En noviembre de 2005, más de 50.000 personas repudiaron a George W. Bush en Mar del Plata, Argentina, y celebraron el entierro del ALCA[1]. En la IV Cumbre de las Américas, Bush intentó imponer la consagración del ALCA. Varios presidentes se opusieron (Lula, Chávez, Kirchner). Respondían a la presión de los pueblos de Latinoamérica, que venían tirando abajo gobiernos neoliberales cómplices de la brutal recolonización de la región. El ALCA fue derrotado por la lucha obrera y popular. Una derrota más para Bush, después de Irak. Y un punto alto en el prestigio de un puñado de dirigentes que se presentaron como los líderes de la “Segunda Independencia de América Latina”. La esperanza de millones estaba puesta en ellos.

Por: Ricardo García

Desde ese momento hasta aquí, fue todo decepción. Una gran oportunidad que América Latina ha tenido de romper sus lazos de dependencia con el imperialismo y reconstruir sus países, fue traicionada. Se confirmó la incapacidad de las burguesías latinoamericanas para llevar adelante una consecuente lucha de independencia.

Los años ’90

La década neoliberal produjo un retroceso brutal del nivel de vida y las conquistas obreras y populares, y una ofensiva sobre la soberanía de los países. A partir del Consenso de Washington[2], el imperialismo respondió a su crisis económica crónica con un ataque a la propia clase trabajadora de los países centrales, el impulso a la restauración capitalista en los ex estados obreros y una política de recolonización de los países dependientes.

Las privatizaciones, la deuda pública, la desindustrialización de las economías, el predominio creciente de las empresas multinacionales y la intensificación del saqueo de todos los recursos naturales se combinaron con la superexplotación de la clase obrera. La coronación sería el proyecto del ALCA que contó con la colaboración de la mayoría de las burguesías nacionales y sus partidos históricos: el peronismo argentino, el APRA peruano, el PRI mexicano, el MNR boliviano.

Una lucha continental los enfrenta

A finales de la década, se inició un proceso de luchas y estallidos sociales que desestabilizaron los regímenes políticos en varios países: Ecuador (2000), Argentina (2001) y Bolivia (2003 y 2005). En Venezuela, en 2002, una insurrección enfrentó el golpe que había derrocado a Chávez y lo restableció en el poder. Fue un proceso de país a país, pero en ese momento, en el continente, las masas estaban a la ofensiva.

Recorrió la región con banderas antiimperialistas, democráticas, obreras y populares: por no pagar la deuda, castigo a los genocidas de las dictaduras, condiciones de trabajo, contra el saqueo de los bancos y empresas multinacionales, y contra las oligarquías dueñas de la tierra. Brasil quedó fuera de este ascenso, pero también expresó el proceso: Lula fue elegido de modo preventivo, para mantenerlo aislado del torrente revolucionario.

La clase trabajadora y los pueblos abandonaron a sus direcciones tradicionales, surgieron nuevos dirigentes como Evo, Correa o Kirchner, y otros que eran minoritarios, se convirtieron en masivos, como Lula y Chávez.

El ascenso puso coyunturalmente a la defensiva a Estados Unidos, que cambió la política para la región con un nuevo rostro: Obama.

Una oportunidad histórica

América Latina tiene una larga historia de enfrentamientos y revoluciones contra dictaduras genocidas. Esta vez fue diferente. La oleada en algunos países adoptó métodos violentos, enfrentó la represión estatal y derribó gobiernos, pero ahora se dirigía contra regímenes de democracia burguesa. Hubo un renacer de la conciencia antiimperialista y democrática.

Chávez construyó su movimiento continental como el “Socialismo del Siglo XXI”. No tenía la menor intención de avanzar en ese sentido, pero este nombre mostró que el socialismo (convertido en “mala palabra” por la ofensiva de los ’90), volvía a ser visto con simpatía por sectores de las masas.

Esta combinación entre un fuerte ascenso obrero y popular, el imperialismo y la burguesía a la defensiva, junto con un avance en la conciencia antiimperialista de masas (en algunos sectores, socialista), eran las condiciones objetivas básicas para ir adelante en la ruptura de la dependencia e iniciar un curso anticapitalista. Era una situación revolucionaria en Latinoamérica.

Solo hacía falta una dirección dispuesta a canalizar todo ese sacrificio y disposición de lucha. Los pueblos, impulsaron a esos líderes y los hicieron gobiernos. Pero ellos fueron para otro lado.

Se desmonta el ascenso

La llegada al poder de estos gobiernos se combinó con un momento favorable de la economía latinoamericana, con una gran alza de los precios de las materias primas y un ciclo de inversiones de capitales imperialistas en áreas ligadas al saqueo de los recursos. Se dio un largo período de crecimiento a “tasas chinas”, y una recuperación del empleo (aunque en condiciones de alta precarización), y la desocupación retrocedió.

Los nuevos gobiernos tuvieron condiciones de llevar a cabo algunas medidas, como algunas expropiaciones, sin poner en cuestión la estructura semicolonial ni la dependencia. Se generalizó la asistencia social a los sectores más miserables (“Bolsa-familia” en el Brasil, “planes” en Argentina, “Misiones” en Venezuela), alejándolos del hambre extremo sin resolver los problemas estructurales que los llevaron a la miseria. Eso se combinó con una retórica “antiimperialista” y una serie de medidas demagógicas. Se “repudió” la deuda… pero se la siguió pagando más que nunca. Se “repudió” el ALCA, pero se firmaron una serie de TLC[3] que iban en igual sentido.

