Auge y decadencia de chavismo
Comité editorial, LIT-CI, septiembre 2014
Los gobiernos cubano y venezolano cuentan con el apoyo de la mayoría de las organizaciones de izquierda de todo el mundo. Ese apoyo, sin embargo, vivió su auge en la década pasada y ahora está en decadencia, al igual que la situación de crisis de esos gobiernos.
El peso internacional de ese apoyo —que llamaremos de castro-chavismo— es muy importante. Pero por ser muy heterogéneos los partidos y movimientos que apoyan a los gobiernos cubano y venezolano, no podemos clasificar al castro-chavismo como una organización internacional (como fue, en su momento, el aparato estalinista internacional) ni tampoco como una corriente. Se trata de partidos, organizaciones, movimientos, gobiernos de diversos orígenes y características, muy diferentes entre sí. Una parte asume el modelo nacionalista burgués del chavismo, el bonapartismo del castrismo y la colaboración de clases entre ambos. Otra parte solo apoya esos gobiernos.
Los gobiernos cubano y venezolano no son obreros (ni pequeñoburgueses reformistas). Tienen orígenes distintos, pero hoy son gobiernos burgueses que dirigen estados capitalistas.
El castrismo proviene de una corriente pequeñoburguesa que cumplió una tarea revolucionaria al tomar el poder y expropiar a la burguesía. Después, condujo la restauración del capitalismo en Cuba y se convirtió en burguesa. La dictadura castrista se apoya en un estado burgués posrestauración.
El chavismo era una corriente pequeñoburguesa que llegó al gobierno venezolano y generó una nueva burguesía. Maduro dirige un gobierno bonapartista en el estado burgués venezolano. Es más bien una versión del nacionalismo burgués, como el peronismo argentino, el aprismo peruano y el nasserismo egipcio.
Cuba no es el “último bastión del socialismo” del siglo XX. En Venezuela nunca se expropió al capitalismo. El “socialismo del siglo XXI” es apenas una propaganda sin ningún punto de contacto con la realidad. El estalinismo ya le hizo mucho mal al movimiento revolucionario al identificar las dictaduras estalinistas con el socialismo.
Estas son direcciones burguesas, con base en el movimiento obrero, popular y estudiantil. Pero el apoyo a estos gobiernos, que vivieron un auge a inicios del siglo XXI, ahora está en un claro declive.
1- Cuba: de la revolución a la restauración capitalista
La revolución cubana marcó profundamente la historia latinoamericana. Una pequeña isla, a pocas centenas de kilómetros de la costa norteamericana, expropió a las empresas multinacionales y puso fin a la economía capitalista. Eso nunca había ocurrido hasta entonces y no se repitió hasta hoy.
El ejemplo cubano permitió materializar lo que significa una alternativa a la economía capitalista. Eso superaba el nivel de debate anterior con los defensores del capital en el terreno de las ideas y del programa, transformándose en una experiencia que podía compararse. Eso, que ya existía a nivel mundial con la URSS, se concretó en América Latina a través de Cuba.
Cuba era uno de los países más pobres y miserables del continente. Una parte del turismo hacia la Isla era de ricos norteamericanos que iban a sus prostíbulos. Eso terminó con la revolución y la expropiación del capitalismo.
Fue un ejemplo impactante. En la Isla se acabaron los problemas sociales que ni en los países imperialistas se habían solucionado. Acabaron con el desempleo y la falta de vivienda. Todos podían comer y acceder a la educación y a la salud. Los cubanos pudieron acceder a una educación de calidad y gratuita, incluida la universitaria. Podían contar con asistencia médica calificada en todos los niveles. El cambio en la calidad de vida de la población se reflejó en los deportes: una pequeña isla comenzó a disputar con los Estados Unidos el liderazgo en medallas en los Juegos Panamericanos.
Eso tuvo una enorme importancia para la conciencia de las masas latinoamericanas y para su vanguardia. Lo que la revolución rusa ya había demostrado a nivel mundial, ahora se hacía presente en América Latina. El socialismo no es un sueño, sino un programa real que puede cambiar el mundo y la vida de las personas. Generaciones y generaciones de activistas en América Latina recibieron las primeras lecciones de socialismo a partir de los ejemplos cubanos.
El Movimiento 26 de Julio, que tomó el poder, era una guerrilla de dirección pequeñoburguesa. Ese movimiento cumplió una tarea revolucionaria, no solo por haber derrotado a la dictadura de Fulgencio Batista, sino también por haber construido un Estado obrero.
El proyecto de la dirección castrista no era llegar tan lejos. Pero después de derrocar a la dictadura de Batista, quiso recuperar la economía, que estaba en una crisis completa. Y tuvo que enfrentarse a la burguesía cubana y, en particular, a las empresas norteamericanas presentes ahí. Después del acuerdo para la importación de petróleo de la URSS a precios muy bajos, las refinerías norteamericanas se negaron a refinarlo. Fidel reaccionó expropiando esas empresas, lo que inició un enfrentamiento con el imperialismo y llevó a la ruptura con el capitalismo y a la construcción de un nuevo estado.
Pero se trataba de una dirección pequeñoburguesa, apoyada esencialmente en el movimiento estudiantil, en las clases medias de las ciudades y en el campesinado pobre. Desde el inicio, ese movimiento tuvo una diferencia fundamental con la revolución rusa: el ejercicio del poder en Cuba nunca estuvo respaldado por la democracia obrera de los soviets como en 1917, sino bajo el control dictatorial de los dirigentes guerrilleros. Desde el inicio fue un estado obrero burocratizado.
Al inicio, Castro incluso adoptó una postura más a la izquierda que la de la burocracia soviética. Mientras la dirección de la URSS aplicaba la política de “coexistencia pacífica” con el imperialismo, la dirección cubana estimulaba a la guerrilla latinoamericana. El Che Guevara murió impulsando esa política en Bolivia en 1967. Aun siendo la estrategia guerrillera completamente equivocada, demostraba una política distinta de la rusa. Pero después, la dirección cubana se incorporó a la misma política de la URSS, lo cual fue fundamental para evitar que la revolución sandinista en Nicaragua, en 1979, evolucionase hacia la expropiación del capitalismo.
