El día de la especulación sobre el inminente despido del ministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta (DEM-MS), parecía que Bolsonaro prácticamente decretaría el fin del aislamiento social horizontal, defendido y aplicado por gobernadores, sin embargo de manera bastante parcial e insuficiente.

Por: Mariúcha Fontana

Como bien retrató Luís Fernando Veríssimo[1]: imaginamos un Weintraub[2] en la Salud. Al final, la política de Bolsonaro es genocida, al promover caravanas de la muerte contra el aislamiento social, hacer campaña para que las personas desobedezcan la cuarentena y salgan de casa; negarse a decretar estabilidad en el empleo; y boicotear medidas sociales que pueden ayudar a los sectores más pobres a quedarse en casa. Si esa política se aplicara hasta el final, morirían más de un millón de brasileños.

Al final del día, cupo a Mandetta declarar que continuaba ministro. Las redes sociales fueron tomadas de memes con Bolsonaro como Reina de Inglaterra, frente al recién nombrado ministro de la Casa “Civil”, el general Braga Netto. Aún será necesario analizar con más profundidad el grado de tutela de las Fuerzas Armadas sobre Bolsonaro. Una cosa es cierta: el Ejecutivo Federal es militarizado y la cúpula de las Fuerzas Armadas, aunque a través de generales en el gobierno, se mete como un poder más en la relación entre los poderes. Y nosotros no estamos entre aquellos que confían en la cúpula de las Fuerzas Armadas, como históricamente hacen demócratas y reformistas. Es solo recordar que Pinochet fue nombrado ministro por Allende.

Sin embargo, el debilitamiento y el aislamiento político de Bolsonaro, en lo que respecta al combate a la pandemia de coronavirus, es patente, incluso dentro de su propio gobierno.

Por el “Que se quede Mandetta” se juntaron la cúpula de las Fuerzas Armadas, el Congreso Nacional, el Supremo Tribunal Federal, los gobernadores, la prensa, dos de los tres sectores del gobierno –los militares y los ministros Sérgio Moro y Paulo Guedes–; y también la oposición parlamentaria de conciliación de clases (PT, PCdoB, PSOL), como el tweet “Fica Mandetta” [Que se quede Mandetta] de Marcelo Freixo (PSOL-RJ) explicitó. Aunque, para que Bolsonaro volviera atrás con el despido, según toda la prensa, se contó especialmente con el ala militar.

Estando 76% de la población a favor del aislamiento social y contra la política de barbarie del presidente, los cacerolazos diarios en los grandes centros estallaron más temprano aquel día, gritando desde las ventanas: “¡Fuera Bolsonaro!”.

Al aparecer el ministro como contrapunto al discurso genocida de Bolsonaro, y ser aclamado por los medios (junto con los gobernadores, especialmente Doria, Witzel y Flávio Dino), su popularidad subió en las pesquisas. Pero, en los de abajo y también en los sectores medios, a pesar de las ilusiones, lo que hay es la aspiración de que exista realmente cuarentena social, preocupación con la catástrofe sanitaria y social, y creciente voluntad de que salga Bolsonaro.

Por su parte, la amplia unidad en las alturas alrededor de “Que se quede Mandetta” tiene otros motivos y acuerdos al por mayor: están todos contra sacar a Bolsonaro del gobierno ya, con distintos argumentos; y están a favor de la PEC [Propuesta de Enmienda Constitucional] del Presupuesto de Guerra (además, de esta PEC incluso Bolsonaro está a favor, aunque tenga otras prioridades). De la “Alianza” al PSOL votaron todos –a toque de caja y sin ninguna discusión con la población– a favor de esa PEC del Presupuesto de Guerra que aprovecha la pandemia para dar más dinero a los banqueros y atacar a los trabajadores, a los pequeños empresarios, y a los pobres de este país.

