Desde hace varios meses, el país vive una importante ola huelguística. Solo en octubre, hubo muchas de ellas. Por eso, algunos medios hablan de un strikeober, término que unifica las palabras en inglés que significan huelga (strike) y octubre (october) [1].

Florence Oppen y Alejandro Iturbe

En realidad, se trata de la continuidad  (o de una “segunda temporada” aún más extendida) de un proceso que ya existía en 2020, cuando un estudio calculó que, entre el inicio de la pandemia y setiembre de ese año, se habían producido más de mil huelgas, es especial en los sectores de educación, servicios y comercio[2].

Esta ola quedó un poco oculta por las rebeliones antirracistas que explotaron y se extendieron por el país a partir de los asesinatos de Breonna Taylor, en marzo, y de George Floyd, en mayo, que pusieron contra las cuerdas el gobierno de Donald Trump y provocaron una crisis en el régimen político en su conjunto[3].

Precisamente, las elecciones presidenciales de noviembre pasado tuvieron como uno de sus objetivos intentar canalizar estas luchas hacia el proceso electoral, y la campaña de Joe Biden y el partido demócrata estuvo llena de promesas que apuntaban a resolver la situación económico-social de los trabajadores y las masas, como el aumento del salario mínimo de 7,25 a 15 dólares la hora.

Los trabajadores toman el asunto en sus manos

Esta política de la burguesía tuvo ciertos resultados, por lo menos hasta ahora, frente a las rebeliones antirracistas, a partir de algunos hechos cosméticos en las fuerzas policiales y en la Justicia, como la declaración de culpabilidad del policía que había asesinado a George Floyd[4].

Sin embargo, por razones muy profundas, que intentaremos enumerar en este artículo, está fracasando en evitar las huelgas y luchas estructurales de los trabajadores. Por el contrario, la ola de huelgas de este año es más profunda y persistente que la de 2020, se extiende con fuerza a los sectores privados y, dentro de ellos, a los trabajadores industriales.

Abarca trabajadores de la alimentación, como los de Kellogs y Nabisco (empresas que, desde hace décadas no enfrentaban huelgas) y Jon Donaire Desserts; bebidas destiladas (Heaven Hill Distillery); metal-mecánica (Volvo, John Deere, SSP Aerospace, ArcelorMittal); mineros (Warrior Met Coal); carpinteros del área de Seattle; maestros y profesores; trabajadores de la salud (diversos hospitales y el conglomerado Kaiser Permanente); hotelería (cadena Marriot); camioneros, etc.

En la medida en que varias de esas luchas van obteniendo resultados positivos, el proceso se extiende a otras plantas o centros de la misma empresa o a otras empresas de esa rama económica. «Cuantas más huelgas tienen éxito, más huelgas siguen, porque los trabajadores comienzan a creer que realmente pueden ganar algo y están dispuestos a correr el riesgo de que no les paguen, de perder su trabajo», dijo Josh Murray, profesor de sociología de la Universidad de Vanderbilt.

Son huelgas que van desde plantas fabriles de 300 o 400 trabajadores hasta los varios miles involucrados en la de Kaiser o la de John Deere. Incluso, los más de 60.000 trabajadores representados por la IATSE (siglas en inglés de la Alianza Internacional de Empleados de Escenarios Teatrales, que incluye vestuaristas, maquilladores, operadores de cámara y constructores de escenarios) habían votado, de modo casi unánime, salir a una huelga que hubiera paralizado la industria del entretenimiento en todo el país. Pero la dirección sindical traicionó y firmó con las empresas un acuerdo que aumenta los salarios en solo 3%, menos que la inflación anual[5]. 

Se hace muy difícil calcular la cantidad total de trabajadores que están participando en el proceso porque “además de las huelgas organizadas, ha habido oleadas de trabajadores que abandonan el trabajo en puestos no sindicalizados… en protesta por condiciones de trabajo inseguras y bajos salarios…”[6]. 

Existe otro fenómeno que presiona a las empresas y favorece la ola de huelgas: “En agosto, la Oficina de Estadísticas Laborales informó que un récord de 4.300.000 estadounidenses renunciaron a sus trabajos, especialmente en los sectores de servicios, hotelería y comercio minorista”[7].  Son los que habían sido licenciados o despedidos durante las medidas restrictivas por la pandemia y el cierre o la reducción de establecimientos, muchos de los cuales recibieron las ayudas por desempleo. Ahora que esos centros laborales se reabren o retoman el número de puestos de trabajo habituales, esos trabajadores han decidido no retornar a su empleo si no les ofrecen salarios más altos y mejores condiciones laborales. 

