“Los pedantes piensan que la dialéctica es un juego mental ocioso. En verdad, esta solo reproduce el proceso de la evolución, que vive y se mueve por medio de contradicciones” (León Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, p. 465).

Por Hertz Dias

Introducción

Los eventos ocurridos desde que la Ley Euzébio de Queiroz fue sancionada en 1850, hasta la aprobación de la Ley Áurea en 1888 precisan ser explicados dialécticamente.

En nuestra opinión, existe un vacío analítico sobre los procesos que pusieron en jaque la existencia de este tipo de institución. Nuestro objetivo con este artículo es justamente intentar identificar el movimiento contradictorio que ayude a explicar mejor cómo se procesó la abolición, en qué sentido ella se dio, y quién dirigió ese proceso.

Potencialidades revolucionarias y límites de la clase de esclavos en el Brasil

En primer lugar, es necesario establecer que el trabajo esclavo en el Brasil se dio dentro de un proceso de colonización con objetivos esencialmente capitalistas. La empresa colonial fue montada para garantizar lucros y acumulación de capitales en Europa. En relación con esta definición, Moreno es preciso.

“La colonización española, portuguesa, inglesa, francesa y holandesa en América fue esencialmente capitalista. Sus objetivos fueron capitalistas y no feudales: organizar la producción y los descubrimientos para conseguir ganancias prodigiosas y para colocar bienes en el mercado mundial. No inauguraron un sistema de producción capitalista porque no había en América un ejército de trabajadores libres en el mercado, así, los colonizadores, para poder explotar de forma capitalista a América, se vieron obligados a recurrir a relaciones de producción no capitalistas: la esclavitud o una semiesclavitud de los indígenas; producción y descubrimientos por objetivos capitalistas; relaciones esclavas o semiesclavas; formas y terminologías feudales (como el capitalismo del Mediterráneo) son los tres pilares en que se asentó el capitalismo en América” (1949, p. 1).

Esa definición es importante, porque rebate las tesis etapistas y reaccionarias que el estalinismo utilizó para justificar los tales “frentes amplios” en que el proletariado tendría que hacer alianzas con sus burguesías nacionales para derrotar el “feudalismo” y [con] las “noblezas feudales” en América para desarrollar el capitalismo en el continente, y solo después realizar las revoluciones socialistas.

La realidad desmontó esa tesis. El Brasil se tornó uno de los países más industrializados del mundo sin que la tal revolución burguesa ocurriese. Dicho esto, veamos ahora los límites impuestos a las acciones revolucionarias de los esclavos mientras duró la esclavitud.

No podemos exigir de una clase social determinada aquello que ella no tiene condiciones de realizar en condiciones históricamente determinadas. Los esclavos querían, en último análisis, la libertad y no necesariamente la revolución, a no ser cuando la búsqueda por la primera estuviese estrictamente condicionada por la segunda.

Los africanos esclavizados eran la clase social con los sentimientos más revolucionarios del Brasil hasta la fecha de la abolición. Los registros históricos demuestran que en cualquier región del país donde se erigían ingenios eran igualmente levantados los quilombos [lugar donde residían los esclavos que huían o eran liberados]. Sin embargo, esa disposición heroica no puede ofuscar nuestros análisis sobre su impotencia revolucionaria.

Los esclavos formaban una clase social con dificultad para estabilizarse como tal. La expectativa de vida útil de los esclavos adultos era bajísima, de 7 a 10 años, y la reproducción interna era extremadamente onerosa e inexistente. Sería casi imposible construir relaciones políticas a largo plazo en esas condiciones. La muerte precoz no lo permitía. A diferencia del proletariado libre, la reproducción o reposición de esa fuerza de trabajo esclava era externa a la Colonia, le cabía al tráfico negrero.

Por su parte, los quilombos, que se configuraron como una amenaza permanente al orden esclavista, no encontraban las condiciones para articular insurrecciones nacionales sincronizadas en un país de las dimensiones del Brasil.