La restauración del capitalismo en la URSS fue acompañada por el mismo proceso en Cuba. A partir del año 1977 se inician cambios de apertura al capitalismo en la Isla. Al inicio, fue la apertura del campo a las cooperativas y a los mercados libres campesinos, así como al trabajo autónomo en las ciudades. En la década del ’90 se dan los pasos cualitativos para la restauración con la Ley de Inversiones Extranjeras de 1995, la privatización de los sectores fundamentales de la economía cubana (turismo, producción de caña y tabaco), el fin de la planificación económica estatal y del monopolio del comercio exterior.
El bloqueo económico a Cuba, impuesto por el gobierno de los Estados Unidos en 1962, es una de las principales “demostraciones” de los castro-chavistas de que la Isla sigue siendo un “bastión del socialismo”. Sin embargo, el bloqueo no es del conjunto del imperialismo sino sólo de los norteamericanos. La burguesía europea se aprovechó de esa situación para tomar la delantera en la ocupación económica de la Isla durante la restauración. No es por casualidad que buena parte de la estructura hotelera de turismo tiene como principales agentes a redes españolas como Meliá. Incluso la burguesía de los Estados Unidos está dividida, con un sector creciente que se opone al bloqueo por la pérdida de la “oportunidad”. En realidad, aún pesa decisivamente para el mantenimiento del bloqueo la posición de la burguesía cubana “gusana”, asentada principalmente en Miami. Esta burguesía quiere la restauración, pero con la devolución de “sus” propiedades y, por eso, mantiene una postura belicosa contra la dictadura castrista. Incluso así, Estados Unidos es uno de los mayores exportadores a Cuba (variando entre el cuarto y el quinto lugar).
El plan de la burocracia castrista es transformar a Cuba en una China más próxima a la costa de los Estados Unidos. Sin embargo, hasta ahora por lo menos, el imperialismo sólo se apropió de las antiguas empresas estatales cubanas, sin grandes inversiones en la Isla. El resultado es una clara decadencia del país. La producción industrial fue 55% menor en 2011 que en 1989. La producción de azúcar cayó de 8 a 1,3 millones de toneladas. El salario real se redujo en un 72% en veinte años.
Ahora, ya con la restauración completada, Raúl Castro está implementando un nuevo paso de calidad: otra Ley de Inversiones Extranjeras, el plan de despido de un millón de funcionarios y la apertura de una enorme zona franca (semejante a las chinas) en el Puerto de Mariel. Por la nueva ley de inversiones, los inversores no pagarán impuestos sobre las ganancias durante los primeros ocho años de operación y, después, pagarán la mitad de la alícuota vigente. El Puerto de Mariel es modernísimo y puede recibir navíos de gran calado (pos-Panamax). Costó mil millones de dólares y es una apuesta por que Cuba forme parte del comercio de Asia hacia el mercado estadounidense.
Estos son nuevos pasos de apertura del país, ya restaurado, hacia nuevas inversiones extranjeras. Puede que estas nuevas iniciativas estén articuladas con una perspectiva de fin del bloqueo e de inversiones de la burguesía norteamericana.
La fábula, ampliamente divulgada por los castro-chavistas, es que Cuba es el “último bastión del socialismo”. Niegan la restauración del capitalismo, apoyados en las figuras de Fidel y Raúl Castro, quienes dieron la misma dirección que comandó la revolución.
La realidad cubana desmiente al castro-chavismo. La economía en la Isla no está más regida por la planificación estatal, sino por las leyes del mercado capitalista. No existe estado obrero si no está apoyado en la propiedad estatal de los medios de producción, en la planificación económica y en el monopolio del comercio exterior.
Cuba hoy ya no es, en la conciencia de las masas latinoamericanas, la demostración de que un estado obrero puede ser una alternativa al capitalismo. Por el contrario, en la Isla existe una tragedia social derivada de la restauración, que conlleva una caída durísima del nivel de vida de los cubanos. Los trabajadores ganan salarios de 18 dólares mensuales; el desempleo amenaza con aumentar en grandes proporciones debido al plan gubernamental de despidos masivos de empleados públicos. La crisis llega a la educación y a la salud cubanas.
La opresión contra las mujeres no fue resuelta por la dictadura castrista, incluso cuando existía un Estado obrero. Pero con la restauración capitalista, el empeoramiento es cualitativo. Decenas de prostitutas rodean todos los hoteles de turismo en Cuba, retomando la triste realidad de los tiempos de Batista.
Ante el cuestionamiento del Comité por la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, de las Naciones Unidas, sobre la prostitución en la Isla, el gobierno cubano respondió con un cinismo impresionante: eso “constituye una elección personal de mujeres y hombres que buscan en el ejercicio de la prostitución una vía para acceder a determinados bienes de consumo que propicien un nivel de vida superior al del resto de la población trabajadora”. Fidel Castro fue más lejos aún en un discurso, casi haciendo propaganda de la prostitución: “Nuestras prostitutas son las más saludables e instruidas del mundo” (cita de Alejandro Armengol).
Mientras tanto, el turismo sexual retornó con fuerza, incluso con prostitución infantil. El cantante de rock Gary Glitter fue detenido por pedofilia en Inglaterra tras viajes consecutivos a Cuba. Un canadiense de 78 años, James McTurk, fue considerado culpable ante la justicia de su país por turismo sexual con niñas cubanas de hasta tres años de edad.
La opresión contra los homosexuales nunca terminó, incluso en tiempos en que aún existía un Estado obrero-burocratizado. El documental “Conducta impropia” tuvo gran repercusión al mostrar la represión contra homosexuales anónimos, así como contra reconocidos escritores como Reinaldo Arenas.
Quien quiera comprobar el repudio mayoritario de la población a la dictadura cubana le bastaría con viajar a la Isla y conversar con las personas en las calles, fuera del circuito “oficial”. Existe un rechazo pasivo de la amplia mayoría de la población, en particular de la más joven. Hablan mal del gobierno todo el tiempo; hacen bromas con la manera expansiva de los cubanos. La dictadura aún conserva el apoyo del sector más viejo de la población, que vivió en la época de la dictadura de Batista. Pero la amplia mayoría se opone a la dictadura castrista.