“Unidad Nacional” y Presupuesto de Guerra

Tenemos, entonces, dos sectores burgueses, con dos políticas diferentes frente a la pandemia de coronavirus. Pero esos dos sectores, frente a la catástrofe social y la economía, poseen una posición común en lo grueso (a pesar de algunas diferencias menores). Ambos actúan para arrojar la crisis en las espaldas de nuestra clase trabajadora.

En relación con la pandemia, la política de Bolsonaro es la de genocidio puro y simple. A su vez, la de los gobernadores y la de Mandetta es de aislamiento social horizontal, sin embargo, insuficiente.

El aislamiento social aplicado por los gobernadores y defendido por el Ministerio de Salud es muy parcial: mantiene a millones de personas trabajando en sectores no esenciales, solo para asegurar la ganancia de los capitalistas, haciendo de la clase trabajadora carne de cañón. Para no hablar de la falta de planificación, de equipos de protección para profesionales de la salud, de lechos, de máscaras, además de no asegurar empleo y renta para que la población se quede en casa.

Todo eso muestra cuán obsoleto está el sistema capitalista. Muestra también que políticos como Mandetta, Doria y Witzel gobiernan para los capitalistas. Basta ver la denuncia de la Folha de S. Paulo sobre los “hospitales de campaña” que ellos construyeron. En lugar de fortalecer la estructura del SUS [Sistema Único de Salud], entregaron los hospitales a la administración de empresas privadas acusadas de corrupción, a las cuales Estados y municipios pagan millones de reales. En estos mismos hospitales, los profesionales de la salud son contratados como trabajadores de emergencia y temporarios, sin garantías de salario y empleo caso sean ellos mismos infectados, conforme informa el diario.

Entonces, a pesar de tener una política diferente de la posición genocida de Bolsonaro, la política de Mandetta y de los gobernadores está muy distante de lo que realmente es necesario y posible para enfrentar la situación.

O sea, en el combate a la pandemia hay una diferencia real entre ellos, pero en relación con la catástrofe social y la cuestión económica, hay, en esencia, un acuerdo.

De la misma forma como defendieron la “reforma” de la Previsión y la Laboral, defienden ahora usar la pandemia para rebajar salarios, sacar derechos y cortas sumas sociales. De pasada, hacer del “Presupuesto de Guerra” un instrumento más para privilegiar bancos y grandes empresas. Un negocio rentable para los banqueros.

Como alerta Maria Lúcia Fatorelli, de la Auditoría Ciudadana de la Deuda: “El objetivo de esa PEC del Presupuesto de Guerra es legalizar la indecente remuneración de la sobra de caja de los bancos, que desvió, de forma ilegal, cerca de un billón de reales [200.000 millones de dólares, aprox.] de recursos públicos en diez años (2009-2018), según datos del balance del propio Banco Central, ¡además de arrojar los gastos con la calamidad del coronavirus en las cuentas de las áreas sociales! La PEC del ‘Presupuesto de Guerra’, en el art. 115 § 10 (ADCT), promueve salvataje de empresas y bancos, transfiriendo para las arcas públicas la pérdida de papeles podridos en poder del mercado (…)”. (Lea la nota técnica completa de Auditoría Ciudadana, aquí).

Pero, no es solo la cuestión del Presupuesto de Guerra. El gobierno permite y no hace nada contra los despidos en masa. Peor, las Medidas Provisorias, como la MP 936, que reduce la jornada y los salarios, o la 905 (de la “cartera verde amarilla” [registro de trabajo]), profundizan la reforma laboral, rebajan jornada y salarios, baratean despidos en masa, y precarizan totalmente el trabajo.

Para el Puesto Ipiranga[3] de Bolsonaro (el ministro Paulo Guedes y su equipo económico), la ficha de la pandemia costó en caer. Ahora está viendo que su liberalismo a lo Chile de Pinochet no asegura esa “gripecita”. Además, también en la crisis de 2008 los capitalistas fueron todos salvados con dinero público. Pero ahora el tsunami es mayor. En el mundo entero el liberalismo está cuestionado.