Tenemos acuerdo con Décio Freitas (1983) cuando afirma que la superación de ese tipo de relación de trabajo no podría venir de su propia evolución interna, sino de fuerzas externas. Fue así con la esclavitud romana en la Antigüedad, cuyo golpe mortal fue dado por las invasiones bárbaras en los siglos IV y V d.C. Esa ley cabe, también, a todas las formaciones sociales esclavistas existentes en América. Incluso la revolución esclava de Haití, considerada la única victoriosa de la historia de la humanidad, no escapó a esa regla. Las disputas entre las grandes potencias capitalistas por el control de esa colonia y la espantosa concentración de esclavos en un territorio tan pequeño fueron determinantes[1].

Es importante también destacar la heterogeneidad de esa clase. Habían, por ejemplo, los esclavos domésticos que, la mayoría de las veces, formaban una base sobre la cual la clase señorial se apoyaba y por eso cumplían un papel contrarrevolucionario. Estos vivían mucho más que el esclavo del campo.

Habían también los libertos, que legalmente no podían oponerse a sus antiguos señores so pena de volver a la condición de esclavos. Estos, difícilmente se incorporaban a las rebeliones esclavas. Una de las excepciones fue la Revuelta de los Malês que ocurrió en la ciudad de Salvador en 1835.

La realidad era, así, independiente de nuestros deseos y de la incontestable disposición revolucionaria de la mayoría de nuestros antepasados.

Del fin del tráfico internacional a la ley Áurea: un largo camino lleno de contradicciones

En el Brasil, la abolición de la esclavitud se procesó dentro de la regla más general, pero no de manera mecánica. Sería cómico negar la importancia que los cañones de Inglaterra ejercieron en este proceso. Un factor externo innegable.

No obstante, nos parece exagerado el papel comúnmente atribuido a los ingleses y a la propia elite brasileña. Ambos aparecen como actores de una trama política muy bien estructurada para que todo ocurriese exactamente como consta en la mayoría de los manuales de historia.

Nos pasa la idea de que, a partir de la aprobación de la Ley Euzébio de Queiroz en 1850, que impuso el fin del tráfico internacional, la abolición sería una cuestión de tiempo. Parece que las leyes iban siendo aprobadas una a una, en el sentido de ir aboliendo la esclavitud poco a poco, sin grandes traumatismos, hasta el 13 de mayo de 1888. Y, así, se daría la tan pregonada lenta y gradual abolición de la esclavitud en el Brasil.

El propio Décio, en el cual nos apoyamos para refutar esas posiciones, cae en una explicación insuficiente[2]. Según afirma: “suprimido el tráfico, no se hizo esperar la crisis del sistema esclavista: crisis aguda que se tradujo en un rápido proceso de desclavización”.

Y sigue:

“[…] el desplazamiento del centro de gravedad económico del sistema, del Nordeste para el Sudeste, determinado por el ascenso del café como producto más importante en las exportaciones brasileñas […] suscitó el tráfico interprovincial en beneficio de la región que poseía mayor poder de compra. Como consecuencia, el Nordeste, que en los tiempos coloniales poseía más de 70% del total de los esclavos del país, se vio reducido en 1874 a menos de un cuarto; las cuatro provincias cafeteras, mientras tanto, poseían aquel año tres cuartos del total de esclavos del país y más del doble del Nordeste” (1983, p. 138; traducción nuestra).

Décio Freitas incurre en el error de saltar por encima de 24 años para explicar un período de 38 años. En nuestra opinión, la prohibición del tráfico negrero no representó, de inmediato, una amenaza a la institución esclavista.