La presencia en las manifestaciones convocadas por el gobierno es obligatoria y está controlada por la policía política, como en las dictaduras del Este. Poco antes del derrumbe de la dictadura estalinista en Rumanía hubo una gigantesca manifestación oficial. Los Comités de Defensa de la Revolución cubanos son como comisarías políticas en cada barrio, para vigilar a cualquier persona que manifieste una posición política contraria al gobierno, lo cual puede acarrear la pérdida del empleo o la prisión.
La dirección cubana comandó la restauración y pasó a dirigir un estado burgués. A pesar de todo el secreto con que la dictadura castrista rodea esos hechos, circulan informaciones de que altos oficiales de las fuerzas armadas cubanas son socios de empresas multinacionales que operan en Cuba.
El secreto también rodea la vida privada de los altos dirigentes cubanos. Pero acaba de publicarse un libro de Juan Reinaldo Sánchez, quien fue guardaespaldas de Fidel durante 17 años. El ex fiel servidor de Fidel afirma que este es dueño de la isla Cayo Piedra, situada al sudeste de Cuba, un “paraíso para millonarios”, a la cual siempre viaja en el yate de su propiedad, «Aquarama II». Para esa isla, Fidel sólo invita a algunas personas escogidas, como el propietario de la CNN, Ted Turner, el empresario francés Gerard Bourgoin, el expresidente colombiano Alfonso López Michelsen.
Lo que existe hoy en Cuba es semejante a la realidad china: una dictadura del Partido Comunista que comanda un estado burgués en una economía capitalista.
El programa revolucionario necesario para la Isla ya no es el de una revolución política, como en los tiempos del estado obrero burocratizado, sino el de una revolución social contra un estado burgués y una dictadura capitalista.
Cuando la mayor parte de la izquierda mundial defiende al castrismo, apoya una dictadura burguesa que explota y oprime a su pueblo. Es inevitable que, en algún momento, ocurra en Cuba lo que ocurrió en el Este europeo. Y esa izquierda tendrá entonces que apoyar la represión del gobierno cubano o desdecirse de todo lo que defendió hasta ahora.
2- Chavismo: del nacionalismo pequeñoburgués al nacionalismo burgués
El surgimiento con peso del chavismo tiene su origen político en la crisis vivida por Venezuela con el Caracazo, la insurrección que sacudió al país en 1989. El presidente Carlos Andrés Pérez impuso un violento paquete económico, con la desvalorización de la moneda (aumento del 100% en relación con el dólar) y el aumento del 80% en el precio del combustible. La población pobre de los morros que circundan Caracas bajó de ellos, se enfrentó violentamente a la policía y saqueó los comercios. La durísima represión mató a más de mil personas, conteniendo así la situación. Pero las fuerzas armadas se dividieron y la crisis se instaló en el régimen.
El entonces coronel Chávez intentó un golpe militar en 1992, que expresaba la insatisfacción generalizada en las FF.AA. A pesar de estar preso y de haber sido condenado, ganó un enorme prestigio entre los sectores más pobres. En 1998 ganó las elecciones presidenciales, iniciando un largo período de chavismo en el poder que se mantiene hasta hoy.
Chávez tuvo contra el imperialismo norteamericano una retórica que le valió gran prestigio en toda América Latina. Los discursos de Chávez contra el gobierno de Bush eran claramente diferentes de los de Lula y de otros gobiernos del continente. Pero ni Chávez ni Lula rompieron en ningún momento con el imperialismo.
Incluso en términos de discursos, todo cambió cuando Obama asumió la presidencia de los Estados Unidos. Chávez declaró sobre las elecciones norteamericanas: “Si yo fuese estadounidense, votaría por Obama. Y yo creo que, si Obama fuese de Barlovento o de un barrio de Caracas, votaría por Chávez.”
El gobierno venezolano siguió pagando religiosamente la deuda externa y mantuvo el abastecimiento de petróleo a los Estados Unidos, incluso cuando el imperialismo invadía Irak.
Aun sus medidas más famosas, como la “nacionalización del petróleo”, no significaron más que el mantenimiento de la sociedad con las multinacionales en la explotación y refinamiento del petróleo, aumentando un poco el porcentaje que recibía el Estado. En el principal ítem de la economía venezolana –el petróleo–, las multinacionales pueden ser dueñas de hasta el 49% de las empresas y de las reservas. En el caso del gas, pueden ser dueñas de hasta el 100 %. Así, no estamos hablando de pequeñas empresas sino del “socialismo” con la Exxon Mobil, la Chevron Texaco y la Repsol. Los enormes edificios de estas empresas se encuentran en las ciudades petroleras del país.
Al inicio, el imperialismo repudió duramente a Chávez y propició un golpe de Estado en abril de 2002. Las masas reaccionaron violentamente, iniciando una nueva insurrección que sólo fue contenida con el retorno de Chávez, tres días después.
En diciembre, el imperialismo aún intentó un lockout patronal y fue derrotado por las masas una vez más. Después, el gobierno de Estados Unidos y la derecha venezolana aprendieron de sus derrotas y pasaron a apostar por el desgaste del gobierno y por la vía electoral para derrotar al chavismo.
El “socialismo del siglo XXI” de Chávez es sólo una farsa, una ideología para ganar a la vanguardia y a las masas para su proyecto burgués. El capitalismo se mantuvo intocable durante todo ese período chavista, con características semejantes a las del resto del continente, como el predominio de las multinacionales (en este caso, las petroleras) y de los bancos privados. El Estado burgués venezolano se mantuvo intacto, con sus fuerzas armadas controladas por el chavismo. Nunca hubo nada parecido a organismos de poder de las masas.
Ese fenómeno ya fue definido por Trotsky como bonapartismo sui generis, un tipo de gobierno burgués que se apoya en el movimiento de masas y presenta fricciones parciales con el imperialismo.
La definición de bonapartismo se relaciona con el carácter antidemocrático y autoritario del chavismo. Eso es algo que los chavistas intentan, pero no logran esconder. Los sindicatos están controlados por una burocracia chavista y los activistas son perseguidos. Chávez reprimió las huelgas que escapan al control de la burocracia chavista –y Maduro lo hace ahora–, como ocurrió con la ocupación de la Mitsubitch en 2009 (dos muertos) y la de la Sidor en 2014 (tres heridos). El PSUV (Partido Socialista Único de Venezuela, fundado por Chávez) es un partido burgués que usa el aparato estatal como lo hizo el PRI mexicano o el Partido Colorado en Paraguay para cooptar y controlar al movimiento en un partido único.