En el marco de un aumento de la demanda, esto ha provocado una situación de escasez de mano de obra que ha sido rápidamente percibida por la clase trabajadora que, de esta forma, se siente más fuerte para salir a luchar y exigir sus demandas. Una situación tan profunda y extendida que Robert Reich (ex secretario de Trabajo durante el gobierno del demócrata Bill Clinton, en 1993-1997) la consideró una “huelga general nacional”[8] 

Las razones de las huelgas 

El resumen que realiza el artículo ya citado de Voz de los Trabajadores nos informa que: “La mayoría de estas huelgas tienen un carácter puramente económico. Implican cuestiones de salarios, horarios, condiciones laborales, puestos de trabajo y programación”. Este último punto (programación) se refiere “específicamente a las excesivas horas extraordinarias obligatorias”[9].

Otro punto que ha originado luchas es la oposición de los trabajadores contra los esfuerzos de los patrones para implementar dos esquemas contractuales diferentes: uno para los trabajadores actuales y otro para los que se incorporen (con salarios y condiciones laborales inferiores). “Quieren dividirnos y que nos peleemos entre nosotros”, dicen los trabajadores más experimentados.

En el mismo sentido, un tema que ha estado presente en estas huelgas es “el intento continuo de las empresas, particularmente en ciertos sectores de la manufactura, de enfrentar a los trabajadores estadounidenses contra los trabajadores mexicanos…”[10] . Ha sido un factor en las huelgas en Nabisco y en Kellogg’s. Incluso, los trabajadores de la planta de Burbank de SSP Aerospace manifestaron la necesidad de solidarizarse con los trabajadores mexicanos empleados por la misma empresa en México.

Un conflicto de características diferentes se produjo en McDonald’s (el mayor gigante de comida rápida del país, con miles de puntos de venta y cientos de miles de trabajadores). En esta empresa, los trabajadores no están sindicalizados y muchos de ellos son menores que realizan pasantías, con bajísimas remuneraciones. El 26 de octubre se realizó “una huelga en protesta por el recurrente acoso sexual en el trabajo, en especial hacia las adolescentes, denunciados en 22 de sus restaurantes. La huelga se realizó en sucursales de al menos diez ciudades”. Los impulsores de la medida de fuerza informaron que buscaba “además, que la fuerza laboral dentro de la cadena de comida rápida se sindicalice” [11].

Luchas desde la base

Varias de las huelgas tienen un carácter muy activo (“militante” como dicen los estadounidenses): son preparadas previamente, utilizan el tradicional piquete de manifestantes con carteles fuera de la empresa y se disponen a tener la duración necesaria.  Por ejemplo: Dan Osborn, mecánico de Kellog´s desde hace 18 años, declaró: «La huelga durará el tiempo que sea necesario. Todo lo que tenemos que hacer es aguantar un día más que la empresa».

Otro rasgo de varias de ellas es que, como señala el artículo de Voz de los Trabajadores, expresaron “una lucha de la base contra la burocracia sindical. Esto fue particularmente evidente en las huelgas de los carpinteros del área de Seattle, así como en las huelgas de John Deere  (miembros del UAW) y, a principios de este año, en la huelga de la planta de camiones Volvo en Dublin, Virginia (también miembros del UAW)”.

Frente a esta situación, en varios casos la burocracia sindical optó por acompañar la lucha, pero lo hacía para terminar firmando un acuerdo con las empresas muy por debajo de los reclamos de la base, como ocurrió con los carpinteros de Seattle. En otros, directamente traicionó y firmó dicho acuerdo para impedir la huelga, como vimos en el caso de los trabajadores de la industria del entretenimiento.

La combinación de estos elementos (huelgas que surgen desde la base, la actitud entreguista o directamente traidora de gran parte de la burocracia sindical) representan una importante experiencia para los trabajadores estadounidenses. En la medida en que esta oleada se mantenga, abre la posibilidad del surgimiento de una camada de activistas y dirigentes antiburocráticos. Está abierta la posibilidad de impulsar una corriente democrática y combativa en el sindicalismo norteamericano y trabajar una propuesta en esa dirección.

Recordemos que, en 1935, como resultado de la lucha contra las consecuencias de la crisis económica de 1929, se formó el CIO (siglas en inglés de Congreso de Organizaciones Industriales), mucho más combativo que la tradicional y conservadora AFL (siglas en inglés de Federación Americana del Trabajo). Es cierto que posteriormente, en el marco del gran crecimiento económico de la segunda posguerra, el CIO se burocratizó y ambas organizaciones acabaron fusionándose en 1955. Pero el proceso de su construcción quedó como una experiencia que debe ser considerada en el marco actual de esta ola de huelgas.