De hecho, las provincias cafeteras del Sudeste ya eran mucho más prósperas que las azucareras del Nordeste. Sin embargo, el precio de los esclavos del Nordeste no se diferenciaba en casi nada de aquel proveniente de las pequeñas estancias de la propia región próspera. Las actividades marginales, pequeñas, domésticas y hasta citadinas del Sudeste pasaron a ser reservatorios de esclavos para las grandes estancias, dentro de una misma región. En la palabras de Drescher (2010):

“En la década de 1860, el tráfico de esclavos dentro del sector más dinámico de cultivo de café era probablemente más importante que cualesquiera transferencias interregionales de afuera. Lo que estaba ocurriendo, por lo tanto, en todas las regiones de la década de 1859, envolvía transferencias internas de esclavos venidos de ciudades y de pequeñas estancias esclavistas para propietarios más prósperos” (2011, pp. 498-499).

Esa ley cumplió un doble objetivo: el primero está relacionado a una tentativa de reconciliación del Brasil con Inglaterra frente a la amenaza de guerra de la Región del Plata[3]. Y el otro, sería justamente el de impedir manifestaciones internas antiesclavistas.

Lejos de ser plenamente esclavista, la burguesía financiera de Inglaterra invirtió pesadamente en la infraestructura urbana del Brasil, donde prevalecía el trabajo asalariado, para dar salida a la producción agrícola oriunda del trabajo esclavo. Exportaciones realizadas por compañías inglesas.

Así, se cerraban los puertos para importación internacional de esclavos y se abrían para exportación de productos agrícolas producidos por manos esclavas.

Podemos ver aquí la imposición de un desarrollo desigual y combinado, donde el trabajo esclavo continuaba preponderante.

Es cuando el tráfico internacional se agota que el tráfico interregional se profundiza. La población esclava estaba, de hecho, reduciéndose como consecuencia de un verdadero etnocidio. Pesaba que ahora el tráfico internacional ya estaba abolido y no había condiciones de reponer esas “piezas humanas”, a no ser de otras dos formas: 1) con la intensificación del tráfico interprovincial; y 2) con leyes protectoras. O mejor, reproductoras.

Esa nueva esclavocracia obligó a la elaboración de una legislación que, conforme veremos, estaba muy lejos de preparar la transición lenta y gradual del trabajo esclavo hacia el trabajo libre, sino lo opuesto.

Para Freitas, esas leyes eran para reformar y prolongar la esclavitud, lo que implicaba preservar la vida de los esclavos:

“Más importantes fueron las medidas adoptadas por el Estado Esclavista en el sentido de reformar la institución para mejor preservarla, o, en la peor de las hipótesis, prolongarla. El uso del látigo contra los esclavos fue prohibido; se limitó el número de azotes; se reconoció al esclavo el derecho de formar peculio, y recibir donaciones, legados y herencias; se admitió que demandase al amo y prestase testimonio contra él en procesos criminales; se le aseguró el derecho de manumisión mediante depósito del precio (…); se estableció la obligación de cuidados a la esclava embarazada; se prohibió la venta separada de casados y sus hijos menores de 15 años” (1983, p. 139; traducción nuestra).

La ley de Rio Branco aprobada en 1871, popularmente conocida como Ley del Vientre Libre, cumplió la función de incentivar la natalidad; la reproducción de esclavos. Las esclavas, al saber que sus hijos serían transformados en esclavos, evitaban embarazarse. De modo que el Estado, a través de la Ley del Nascituro [el que ha de nacer], “(…) buscaba interesar a la esclava en la natalidad” para así “reformar la institución para prolongarle la existencia” (FREITAS, 1983).

Además, esa ley garantizaba a los señores de esclavos ventajosa indemnización caso él mismo no dejase deshacerse de los niños, especialmente a partir de los ocho años de edad. Y más, el señor podría explotar al gentío hasta los 21 años de edad. ¿Por qué a partir de los ochos años? Según el abolicionista Barón da Vila da Barra, cerca de 95% de los niños morían a los siete años. En su objetivo más concreto, esa ley visaba, en realidad, salvar la agricultura y la esclavitud.