Otros roces parciales con el imperialismo existen porque el chavismo es una expresión del nacionalismo burgués latinoamericano, al igual que el peronismo o el aprismo. Pero con las limitaciones que el nacionalismo burgués tiene en tiempos de la globalización económica del siglo XXI. No tiene espacio para medidas antiimperialistas de mayor peso, como la estatización del petróleo realizada por Cárdenas en México en 1938, o las estatizaciones realizadas por el peronismo tanto del petróleo como de la energía eléctrica y de los ferrocarriles. Ni para concesiones importantes al movimiento de masas, como las del peronismo.
Las multinacionales están tan fuertemente presentes en Venezuela como en toda América Latina. Y, como en el resto del continente, involucradas en grandes negocios con el gobierno. Uno de los últimos escándalos en Venezuela fue la divulgación, nada menos que por la presidenta del Banco Central (Edmée Betancourt, quien duró apenas tres meses en el cargo), de que en 2012 entre 15 y 20 mil millones de dólares fueron entregados por el Estado a un grupo de “empresas de maletín” que sobrefacturan importaciones. Entre esas empresas estaban General Motors, Toyota, Ford, Cargill, Chrysler, American Airlines, Nestlé Venezuela y Procter & Gamble. Entre 2004 y 2012, las “empresas de maletín” recibieron 180.000 millones de dólares del Estado en una estafa gigantesca.
En Venezuela existe una fuerte disputa interburguesa entre el chavismo y la burguesía tradicional (llamada “escuálida”) desde la ascensión del chavismo. Es eso lo que explica el golpe de 2002, el lockout, las marchas actuales, así como las disputas electorales violentas. Pero la izquierda chavista confunde esa disputa interburguesa con una disputa entre un supuesto sector revolucionario y la burguesía en su conjunto. O incluso, como si fuesen Cuba y los Estados Unidos en los años ’60.
Los trabajadores venezolanos viven en las mismas pésimas condiciones salariales y laborales que sus hermanos latinoamericanos. El salario mínimo “vale” alrededor de cien dólares (según la cotización real en el mercado paralelo), lo que es menor que el de la mayoría del continente. En el país que es el mayor exportador de petróleo del continente, casi el 40 % de la población vive en la pobreza. Existen 1,2 millones de desempleados y la mitad de los empleados está en el sector informal. Las cooperativas, impulsadas por el gobierno, contribuyen enormemente a la flexibilización de los derechos laborales, sin estabilidad para sus trabajadores ni reconocimiento de derechos mínimos, como sindicalización, huelga, previsión, etc.
En Venezuela, la opresión contra las mujeres, los negros y los homosexuales es la misma que en el resto de América Latina. En algunos terrenos es aún mayor que en otros países latinoamericanos. Por ejemplo, no existe derecho al aborto como en la Ciudad de México y en Uruguay (en las primeras 12 semanas).
La cara “social” del chavismo es la misma que la de otros gobiernos latinoamericanos de “izquierda” y de derecha: programas sociales compensatorios y asistencialistas. Las “Misiones” venezolanas tienen el mismo carácter que la “Bolsa Família” del Brasil, el “Juanito Pinto” y la “Renta Dignidad” de Bolivia, el “Hambre Cero” de Nicaragua, el “Familias en Acción” de Colombia, el “Oportunidades” de México y el “Juntos” del Perú.
Esta política atiende a las recomendaciones del Banco Mundial y del FMI de aplicar estos programas junto con los planes neoliberales. Vienen juntos con la reducción de los presupuestos de salud, educación y jubilación para garantizar el pago de las deudas a los banqueros. Según estas instituciones del imperialismo, son “programas eficientes” a un “costo bajo” que ayudan a aplicar los planes neoliberales y a mantener la estabilidad política.
En Venezuela, las “Misiones” tienen un enorme peso, alcanzando a más del 40% de la población. Esta es la diferencia cuantitativa en comparación con otros países. Financiadas con la renta petrolera, las “Misiones” pueden abarcar un mayor número de personas, asegurando apoyo electoral y político al chavismo.
El enorme potencial económico de la exportación de petróleo no se aprovechó para transformar la economía del país mediante la industrialización. El petróleo pasó de un peso del 70% de las exportaciones en 1998 a un 96% en 2012. Mientras tanto, el sector industrial cayó del 17,3 % del PIB en 1998 al 14 % en 2012.
El chavismo dio continuidad al modelo rentista parasitario de la burguesía venezolana. No avanzó ni siquiera en el camino del nacionalismo burgués de antes, como el de Perón, Vargas y Cárdenas, que desarrollaron sectores industriales sustituyendo importaciones en sectores clave como la siderurgia, la industria automotriz, la alimenticia, etc. Podría haber avanzado en ese sentido con la renta del petróleo, pero se mantuvo exactamente en la misma postura parasitaria tradicional de la burguesía venezolana.
Chávez no rompió con el capitalismo y, por eso, tampoco cambió la vida de los trabajadores. Así, Venezuela no puede presentar al mundo un cambio social semejante al que vivió Cuba tras la expropiación del capitalismo.
A diferencia de avanzar en un rumbo socialista, como afirman sus defensores, el chavismo impulsó, desde el Estado, la construcción de una nueva burguesía, conocida como la “boliburguesía” (burguesía bolivariana). Esta nueva burguesía tiene un enorme peso en el gobierno y en el PSUV. Su representante más importante es Diosdado Cabello, ex oficial de las Fuerzas Armadas y actual presidente de la Asamblea Legislativa, quien llegó a disputar con Maduro la sucesión de Chávez.
El grupo económico de Diosdado tiene tres bancos, varias industrias y empresas de servicios. Ya es uno de los principales grupos económicos del país. Otros dos grupos económicos de la boliburguesía giran en torno a Jesse Chacón y a Blanco La Cruz, también oficiales retirados de las fuerzas armadas.
El ALBA –Alianza Bolivariana para las Américas–, impulsado por Venezuela, se demostró apenas como una asociación más de libre comercio, controlada por las multinacionales instaladas en estos países.
