Las últimas semanas ofrecieron en los Estados Unidos una serie más de imágenes fuertes de los conflictos que se extienden por el país en los últimos años, en particular después del asesinato de Breonna Taylor, el 13 de marzo, y de George Floyd, el 25 de mayo. Son escenas que, de forma aislada, ya dicen mucho sobre un país en el cual la cuestión racial siempre estuvo en el centro de su historia. Sin embargo, tal como en un filme, precisan ser puestas en movimiento, barajadas, para que podamos entender qué pasa por allá y lo que puede pasar.

Por: Wilson Honório da Silva*

El 23 de agosto un escena chocante, que viralizó rápido en las redes sociales, mostraba a Jacob Blake, de 29 años, habitante de Kenosha, en el Estado de Wisconsin, tornándose una víctima más de la violencia racista, cobarde y brutal de la policía. Él fue alcanzado por la espada con siete tiros que lo dejaron parapléjico.

A continuación, incluso en medio de la pandemia que ya mató a 180.000 personas en los Estados Unidos, volvieron a circular las imágenes de calles tomadas por millares de personas cada vez más radicalizadas, haciendo resonar el grito “¡Sin justicia, no hay paz!”. Protestas, como siempre, enfrentadas con la brutalidad sin límite de las fuerzas de represión.

Esa brutalidad ganó un componente no inesperado sino sintomático de la profundidad de los conflictos y de la polarización en el país. El martes 25 de agosto, un joven de 17 años, Kyle Rittenhouse, disparó con un fusil AR-15 contra los manifestantes, matando a dos personas e hiriendo a una tercera.

En medio de todo eso, el 26 de agosto una imagen dijo mucho exactamente por lo que no había en ella: la cuadra de básquet, donde ocurriría el juego entre Milwaukee Bucks (de la mayor ciudad de Wisconsin) y Orlando Magic (parte de la importantísima NBA, la Liga Nacional de Básquet) quedó vacía cuando los jugadores decretaron huelga en protesta por la tentativa de asesinato de Blake. La escena se repitió en los días siguientes en la Liga Femenina, en campos de fútbol, béisbol y casi todos los deportes.

Como fondo de todo eso, durante esos mismos días, tuvimos el desagrado de ver la convención del Partido Republicano que reafirmó a Trump como candidato a presidente. Al mismo tiempo, su principal opositor, el demócrata Joe Biden, ya confirmado, hacía lo que los demócratas saben hacer mejor: juego de escena para no hacer absolutamente nada efectivo, mientras intentan enmascarar la completa y total sintonía con el Estado racista y la violencia policial.

Todas esas escenas, de cierta forma culminaron en una de las más bellas y fuertes: el 28 de agosto, a pesar de la pandemia, millares tomaron la ciudad de Washington DC, la capital del país, para recordar los 57 años del discurso: “Yo tengo un sueño”, pronunciado allí por Martin Luther King Jr. Por eso, la imagen que tal vez traduce mejor lo que está ocurriendo en los Estados Unidos es la de la bandera estadounidense que aparece en medio de las llamas, en aquello que restó del Departamento Penitenciario de Kenosha después de haber sido incendiado por manifestantes del 24 de agosto.

Simbólica en varios sentidos, la imagen nos recuerda que, aunque aún firmes, algunas de las principales instituciones, ilusiones y sueños que alimentaron la idea del corazón de los Estados Unidos como símbolo de la democracia, hogar de la prosperidad y guardián de los derechos humanos, han sido rotos por las rebeliones negras que insisten en continuar en las calles. La altura de las llamas y lo que surgirá de sus cenizas aún son cosas difíciles de preverse, pero con certeza la historia no tiene vuelta.

La cara del racismo. Jacob Blake y la crueldad del racismo

Todo lo que involucra la historia de Jacob Blake, 29 años, es ejemplo de la dimensión del racismo en los Estados Unidos y cuánto revela sobre aquel país. Jacob fue alcanzado a quemarropa, cuando intentaba entrar en su propio automóvil. Como si no bastase, el hecho ocurrió delante de sus tres hijos, que estaban en el interior del vehículo.

Hasta hoy no fueron dadas explicaciones del porqué de los disparos. Los policías envueltos apenas fueron suspendidos de sus actividades. Eso en un Estado gobernado por Tony Evers, un demócrata, que tuvo el descaro de twitear que apoya los movimientos por “justicia, equidad y responsabilidad por las vidas negras”.

Un símbolo de la situación de barbarie vivida por los negros y negras estadounidenses es el hecho de que solamente el 27 de agosto el país de Jacob consiguió sacarle las esposas que lo ataban a la cama en la cual él, paralizado de la cintura para abajo, luchaba por su vida. Para que eso ocurriese, aún tuvieron que pagar una fianza de 500 dólares.

