El 1° de noviembre se cumplen 100 años del comienzo de la primera gran huelga de trabajadores rurales de la Patagonia. Un primer capítulo que culminó con la conquista del primer Convenio Colectivo de Trabajo para ellos. Pero también fue el preámbulo de la masacre llevada adelante en 1921 por el Teniente Coronel Varela, bajo las órdenes de Hipólito Yrigoyen, y la Sociedad Rural de los Braun-Menéndez.

Por PSTU-Argentina

Argentina estaba sufriendo las consecuencias económicas de la Primera Guerra Mundial. Los obreros eran víctimas de la desocupación, la miseria, represión y caída de salarios. Pero también estaban siendo protagonistas de importantes luchas. La Revolución Rusa había triunfado en 1917, y se había convertido en un ejemplo a seguir en todo el mundo. La revolución y la contrarrevolución se enfrentaban a nivel planetario, y Argentina no fue la excepción. La lucha de los estudiantes en Córdoba (dónde también se estaban dando importantes luchas obreras) había logrado la “Reforma Universitaria de 1918”. A finales de ese año se iniciaron los reclamos metalúrgicos en Buenos Aires, en un marco de creciente conflictividad obrera en diversos sectores del país. Este proceso culminaría en las luchas de la llamada Semana Trágica, con epicentro en las metalúrgicas de Pompeya y San Cristóbal, pero con importantes luchas en Rosario, Mendoza, Tucumán, Entre Ríos y Córdoba. En el Chaco, ese mismo año, los obreros de “La Forestal” consiguieron un Convenio Colectivo de Trabajo muy importante. Pero en 1921 serían salvajemente asesinados más de 600 trabajadores en manos de la “Gendarmería volante”. Santa Cruz no se quedó afuera de todo esto, y comenzaron las luchas y huelgas de la “Patagonia Rebelde”, como las llamó Osvaldo Bayer en sus libros.

Los preparativos de la primera huelga

En abril de 1920, el Gobernador de Santa Cruz, Correa Falcón, que también era presidente de la Sociedad Rural, le comunicó al Ministerio del Interior que “algunos elementos de ideas avanzadas procedentes de la Capital Federal y otros puntos del país habían iniciado una campaña tendiente a subvertir el orden público en este territorio”.

En Junio de ese mismo año, obreros rurales dirigidos por tres anarquistas iniciaron una huelga por condiciones de trabajo y de pago, y tomaron la estancia “La Oriental”.

En Julio, la Sociedad Obrera declaró la huelga en los hoteles y puertos de todo el territorio. El sector playa perdió la pelea, pero los mozos, peones y cocineros de hoteles lograron torcerles el brazo a los patrones. A los hoteles que no aceptaron, la Sociedad Obrera de Rio Gallegos les inició el boicot.

El Jefe de policía, Diego Ritchie, muy preocupado por el desarrollo de los acontecimientos, envió informe solicitando la formación de un área de investigación para infiltrar a los obreros y pidió “por lo menos dos ametralladoras”, tropas de línea o buque de guerra de estación con capacidad de desembarco, y un aumento para el personal.

En septiembre de 1920 la Sociedad Obrera solicitó permiso a la policía para realizar un acto el 1° de octubre, en homenaje al pedagogo catalán Francisco Ferrer, fusilado once años antes. La policía se los negó y declararon una huelga general de 48 hs. El Juez Viñas revoca la decisión del Jefe de la policía y autoriza a que se realice el acto. Pero, a todo esto, ya estábamos en 2 de Octubre y el acto no se pudo hacer.

La Liga de Comercio e Industria comenzó un boicot a los obreros, y censuró el periódico “La Gaceta del Sud” por haber publicado una nota de apoyo al paro de los obreros. Y la Sociedad Obrera respondió a eso con el boicot a tres comerciantes de Rio Gallegos.

Correa Falcón y el Jefe de policía respondieron a esto allanando el local de la Sociedad Obrera, en el momento que se realizaba una asamblea, y metieron presos al abogado José María Borrero, al dirigente Antonio Soto y a los activistas extranjeros, con la finalidad de aplicarles la ley 4144 y sacarlos del país. Pero no pudieron. La Sociedad Obrera declaró el paro general en la provincia. El Juez Viñas ordena la libertad, pero Correa Falcón se niega. El paro se extiende al campo. Aumenta la represión y la persecución. Los comerciantes minoristas se solidarizan con los obreros. El Ministro del Interior insiste a Correa Falcón que libere a los detenidos, y éste, sin más posibilidades, libera a todos, menos a dos. Entonces la Sociedad Obrera llama a seguir con el paro. Finalmente el 1° de Noviembre de 1920 quedan libres todos los detenidos.