El gobierno venezolano utiliza los negocios petroleros en los países de América Latina como parte de sus objetivos políticos. Vende a precios más bajos a los gobiernos aliados y utiliza su comercialización en otros países como puente para negociar con movimientos y partidos.
Al no avanzar en un camino anticapitalista, el chavismo expuso a Venezuela a la crisis económica mundial y a las maniobras de la burguesía local. Venezuela vive hoy una de las mayores crisis económicas del continente, con una probable recesión este año (-0.5%), hiperinflación (más de 50%) y escasez de alimentos de primera necesidad (más del 30% de los productos). Si el país fuese realmente socialista, no se podría justificar esta crisis por la situación económica mundial. Basta comparar los avances de la Unión Soviética, que crecía a tasas superiores al 10% en plena depresión mundial de 1929. Como –a diferencia de lo que dice el chavismo– no se avanzó en la ruptura con el capitalismo, el país vive hoy una crisis gigantesca.
La muerte de Chávez expuso con claridad la crisis del chavismo, con innumerables disputas internas que se agravan a medida que pierde apoyo popular. El gobierno de Maduro es cada vez más frágil y cada vez más repudiado.
La burguesía se apoyó en ese descontento para promover grandes movilizaciones en las calles, a inicios de 2014, apoyándose en las clases medias y en los estudiantes. Por sus dimensiones y por estar asociadas al descontento general con el gobierno, estas muestran la amenaza concreta que representa la derecha para el chavismo. El acuerdo entre el gobierno de Maduro y la oposición de derecha para frenar las movilizaciones significó más ataques contra los trabajadores y más descontento popular.
La política, en general, del imperialismo y de la oposición de derecha es desgastar al gobierno y apostar por su derrota electoral en las legislativas de 2015 y, después, en las presidenciales. El desencanto con la inflación, la escasez, la corrupción del chavismo es cada vez mayor y puede ser capitalizado por la oposición de derecha. Una evolución de Venezuela en el mismo sentido que lo hizo Nicaragua (que incluyó una derrota electoral del sandinismo por parte de la derecha) es la primera estrategia de dicha derecha.
El gobierno sigue teniendo el control de las fuerzas armadas y el apoyo de un sector importante de la población, lo que inviabiliza un golpe militar. No se puede descartar, sin embargo, un cambio en el curso del proceso en caso de que el gobierno de Maduro se debilite aún más y la derecha consiga apoyo en las fuerzas armadas.
El movimiento obrero protagonizó innumerables huelgas durante todos estos años de gobierno chavista. La respuesta fue, en general, dura, con represiones directas y asesinatos de dirigentes huelguistas. Ahora se está extendiendo un enorme descontento en los sectores populares y se está dando inicio a una ruptura con el chavismo. Recientemente hubo luchas de trabajadores de la salud, profesores, la industria automotriz y de Sidor. Sidor es una empresa estatal, la principal siderúrgica del país, y desde 2012 está en lucha en defensa de un contrato colectivo de trabajo. Diosdado Cabello llamó a los trabajadores de Sidor “mafiosos”. Maduro los acusó de “hacerle el juego a la derecha”. El día 11 de agosto, una marcha de los obreros de Sidor fue violentamente reprimida por la Guardia Nacional Bolivariana, lo que dejó tres heridos y a muchos detenidos.
Es fundamental que el movimiento obrero venezolano construya una alternativa independiente, tanto del gobierno como de la oposición de derecha.
3- La génesis del retroceso castro-chavista
Las caracterizaciones de las direcciones mayoritarias del movimiento de masas tienen mucha importancia para nuestra comprensión de la realidad y, por lo tanto, del programa. Durante muchos años, la polémica fundamental en el movimiento obrero giraba en torno a reformistas y revolucionarios.
Pero existe un proceso social y político que afectó a las direcciones mayoritarias del movimiento de masas en los últimos treinta años, concomitante con la globalización de la economía y el desarrollo de los planes neoliberales. En esencia, hubo un movimiento reaccionario de transformación de burocracias en nuevas burguesías, que pasaron políticamente de reformistas a neoliberales.
En el momento en que terminaba el boom posguerra (finales de la década del ’60 e inicios de los años ’70), el imperialismo hacía la conversión de sus planes neokeinesianos hacia el neoliberalismo. Para recuperar la tasa de ganancia, era necesario cambiar la economía, imponiendo un retroceso a las conquistas del proletariado en la posguerra (el llamado estado de bienestar social), además de privatizar las empresas estatales y avanzar fuertemente en el control del capital financiero sobre toda la economía.
El neoliberalismo, que era una corriente intelectual marginal desde su fundación en 1947, fue asumido por los pensadores y gobernantes del capitalismo. Primero, como una experiencia durante la dictadura de Pinochet en 1973 (nunca antes se había aplicado un plan neoliberal). Después, asumido por los gobiernos de Reagan y Thatcher al inicio de la década del ’80. Finalmente, generalizado por los países imperialistas y en todo el mundo.
Es necesario investigar el paralelismo entre la globalización económica y la restauración del capitalismo en el Este europeo. Existen elementos que apuntan a una relación entre ambos procesos, aunque no se pueda explicar la restauración en el Este únicamente por un proceso económico.
Pero es un hecho que las burocracias gobernantes en los ex estados obreros no tenían las condiciones políticas para efectuar un ataque a los trabajadores semejante al de los planes neoliberales, sin riesgo de rebeliones. Por otro lado, tampoco tenían condiciones tecnológicas para acompañar la incorporación de la informática, la telemática y la robótica en la producción. Esto reforzó enormemente la presión del mercado mundial sobre estas burocracias.
La resultante de esa relación –y, seguramente, de otros procesos asociados– es que esas burocracias prefirieron asociarse directamente al gran capital en el proceso de restauración del capitalismo. A partir de allí, se apropiaron de las empresas estatales y se transformaron en nuevas burguesías. Eso se dio de manera generalizada en todos los países en los que se efectuó la restauración. Un ejemplo típico es el de Abramovich, quien se apoderó de las empresas petroleras rusas y se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo.
