El 25 de julio es el Día Internacional de la Mujer Afro-Latina Americana y Caribeña. Entre tanto, más que un día de conmemoraciones, esta fecha es para no olvidarnos nunca de la lucha de la mujer negra contra todo aquello que la oprime y la explota, y eso incluye nuestra lucha contra la discriminación, marginalización y violencia que afectan a aquellas de nosotras que, además de mujeres negras, somos lésbicas, bisexuales, transexuales o transgénero (LGBTs).

Por: Gisele Sifroni Hoy, cuando la crisis económica se cruza con la crisis sanitaria, es nítido que el sufrimiento tiene rostro de mujeres negras en gran parte de la América Latina y el Caribe. De acuerdo, por ejemplo, con un informe sobre mujeres afrodescendientes en estas regiones, producido en 2018 por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, en el Brasil, el Ecuador, Costa Rica y Honduras, mujeres negras son más de 60% de la fuerza de trabajo femenina que ocupa los llamados empleos manuales (servicio doméstico, comercio ambulante, línea de producción industrial, etc.), todas las ocupaciones que no exigen instrumentalización técnica o diploma universitario.

Una situación que ha contribuido mucho para que, aquí en el Brasil, como en el resto del mundo, negros (y particularmente mujeres negras) sean los que, al mismo tiempo, estén más expuestos al coronavirus, los que menos tienen acceso al tratamiento y, consecuentemente, los que más mueren. Y lo que fue constatado, por ejemplo, por la red CNN el 5 de julio: negros representan 57% de los muertos por la enfermedad mientras blancos son 41% de los muertos. En otras palabras, por cada diez blancos que mueren víctimas del Covid-19 en el Brasil, mueren catorce negros.

LGBTs: opresiones combinadas, violencia sin límites

Esa situación se agrava en la medida en que la explotación de clase y la opresión racial se combinan con otras opresiones, también funcionales para el capitalismo, como el machismo, la orientación sexual o la identidad de género.

Esa es la razón por la cual, nosotras mujeres negras LBTs, somos las que ocupamos, en enorme cantidad, las precarias PAs (posiciones de atención) de los call-centers, ganando un mísero salario. Como es por el mismo motivo que en el Brasil, el mayor país negro fuera del África, son las jóvenes negras LBTs las que más sufren con la violencia LGBTfóbica.

Es verdad que la violencia afecta a toda comunidad LGBT. Basta citar una pesquisa recién publicada y organizada por la Fundación Oswaldo Cruz (Fiocruz) y una serie de otras instituciones, sobre la base de datos del Sistema Único de Salud (SUS), que reveló que cada una hora un LGBT (incluyendo allí a hombres gays, bis y trans) es agredido en el Brasil. Entre 2015 y 2017 fueron 24.564 notificaciones; un número reconocidamente muy abajo de la realidad, pero incluso así, que lleva a una media de más de 22 notificaciones por día.

Pero también es un hecho que en un país que legitimó la violencia racista durante siglos de esclavitud, también entre nosotros, LGBTs, ser negro o negra hace diferencia. Aún según la pesquisa, más de la mitad de las agresiones fueron cometidas contra personas negras –las blancas correspondieron a 41,4% y las que se declararon amarillas o indias, 1,8%–. Y, también en este caso, se considera que el porcentaje de negros(as) agredidos deba ser mucho mayor, pues es evidente que hay una enorme diferencia entre un hombre gay blanco de clase media denunciar y buscar socorro médico en caso de agresión, comparado con una travesti o trans negra de la periferia (que, incluso así, en el levantamiento, correspondieron a 46% de las víctimas).

De acuerdo con el Mapa de Violencia de Género, entre 2014 y 2017, 16.777 mujeres negras lésbicas o bisexuales sufrieron algún tipo de violencia, algo que representa 47% del total de los ataques contra las mujeres LBTs en el país. Además, hay, incluso, la situación de barbarie en la cual sobreviven las mujeres negras transexuales, las cuales, según la Asociación Nacional de Travestis y Transexuales, son obligadas, en 90% de los casos, y por motivos de pura sobrevivencia, a someterse a la prostitución, sufriendo la violencia constante de la policía y del proxenetismo.

“En el sentido más profundo, el capitalismo es el problema”

Este subtítulo fue tomado prestado del artículo “Capitalismo e identidad gay”, de John D’Emilio, y es exactamente esto que nosotras mujeres negras LBTs del PSTU, que reivindicamos el marxismo, entendemos. Estas opresiones no pueden ser plenamente entendidas en sí mismas sino por medio del cordón histórico que las une, y que, todos los días, intenta estrangularnos.