En 1882, el Ministerio de Agricultura registró solo 58 registros de niños entregados al Estado. Desde el punto de vista de la abolición, esa ley fue un verdadero fracaso porque, como vimos arriba, esta no fue aprobada con ese objetivo. Su objetivo era otro: garantizar la reproducción de negros esclavizados para prolongar la esclavitud y no para debilitarla.

La resistencia de la esclava negra, que “desarrollara por eso métodos anticonceptivos y recurriera largamente al aborto”, fue fundamental para la aprobación de esa ley que creaba mecanismos para incentivar la natalidad negra y reducir el infanticidio. Las estancias deberían ser transformadas en incubadoras de esclavos.

Esa ley creaba aún el Fondo de Emancipación de esclavos viejos e inválidos, para indemnizar a los señores. Toda la legislación caminaba en ese sentido: preservar la esclavitud y los privilegios de la esclavocracia. “Reformar para evitar mayor radicalización”, según palabras del propio Rio Branco, autor del proyecto. Es imposible considerar el contenido de esas leyes como antiesclavistas.

En las palabras de Freitas:

“A semejanza de todos los reformistas sociales, la del esclavismo brasileño tuvo en la mira transfigurar el sistema para mejor preservarlo. Tuvo un éxito por lo menos parcial, pues aseguró a la institución una sobrevida de, por lo menos, diecisiete años” (1983, p. 146; traducción nuestra).

Con todo, la estructura de la sociedad estaba cambiando. El trabajo libre se fue haciendo preponderante y la causa abolicionista se tornó muy popular. Una parte importante de esa esclavocracia se oponía a la abolición, no por ser contraria al trabajo libre, sino por considerar a los esclavos una propiedad de la que no deseaban abdicar sin indemnización. Movidos por esa postura, esos señores, principalmente de la región Sudeste (San Pablo, Minas Gerais y Rio de Janeiro) derrumbaron el Ministerio Dantas y su proyecto de emancipación de los esclavos con 60 años.

El Nuevo Ministerio, ahora dirigido por el viejo y conservador Barón de Cotegipe presentó un nuevo proyecto que en 1885 fue transformado en la Ley del Sexagenario, que imponía la indemnización y la obligación del esclavo sexagenario a trabajar cinco años más para “recompensar” a sus señores.

Por la combinación de esas dos leyes, la del Vientre Libre y la del Sexagenario, tendríamos esclavitud legal en el Brasil hasta mediados de la década de 1930. Eso mismo. Un esclavo nacido antes de la Ley del Nascituro, digamos en 1870, solo cumpliría 65 años en 1935. O si una esclava nacida en esa misma fecha tuviese un hijo a los 40 años, igual solo conseguiría su libertad de hecho alrededor de 1931.

Para Viotti, “La Ley del Sexagenario fue un intento desesperado de aquellos que se apegaban a la esclavitud para detener la marcha del proceso. Pero ya era demasiado tarde. El pueblo arrebataba de las manos de las elites la dirección del movimiento” (2008, p. 90).

El resultado de la Guerra del Paraguay (1864-1870) puso en cuestión la institución esclava, dando al propio esclavo más conciencia para luchar por su libertad, incluso porque el propio Ejército adhería a la causa abolicionista. En 1887, los “militares reunidos en el Club Militar enviaron a la princesa una petición solicitando ser dispensados de la deshonrosa misión de perseguir esclavos” (VIOTTI, 2008, p. 91).

Así, podemos concluir que la desesclavización se aceleraba con la Guerra del Paraguay, mientras el movimiento abolicionista ganaba fuerza con la desesclavización que se profundizó con la prohibición del tráfico interprovincial.

Prueba mayor de eso es que la Ley del Vientre Libre fue sancionada un año después del fin de la Guerra del Paraguay, como una tentativa vana de garantizar sobrevida a la esclavitud, y el abolicionismo se transforma en movimiento de acción solo a partir de 1880, no por casualidad el mismo año en que las leyes prohibitivas del tráfico interprovincial fueron aprobadas. Así “(…) lo que hubo antes de 1880 fue solo una opinión abolicionista, no cualquier movimiento organizado (FREITAS, 1983, p. 149; traducción nuestra).

