El fracasado intento de golpe militar en Turquía, a pesar de ser un acontecimiento reciente y con consecuencias inesperadas, sirve para arrojar luz en el debate sobre la situación política brasileña y latinoamericana.

Por: Daniel Sugasti y Julio Anselmo

Dilma Rousseff, presidente provisionalmente suspendida en el cargo, comparó hace unos días el intento de golpe militar en Turquía con el proceso de impedimento político [impeachment] abierto en el Congreso brasileño en su contra:

Turquía sufrió un golpe típicamente militar. Es necesario que reflexionemos sobre las diferencias entre nosotros y el golpe de allá porque uno de los mayores argumentos de los golpistas es que nosotros no vivimos un golpe porque no hay armas y no existen tanques en las calles […] Aquí en Brasil nosotros tenemos otra circunstancia. Nosotros tenemos el golpe parlamentario, que algunos llaman de golpe frío, y otros de golpe institucional. Pero si en el golpe militar usted tiene un hacha talando el árbol de la democracia, en el golpe parlamentario usted tiene a los parásitos atacando ese árbol. Eso es muy grave[1].

Lo que dice Dilma es muy claro: lo que pasó en Turquía, donde un sector de las Fuerzas Armadas intentó instaurar un régimen directamente dictatorial, asentado en la ley marcial y gobernado por una Junta Militar, es, esencialmente, lo mismo que el proceso de “juicio político parlamentario”.

¿Acaso es posible concebir que entre una asonada militar –con soldados y tanques en las calles, enfrentamientos callejeros y que dejó más de 300 muertos– y una votación parlamentaria de juicio político, establecido en la misma Constitución “democrática”, solo existan diferencias “de forma”?

Naturalmente, el PT está interesado en utilizar el ejemplo turco para reforzar su cantilena sobre el “golpe” contra Dilma, teniendo en la mira impedir la destitución definitiva en el Senado, o bien retomar el poder electoralmente en 2018.

Lo lamentable es que esta narrativa haya sido asumida, parcial o totalmente, por casi toda la llamada “izquierda”, incluyendo a sectores como el MTST, el PSOL y hasta el MRT, que siguen declarándose “oposición de izquierda” al PT.

Estos partidos argumentan, básicamente, que el impedimento parlamentario de Dilma representó un “golpe” o “maniobra” reaccionaria y que la tarea central en este momento es “unir a la izquierda” en “defensa de la democracia” y contra el “retroceso”. Como hemos explicado anteriormente, esta posición política significa, en la práctica, impulsar el “vuelva Dilma”.

¿Qué es un “golpe reaccionario”?

Para poder avanzar en este debate tan importante, es necesario precisar qué es un “golpe reaccionario” para los revolucionarios, y cuál es la política principista para enfrentarlos.

En los medios de “izquierda” se usa mucho el término “golpe” para explicar los más distintos fenómenos. Es común escuchar sobre “golpe blanco”, “golpe institucional”, “golpe palaciego”, “golpe de gobierno”, etc. Debemos reconocer que se instaló una confusión que llevó a una banalización de este concepto.

Lo primero que debemos reflexionar es: ¿todo cambio “abrupto” de gobierno es un “golpe reaccionario”? ¿Toda interrupción del mandato de un “presidente electo” representa un “golpe reaccionario”?

Nahuel Moreno, fundador de nuestra corriente internacional, planteó que diferenciar los conceptos de Estado, regímenes políticos y gobiernos “es de importancia decisiva para el partido marxista revolucionario, porque ese es el terreno de la acción política”[2]. En ese sentido, para el marxismo, el Estado es el aparato que sirve de instrumento de dominación política de la clase de los explotadores contra la clase de los explotados.

Los regímenes políticos son, según Moreno:

[…] otra categoría que responde a otra pregunta: ¿A través de qué instituciones gobierna esa clase en determinado período o etapa? Esto es así porque el Estado es un complejo de instituciones, pero la clase en el poder no las utiliza siempre de la misma forma para gobernar. El régimen político es la diferente combinación o articulación de las instituciones estatales que utiliza la clase dominante (o un sector de ella) para gobernar. Concretamente, para definir un régimen político debemos contestar las preguntas: ¿Cuál es la institución fundamental de gobierno? ¿Cómo se articulan en ella las otras instituciones estatales?[3]

Aún sobre los regímenes, escribió:

El Estado burgués ha dado origen a muchos regímenes políticos; monarquía absoluta, monarquía parlamentaria, repúblicas federativas y unitarias, repúblicas con una sola cámara o con dos (una de diputados y una muy reaccionaria, de senadores), dictaduras bonapartistas, dictaduras fascistas, etc. En algunos casos son regímenes con amplia democracia burguesa, que hasta permiten que los obreros tengan sus partidos legales y con representación parlamentaria. En otros casos son lo opuesto; no hay ninguna clase de libertades, ni siquiera para los partidos burgueses.[4]

Finalmente, los gobiernos “[…] son los hombres de carne y hueso que, en determinado momento, están a la cabeza del Estado y de un régimen político. Esta categoría responde a la pregunta: ¿Quién gobierna?”. Por lo tanto, para Moreno: no es lo mismo [gobierno] que régimen, porque pueden cambiar muchos gobiernos sin que cambie el régimen, si las instituciones siguen siendo las mismas[5].

Estas definiciones son fundamentales, pues, para los marxistas, la caracterización precisa de “golpe reaccionario” –y, por lo tanto, la política y las alianzas circunstanciales que se desprenden de ella– tiene que ver con el cambio reaccionario de régimen, no simplemente de los gobiernos.

Cuando nos referimos a “golpe reaccionario” estamos abordando específicamente la amenaza concreta o el cambio de un régimen democrático burgués –aunque evidentemente tenga muchos trazos bonapartistas–, a un régimen directamente dictatorial, que generalmente tiene a las FFAA como institución fundamental y pretende cercenar las libertades democráticas y aplastar físicamente al proletariado y sus organizaciones.

Como dice la declaración del PSTU brasileño del 23 de marzo de este año: “Un golpe significa la supresión de las libertades democráticas y la instauración de otro régimen político. Esto es realizado por fuera de la constitución vigente, retrocediendo en las libertades democráticas y, por lo general, en la independencia de los tres poderes de la democracia burguesa”[6].

A nivel histórico, la caracterización marxista “golpe reaccionario” remite al intento de golpe con características fascistas de Kornilov contra Kerensky, en la Rusia de 1917; el de Pinochet contra Allende en 1973; el de Videla contra Isabel Perón en 1976; el de la cúpula del Ejército brasileño contra João Goulart, en 1964; y, más recientemente, el golpe contra el hondureño Manuel Zelaya, cuando en 2009 un comando de las FFAA lo sacó de la residencia presidencial a punta de pistola y en pijama para expulsarlo a Costa Rica.

En todos estos casos, las FFAA cumplieron un papel protagónico y estaba en juego la continuidad no solo de esos “gobiernos” sino del régimen democrático burgués como tal.

Tal como explica Moreno en el caso del golpe militar de 1973 en Chile:

[…] Este último [Pinochet] aniquiló el viejo régimen democrático burgués, con su parlamento y sus partidos, que llevaba décadas de funcionamiento en Chile, e instauró un nuevo régimen, opuesto por el vértice al anterior: su institución fundamental es el bonaparte Pinochet, que se apoya en las fuerzas armadas. Fue una contrarrevolución [en el terreno del régimen][7].

“Golpes de gobierno” y la concepción de los “campos burgueses progresivos”

Confundir los conceptos de “régimen” y “gobierno” y, en consecuencia, aplicar el concepto de “golpe reaccionario” a cualquier cambio “abrupto” de “gobiernos” capitalistas abre las puertas a la capitulación a un sector burgués, considerado más o menos “progresivo”, delante de una crisis política marcada por cualquier disputa interburguesa.

Sabemos que la clase de los explotadores no es homogénea y que, entre distintos sectores de capitalistas, existe siempre una disputa –“violenta” o no– por el “gobierno”, es decir, por controlar el aparato del Estado burgués. Frente a estas disputas “normales” entre pandillas de bandidos, los revolucionarios no podemos asumir una posición a favor de ninguna facción capitalista.

El trotskismo, a diferencia del estalinismo, no admite la existencia de sectores burgueses “progresivos”. Para los trotskistas, la clase burguesa como un todo es siempre contrarrevolucionaria. Moreno mantuvo esta concepción e insistió en que no existen “campos burgueses progresivos”, al lado de los cuales debería ubicarse el proletariado y el partido revolucionario en su lucha contra los sectores burgueses “más reaccionarios”.

