetiza las luchas contra la opresión y la explotación en cualquier parte del mundo, es la causa de la liberación nacional del yugo del colonizador. ¿Qué tiene eso de racista? Nada. Por el contrario, ser antisionista es luchar contra este estado de cosas.

El resultado del proyecto colonial sionista fundado a fines del siglo XIX fue la Nakba, una catástrofe con la formación del Estado racista de Israel el 15 de mayo de 1948 a través de una limpieza étnica planificada, como hoy reconocen incluso nuevos historiadores israelíes como Ilan Pappé. Fueron 800.000 los palestinos expulsados ​​violentamente de sus tierras y alrededor de 500 aldeas fueron destruidas en la “conquista de la tierra y del trabajo”, como propugnaba el movimiento sionista.

Como señala el historiador palestino Nur Masalha en su libro “Expulsión de los palestinos: el concepto de ‘transferencia’ en el pensamiento político sionista – 1882-1948” (Editora Sundermann, 2021), en sus diarios, los líderes sionistas expresaban desde los inicios del movimiento la percepción de que para su propósito –crear un Estado judío étnicamente homogéneo– sería necesario “la transferencia poblacional”, de la población palestina nativa no judía, que era mayoritaria, hacia afuera de sus tierras y de los judíos europeos hacia Palestina, a través de la inmigración. Eso fue lo que pasó. Israel se formó en 78% de la Palestina histórica, sobre los escombros de las aldeas palestinas y sobre los cuerpos de sus habitantes nativos. Sobre las lágrimas de miles que se convirtieron en refugiados de la noche a la mañana.

En 1967, Israel ocupó el resto de esas tierras (Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental). Otros 350.000 refugiados. Hoy hay 5 millones en los campos de los países árabes a la espera del retorno. Todavía hay miles en la diáspora y 1,9 millones oriundos de los remanentes de la Palestina ocupada en 1948 (ahora llamada Israel), considerados ciudadanos de segunda o tercera clase, sometidos a unas 60 leyes racistas. En esta zona, Israel se niega incluso a prestar los servicios básicos a cientos de aldeas beduinas, donde la especulación inmobiliaria busca avanzar a costa de la demolición de viviendas. Y los palestinos no tienen orden de residencia permanente. La aldea de Al Araqib, por ejemplo, ha sido demolida más de 190 veces, y los palestinos, en un acto de resistencia, continúan reconstruyéndola.

Gaza es una verdadera prisión a cielo abierto, donde 2 millones de palestinos se enfrentan a una dramática crisis humanitaria bajo un inhumano cerco sionista desde hace 14 años –con 96% del agua potable contaminada y solo cuatro horas de suministro eléctrico al día–, además de frecuentes bombardeos. Y en Cisjordania y Jerusalén Oriental, la colonización avanza a ritmo acelerado, en lo que la limpieza étnica es parte instrumental. Hay alrededor de 3 millones de palestinos sin ningún derecho humano fundamental asegurado, con todo tipo de restricciones de movimiento: diferentes documentos, prohibición de transitar libremente (hay carreteras exclusivas para colonos sionistas, por ejemplo), cientos de puestos de control y un muro de apartheid con aproximadamente 700 km de longitud que se sigue construyendo, aislando familias y anexando más tierras fértiles.

Israel no provee a los palestinos ni siquiera el mínimo de agua necesaria, recomendada por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Boicot al apartheid vs hipocresía
Pero la Nakba continúa: como denuncia ahora también Amnistía Internacional, el régimen es de apartheid, en “un cruel sistema de dominación y opresión que Israel inflige al pueblo palestino, ya sean residentes en Israel o en los territorios ocupados, o incluso refugiados desplazados en otros países”. Un crimen contra la humanidad, en el que los palestinos vienen siendo tratados hace décadas, según Amnistía Internacional, como “una raza inferior”. La Bet’Selem describe el apartheid como «un régimen de supremacía judaica» también en toda la Palestina histórica: «Toda el área que controla Israel entre el río Jordán y el mar Mediterráneo está gobernada por un régimen único que trabaja para avanzar y perpetuar la supremacía de un grupo sobre otro. A través de la ingeniería geográfica, demográfica y física del espacio, el régimen permite que los judíos vivan en un área contigua con plenos derechos, incluida la autodeterminación, mientras los palestinos viven en unidades separadas y con menos derechos. Esto califica como un régimen de apartheid, aunque Israel sea comúnmente visto como una democracia que mantiene una ocupación temporal”.

En esta situación, descrita en detalle en el informe tanto de Amnistía Internacional como de Human Rights Watch y Bet’Selem, los palestinos existen porque resisten heroicamente. Y hoy la campaña central de solidaridad es el BDS (boicot, desinversión y sanciones), basado en el modelo de la campaña de boicot que ayudó a poner fin al apartheid en Sudáfrica en la década de 1990, que aborda las demandas fundamentales del pueblo palestino: fin de la ocupación, igualdad de derechos civiles y retorno de los refugiados a sus tierras. Los sionistas, incluidos aquellos que dicen ser de “izquierda” –lo que es esquizofrenia, toda vez que defienden un proyecto colonial utilizando una retórica blanda, un discurso contra las opresiones– se han vuelto contra el BDS. También rechazan los informes que demuestran que los palestinos están sometidos a un régimen de apartheid. Las organizaciones son tasadas de antisemitas por Israel, como todas y todos aquellos que se levantan contra este Estado racista.