Por ahora, vale destacar la posición de Inglaterra sobre la cuestión abolicionista en el Brasil, ya que muchos la invocan como factor determinante para el fin de la esclavitud legal en el Brasil.

Inglaterra nunca intervino en el Brasil para cohibir el tráfico interprovincial que todo el mundo sabía que existía. No arriesgaba porque no veía una clase social de confianza para armar contra la esclavocracia. No podrían ser los propios esclavos, haya vista de lo que ocurrió en Haití cuando la propia Inglaterra se vio en “malos bocados” cuando Francia resolvió abolir la esclavitud y armar a los esclavos para expulsarlos del país.

Si interviniese, ¿de qué lado se pondría? ¿De la esclavocracia del Nordeste, que se hizo contrabandista de esclavos, o de la esclavocracia del Sudeste, que se hizo receptora de esclavos? ¿O haría oposición al conjunto de esos señores?

Existía también el recelo de que aquí se repitiese una guerra civil en el modelo de la que ocurrió en los Estados Unidos entre 1861 y 1865, llevando a la burguesía del Norte a alistar a los esclavos contra la burguesía del Sur, que aún acumulaba capitales explotando el trabajo esclavo.

La burguesía inglesa también estaba dividida. Su “burguesía financiera inglesa nunca desamparó el esclavismo brasileño, otorgándole, por el contrario, constantes préstamos” (FREITAS, 1983, p. 19).

Como vimos, esa situación cambió radicalmente con la aprobación de las leyes de prohibición del tráfico interprovincial, en 1880.

Con eso, hubo una caída fulminante en el valor de los esclavos en esas regiones decadentes del Nordeste, y el dinero del Fondo de Emancipación era insuficiente en esas regiones. El Estado brasileño estaba ahora bajo el poder de las oligarquías del Sudeste y la legislación de ahí en adelante tendía a beneficiarlas. La mayoría de estos habían constatado que invertir en la fuerza de trabajo inmigrante pasaba a ser más lucrativo que mantener la esclavitud, eso sin hablar de su convencimiento de que el Brasil precisaba emblanquecerse.

Con todo, la abolición con indemnización en curso no beneficiaba a la esclavocracia del Nordeste y sí a la del Sudeste. Así, los primeros pasaron a defender la abolición de la esclavitud sin indemnización.

Así nacía la base social abolicionista que sería la propia clase de señores de esclavos del Nordeste del Brasil.

El Estado estaba endeudado, la economía en decadencia y las fugas de los esclavos solo crecían. Era un Dios nos ayude. Los señores del extremo Norte y Nordeste amenazaban abrir fuego en contra del gobierno imperial de D. Pedro II.

Os senhores do extremo-Norte e Nordeste abrir em crise Esta com o imperial de D. Pedro II.

Fue así que ganó fuerza un abolicionismo del tipo reformista, aquel que pretendía acabar con la esclavitud preservando los privilegios de los latifundistas.

Su estrategia sería acomodar la lucha abolicionista en los límites del parlamento. La mayoría contra la participación de los esclavos en la lucha directa contra la esclavitud y el latifundio. Joaquim Nabuco, por ejemplo, afirmaba categóricamente que “Es en el parlamento y no en las estancias o quilombos del interior, ni en las calles y plazas de la ciudad que se ha de ganar o perder la causa de la libertad”.

A partir de la década de 1880, se creó una situación en que los esclavos, aunque minoritarios, se mezclaban con otras camadas sociales, principalmente urbanas, que se sentían exprimidas por la estrechez del régimen y que estaban dispuestas a “combatir la esclavitud por todos los medios [de] que disponían” y, muy diferente de los reformistas, visaban “mantener a la población constantemente movilizada” (VIOTTI, 2008, p. 112).