Un poco de historia

Nos parece interesante recordar que, desde su conformación en la segunda mitad del siglo XIX, la clase obrera estadounidense ha sido protagonista de varias oleadas de luchas, algunas de las cuales pasaron a ser patrimonio de los trabajadores de todo el mundo.

Baste mencionar, por ejemplo, la “revuelta de Haymarket” en 1886, en represalia a la cual la burguesía ejecutó a los Mártires de Chicago, e incluso daría origen al 1º de Mayo como Día Internacional de Lucha de los Trabajadores. O la huelga de las obreras de la empresa textil Cotton en Nueva York, en 1908, en demanda de una jornada laboral de 10 horas y mejores condiciones de trabajo que, por la criminal respuesta del dueño, acabó en un incendio que provocó la muerte de 129 trabajadoras y, posteriormente, en la transformación del 8 de marzo en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Ya nos hemos referido a la oleada de huelgas y luchas de la década de 1930. Posteriormente, la intervención en la Segunda Guerra Mundial, primero, y el gran crecimiento económico de la posguerra (el llamado “boom”), más tarde, se reflejaron en un período de calma sindical y huelguística. Otros procesos ocuparon el centro de la escena en los ’60, como la lucha por los derechos civiles, y ya hacia los ’70, las movilizaciones contra la guerra de Vietnam.

Sin embargo, en ese marco, en esas décadas se produjeron también una cantidad de huelgas en respuesta al deterioro de las condiciones de vida que comenzaba a significar el fin del boom económico de la posguerra. Ese proceso sería cortado durante el gobierno de Ronald Reagan cuando en 1981 derrotó la huelga de controladores aéreos y despidió a miles de ellos[12].

Fue un punto de inflexión que, por un lado, marcó un declive del movimiento sindical: entre 1980 y 2015 bajó de 23,2 a 11% de afiliados sobre el total de trabajadores[13]. Por otro lado, fue el inicio de un ataque permanente al poder adquisitivo del salario y a las condiciones laborales por parte de los gobiernos y de las empresas, lo que se mantiene hasta hoy.

Otros procesos y otros métodos de lucha ocuparon el centro de la escena, como el Occupy Wall Street, en 2011; las movilizaciones de mujeres contra Donald Trump, al inicio de su mandato, en enero de 2017, o las rebeliones antirracistas de 2020. No es que no haya habido huelgas: hubo algunas significativas como las de la campaña por el salario de 15 dólares la hora, que ya lleva una década. Pero ellas tendieron a concentrarse en los sectores de educación, servicios y comercio (los de más bajos salarios) mientras que la tradicional clase obrera industrial permanecía a la defensiva y en la retaguardia, a pesar de los duros ataques que recibía.

Un proceso muy profundo

Hemos dicho que el actual proceso de huelgas “viene desde abajo”. Nos parece que obedece a razones muy profundas, acumuladas por décadas, y que ahora, en el contexto actual, estallan y salen con fuerza a la superficie.

Más allá de los altibajos relacionados con la fluctuación de los ciclos económicos, el nivel de vida de la mayoría de la clase trabajadora estadounidense viene declinando desde hace décadas. Actualmente, el salario mínimo de 7,25 dólares la hora representa un ingreso que ubica a una familia por debajo de la línea de pobreza. Para cubrir las necesidades, muchos trabajadores y trabajadoras deben aceptar muchas horas extras obligatorias y jornadas de 12 horas.

En ese marco, como señala uno de los artículos ya citados: Durante las últimas décadas, la compensación a los trabajadores se ha quedado muy por detrás de la productividad”. Mientras tanto, los directivos y ejecutivos de las empresas reciben aumentos y compensaciones mucho mayores. La pandemia agravó este cuadro porque aumentó los ataques de las empresas y el sufrimiento de los trabajadores, llevando a una situación de  intolerabilidad: «La pandemia presionó muchos botones para la gente» analiza Todd Vachon, un experto laboral de la Universidad de Rutgers.

Este “botón” ya estaba presente en la oleada de huelgas de 2020. En esos momentos, Dean Baker, economista del Centre for Economic and Policy Research, expresó:

 “La frustración con los bajos salarios en la industria de servicios y la debilidad de las protecciones de los empleados… en medio del aumento de las muertes por coronavirus” […].  En esta ola de huelgas, el impulso viene de las bases. Los trabajadores han decidido que han tenido suficiente y están preparados para presionar por el cambio”[14].