La llegada de Obama al poder les permitió desviar también el odio antiimperialista, explicando que “ahora era diferente, que no era como Bush”. Convencieron a los pueblos que sus problemas podían ser resueltos sin terminar con el capitalismo y sin una ruptura real con el imperialismo. Ni siquiera llegaron al nivel de enfrentamiento con el imperialismo que habían alcanzado Allende, Perón o Cárdenas.

Así, cerraron el ascenso revolucionario. No lo derrotaron, pero lo desviaron hacia la confianza en la democracia burguesa, que les había permitido a ellos acceder al poder. Y contaron con la complicidad de la mayoría de la izquierda (incluso parte de la que se dice “trotskista”), que alentó expectativas y ayudó a desmovilizar.

Fin de un ciclo: mentira y represión

A partir de 2011-12, se hicieron sentir con fuerza los efectos de la crisis capitalista mundial. La caída de los precios de las commodities, el estancamiento de China y la continuidad de la crisis capitalista mundial, abrieron un franco deterioro de la economía de Latinoamericana. Volvió la desocupación y los salarios cayeron. Las mínimas concesiones comenzaron a verse recortadas. Solo quedaron las mentiras de que “no se podía hacer más”, que Obama y los sectores más concentrados del empresariado “preparaban golpes”, y que el imperialismo es “invencible”. Que la movilización de los trabajadores y los pueblos era “débil”. Que “la conciencia estaba atrasada”. Junto a las mentiras, llegó la represión.

La decepción y la bronca comenzaron a crecer. Luego de varios años, se inició una nueva oleada de luchas. Volvieron las huelgas generales y jornadas nacionales (Argentina, Paraguay, Brasil, Perú). Se dieron grandes movilizaciones (Brasil-2013, Perú-2014, Ecuador- 2015, Chile). La clase obrera brasileña (el coloso ausente en el ascenso revolucionario anterior) se pone en movimiento. No hay desmoralización ni hay derrota.

Se abre un nuevo ascenso: en los próximos años vamos a combates tanto o más encarnizados y decisivos que los de inicios del siglo. Pero ahora el ascenso se dirige también contra los gobiernos frentepopulistas y nacionalistas burgueses.

Balance y perspectivas [ante el fracaso de un proyecto]

Hay una ruptura generalizada de la clase obrera y los pueblos con estos gobiernos. En un primer momento puede dar victorias electorales a partidos y dirigentes de la derecha tradicional. Posiblemente será solo una “estación de paso”.

Si la clase obrera y los pueblos no son derrotados, enfrentarán rápidamente a esos nuevos gobiernos, partiendo de las lecciones del período anterior: la construcción de nuevas organizaciones de lucha y nuevas direcciones. Y del rechazo a la democracia burguesa como el “único” mecanismo para sacar un gobierno o poner otro.

El ajuste de cuentas con el chavismo, el lulismo, el kirchnerismo, es condición para no caer en nuevas trampas y desvíos. Las masas están luchando. La cuestión es si los revolucionarios seremos capaces de dotar el actual ascenso que se inicia de una dirección obrera, revolucionaria, socialista e internacionalista, enfrentando las viejas y nuevas alternativas reformistas que, de crecer, cumplirán el mismo papel contrarrevolucionario de los Chávez, Lula y Kirchner.

Necesitamos hacer un balance de la izquierda que capituló a estos movimientos y gobiernos: un desastre que no puede repetirse ante las nuevas trampas que seguramente surgirán.

Es preciso presentar un claro polo de la clase trabajadora, con un programa categórico por una nueva revolución que imponga un gobierno de la clase obrera y los pueblos para romper con el imperialismo, liquidar el capitalismo semicolonial, y construir el socialismo en nuestros países, hacia una Federación Socialista de Latinoamérica.

Contamos para eso con la clase obrera y el pueblo que tanto luchó, y cuyos mejores exponentes están aún allí, en las refinerías y siderúrgicas venezolanas, las automotrices, constructoras y astilleros brasileños, en los pozos petroleros y las minas, en las fábricas metalúrgicas, textiles y de la alimentación, en los campos, en las escuelas. Fueron traicionados pero no derrotados. El nuevo ciclo que se abre nos pone a prueba.

 

[1] Área de Libre Comercio de las Américas. Eliminaba las barreras arancelarias y a la inversión, creaba un único espacio jurídico (bajo los tribunales norteamericanos) y comercial, en beneficio de EEUU, para saquear las economías del resto de América.

[2 ] Se conoce como Consenso de Washington a una serie de normas que las instituciones financieras imperialistas impusieron a los países dependientes y en crisis: apertura completa de sus economías a las multinacionales, seguridad jurídica a las mismas (impunidad para sus negocios), privatización generalizada de empresas estatales, freno al gasto social y equilibrio de cuentas de los países. Son, en esencia, las medidas neoliberales que se impusieron (y se siguen imponiendo) en los países latinoamericanos.

[3 ] TLC: Tratado de Libre Comercio. Ante el fracaso del ALCA, EEUU inició una serie de tratados bilaterales con diversos países al mismo efecto. Eso no fue resistido con un movimiento continental como el que enfrentó al ALCA.

Artículo publicado en Correo Internacional n.° 14, de diciembre de 2015.-

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