El 25 de noviembre, Jornada internacional contra la violencia a la mujer, es cada año la triste ocasión para un balance que en este 2020 será mucho más dramático. La violencia contra la mujer, definida hace un tiempo como una «pandemia global», ha experimentado un crecimiento exponencial por efecto de otra pandemia, la de Coronavirus. Durante meses, la población mundial estuvo confinada en sus propios hogares. El confinamiento, medida absolutamente necesaria para la contención de la pandemia, ha reforzado la situación de aislamiento en que ya se encontraban miles de mujeres que conviven con su agresor. El hecho de no poder salir de la casa hizo que a muchas de estas mujeres les resultara difícil o casi imposible acceder a los recursos de proteccion. Además, la precedente crisis económica, acentuada por la pandemia, ha golpeado mayoritariamente a las mujeres haciéndolas más vulnerables, económicamente dependientes de sus parejas, e incapaces de alejarse de ellas, incluso en situaciones de violencia.

Por: Laura Sguazzabia

El marco global y las medidas institucionales

Ciertamente no fue necesario llegar al día de hoy para darse cuenta de la naturaleza dramática de los datos. Ya en los meses de la primavera [en el hemisferio norte], en pleno lockdown [bloqueo], se habían disparado numerosas alarmas al respecto en varias partes del mundo y de distintas fuentes sobre el agravamiento de la situación.

Hacia finales de marzo en Francia, donde el aislamiento social se inició el 17 de ese mes, el ministro del Interior reveló que la violencia de género se había incrementado en 30%.

En los Estados Unidos, durante la pandemia, cada minuto, en algún lugar una mujer informaba que estaba siendo maltratada por su pareja.

En Gran Bretaña, la policía de Londres realizó más de 4.000 arrestos por abuso doméstico en las primeras seis semanas de “parate” en el país; una línea directa confidencial ha recibido 49% más de llamadas desde que entraron en vigencia las medidas de seguridad y aislamiento.

En Argentina hubo 20 feminicidios en el lapso de un mes, del 20 de marzo al 20 de abril.

En El Salvador, la Fiscalía de Derechos Humanos denunció nueve feminicidios en el primer mes de bloqueo y, según las autoridades, la cifra real probablemente sea más alta.

En México, desde el 13 de abril, han sido asesinadas más mujeres (367) que las que han muerto por causa del Covid-19 (100) desde el primer caso confirmado de coronavirus en el país, el 28 de febrero.

Un estudio reciente del Foro Brasileño de Seguridad Pública encontró que el feminicidio en seis Estados del Brasil aumentó 56% en marzo, en comparación con el mismo período del año pasado (de 32 a 50 muertes).

Con el lockdown, las llamadas a líneas de ayuda en el Líbano, Malasia e incluso en China se han triplicado.

En Somalia, las medidas de bloqueo han llevado a un aumento de las mutilacones genitales femeninas, según la ONG Plan International.

En Australia, los buscadores como Google tuvieron el mayor volumen de solicitudes de ayuda por violencia doméstica de los últimos cinco años.

En Italia, según Istat, que examinó las llamadas al número antiviolencia 1522, durante el lockdown ha habido un aumento en la solicitud de ayuda de 73% respecto del mismo período del año pasado. Además, 45,3% de las víctimas tenía miedo por su propia seguridad o de morir; pero 72,8% no denunció el crimen de inmediato. Así, 30 mujeres fueron asesinadas en los primeros cinco meses de 2020.

Una tendencia cuyo destino no es detenerse. Los datos publicados por el United Nations Population Fund plantean la hipótesis de un aumento de 20% de la violencia desde el inicio de la pandemia en los 193 Estados miembros de las Naciones Unidas. Los investigadores prevén un número de casos de violencia doméstica cercana a los 15 millones cada tres meses de prolongación del bloqueo, y que, con la continuación de las restricciones y la interrupción de los servicios, hasta 44 millones de mujeres de bajos y medianos ingresos en 114 países ya no podrán acceder a la anticoncepción, lo que resulta en aproximadamente un millón de embarazos no deseados.