En los países semicoloniales se daba un proceso en el mismo sentido: la transformación de partidos y movimientos reformistas pequeñoburgueses en burgueses al llegar al gobierno. Fue así con el Frente Sandinista en Nicaragua. Después de destruir las fuerzas armadas burguesas –la Guardia Nacional de Somoza– en 1979, el sandinismo se negó a expropiar al capitalismo. Por el contrario, los dirigentes sandinistas se apoderaron, de manera privada, de muchas de las propiedades de Somoza. Varios de ellos se convirtieron en multimillonarios y en parte de la burguesía, como Daniel Ortega, actual presidente del país.
Se observó el mismo fenómeno en Mozambique y Angola. Las fuerzas armadas que sustentaban el poder burgués y colonial eran las tropas portuguesas. La Revolución de los Claveles en Portugal, en 1975, favoreció la victoria de los movimientos de liberación nacional que ya eran fortísimos en ese país. Tanto el MPLA [Movimento Popular de Libertação de Angola] en Angola como el Frelimo [Frente de Libertação de Moçambique] en Moçambique mantuvieron el capitalismo y sus direcciones se transformaron en nuevas burguesías.
La familia de Eduardo dos Santos —actual presidente de Angola— es accionista de las 21 mayores empresas del país. Su hija, Isabel dos Santos, es socia de uno de los burgueses más poderosos de Portugal —Américo Amorim— en el Banco BIC de Angola. En Mozambique, la privatización de los bancos estatales BCM [Banco Comercial de Mozambique] y BPD [Banco Popular de Desarrollo] en 1996-97 tuvo como principales beneficiarios a varios dirigentes del Frelimo, quienes desaparecieron con más de 400 millones de dólares. Armando Guebuza, actual presidente, es un gran accionista de Intelec Holding y socio de la multinacional Vodacom. Su hijo, Mussubuluko Ghebuza, también es socio de Américo Amorim en la creación del Banco Único en Mozambique.
En África del Sur, los dirigentes del CNA [Congreso Nacional Africano] en el gobierno abrieron el camino para la formación de una nueva burguesía negra, socia menor de la burguesía blanca. Cyril Ramaphosa, líder del Sindicato de Mineros (NUM) y del COSATU [Congreso de Sindicatos Sudafricanos] en la lucha contra el apartheid, es hoy socio-propietario y miembro del directorio de la empresa multinacional Lonmin. Fue durante la represión de 2013 contra la huelga de los mineros de Marikana, de esa empresa, cuando la policía, enviada por el gobierno del CNA, mató a 34 mineros.
En el PT brasileño, que gobierna desde hace doce años, está en curso un proceso de aburguesamiento de su dirección. El hijo de Lula, testaferro de la familia, era empleado de un zoológico en San Pablo y ganaba cerca de 300 dólares mensuales cuando el padre asumió el gobierno. Hoy es socio de una multinacional de telefonía. Zé Dirceu, abogado y socio de multinacionales. No afirmamos que ya exista una transformación acabada del PT en un partido burgués, sino que sí un proceso en curso.
Existe una totalidad que une la globalización y la restauración del capitalismo, la conversión de las burocracias en nuevas burguesías en los antiguos estados obreros, en los países imperialistas y en los países dependientes y semicoloniales.
La dirección castro-chavista es, por lo tanto, una expresión de ese movimiento ultrarreaccionario de transformación de las burocracias y de los movimientos pequeñoburgueses en nuevas burguesías, tanto en Cuba como en Venezuela. El origen de esos dos gobiernos es distinto, como vimos. Pero hoy están unidos y son una referencia política para buena parte de la izquierda mundial. Una pésima referencia, como veremos.
4. Lo que resta del aparato mundial del stalinismo
Los partidos estalinistas de todo el mundo apoyan a los gobiernos cubano y venezolano. Cuando se habla de “restos del estalinismo”, puede concluirse que esos partidos no tienen fuerza alguna. Eso es un grave error.
Evidentemente, la situación actual no tiene nada que ver con los tiempos en que tenían detrás de sí a estados obreros burocratizados que dirigían un tercio de la humanidad. Pero siguen teniendo un peso muy importante en algunos países.
Esos partidos organizan reuniones anuales con organizaciones de más de cincuenta países. Reúnen partidos de distintas naturalezas, aunque –por la tradición– con el mismo nombre de “partido comunista”.
Incluye partidos mayores que, a pesar de la crisis, aún tienen gran peso nacional (como el PC portugués) y otros de menor peso, producto de la crisis del estalinismo, como el PC brasileño.
Pero también incluye partidos que ya dejaron de ser obreros reformistas para convertirse en partidos burgueses en la gestión de estados capitalistas, como el PC cubano y el PC chino.
5. El auge del castro-chavismo y sus consecuencias en América Latina
El castro-chavismo tuvo su auge a inicios del siglo XXI, asociado al momento en que partidos frentepopulistas y nacionalistas burgueses ocupaban la mayoría de los gobiernos de América Latina.
Evidentemente, el impacto de la revolución cubana en 1959 provocó una oleada de simpatía en América Latina desde entonces. Pero eso fue debilitándose debido a las repercusiones del Este europeo.
Estamos hablando de un fenómeno posterior. A inicios del siglo XXI, una oleada antiimperialista y antineoliberal barrió el continente latinoamericano. Existía una lucha creciente contra los planes neoliberales, contra el gobierno de Bush y su plan ALCA.
La mayoría de los gobiernos que aplicaron los planes neoliberales fue derrotada, ya sea a través de movilizaciones directas (como en Argentina, Bolivia y Ecuador) o a través de elecciones (Brasil, Chile, Uruguay, Paraguay y otros).
Nunca antes en la historia estuvieron al mismo tiempo en el poder tantos gobiernos de frente popular y de nacionalistas burgueses en América Latina. Ese es el momento de auge del castro-chavismo, apoyado por Lula, Evo Morales, Chávez, Correa, Bachelet, Lugo y varios otros gobiernos.
Como parte de ese proceso de luchas, el plan imperialista del ALCA fue derrotado. Se abrieron [así] las condiciones para un proceso inédito en América Latina. Era posible luchar contra el no pago de las deudas externas con un frente de países deudores. Era posible avanzar hacia una ruptura con el imperialismo en una parte importante del continente, lo que abriría camino a un proceso revolucionario anticapitalista de gran peso.