Aquí también el plan original de Paulo Guedes, si antes de la pandemia ya estaba haciendo agua, ahora, de cierta forma, fue para vinagre. De ahí el “Presupuesto de Guerra”, para despejar dinero para banqueros y grandes empresarios. Pero, lejos de hacer concesiones a los trabajadores, por el contrario se aprovechan de la pandemia para privilegiar a especuladores parásitos como ellos mismos, con el apoyo del lumpen empresariado bolsonarista, la cúpula de las Fuerzas Armadas, el Congreso Nacional, el STF y la prensa. Se aprovechan de la pandemia para dar un salto en la explotación llevando a un empobrecimiento y caída de los salarios de la clase trabajadora, manteniendo intocables las ganancias escandalosas de los bancos y de los grandes empresarios.

La izquierda parlamentaria de conciliación de clases debería haber denunciado los R$ 600 como insuficiente y exigido mucho más, y no conmemorado como si fuese la mayor conquista del siglo. Pues, además de demorar en llegar y no resolver la situación de los millones de trabajadores informales que ganaban mucho más que eso, ha servido para arrojar una cortina de humo sobre los graves ataques a la clase trabajadora y la indecente transferencia de recursos para los muy ricos.

Mundialmente, esa epidemia está desnudando este sistema capitalista obsoleto. Gobiernos hasta entonces liberales comienzan a hablar de intervención del Estado para salvar el capitalismo. El diario británico Financial Times acaba de hablar sobre la “necesidad de cambiar la política neoliberal de las últimas cuatro décadas”, y aceptar un “papel más activo” de los gobiernos en la economía, viendo “servicios públicos como inversiones y no pasivos”.

En fin, como siempre en las crisis, resuelven recurrir al Estado para salvar el capitalismo. En el mundo también están haciendo enormes aportes a las empresas y “concesiones” muy rebajadas a los trabajadores, como en los EEUU de Trump. Aquí, todavía es peor, porque el grado de desigualdad en el Brasil es mucho mayor, además de que la sumisión y la espoliación de nuestro país por los países ricos es enorme.

La burguesía esclavista brasileña, sumisa a los países ricos, apoya el discurso mentiroso e indecente de Paulo Guedes en el Jornal Nacional, donde dijo que era preciso combatir la pandemia y también los derechos laborales, que serían, como el coronavirus, “exterminadores de empleos” en el Brasil. Eso muestra que, pese a las diferencias que puedan tener en relación con la pandemia, prima una gran “unidad nacional” para arrojar la crisis en las espaldas de los trabajadores en pro de los banqueros y de los grandes empresarios.

Diferencias mayores vendrán entre ellos cuando la discusión no sea sobre despellejar a los de abajo sino sobre dividir los privilegios entre los de arriba.

La izquierda parlamentaria como apéndice de la “Unidad Nacional” de los de arriba

PT, PCdoB, PSOL están en contra de sacar a Bolsonaro. La dirección del PSOL desautorizó, y el diputado Marcelo Freixo polemizó contra el pedido de impeachment de Bolsonaro, protocolado por tres diputados de la izquierda del partido.

Después, los partidos de oposición en el Congreso Nacional firmaron un manifiesto en pro de la “renuncia” de Bolsonaro, sabiendo que eso no tiene exactamente ninguna consecuencia.

El argumento de ellos todos es que luchar para derrocar a Bolsonaro obstaculiza la lucha contra la pandemia de coronavirus, y en pro de medidas que defiendan a la población. Pero, el primer obstáculo contra el aislamiento social es justamente Bolsonaro, que usa el cargo de Presidente y la estructura del Estado para llamar a las personas a salir de las casas, hacer su campaña para 2022 y organizar un partido de ultraderecha con trazos fascistoides. Entonces, ¿cómo es que derrocar a Bolsonaro obstaculiza la lucha contra la pandemia?