En nuestra opinión, fue esa conjugación de factores lo que abrió una situación preinsurreccional. Viotti corrobora esa caracterización, cuando afirma:

“Al iniciarse la década de 1880, el abolicionismo entró en una fase insurreccional. Al principio de forma espontánea, después de modo organizado. Surgieron sociedades secretas cuyo objetivo principal era instigar la rebelión de los «senzalas» y promover huidas de los esclavos” (2008, p. 111).

Esa situación obligó a las elites a aprobar en tiempo récord la Ley Áurea, el 13 de mayo de 1888, anticipando en décadas la abolición de la esclavitud, pues esta sí anulaba las demás leyes que visaban preservar y prolongar la existencia de la esclavitud en el Brasil que, como vimos, mantendría negros esclavizados hasta la década de 1930.

¿La clase social que dirigió la transición abolicionista era esencialmente esclavista o capitalista?

Muchos historiadores tratan la transición que ocurrió del trabajo esclavo al trabajo libre en el Brasil con cierto mesianismo. La historia, parece, se realiza en tono profético.

Se toma, generalmente, el fin del tráfico negrero, cuyo golpe de misericordia fue la aprobación de la Ley Euzébio de Queiroz en 1850, y se traza todo un camino hasta la aprobación de la Ley Áurea en 1888, como si fuese mero resultado de un plan muy bien elaborado por las elites.

Las relaciones sociales aparecen como producto de las leyes y de las ideas. Todo el movimiento histórico, dinámico y contradictorio de ese largo periodo, se desvanece. Las contradicciones internas, las desigualdades regionales, y los enfrentamientos sociales y raciales cuando aparecen son solo para cumplir el ordenamiento histórico que el campo de las ideas les atribuyó. ¡Dios ordenó, Judas traicionó! Nuestro esfuerzo va en el sentido de romper con ese esquema.

De este modo, debemos preguntar: ¿cuál era la naturaleza social del II Imperio, o mejor, del Estado brasileño entre 1850 y 1888? ¿Era un Estado esclavista o un Estado burgués con relaciones de trabajo esclavistas?

La caracterización de Moreno (1949), apoyada en Marx, de que la colonización fue esencialmente capitalista nos ayuda a entender por qué el Estado no fue derribado y sí el Régimen, que fue cambiado en la transición del trabajo esclavo hacia el trabajo libre. Salimos del Imperio a la República cuando la fuerza de trabajo esclava ya era inexistente.

El trabajo esclavo desapareció cuando pasó a ser desventajoso, y los latifundistas capitalistas consiguieron operar eso porque eran propietarios del Estado. Resistió hasta donde pudo y cuando no le fue más posible, tomó en sus manos la abolición legal de la esclavitud, eso porque ella ya era en sí una clase social capitalista. Esa era su esencia social. Pero, ese proceso no ocurrió sin trauma e incluso amenazas de insurrección.

El Estado, o mejor, el régimen, que se había organizado para imponer el trabajo esclavo, ahora caducaba. Ya no había más correspondencia entre la forma de trabajo y la forma del Estado. Entonces, esos hacendados se sintieron obligados a cambiar el régimen (forma de Estado) para continuar imponiendo su dominación. Tal vez sea unilateral ver a los señores de esclavos del siglo XIX tal como eran entre el siglo XVI y el siglo XVIII.

Si esos hombres tuviesen que optar entre preservar a sus esclavos o la tierra, ¿por qué optarían? La respuesta ciertamente sería: ¡aquello que me garantice más riqueza y poder! O sea, aquello que les rindiese más ganancias y más capitales. A aquella altura, para esos señores, los esclavos podrían ser sustituidos por hombres libres; ya para la tierra no había sustituto a la altura.

Si en los siglos iniciales de la colonización poseer esclavos era sinónimo de prestigio, incluso para quien no tuviese mucho capital, en la segunda mitad del siglo XIX la cosa ganó otra dimensión. De modo que, si los señores fuesen indemnizados, la abolición no sería un gran trastorno. Ya no se trataba más de la clase de señores de esclavos en términos clásicos sino de la clase de latifundistas en términos capitalistas, que aceleró los pasos cuando los pies sintieron que el piso podía rajarse.