Todas las veces que se discute una política de ruptura con el capitalismo, con partidos y movimientos que defienden la colaboración de clases con la burguesía, es inevitable que la respuesta sea la misma: “La relación de fuerzas no lo permite”. En aquel momento, esta respuesta era completamente absurda.
Más que en cualquier otro momento de la historia, el inicio del siglo XXI provocó un cambio brusco en la relación de fuerzas en el continente. Nunca hubo un momento tan favorable para una ruptura con el imperialismo y el capitalismo. Ni siquiera en el momento posterior a la victoria de la revolución cubana existió algo semejante, con tantos países que vivían la derrota de gobiernos de derecha neoliberales. La mayor parte de los gobiernos estaba ocupada por partidos y movimientos que se identificaban como de “izquierda”.
La referencia política principal en el continente era el castro-chavismo, en particular el gobierno venezolano. Grandes movilizaciones de repudio recibían a Bush cada vez que pisaba algún país del continente. Otras tantas manifestaciones de apoyo importantes recibían a Chávez. En caso de que hubiese habido una ruptura real con el imperialismo en Venezuela, un reguero de pólvora habría incendiado América Latina.
Pero nada de eso ocurrió. Los gobiernos de Venezuela y Cuba maniobraron para gestionar los roces con el imperialismo dentro de límites aceptables. Chávez y Castro no aplicaron en sus países ninguna ruptura con el imperialismo. Y tampoco defendieron medidas en ese sentido en el resto del continente.
Esos eran gobiernos burgueses, sean de tipo frentepopular o sean nacionalistas burgueses. Y las burguesías latinoamericanas no están dispuestas a romper con el imperialismo. Esos gobiernos de “izquierda” fueron la base fundamental para contener al movimiento de masas. Se apoyaron en un ascenso económico coyuntural y, con su peso popular, consiguieron restablecer la situación política. Desde 2005 hasta 2012, no se registró prácticamente ninguna huelga general ni rebelión popular en el continente. El ALCA fue derrotado, pero esos gobiernos aplicaron en sus países los planes neoliberales que habían sido derrotados junto con los gobiernos de derecha.
El papel real de las direcciones cubana y venezolana, así como de los gobiernos latinoamericanos que las apoyan, puede demostrarse en ese momento. Podría haber desencadenado un proceso histórico de ruptura con el imperialismo. No lo hicieron. Por el contrario, desviaron y congelaron el ascenso que acompañó su auge. Pero con eso también abrieron las puertas a su propio debilitamiento.
Consiguieron frenar las grandes movilizaciones que marcaron el inicio del siglo XXI hasta 2005. Desde ese año hasta 2012, no se registró prácticamente ninguna huelga general ni rebelión popular en el continente. Pero, con su desgaste, comenzaron a pagar el mismo precio que los gobiernos de la derecha al aplicar los planes neoliberales.
6. La decadencia del castro-chavismo
Desde 2013 comenzó a darse un proceso distinto en el continente. Está comenzando un nuevo ciclo en América Latina, que incluye crisis económicas y políticas, así como el enfrentamiento del movimiento de masas contra esos mismos gobiernos que antes tenían enorme apoyo popular.
La decadencia de las economías del continente regresó, acompañando el fin del boom de las materias primas que había sido una parte importante del crecimiento económico anterior. El movimiento de masas se recompuso con varias huelgas generales que sacudieron a Argentina, Perú y Bolivia, además de las movilizaciones populares de junio de 2013 en Brasil.
No existe un proceso latinoamericano homogéneo ni un ascenso permanente y generalizado. Se trata de situaciones distintas de la lucha de clases en el continente, con innumerables flujos y reflujos, idas y venidas. Más aún, porque se combina con una fortísima crisis de la dirección revolucionaria, o sea, la ausencia de organizaciones revolucionarias con peso de masas.
La decadencia y la crisis del castro-chavismo forman parte de este nuevo momento. Las economías de Venezuela y Cuba están cuestionadas por la crisis económica. El gobierno de Maduro tiene que enfrentar grandes movilizaciones, capitalizadas por la oposición de derecha. Además, muchos gobiernos que apoyan al castro-chavismo se enfrentan ahora a movilizaciones de peso, como Cristina Kirchner en la Argentina y Dilma Rousseff en Brasil.
Esos gobiernos no avanzaron hacia una ruptura con el imperialismo. Ahora tienen que enfrentarse al movimiento de masas.
Ni en Cuba ni en Venezuela la situación de los trabajadores puede servir de referencia para otros países. Por el contrario, las filas para comprar productos de primera necesidad, la inflación en Venezuela y los bajísimos salarios en Cuba son elementos de contrapropaganda.
A diferencia del reformismo clásico, las direcciones chavista y castrista tampoco tienen compromisos con la democracia. Cuba es una dictadura y el chavismo un régimen bonapartista. Además, al asumir la defensa de dictaduras como las de Khadafi y Assad, el castro-chavismo choca con el sentimiento democrático de las masas pos-restauración.
El repudio que existía contra el estalinismo, por sus características autoritarias, se veía atenuado por la existencia de los estados obreros y sus conquistas sociales. Hoy, el castro-chavismo tiene que enfrentar el escepticismo de las masas tras la restauración del capitalismo tras las dictaduras, sin saber cómo ofrecer una referencia superior en el nivel de vida de los trabajadores. El peso de Cuba en la conciencia de las masas latinoamericanas ya estaba muy reducido debido a los acontecimientos del Este europeo. Ahora también es cuestionado por el retroceso social en la Isla.
Por estos motivos, la decadencia del castro-chavismo va haciendo que la vanguardia que surge de las luchas ya no tenga como su referente inmediato a esas corrientes. Las organizaciones que componen la corriente castro-chavista tienen peso en la realidad, pero el castro-chavismo no es más un referente “natural” de la vanguardia, como lo fue en su momento de ascenso.
7. ¿Y si cayeran los gobiernos de Cuba y de Venezuela?
Después de la restauración del capitalismo en el Este europeo, se produjo una seria crisis en toda la izquierda mundial. Hubo una combinación de dos grandes factores que impulsó un profundo retroceso en la conciencia de las masas y de la vanguardia.
Primero, la desaparición de los Estados obreros burocratizados que, a pesar del estalinismo, demostraban la posibilidad de una economía no capitalista. Segundo, una gigantesca campaña de propaganda capitalista que dice que el “socialismo murió”, que “socialismo es igual a dictadura” y que “socialismo es igual a atraso económico y social”.