Primero, porque no cabemos ni siquiera en el padrón del “empoderamiento” propuesto por la burguesía, los reformistas y las corrientes posmodernas. Y, tampoco, en el perfil heteronormativo impuesto por la sociedad. Y el cordón histórico que une la explotación y las opresiones que nos matan es justamente la manera como la mujer africana y sus descendientes fueron inseridas en las sociedades latinoamericanas.

En la medida en que para estructurarse, el capital recurrió al racismo como organizador social de los países latinoamericanos, este tuvo que negar cualquier aspecto de humanidad a negros y negras. Intentaron apagar o estigmatizar las múltiples formas de religiosidad, afecto y sexualidad, reconocidas y permitidas en las antiguas y sofisticadas sociedades africanas.

En otras palabras, para esclavizar a nuestros antepasados, el capital intentó destruir nuestra humanidad en su totalidad. Pero en el caso de la mujer negra eso fue aún más brutal, justamente por el lugar que la mujer esclavizada ocupó en la edificación de esas sociedades.

Si en el pasado la función de la mujer esclavizada era generar la principal mercadería del mundo colonial, o sea, otros esclavos que serían aprovechados en las grandes plantaciones de caña de azúcar, algodón, café, tabaco, etc., en el presente, la función social que el capitalismo delega a la mujer negra es el de reproductora de una vasta mano de obra de reserva, una mano de obra desempleada o subempleada, que sobrevive en las periferias de las grandes ciudades, y cuya existencia para la burguesía sirve exclusivamente para rebajar el valor de la fuerza de trabajo.

Es por eso que el capital precisa dominar por la violencia y por la ideología los cuerpos de jóvenes y mujeres negras, negándonos los aspectos más elementales: el derecho a la libre sexualidad, el derecho a la identidad de género, y el derecho al afecto, de amar y ser amadas.

Es por esa razón también que la LGBTfobia y, sobre todo, la transfobia afectan a nuestra raza y a nuestra clase social de modo mucho más violento, pues ella sintetiza la explotación, el machismo y el racismo. Basta ver la situación de las mujeres negras trans, que por no encajar ni siquiera en la condición de reproductoras de mano de obra, son marginadas, invisibilizadas en todos los ámbitos sociales y en media asesinadas con requintes de crueldad antes de cumplir 35 años de edad.

¿Cuál es el “poder” que puede liberarnos?

Si partimos del entendimiento de que todo lo que nos oprime, como mujeres negras LBTs latinoamericanas y caribeñas tiene origen en la explotación capitalista, tenemos dos tareas.

La primera es desmitificar las salidas presentadas por la burguesía y por teorías supuestamente democráticas, como la del “empoderamiento”, que pregonan una salida individual, por dentro del sistema capitalista, más específicamente a través del consumo, cuando, en la realidad, el problema es colectivo y provocado por el propio capitalismo, en el cual nunca será garantizado a las LGBTs pobres y negras el lugar de consumidoras, pues nuestro lugar social está históricamente delimitado en este sistema como mera fuerza de trabajo deshumanizada.

Además, el “empoderamiento” burgués parte del presupuesto de que un individuo oprimido debe ocupar un “lugar de poder”, ignorando que este tipo de lugar, en este actual sistema, es justamente para reproducir la explotación y no dudar en recurrir a las opresiones, sean estas de género, raza u orientación sexual, si eso garantiza mejor la dominación de la burguesía.

Pero, aquí cabe también, una segunda tarea, tan fundamental como la primera: unificar la lucha contra la opresión, que nosotras mujeres negras sufrimos, con las luchas generales de toda la clase trabajadora, insertándola definitivamente en cada batalla que entablamos contra el capital, desnaturalizando la invisibilidad presente en los partidos y movimientos de los trabajadores, e insertándola realmente en nuestro programa estratégico, esto es, en la toma del poder por la clase obrera.

Al final, si nosotros marxistas comprendemos que la LGBTfobia, que se abate de forma particular contra las mujeres negras, es síntesis macabra de la combinación entre la explotación, el machismo y el racismo, tenemos también el deber revolucionario de combatirla, ahora y cotidianamente, en el seno de la clase trabajadora y con la clase trabajadora, caso contrario estaremos construyendo un proyecto de sociedad incompleto, que jamás merecerá ser llamado socialista.

Marsha P. Jonhson y Sylvia Rivera en la Parada del Orgullo LGBT en Nueva York, 1978.

En la revolución que nosotras, mujeres negras, lésbicas, bisexuales y trans de la clase trabajadora haremos, estará vivo el espíritu de la Rebelión de Stonewall, cuando las primeras piedras arrojadas contra la policía opresora fueron lanzadas por gente como Marsha P. Johnson y la latina Sylvia Rivera, ambas mujeres negras. En la Revolución Socialista que haremos junto con la clase obrera, no solo derrumbaremos el Estado burgués sino que explotaremos todos los armarios que nos oprimen.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 23/7/2020.-
Traducción: Natalia Estrada.