En el programa Flow Podcast, el sionista André Lajst, director ejecutivo de la organización Stand With Us en Brasil, un día después de los repugnantes discursos de Bruno Aiub y Kim Kataguiri, afirmó que el antisemitismo, “en este caso, la judeofobia, el odio a los judíos, porque existen otros pueblos semitas, ha ido cambiando a lo largo de la historia”. Según sus palabras, en ese proceso de mutación, se convierte entonces en “odio a los judíos por causa de su Estado-nación, que es el odio exacerbado y desproporcionado que las personas tienen por el Estado de Israel, que también es una especie de antisemitismo. No hablo de la crítica al Estado, me refiero a la no legitimidad de un país, de un hogar nacional judío o del combate al movimiento nacional judaico”. Llega así a la maniobra de asociar de forma retorcida antisionismo y antisemitismo.

Una maniobra clara: Lajst pone un signo igual que no existe, en el que defender el fin del eEstado de apartheid de Israel sería defender el fin de los judíos, su exterminio. ¿Qué pasa con Sudáfrica o con Rhodesia, gobernadas por la minoría segregacionista blanca? ¿Es lo mismo defender el fin del apartheid que defender el fin de los sudafricanos blancos?  No es esto lo que la historia demuestra. No es lo que dicen los palestinos en el caso de Israel. Como relataba un refugiado palestino expulsado de su tierra en 1948, cuando era niño, “judíos, musulmanes, cristianos jugaban juntos, sin rótulos”. Esa separación nunca existió en la Palestina histórica, el sionismo la creó y continúa alimentándola.

Contrariando la visita de Lajst al Flow Podcast, llama la atención que organizaciones sionistas hayan declarado que se debe boicotear el podcast, pidiendo y llegando a la suspensión de patrocinios. “Las ideologías que apuntan visan la eliminación de otros tienen que ser prohibidas. El racismo y las persecuciones de cualesquiera identidades no son libertad de expresión, afirmó el colectivo sionista Judíos por la Democracia en su Twitter.

La idea es correcta. La apología del nazismo debe ser rechazada con todas las fuerzas, por todos los medios. No obstante, causa indignación la hipocresía, ya que el BDS no puede [actuar], es criminalizado y descalificado. No se puede denunciar el apartheid. Para ellos, las vidas de los palestinos no importan, aunque digan lo contrario.

El Estado de Israel, la materialización de la idea central del sionismo, se basa en la eliminación del otro, a través de la limpieza étnica, las masacres, la deshumanización continuas. Ilan Pappé, en su libro “La limpieza étnica de Palestina” (Editora Sundermann, 2016), no deja dudas: “para muchos sionistas, Palestina no era ni siquiera un lugar ‘ocupado’ cuando comenzaron a trasladarse allí en 1882, si no una tierra ‘vacía’: los palestinos nativos que vivían en el lugar eran, en gran medida, invisibles o, por el contrario, una dificultad natural que debían conquistar y eliminar”.

Los sionistas de izquierda, en defensa de la existencia de Israel, a menudo se pronuncian contra la ocupación, que diferencian del apartheid, aunque la ocupación implique segregación y discriminación. Defienden la ya muerta y enterrada solución de dos Estados, como lo reconocen hace años intelectuales del porte de Ilan Pappé e incluso el ex relator especial de las Naciones Unidas (ONU) sobre los derechos humanos en la Palestina ocupada, Richard Falk. Si esta supuesta solución no fuese injusta desde siempre, ya que presenta nada más y nada menos que migajas al pueblo palestino y no contempla su totalidad, como la mitad refugiada o en la diáspora, es completamente inviable por la expansión colonial sionista. Hoy ya existe un Estado único sobre el territorio palestino: el de Israel, un Estado de apartheid.

No hay paz sin justicia. Y la justicia solo llegará con la derrota de este proyecto colonial y, por lo tanto, el fin del Estado de apartheid de Israel. En una Palestina libre del río al mar, con el retorno de millones de palestinos a sus tierras. Ser antisionista y decir esta verdad es ser coherente con la lucha contra la opresión y la explotación en todo el mundo, incluido el rechazo vehemente al antisemitismo y la apología al nazismo.

Consulte los informes (en inglés):
Amnistía Internacional – https://www.amnesty.org/en/documents/mde15/5141/2022/en/

Human Rights Watch –https://www.hrw.org/sites/default/files/media_2021/04/israel_palestine0421_web_0.pdf

Bet´Selem – https://www.btselem.org/sites/default/files/publications/202101_this_is_apartheid_eng.pdf

Traducción: Natalia Estrada.