Únicamente en el caso de que una disputa interburguesa se extienda al terreno del “régimen” y exista concretamente el peligro de “golpe reaccionario” y de instauración de una dictadura bonapartista, el partido revolucionario tiene la obligación, momentáneamente, de jerarquizar su política a partir de la derrota de ese golpe bonapartista o directamente fascista.

Para ello, sin nunca apoyarlo políticamente, es más, denunciándolo más que nunca, es necesario hacer unidad militar con el gobierno de turno para alcanzar un doble objetivo: derrotar el intento de golpe reaccionario y, al mismo tiempo, preparar el derrocamiento del propio gobierno “democrático”.

Esta fue la política de los bolcheviques contra el golpe de Kornilov, que Trotsky resumió en su respuesta a los marineros de Petrogrado cuando, con el golpe militar en curso, estos le preguntaron si no había llegado la hora de derrocar al gobierno provisional: “No, no ha llegado aún el momento; apoyad el fusil sobre el hombro de Kerensky y disparad contra Kornilov. Después le ajustaremos las cuentas a Kerensky”[8].

Esta es la política clásica del bolchevismo. Lenin la sintetizó en una carta al CC de su partido durante la “korniloviada”:

Nosotros no debemos apoyar el gobierno de Kerensky ni siquiera ahora. Es una falta de principios. Preguntarán: ¿es posible que no haya que luchar contra Kornilov? ¡Por cierto que sí! Pero no es lo mismo; hay un límite; y ese límite lo trasponen algunos bolcheviques cayendo en una “posición conciliadora”, dejándose arrastrar por la corriente de los acontecimientos.  Vamos a combatir y combatimos a Kornilov, como lo hacen las tropas de Kerensky, pero nosotros no apoyamos a Kerensky, sino que desenmascaramos su debilidad, esa es la diferencia. Es una diferencia bastante sutil, pero archiesencial y no se la puede olvidar. ¿En qué consiste el cambio de nuestra táctica después de la sublevación de Kornilov? En que cambiamos la forma de nuestra lucha contra Kerensky. Sin debilitar un ápice nuestra hostilidad contra él, sin retirar una sola palabra dicha en su contra, sin renunciar al objetivo de derribar a Kerensky, decimos: hay que tomar en cuenta el momento; no vamos a derrocar a Kerensky en seguida; ahora encararemos de otra manera la tarea de luchar contra él, o más precisamente, haciendo ver al pueblo (que lucha contra Kornilov) la debilidad y las vacilaciones de Kerensky. También antes hacíamos esto, pero ahora pasa a ser lo fundamental; en esto consiste el cambio[9].

Nosotros no sostenemos que en el Brasil está en curso un “golpe” de este tipo. Pero es claro que de la experiencia bolchevique se desprende que todos aquellos que sostienen que lo que ocurrió en el parlamento brasileño fue un “golpe”, “golpe parlamentario”, “maniobra”… o como quieran llamarlo, de carácter reaccionario, tienen la obligación de exigir la restitución inmediata e incondicional de Dilma en el poder como primera medida para derrotar ese “golpe”, además de impulsar una lucha unitaria con todo el campo burgués liderado por el PT. Si no, esa lucha “contra el golpe”, no pasaría de una mera charlatanería.

Insistimos: el concepto de “golpe reaccionario” tiene que ver siempre con “régimen”. No existen, pues, “golpes de gobierno”. Este “alargamiento” del concepto está comúnmente al servicio de justificar la oposición a cualquier mecanismo que “interrumpa” el mandato “democráticamente electo” de cualquier gobierno capitalista, de manera más o menos “abrupta”. Es decir, abona el terreno no para una política clasista sino para escoger al verdugo “menos malo”.

Los revolucionarios siempre estamos en la primera línea del combate por la permanencia y ampliación de los derechos democráticos en el marco de la democracia burguesa. Sin embargo, no podemos llamar “golpe reaccionario” a toda artimaña, maniobra, irregularidad o ilegalidad cometida. Todo eso es parte “natural” de la democracia burguesa.

Esto es así porque, acompañando la degeneración del capitalismo en su fase imperialista, la democracia burguesa, aunque es un régimen más favorable para la construcción de las organizaciones y para la educación de la clase, no pierde el carácter definido por Lenin: “la república burguesa, aun la más democrática, no es más que una máquina para la opresión de la clase obrera por la burguesía, de la masa de los trabajadores por un puñado de capitalistas”[10].