Ocurre que estos partidos defienden el sistema capitalista y el régimen político actual. Para ellos, el centro de su actividad debe ser el Congreso, los mandatos en los Legislativos o Ejecutivos en los municipios y Estados. No ven que la solución para la crisis está en la lucha contra Bolsonaro, pero también contra el Congreso (que representa los intereses de los banqueros, del agronegocio, y de los grandes empresarios, en primer lugar), y el propio sistema capitalista. No ven que solo la lucha de los de abajo y la autoorganización de la clase trabajadora, del pueblo pobre e incluso de los sectores medios, es lo que puede derrotar a Bolsonaro, y también evitar en adelante un autogolpe.

Es por eso también que quedan exultantes con los parcos R$ 600, que siendo mucho más que los R$ 200 que Bolsonaro proponía originalmente, no llega a 2/3 salarios que en media gana el trabajador del sector informal, y no atiende a los más de 110 millones de trabajadores, desempleados, semiproletarios y autónomos que quedarían sin renta. No quedan indignados cuando el Congreso Nacional destina menos de R$ 100.000 millones a los trabajadores y da más de un billón de reales a los banqueros. Cierran los ojos a los desmanes de la patronal y de los gobernadores contra la clase trabajadora y no exigen la suspensión inmediata de toda actividad no esencial, con mantenimiento del empleo.

Peor, votaron todos por la aprobación del “Presupuesto de Guerra”, como pidieron Guedes y Rodrigo Maia, siendo que este no socorre a los pobres sino a los ricos. El PSOL llegó a presentar una observación para retirar la posibilidad de que el Banco Central compre títulos de crédito público y privado, pero al final votó a favor de la PEC, legitimando la medida como un todo.

Además del tweet en que pide “Que se quede Mandetta”, el diputado Marcelo Freixo dio una entrevista esclarecedora a la UOL, donde queda nítida esa política de sostén del régimen y de propuestas cosméticas enteramente en los marcos del orden actual: “Que la sociedad golpee cacerolas y grite: ‘¡fuera Bolsonaro!’ es importante, justo y necesario, pero el Congreso no puede, en este momento, jugar sus fuerzas contra Bolsonaro. Entonces, el deseo de impeachment, que es correcto y comprensible, no podría realizarse en este momento. ¿Imagina si nosotros, para tratar lo de Bolsonaro, paramos la votación de una renta mínima o una política de recursos para hospitales de campaña y paralizamos el país por seis meses?”: “Las acciones con relación al coronavirus han sido interesantes. Estamos consiguiendo, con todo el campo progresista, hacer una propuesta común. Tiene que nacer de ahí un caldo de cultura que nos genere responsabilidad y, pasada esta crisis, nos gire a cada uno para su quintal. Pero que podamos buscar en la figura de Fernando Haddad, de Ciro Gomes, de Flávio Dino –considero a Flávio Dino una persona muy importante en este proceso republicano de la nueva construcción de un campo democrático”. (…)

Por su parte, Lula elogió a João Doria, que retribuyó. Dijo Lula: “Llegamos al punto de que Doria tenga que mandar a la PM a invadir fábricas para agarrar máscaras. La gente tiene que reconocer que quien está haciendo el trabajo más serio en esta crisis son los gobernadores y los prefectos”. Respondió Doria: “Tenemos muchas diferencias. Pero ahora no es hora de exponer discordancias. El virus no escoge ideología ni partidos. El momento es de foco, serenidad y trabajo para ayudar a salvar el Brasil y a los brasileños”.

Flávio Dino (PCdoB), por su parte, reafirmó en una entrevista al diario El País, la declaración que hizo en la reunión del Consejo de la Amazonía, con gobernadores de la región y el vice de Bolsonaro, donde, por increíble que pueda parecer, defendió que Mourão gobierne: “Tuvimos una reunión con diálogo técnico, respetuoso y sensato. Claro que Mourão no es de mi campo ideológico. Pero, si Bolsonaro entrega el gobierno a él, el Brasil llegará a 2022 en mejores condiciones”.