Si el esclavismo fuese otro modo de producción, no con objetivos esencialmente capitalistas, la crisis de la década de 1880 habría impreso una situación revolucionaria sin vueltas. O sea, ese modo de producción cualquiera tendría que ser destruido y su clase social dominante expropiada. No fue eso lo que ocurrió, porque lo que había en el Brasil era capitalismo y los capitalistas no se autoexpropian.

Fue esa clase social que dirigió la transición apoyada en el parlamento, en la naciente burguesía industrial brasileña, en el imperialismo inglés, y presionada por las heroicas luchas de los esclavos y del abolicionismo anónimo y popular que no consta en los libros.

El Estado fue cambiando de carácter a medida que la esclavitud fue agonizando y no fue la legislación pura y simplemente que impuso esa situación. Ver la abolición por ese prisma significa colocar el mundo cabeza abajo. La ley Euzébio de Queiroz no impuso de inmediato la desesclavización, así como la Ley de Vientre Libre no liberó a ningún ser humano vivo, pero tenía como objetivo prolongar la esclavitud garantizando la autosuficiencia de la reproducción de la fuerza de trabajo esclava interna a las propias estancias.

Sin mirar para la realidad como ella es, parece que estamos lidiando con leyes escritas por dioses en la apoteosis. Pero, mirando la situación general del desarrollo económico de la época, de la división internacional del trabajo, de las contradicciones entre las clases, de los acontecimientos internacionales de gran impacto, esa misma legislación gana racionalidad y funcionalidad.

La desaparición de los señores de esclavos no implicó la desaparición de los latifundistas, porque en ese contexto su esencia era esa y no aquella. Tras la abolición, las dos clases sociales fundamentales del Brasil continuaron existiendo, la de los latifundistas y la de los campesinos y no, necesariamente, la de señores y esclavos. La clase obrera comenzaba también a formarse y a organizarse.

O sea, la República sirvió para restaurar la unidad de las autoridades y de las clases dominantes contra el campesinado, contra el negro, contra el inmigrante y contra la clase obrera en formación. No había una clase secundaria en la que el campesino negro pudiese apoyarse para llevar hasta las últimas consecuencias un proceso revolucionario. Incluso las camadas sociales urbanas que citamos no tenían las condiciones materiales, organizativas y estructurales para llevar el proceso hasta la última estación, y la clase obrera aún estaba en formación. Esa clase podría ser la naciente burguesía industrial, pero esta ni siquiera tenía condiciones de hacer eso, mucho menos interés. La fase de desarrollo del capitalismo mundial ya era la imperialista, y cualquier proceso revolucionario tendría que enfrentarse también con el imperialismo, a cuyos pies el conjunto de nuestra burguesía se arrodilla hasta hoy.

Esa burguesía industrial es, en parte, producto de una metamorfosis ocurrida dentro de la propia clase de los latifundistas. Esto es, muchos de los latifundistas se convirtieron en burgueses industriales, tal como muchos nobles se capitalizaron en la transición del feudalismo al capitalismo[4].

En la fase que analizamos había una combinación de formas de trabajo dentro de un mismo modo de producción, que era el capitalista. Y entre esas relaciones de trabajo estaba aquella ascendente, el asalariado, y aquella decadente, el esclavizado. Con todo, lo que estaba en debate era la preservación de la gran propiedad privada y de los privilegios de la clase propietaria. Las demás decisiones estaban subordinadas a esas tareas; tareas que, por su parte, deberían estar subordinadas a los intereses del capital inglés. Así, el trabajo libre se imponía independiente de la voluntad de esos hombres.

Muchas explicaciones, incluso la de Clóvis Moura (2004), consideran el trabajo esclavo como arcaico y el libre como moderno, el campo como arcaico y la ciudad como moderna. Además, la ciudad, así como la industrialización, es vista como sinónimo de capitalismo, y este, de modernidad. Por lo tanto, la gran contradicción del Brasil fue que este país se modernizó preservando lo arcaico.