Las “maniobras parlamentarias”, acciones “injustas”, y, hasta cierto punto, medidas altamente antidemocráticas y coercitivas, como por ejemplo la ley “antiterrorista” que sancionó Dilma, hacen parte del funcionamiento normal de la engañosa e injusta democracia de los ricos. No llamamos a todas y cada de las maniobras parlamentarias o quiebra de las “reglas del juego”, sean estas usadas entre sectores burgueses e incluso contra los trabajadores, de “golpe”. Si así lo hiciéramos, simplemente vaciaríamos el concepto de su contenido y este perdería su utilidad práctica.

Dicho lo anterior, tampoco podemos perder de vista que en el régimen democrático burgués hay mejores condiciones para la actuación del proletariado y para desarrollar la lucha de clases que bajo las botas de una dictadura. Esto, evidentemente, no significa que somos defensores de la democracia burguesa como “valor universal” ni que asumimos como horizonte la tarea de “radicalizar” esta “democracia” de los explotadores. Pero, en caso de ataque concreto al régimen democrático burgués a través de un golpe reaccionario, los revolucionarios no podemos dudar en defenderla impulsando la más amplia unidad de acción.

Por eso, cuando hablamos de “golpe de Estado reaccionario” no estamos discutiendo si el mandato de un gobierno burgués fue “interrumpido por fuera del calendario electoral” sino si hubo “korniloviada” o “pinochetada”, sí o no.

¿El “juicio político parlamentario” es una variante de “golpe reaccionario”?

El mecanismo del juicio político parlamentario, como manera de interrumpir el mandato de gobiernos burgueses –sean de Frente Popular o no– dentro de regímenes democrático burgueses, es en cierta medida una “novedad”.

Cabe preguntarse si ese mecanismo representa un “golpe reaccionario” o, al menos, sería una variante del mismo. Nosotros consideramos que no. El impeachment no es una variante de “golpe reaccionario”, en la medida en que no solo no cuestiona sino que es propio de las “reglas del juego” del régimen democrático burgués.

Es un recurso político que ocurre completamente por dentro de la legalidad y de la institucionalidad democrático burguesa. No genera un cambio en el régimen, ni siquiera cambios en la Constitución ni en el calendario electoral burgués. El mecanismo del impeachment está contemplado hace mucho tiempo en las constituciones burguesas “democráticas”. Sirve de instrumento legal para “interrumpir” los mandatos de gobiernos que generalmente están siendo cuestionados por las masas populares. Por lo general, al presidente destituido le sucede el vicepresidente y el calendario electoral se mantiene intacto.

El “juicio político parlamentario” es una expresión más de la política del imperialismo de enfrentar las crisis interburguesas y procesos de convulsión social utilizando las reglas de la democracia burguesa: para no tener que apelar, como primera opción, a “golpes militares” que siempre resultan más traumáticos, la burguesía utiliza este recurso con cada vez con más frecuencia, lo que no significa, obviamente, que descarte el uso de la fuerza.

En el caso de Dilma, el PSTU brasileño y la LIT-CI no apoyaron el recurso del impedimento parlamentario, pero no por considerarlo un “golpe de Estado reaccionario”, no por considerarlo una “reedición del golpe de 1964”, como dice la mayoría de la izquierda, sino porque es un mecanismo conservador, que no soluciona nada debido a que, esencialmente, busca cambiar un fusible quemado por otro. No aceptamos ese mecanismo no porque destituye a Dilma –algo que la mayoría de la clase obrera y el pueblo brasileño quieren, con toda la razón– sino porque cambia “seis por media docena”: destituye a Dilma para que asuma Temer y aplique, esencialmente, los mismos planes de ataque a la clase trabajadora que Dilma y el PT.

En otras palabras, el impeachment es insuficiente y es reaccionario porque su intención es “anticiparse” y evitar que sea la acción directa de la clase trabajadora la que eche a Dilma, Temer, Cunha, Aécio, Marina y el Congreso corrupto. Por eso, en el caso de que el PSTU hubiera tenido un diputado, el partido afirmó que ese camarada votaría por la abstención, declarando en su intervención que la necesidad era convocar una huelga general para destituir a Dilma, Temer y a todos ellos.