La declaración de huelga del 1° de Noviembre de 1920

Toda esta lucha fue un importante entrenamiento. Habían arribado a Rio Gallegos muchos peones rurales, y los dirigentes de la Sociedad Obrera aprovecharon para reunirlos y preparar lo que sería la primera gran huelga rural de la Patagonia. Mientras peleaban por la libertad de los presos habían presentado una serie de reclamos referidos a mejoras de los trabajadores de comercio y obreros rurales. Pero esto no fue aceptado por los estancieros, y se inició un paro general el 1° de Noviembre.
Acá entraran en escena dos personajes importantes, que serán líderes del movimiento rural: El “Toscano”, que sería el jefe del “Consejo Rojo”, y el “68”, apodo que hacía referencia al número que tenía en el presidio de Ushuaia. Los dos italianos. Los secundaban los argentinos Bartolo Díaz y Florentino Cuello. Estos dirigentes encolumnaron a cientos de trabajadores rurales, yendo de estancia en estancia, tomando de rehenes a propietarios, administradores y capataces de estancia. Llevaban una bandera roja y otra negra, y el “Toscano” portaba en su brazo un brazalete rojo.
Los estancieros ofrecieron una serie de mejoras, pero ese pliego fue rechazado por la Sociedad Obrera y se presentó una contrapropuesta. “El Convenio de Capital y Trabajo”, donde exigían principalmente mejoras en las condiciones de vida y trabajo de los peones rurales. Entre esos reclamos había algo tan elemental como poder tener una familia, cosa que hasta ese momento les estaba prohibido. Además fue publicado el manifiesto “Al mundo civilizado”, que, como señala Osvaldo Bayer, “estaba absolutamente exento de todo matiz revolucionario”. El mismo concluía diciendo: “Opongámosle a la fuerza de sus armas, la fuerza de nuestros razonamientos, la limpieza de nuestros procederes, la honradez de nuestras acciones y el triunfo será nuestro”. Pero, a diferencia de este llamado a la fuerza de la razón, los estancieros se ocuparon de hablar el lenguaje de las armas.
La huelga avanzó en Puerto Santa Cruz y Puerto San Julián, donde le hicieron explotar una bomba en la ventana al comisario Albornoz, presidente de la Liga Patriótica de San Julián.

A los tiros en Puerto Deseado

En Puerto Deseado se desata el primer enfrentamiento armado entre la mayoría de la población y el Circulo Argentino, organización de extrema derecha. No fue por cuestiones gremiales, sino porque los extranjeros querían que sea declarado municipio, para que pueda votar la mayoría de la población, que era extranjera. Obviamente el Circulo Argentino se negó. Pararon los trabajadores de La Anónima y los ferroviarios, y la policía comenzó con la cacería y los encarcelamientos. Paran los mozos, cocineros, y los peones de bares hoteles y confitería. El 8 de diciembre se declara el paro general. Los huelguistas hacen sus volantes con lápiz y papel porque no tienen imprenta. La columna marcha hacia la comisaría a exigir la libertad de los detenidos y ahí mismo, los reciben con una descarga de fusilería. Cayó muerto el ferroviario de 21 años Domingo Faustino Olmedo. La bala le dio en el corazón. Quedaron tirados varios heridos en la calle. Caen detenidos más de 35 compañeros. Sin embargo la huelga sigue. El Paro en Gallegos y Deseado es total.

El enfrentamiento en El Cerrito

En Comisario Micheri, quien gustaba de verduguear y perseguir trabajadores, fue interceptado en El Cerrito donde fue herido de bala y capturado por el “68” y el “Toscano”. Muere el sargento Sosa y llega al rescate el comisario Ritchie, quien le dispara en la cara al obrero Zacarías Gracián, que cae muerto.

Se fortalece el aparato represivo

La Legación Británica de Buenos Aires mete presión. Los Braun, Menéndez Behety y Nogueira, junto al resto de los estancieros, exigen la represión y se ocupan de organizarla. El 8 de enero llegan 50 marinos a Rio Gallegos, y siguen llegando embarcaciones con soldados a bordo, para ser lanzados sobre los huelguistas. Meten preso a Borrero y a la mayoría de los dirigentes, pero no pueden agarrar al Gallego Soto.
La FORA (Federación Obrera Regional Argentina) del IX Congreso no respondía a los pedidos de ayuda, y la Federación Obrera Marítima ya había arreglado para volver a trabajar. El nuevo gobernador Yza, a quien esperaba Soto, tampoco llega. Entonces decide levantar el paro en la ciudad, pero lo mantiene en el campo “hasta sus últimas consecuencias”. Soto intenta llegar a Buenos Aires para buscar ayuda, se sube a un barco que es interceptado en Puerto Deseado, pero la tripulación se declara en huelga para defenderlo. Soto logra llegar a Buenos Aires y participa del congreso de la FORA, donde la conducción no le dio apoyo.

Varela, el asesino enviado por Yrigoyen

Yrigoyen manda al Teniente Coronel Héctor Benigno Varela para que se haga cargo de la situación con una única instrucción: “vaya, vea bien lo que ocurre y cumpla con su deber”. Y así lo hizo. Comenzó a reclutar soldados y el 28 de enero de 1921 se embarca para Santa Cruz, donde se ocupará de torturar y matar a más de 1500 peones rurales.