Ahora que el gobierno de Biden y la prensa dicen que “la pandemia ha terminado”, que las actividades retoman su plena normalidad y el país vive una recuperación económica, los trabajadores sienten que no serán recompensados ni beneficiados: el Congreso eliminó la propuesta de elevar el salario mínimo a 15 dólares la hora y las empresas no están dispuestas a dar mejoras salariales ni de condiciones laborales por las buenas, en un marco en que la inflación anual será de un mínimo de 5%.

La sensación de “intolerabilidad” se mantiene, y se extiende, corregida y aumentada, a cada vez más sectores de la clase trabajadora. Dan Osborn, el ya citado mecánico de Kellog’s, expresó: «Sacrificamos tiempo con nuestras familias, nos perdimos los juegos de pelota con nuestros hijos, y las cenas y las bodas, para mantener las cajas de cereal en los estantes. ¿Y así es como nos pagan? ¿Pidiéndonos que hagamos concesiones en momentos en que el director general y los ejecutivos reciben aumentos en sus compensaciones?».

Por eso, como analizaba Dean Baker: “Los trabajadores han decidido que han tenido suficiente y están preparados para presionar por el cambio”. Al mismo tiempo, cuentan con la simpatía de la mayoría de la sociedad: una encuesta mostró que 68% de los estadounidenses aprueba “las acciones sindicales” (20 puntos más que en 2009).

Algunas conclusiones

Nos hemos extendido en el análisis de este proceso de huelgas (que muchos elementos indican que va a mantenerse) porque consideramos que significa un cambio profundo en el estado de ánimo y en la acción de la clase trabajadora estadounidense.

La oleada de huelgas se produce por objetivos económicos pero tiene una profunda significación política porque apunta contra el corazón de una política central de la burguesía estadounidense: descargar sobre las espaldas de la clase trabajadora el costo de la recuperación económica. Por eso tiene una importancia muy grande en el curso de la situación del país y, por lo tanto, de significación internacional.

Lenin decía que para los revolucionarios era muy importante analizar con profundidad los resultados electorales, pero que mucho más importante era contar el número de huelgas y huelguistas. Un número que en EEUU viene creciendo. Por eso, tenemos razones para ser optimistas. La tarea  es aprovechar la oportunidad, movilizar el máximo de solidaridad con estas luchas y, tal como dijimos, llevarles una propuesta de generar una corriente democrática y combativa en el sindicalismo norteamericano

Notas:

[1] Para una información más detallada ver: https://lavozlit.com/on-the-picket-line-november-2021/ y artículos publicados en este sitio en https://litci.org/es/category/menu/mundo/norteamerica/estados-unidos/

[2] Ver https://www.smh.com.au/world/north-america/wave-of-1000-strikes-ripples-across-the-us-as-crisis-bites-20200929-p5606t.html?fbclid=IwAR18IEkXZYTySoMSe09REwoKMrokXws-tEgqdPyF7ap4yA8sHkHLDb5GUEM

[3] Ver declaración de la LIT-CI en https://litci.org/es/un-proceso-revolucionario-sacude-estados-unidos/

[4] https://litci.org/es/eeuu-el-veredicto-de-culpable-al-policia-asesino-es-una-victoria-como-una-gota-de-agua-dulce-en-el-oceano/

[5] Ver https://redflagboston.com/2021/10/19/will-film-workers-strike/

[6] Ver https://news.yahoo.com/striketober-american-workers-battle-for-power-amid-labor-crunch-202634154.html?guccounter=1 (original en inglés, traducción nuestra)

[7] Ídem

[8] Id. ibídem

[9] Ver artículo de nota [1], en inglés en el original (traducción nuestra)

[10] Ídem

[11] https://actualidad.rt.com/actualidad/408147-empleados-mcdonalds-huelga-acoso-sexual-trabajo

[12] Sobre este tema, ver entre otros artículos: https://elpais.com/diario/1981/08/08/economia/366069610_850215.html

/[13] Sobre este tema, recomendamos leer el trabajo “Determinantes del declive sindical en Estados Unidos” en http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-35502016000200139

[14] https://www.smh.com.au/world/north-america/wave-of-1000-strikes-ripples-across-the-us-as-crisis-bites-20200929-p5606t.html?fbclid=IwAR18IEkXZYTySoMSe09REwoKMrokXws-tEgqdPyF7ap4yA8sHkHLDb5GUEM