Es necesario construir una alternativa socialista y revolucionaria

Estamos viviendo, probablemente, la mayor crisis mundial del sistema capitalista. Frente a este proceso, tenemos en nuestro país un gobierno militarizado y genocida, pero en crisis y con la popularidad en caída. Un gobierno que tiene un proyecto de dictadura, el cual, sin embargo, no tiene relación de fuerzas para imponerlo por el momento. Tenemos también otro bloque burgués, que busca una salida de “unidad nacional”, arrojando la crisis sobre nuestras espaldas. Tal bloque cooptó también a la oposición de izquierda parlamentaria y de conciliación de clases (PT, PCdoB y PSOL), que imaginan defender la “democracia” burguesa con un “frente amplio” que es apéndice de ese bloque burgués.

La burguesía, al mismo tiempo que arroja todo el peso de la crisis sobre los de abajo, teme una explosión social al frente. Intenta evitarla con concesiones irrisorias, sin dejar de preparar la represión. Están ahí las Fuerzas Armadas para combatir al “enemigo interno”, cumpliendo función de policía como con la utilización de la Fuerza Nacional en las acciones de Garantía de la Ley y el Orden (GLO), llamadas para intervenir incluso en Estados en que el PT gobierna. Más que eso, su cúpula está interviniendo políticamente como un poder más junto a los demás poderes.

A pesar de que la epidemia dificulta manifestaciones de calle y varias acciones, los de abajo (la clase obrera, los trabajadores, el pueblo pobre, e incluso sectores medios) han encontrado formas alternativas de movilización. Más importante, el sistema capitalista quedó al desnudo con la crisis. Poniendo a la orden del día la necesidad de medidas anticapitalistas y socialistas, que se vuelven mucho más comprensibles. Tiende a ser creciente la revuelta contra los de arriba, contra el gobierno, el régimen y el sistema.

En un momento como este es fundamental presentar y avanzar en la construcción de una alternativa socialista y revolucionaria. Es hora de avanzar en lucha, conciencia y organización. La clase trabajadora, la juventud, los sectores oprimidos y la mayoría del pueblo deben confiar en sus propias fuerzas y en su acción para defender la vida.

Debemos hacer toda unidad en la acción necesaria con quien quiera que sea para luchar y derrotar a Bolsonaro, o para impedir cualquier tipo de ataques o medidas autoritarias. Pero precisamos confiar en nuestras fuerzas y tener como objetivo luchar por otra sociedad, un gobierno socialista de los trabajadores. No un “frente amplio”, que solo puede reservarnos como destino seguir siendo un país subordinado, en proceso de recolonización, y de los más desiguales del mundo.

¡Queremos sacar a Bolsonaro y Mourão ya! Y construir una alternativa en la cual los trabajadores gobiernen a través de consejos populares para cambiar el sistema. Y no repetir, de nuevo, un gobierno de colaboración con la burguesía (el 1% de multimillonarios) como hizo el PT, que en trece años no consiguió resolver ni la cuestión del saneamiento básico.

[1] Veríssimo es, entre muchas otras profesiones y oficios –como guionista de televisión, autor de teatro, traductor, escritor, futbolista e incluso músico– un destacado humorista brasileño, famoso por sus crónicas y cuentos de humor, ndt.

[2] Weintraub es economista y profesor brasileño, ministro de Educación del gobierno Bolsonaro, que quedó conocido por la provocación que hizo contra los chinos, por la cual creó un conflicto diplomático entre los dos países, ndt.

[3] Ipiranga es una empresa brasileña que pertenece al Grupo Ultra, dedicada a la distribución de combustibles y otros productos. Posee un aplicativo por el cual las personas pueden localizar los puestos de la marca para abastecimiento de gasolina y productos diversos. “Puesto Ipiranga” hace referencia a una propaganda de la marca, en la que alguien que está perdido o precisa de alguna cosa, cualquier cosa, es orientado a ir hasta allí para resolver el problema, ndt.

Artículo publicado en www.pstu.org.br

Traducción: Natalia Estrada.