Pero el impedimento no tiene nada que ver con un “golpe reaccionario”. A pesar de lo que digan Dilma y la izquierda reformista, no tiene nada que ver con el intento de golpe militar en Turquía ni con Honduras de 2009 o con los golpes reaccionarios de las décadas de 1960 y 1970 en América Latina. ¿Qué clase de “golpe” sería este en el que la presidente destituida continúa viviendo en el Palacio de gobierno, recibiendo su sueldo, hablando libremente en todos los medios de prensa, donde su partido, el PT, continúa en la legalidad, y donde el nuevo gobierno “golpista” no consigue aplicar aún sus medidas reaccionarias por la inestabilidad y por las luchas de la clase trabajadora que se desarrollan legalmente?

La población enfrentó el intento de golpe militar en Turquía
La población enfrentó el intento de golpe militar en Turquía

El reformismo frente populista desarma a la clase

Banalizar el concepto de “golpe de Estado reaccionario” es criminal. De parte de Dilma es entendible, puesto que el PT necesita hacer creer que está siendo “víctima” de un “golpe” que no amenaza solamente a su odiado gobierno sino a la misma “democracia”. Para el PT, la narrativa del “golpe” nunca fue un análisis sino una política para reciclarse.

Pero, oír esto de parte del conjunto de los partidos que siempre se presentaron como “oposición de izquierda” a los gobiernos del PT, como el PSOL y el MRT, es lamentable.

Esta banalización no solo educa mal a la clase obrera y su vanguardia, sino que la desarma para cuando se haga necesario enfrentar un “golpe reaccionario” verdadero.

El papel de la izquierda que adhirió a la tesis de “golpe” en el Brasil, como parte del análisis más general sobre el supuesto “giro reaccionario” en América Latina, es nefasto. Esto ayuda inestimablemente a los gobiernos burgueses de Frente Popular o nacionalistas burgueses –que están en decadencia y cuestionados, con justicia, por los pueblos latinoamericanos– a salvarse o recomponerse políticamente.

Este papel de “furgón de cola” del proyecto burgués frente populista no solo genera confusión en la actualidad, sino que prepara el camino para la desmoralización y la derrota del movimiento obrero y popular.

El papel del partido revolucionario es tener una política independiente, que parta necesariamente de las necesidades objetivas de la clase obrera y el pueblo, que considere su nivel de consciencia y, en ese marco, use como punto de apoyo y desarrolle los aspectos progresivos –por ejemplo, la ruptura de millones de trabajadores con esos gobiernos, que antes eran vistos como “suyos” por las masas populares– para superar las contradicciones y encaminar el proceso rumbo a la estrategia de la toma del poder por el proletariado y sus aliados.

Pero la izquierda reformista recorre un camino opuesto. A pesar del progresivo proceso de ruptura de las masas con los gobiernos “progresistas”, estos partidos se aferran a ellos y, antes que asumir un camino independiente, se disponen a hundirse junto con ellos.

La matriz de análisis de la cual deriva esta posición es opuesta al marxismo: el reformismo considera que gobiernos como el del PT brasileño, aunque deba ser “criticado”, forma parte de un “campo burgués progresivo” frente al “campo reaccionario” de Temer y los partidos burgueses tradicionales. No reconocen que esos gobiernos “progresistas” aplicaban o intentaban aplicar los mismos planes de ajuste y recolonizadores que ahora aplica la “derecha”.

Pero, la historia siempre enseña, aunque muchos no quieran aprender.

Notas:

[1] Ver: http://ultimosegundo.ig.com.br/politica/2016-07-18/dilma-vivemos-golpe-estado-diferente-turquia.html. Ver también: http://politica.estadao.com.br/noticias/geral,dilma-ve-golpe-militar-na-turquia-e-parlamentar-no-brasil,10000063671.

[2] MORENO, Nahuel. Revoluciones del Siglo XX. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/moreno/rsxx/i-v.htm#_Toc531192028, consultado el 20-07-2016. Todos los resaltados, salvo indicación contraria, son nuestros.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] Declaración del PSTU. Disponible en: < http://www.pstu.org.br/node/21994>, consultado el 25/07/2016.

[7] MORENO, Nahuel. Revoluciones del siglo XX…

[8] TROTSKY, León: Historia de la Revolución Rusa. São Paulo: Editora Sundermann, 2007, p. 677.

[9] LENIN, V.I. Carta al POSDR escrita el 30 de agosto (12 de septiembre) de 1917.

[10] LENIN, V. I. Tesis sobre el Parlamentarismo. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/internacional/informe.htm, consultado el 25/07/2016.