El final de la primera huelga

El 29 de enero llegó el nuevo gobernador Ignacio Yza. Cesantea a los amigos de Correa Falcón, y propone aceptar el pliego de los obreros a cambio de la rendición incondicional frente al Coronel Varela, a quien se le entregarían los rehenes, armas y caballadas. El “Toscano” y el “68” están en contra de aceptar, pero pierden la votación y la mayoría se entrega. Los meses de lucha habían dado como resultado la conquista del primer Convenio Colectivo de Trabajo para los trabajadores del campo. Un gran triunfo, que, como dice Osvaldo Bayer, sería el preámbulo para la matanza que vendría después. Los estancieros no aceptarían tan fácilmente una derrota y en cuanto pudieron volvieron al ataque, dejando como saldo 1500 peones rurales asesinados por el Ejército Argentino.

Algunas conclusiones de este primer episodio

Es indiscutible la abnegación y el coraje de todos los protagonistas de estas luchas. Conociendo lo que hicieron podemos aprender muchas cosas. Algunas como ejemplo de lo que hay que hacer, y otras que consideramos errores o debilidades a señalar. La historia nos enseña que los trabajadores estamos obligados a pelear con los patrones y sus gobiernos. Así ha sido siempre. La paz es una idea que no tiene nada que ver con este mundo donde una minoría de explotadores vive del sacrificio y la explotación de la mayoría. Pero cuando el hambre es más fuerte que los discursos, y la realidad se impone sobre las mentiras, el pueblo siempre ha salido a pelear por lo suyo. Y cuando el humillado levanta la cabeza y exige, el patrón busca el garrote para aplacarlo. Por eso fue un error el manifiesto “Al mundo civilizado” que apelaba a la razón en lugar de las armas. Lo racional, lo lógico en una sociedad sostenida en base a la violencia, es que al momento de salir a pelear lo trabajadores tenemos que organizar la autodefensa, porque los patrones van a defender sus intereses con todas sus fuerzas. Así lo hicieron los patrones de la Liga Patriótica en la Semana Trágica y durante las huelgas de la Patagonia Rebelde. Ellos tenían claro que no había forma de conciliar sus intereses con los de los trabajadores, y usaron la fuerza de las armas para vencerlos y lograr su paz: la del silencio de los trabajadores en la vida, en el trabajo y en las tumbas cavadas a mano por los mismos enterrados.

Esa guerra entre los trabajadores y los patrones existe siempre. A veces vivimos momentos de relativa calma, y otras pasamos directamente al enfrentamiento físico. Pero este mundo funciona así. Por eso hay que cambiarlo. Y eso solamente pueden hacerlo los trabajadores. O ganamos nosotros o ganan ellos. Nadie más puede ir a fondo en terminar con la explotación y las injusticias. Por eso fue equivocado confiar en el Juez Viñas, el abogado Borrero y el gobernador Yza. No se pueden resolver de manera definitiva los problemas del hambre, la miseria y la desocupación en el capitalismo.

Cualquier conquista es pasajera, momentánea, mientras los patrones manejen el gobierno, la policía y el ejército. La masacre que sobrevino luego de la primera huelga de los trabajadores rurales es ejemplo de eso. Habían conseguido un convenio de trabajo, pero los estancieros no lo cumplieron, y no solo eso, avanzaron sobre ellos hasta derrotarlos y destruirlos físicamente. Y esto es así, porque en última instancia, el problema central que explica el drama de la humanidad, es que gobiernan los patrones, y tenemos que gobernar los trabajadores y el pueblo.

Estas conclusiones son fundamentales en momentos como el que estamos viviendo, donde crece la desocupación, el hambre, la pobreza y los muertos por la pandemia y la destrucción de la salud pública. Y como respuesta a eso crecen las luchas. Miles de familias no tienen donde vivir, y el gobierno del “Frente de Todos” los desaloja, reprime y encarcela como hizo en Guernica. La derecha los aplaude por defender la propiedad privada. Y las familias se organizan como pueden para enfrentar la represión del gobierno.

En Argentina el 40% de la tierra está en manos de 1200 terratenientes, mientras cerca de un 40% de la población no tienen acceso a tierras o vivienda propia. Santa Cruz encabeza el ranking nacional de concentración de tierras, con 596 dueños que poseen el 54% de la superficie total de la provincia. Entre ellos están los Menéndez, asesinos de peones rurales y los pueblos originarios; están los Benetton y Lewis, responsables junto a Macri y Bullrich del asesinato de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel. Y también está en la lista de grandes terratenientes Lázaro Baez, el testaferro de los Kirchner, que se han hecho millonarios currando con los negocios desde el Estado.

Por eso, cuando este pueblo se levanta y lucha, los estancieros y propietarios del país siguen contando con los buenos servicios de los gobiernos de turno y sus fuerzas represivas, para garantizar el respeto a sus negocios y propiedades.