El 11 de noviembre de 1887, en Chicago, Estados Unidos, fueron ahorcados cuatro obreros anarquistas condenados por su participación en la lucha por la jornada de 8 horas de trabajo, en un juicio que no respetó ninguna norma procesal.

Por Alejandro Iturbe

La lucha por la jornada de 8 horas (lo normal en esa época era trabajar entre 12 y 16 horas diarias en condiciones de inseguridad y falta de higiene) venía desde hacía varios años impulsada por la AFL (siglas en inglés de la Federación Americana del Trabajo).

La campaña se intensifica a partir de 1884 y el 1º de mayo de 1886, 200.000 trabajadores van a la huelga. Al día siguiente, más de 50.000 trabajadores se concentran en la plaza Haymarket Squares y son duramente reprimidos por la policía. Al día siguiente, varios miles marchan a las puertas de la fábrica McCormick que la patronal hacía funcionar con rompehuelgas. La policía dispara a quemarropa y hay 6 muertos y decenas de heridos.

Una nueva concentración se realiza al día siguiente también en la Haymarket Square, de modo pacífico. Pero al producirse la desconcentración se produce una provocación que mata un policía y se desata la represión sobre los trabajadores que aún permanecían: hay 38 muertos y más de 100 heridos. Se declaró el toque de queda y el estado de sitio. En los días siguientes se realizaron allanamientos y se detuvo a 300 personas.

A pesar de las presiones y las torturas nadie acusó a ningún manifestante del atentado. No obstante, acabaron siendo acusados ocho de ellos, sindicalistas anarquistas, con actuación pública y contrarios a las leyes laborales existentes. Las pruebas: “confesiones” que se demostraron falsas luego que las ejecuciones se habían realizado.

El 17 de mayo de 1886 se conformó el Tribunal Especial ante el que comparecieron los acusados: George Engel, alemán, tipógrafo y periodista; Adolf Fisher, alemán, periodista; Louis Lingg, alemán, carpintero, Samuel Fielden, inglés, obrero textil y pastor metodista; Michael Schwab, alemán, tipógrafo y encuadernador; Oscar Neebe, estadounidense, vendedor de levaduras; August Spies, alemán, tapicero y editor del periódico anarquista en lengua alemana Chicagoer Arbeiter-Zeitung y Albert Parsons, estadounidense, periodista, veterano de la guerra de secesión y ex candidato a la presidencia por grupos socialistas.

Con un juez, un fiscal y un jurado que indicaban un juicio de “cartas marcadas”. El 28 de agosto, salió el veredicto: siete de ellos condenados a la horca y uno a quince años de trabajos forzados. Luis se suicida el 10 de noviembre de 1887 y al día siguiente son ahorcados August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer y George Engel. Ante el escándalo público que provocó el juicio sin pruebas las penas de muerte de Samuel Fielden y Michael Schwab fueron conmutadas por cadena perpetua. En 1893, el gobernador de Illinois, Johon P. Altgeld, reconoció la falsedad del proceso llevado a cabo en la corte de Cook County y promovió la libertad de los presos que aún estaban con vida.
Estos crímenes de la burguesía estadounidense fueron un intento de descabezar al incipiente movimiento sindical del país. Pero el ahorcamiento de los Mártires de Chicago no fue el fin de la lucha. Por el contrario, con los Mártires de Chicago como símbolo y el 1º de Mayo consagrado como Día Internacional de Lucha de los Trabajadores continuó. A través de durísimos combates esa conquista se fue consiguiendo en muchos países.

Sin embargo, actualmente, el capitalismo en su profunda decadencia la ataca y la va destruyendo: millones de trabajadores se ven obligados a cumplir jornadas mucho más extensas, mientras otros millones son condenados a la desocupación.

En ese marco, hacemos nuestras las palabras de August Spies durante el juicio: “Si creéis que ahorcándonos podéis contener al movimiento obrero, ese movimiento constante en el que se agitan millones que viven en la miseria, los esclavos del salario, si esperáis salvaros y lo creéis ¡ahorcadnos! Aquí os halláis sobre un volcán y allá, y debajo, y al lado, surge la revolución como un volcán que todo lo mina”.

Desde la continuidad de esa lucha, decimos: ¡Mártires de Chicago, hasta la vitoria siempre!