Las consecuencias de ese retroceso se manifiestan hasta hoy porque desapareció el referente de masas que permite superar al capital. Existe un gran escepticismo respecto de todo lo que implique revolución socialista (partido revolucionario, centralismo, etc.).
El derrumbe de las dictaduras estalinistas tuvo otra consecuencia, de signo opuesto: la desaparición del aparato estalinista mundial debilitó ese dispositivo contrarrevolucionario que aglutinaba a partidos y estados de gran peso en todo el mundo. Eso permitió una liberación muy importante de fuerzas del movimiento de masas. Sin embargo, ese elemento, muy positivo, aún está muy mediado por el retroceso en la conciencia, que atrasa la construcción de alternativas revolucionarias de peso.
¿Qué va a pasar si la dictadura castrista es derrocada por una movilización de masas, como sucedió en el Este? ¿Y si eso se combina con una derrota electoral del chavismo? ¿Va a repetirse el mismo proceso, al menos en América Latina?
En primer lugar, es preciso diferenciar los procesos de Cuba y de Venezuela. La caída de la dictadura castrista por una movilización de masas sería un proceso progresivo, de la misma manera en que analizamos lo ocurrido en el Este europeo. Sería el derrumbe de un estado burgués posrestauración del capitalismo, de una dictadura capitalista. La derrota en Cuba vino antes, con la restauración del capitalismo, como también ocurrió en el Este.
Ya una victoria electoral de la oposición burguesa en Venezuela sería una derrota del movimiento de masas, aun sabiendo que se trata de un gobierno burgués. Sería la victoria de una oposición proimperialista sobre un gobierno nacionalista burgués.
La responsabilidad por todos los elementos negativos que surgieron en la conciencia de las masas, en el caso del derrocamiento de los gobiernos cubano y venezolano, es directamente de esos gobiernos y de todas las organizaciones de izquierda que los apoyan. Hasta el día de hoy no existe una alternativa de izquierda con peso de masas ni en Cuba ni en Venezuela. Las alternativas de dirección, con peso en esos países, son burguesas y proimperialistas.
La no existencia de una oposición de izquierda en Venezuela es una tragedia, de responsabilidad directa de toda la izquierda que capitula ante el gobierno chavista. Las movilizaciones de masas contra el gobierno son capitalizadas y dirigidas directamente por la oposición de derecha. Esta es la consecuencia de la capitulación al chavismo: la derrota del gobierno venezolano puede ser una victoria de la burguesía.
En Cuba, la situación es aún peor. Existe una dictadura violenta que impide la manifestación de cualquier oposición política. No existen alternativas construidas. Pero no es difícil imaginar la facilidad con que se podrán construir direcciones burguesas respaldadas por el imperialismo “democrático”.
Pero volvamos a la pregunta sobre las consecuencias de una posible derrota de los gobiernos castristas y chavistas en la conciencia de las masas y de la vanguardia en América Latina. ¿Volvería a repetirse –o profundizarse– lo que se dio en el pos Este? ¿Va esto a comprenderse como una “derrota del socialismo”?
A nuestro ver, el impacto inmediato es inevitable, pero su magnitud depende de varios factores. Existen elementos que juegan a favor y otros que lo hacen en contra.
Los elementos que trabajan a favor de un nuevo desastre en la conciencia de las masas y de la vanguardia están concentrados en el peso de la izquierda castro-chavista.
Las organizaciones de izquierda que apoyan a los gobiernos de Cuba y Venezuela, ante la caída de estos, van a difundir, una vez más, la ideología de que el “socialismo” fue derrotado nuevamente. Es probable que esos partidos y movimientos, en particular los de América Latina, atraviesen crisis importantes en ese caso.
¿Por qué decimos, entonces, que “depende” y que la dimensión de esos resultados no está definida? Porque algunos elementos de la realidad actual difieren de los de la década del ’90 y pueden conducir a una situación distinta.
La primera diferencia es que, en el momento de la caída de las dictaduras estalinistas, en la década de los ’90, el neoliberalismo vivía su auge. Los planes neoliberales se estaban aplicando y despertaban expectativas en muchos países. El capitalismo se mostraba como victorioso, contrapuesto al “socialismo” derrotado. Pero la crisis económica internacional acabó con eso desde 2009, lo que determinó una decadencia general, aunque con flujos y reflujos. La crisis económica que afecta al continente latinoamericano desde 2013 también juega en el mismo sentido.
Como vimos en este texto, también existe un desgaste en la conciencia de las masas latinoamericanas respecto de los gobiernos cubano y venezolano. Eso se debe tanto al desencanto general pos-Este como a la decadencia económica y social de esos países. También pesa en la vanguardia el apoyo de los gobiernos cubano y venezolano a las dictaduras del norte de África y de Medio Oriente.
El desgaste actual de los gobiernos de frente popular y de los nacionalistas burgueses que apoyan al castro-chavismo disminuyó el probable trauma posterior a su posible derrota.
La decadencia del castro-chavismo puede ser un factor que reduzca el impacto negativo de la derrota de los gobiernos cubano y venezolano. Puede haber una liberación de fuerzas debido a la crisis de las organizaciones castro-chavistas, lo cual sería muy positivo. Y las consecuencias negativas del retroceso de la conciencia pueden atenuarse.
En esencia, el resultado no está predeterminado. Eso tiene un profundo significado político hoy en día. Cuanto más los activistas entiendan el significado populista-burgués del castro-chavismo, menor será el impacto negativo de las derrotas de los gobiernos cubano y venezolano. Si el colapso de los Estado obreros tuvo consecuencias inmediatas fuertemente negativas, eso puede ser diferente hoy.
Para avanzar en ese sentido, queremos llamar al conjunto de la izquierda mundial al debate sobre los gobiernos cubano y venezolano. Es importante que se haga una amplia discusión ya en todo el mundo y, especialmente, en América Latina. En particular, llamamos a los sectores más combativos de la vanguardia que aún creen en esos gobiernos a entrar en este debate, a verificar si tenemos razón y a romper con ellos.
Es fundamental construir desde ya una alternativa revolucionaria al castro-chavismo.