Ora, si lo arcaico pertenece al pasado, ¿cómo vamos a explicar eso en una transición que comportó varias formas de trabajo y de propiedad en una misma formación histórica? Ora, la economía brasileña actual está pasando por un proceso de desindustrialización, sus exportaciones dependen del campo, del agronegocio y, muchas veces, de formas de trabajo análogas a la esclavitud, y no por eso podemos afirmar que el Brasil está dejando de ser capitalista.

En fin, intentamos mostrar dialécticamente cómo esos acontecimientos se procesaron en el sentido de entender mejor cómo esa transición ocurrió en un periodo de extrema importancia, que en mucho ayudó a establecer el carácter social, económico y racial de nuestro país. Emitimos una opinión sobre el tema, que precisa ser más y más desarrollada y profundizada.

Referencias

ALMEIDA, Sílvio Luiz de. O que é racismo estrutural? Belo Horizonte (MG). Letramento, 2018.

AZEVEDO, Célia Maria Marinho de. Onda negra, medo branco: o negro no imaginário das elites – século XIX. Rio de Janeiro: Paz e Terra, 1987.

COSTA, Emília. A Abolição. São Paulo: Editora Unesp, 2008.

FREITAS, Décio. Escravos e Senhores de escravos. Porto Alegre, Mercado Aberto, 1983.

DRESCHER, Seymour. A Abolição: uma história da escravidão e do antiescravismo. São Paulo: Editora Unesp, 2011.

FREITAS, Décio. Escravos e Senhores de Escravos. Porto Alegre: Mercado Aberto, 1983.

MORENO, Nahuel. Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa en las Américas. Colombia, 1948.

MOURA, Clóvis. Dialética Radical do Brasil Negro. São Paulo: Fundação Mauricio Gabrois; Anita Garibaldi, 2014.

TROTSKY, León. História da Revolução Russa. São Paulo: Editora Sundermann, 2007.

Notas

[1] Décio Freitas (1983) lista varios elementos que daban al esclavismo de Haití ciertas peculiaridades, como la enorme concentración de esclavos en una región correspondiente a 28% del territorio del actual Estado de Pernambuco, la facilidad para reponer esclavos que era 70% más barata que en el Brasil, en que 90% de la población era de esclavos y libertos, contra 10% de blancos. Pero, según afirma, fueron las intervenciones externas y las disputas entre España, Francia e Inglaterra por el control de la Colonia lo que creó las condiciones para la revolución victoriosa. Dice el autor: “La insurrección haitiana –la única insurrección victoriosa de esclavos que la historia registra– confiere igualmente validez a la teoría de la intervención del elemento externo” (p. 135; traducción nuestra).

[2] Nosotros también ya llegamos a publicar artículos reproduciendo esa misma idea de que con el tráfico internacional abolido, se dio luego el tráfico interregional. Repetimos, no está totalmente equivocada esa afirmación, pero es insuficiente.

[3] La Ley Euzébio de Queiroz, aprobada cuando el Brasil se vio frente a la amenaza de ataques por parte de Rosas y Oribe en Rio Grande do Sul, la guerra de la región del Plata. Para eso, el país precisaba del apoyo de Inglaterra. Fue en ese contexto que el parlamento reabrió el debate sobre el fin del tráfico internacional, aprobando la Ley Euzébio de Queiroz.

[4] Eso ocurrió principalmente con el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y con la gran depresión capitalista de la década de 1920, que impuso que parte del capital ocioso del campo fuese transferido para el proceso de sustitución de importaciones, o sea, para el sector urbano-industrial.

Hertz Dias es miembro de la Secretaría de Negros del PSTU Brasil y vocalista del grupo de rap Gíria Vermelha.
Artículo publicado en www.pstu.org.br, 13/5/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.