Las organizaciones activas en la lucha contra la violencia de género de inmediato informaron el riesgo y pidieron a los gobiernos del mundo que tomen medidas para enfrentar el problema. En Italia, como en otros países, el Estado lanzó tardíamente campañas de emergencia contra la violencia doméstica creando algunas app [aplicaciones], un código de denuncia (máscara), un número de teléfono: pero hay que decir que no todas las mujeres tienen fácil acceso a internet e incluso cuando lo tienen, la presencia constante del agresor a menudo constituye un límite para acceder al servicio.

La violencia del sistema contra las mujeres

Las agresiones físicas y psicológicas, los feminicidios, las violencias y otras formas de acoso; mutilaciones genitales, matrimonios forzados y trata de personas con fines de explotación sexual son los tipos más comunes de violencia contra las mujeres, constituyen la parte más evidente del fenómeno llamado “violencia de género” y son la parte más visible, la fotografiada por los datos oficiales. Existe, sin embargo, una realidad sumergida e igualmente feroz hecha de trabajo precario y mal pago, de conciliación de tiempos de trabajo y vida, de cuidado de la familia, de trabajo doméstico, en los cuales las mujeres enfrentan formas de violencia más sutiles y menos perceptibles.

El impacto de la crisis sanitaria del Covid-19 sumado al de la crisis económica ya en curso desde más de una década, ha sido devastador para todos los trabajadores, pero, una vez más, ha golpeado con más fuerza a las mujeres que ya normalmente tiene menos seguridad laboral, ganan menos y están agobiadas por el peso del trabajo de cuidado y ayuda a familiares. Las consecuencias para las trabajadoras han sido, son y serán particularmente crueles porque la combinación de opresión y explotación, que las pone en una situación de desigualdad en la sociedad, las convierte en el objetivo preferido de los atacantes machistas.

En un momento tan dramático, ningún gobierno ha discutido un monto mínimo para asignar a las mujeres que más que los hombres se encontraron sin independencia económica, absolutamente necesaria para poder alejarse de las situaciones de violencia. La actitud indiferente de parte de todos los gobiernos burgueses en la protección de los derechos de las mujeres y las jóvenes, no puede ser considerado una simple superficialidad: su falta de voluntad política y su connivencia tienen que ver con el hecho de que el capitalismo se beneficia de la violencia y de la opresión para dividir a los trabajadores y someterlos aún más, al servicio de la explotación de toda la clase y de la sobreexplotación de sectores enteros de esta, como las mujeres.

La violencia social condena a las mujeres trabajadoras, a sus hijos y a sus familias al hambre, las enfermedades y la pobreza, pero no es denunciada por las Naciones Unidas ni las otras agencias del imperialismo, muy hábiles en estadística, porque, precisamente, es causada por el propio sistema capitalista que defienden y sostienen.

Este sistema no puede y no quiere resolver las cuestiones de género porque sobre estas diferencias se basa el control social de una clase sobre la otra. La ola de violencia que ha golpeado el universo femenino en el mundo, no es fruto de una emergencia sino la consecuencia de elecciones precisas, operadas por un sistema en crisis, el capitalista, que trata de autopreservarse. Es, por lo tanto, hipócrita pensar que el propio Estado capitalista que contribuye a crear y fomentar estas situaciones de aislamiento doméstico de las mujeres, esta falta de autonomía económica y de autodeterminación, puede proteger sus derechos. Las condiciones de miseria y de pobreza son el terreno ideal porque la violencia y el maltrato sobre las mujeres se exasperan.

Como mujeres proletarias, oprimidas y explotadas, lucharemos hasta la muerte por derrotar la violencia machista y la opresión de la mujer. Sin embargo, es necesario unir esta lucha con la de toda la clase trabajadora por el derrocmiento del sistema capitalista hacia un nuevo modo de vida, el socialismo, que tornará imposibles las bases materiales para la opresión de género.

Artículo publicado en Progetto Comunista n.° 97, noviembre de 2020, p. 12.

Traducción: Natalia Estrada.