La cara del racista. Kyle: la “América” soñada por Trump

La historia que llevó a Kyle Rittenhouse a ametrallar una protesta contra el atentado a Blake solo puede ser entendida como la repetición aterrorizante y ofensiva de escenas de un país cuya segregación extrema dio origen a organizaciones de supremacistas blancos, como la Ku Klux Klan, fundada en 1865.

No obstante, también es importante recordar que Kyle no está solo; como se supo después, es parte de una organización llamada Blues Lives Matter (Vidas Azules Importan, en referencia al color de los uniformes policiales en los Estados Unidos), frecuenta organizaciones cristianas fundamentalistas y, como muestran las imágenes descubiertas después del atentado, es fiel seguidor de Trump, habiendo participado, el 30 de enero, en un mitin de presidente en la ciudad de Des Moines, en el Estado de Iowa.

Por eso mismo, su acción criminal no puede ser vista como hecho aislado, mucho menos como la de un joven perturbado, como ahora quieren convencernos sus abogados y aliados. Eso es algo particularmente absurdo, si se considera el espectáculo de odio y racismo protagonizado por Trump y sus seguidores durante la convención del Partido Republicano que, iniciada tres días después del atentado en Kenosha, lo confirmó como candidato para las elecciones.

Entre los protagonistas del primer día de la convención estaba la pareja McCloskey, conocido por apuntar armas contra los manifestantes del Black Lives Matter (Vidas Negras Importan) en Saint Louis, en el Estado de Missouri, afirmando que sus acciones fueron actos de “legítima defensa” contra la tentativa de destruir el llamado “american way of live” (el modo de vida “americano”).

En la convención, los republicanos ensayaron cantar victoria cierta en un momento en que la mayoría de las encuestas (como la publicada en el site The Hill el 31/8/2020), demuestra que Trump tiene 38% de las intenciones de voto en el llamado Colegio Electoral, contra 47% del demócrata Joe Biden.

La desventaja refleja tanto el desprecio intencional y criminal de Trump en relación con la pandemia, lo que hizo que los Estados Unidos se tornasen el epicentro mundial del coronavirus con 5,8 millones de personas contaminadas y 180.000 muertos (que, como ya dijimos, afecta de forma totalmente desproporcionada a la población negra, latina e indígena), como por su postura descaradamente racista y pro asesinatos frente al levante negro.

Hipocresía. Biden, los demócratas y la recomposición del orden

Como alternativa a los republicanos y en lo que respecta a las reales cuestiones que están incendiando el país, los demócratas están recubiertos de la hipocresía más descarada y la permanente tentativa de cooptación de aquellos que reclaman por igualdad y justicia. Ejemplo de eso fue la elección de su candidata a vice, Kamala Harris. Aparentemente, fue una opción, hecha bajo medida frente al levante negro en los Estados Unidos, ya que ella es la única mujer negra en el Senado del país, hija de madre indiana y padre jamaiquino. Ella también se tornó la primera mujer en asumir la Procuraduría General en su Estado, California.

Sin embargo, a pesar de defender posiciones liberales en torno a cuestiones como aborto y derechos LGBTs, Kamala es conocida por tener el orgullo de rotularse a sí misma como una “policía de elite” y, al mismo tiempo, una “promotora progresiva”. Una sandez que sirve para enmascarar su increíble capacidad de maniobra al lidiar con todo y cualquier tema polémico, en particular aquel que ha llevado a millares a las calles: la policía.

Ella, por ejemplo, se opone a la principal consigna del BLM, “defund the police”, que sería algo como “desinversión en la policía”, o sea, cortes presupuestarios en los departamentos policiales, con el destino de dinero a fondos para programa sociales.

Cuando actuaba como promotora en California, ella fue denunciada varias veces por huir de casos envolviendo a policiales que hubiesen cometido crímenes. En su biografía, escrita en 2009, sintetizó lo que piensa: “si pidieran para aquellos que gustarían de ver más policías en la calle levantar sus manos, las mías dispararían para arriba”.

Sin embargo, lo que tal vez explicite mejor su pensamiento sea el tratamiento que dio a la llamada “ley de los tres golpes” en California, que determina que cualquier acusado por un tercer crimen podría ser condenado de 25 años a perpetua, incluso si el tercer crimen fuese un crimen no violento. Cuál fue el gran cambio propuesto por Harris: que la promotoría del distrito de San Francisco solo acusase un tercer golpe si el crimen fuese grave o violento.

Según datos de 2015, 51,1% de las personas presas (y no condenadas) por homicidio en los EEUU eran negras, a pesar de corresponder a cerca de 13% de la población. Es imposible que la promotora desconozca una pesquisa realizada por la Universidad de Michigan en 2017, que, de acuerdo con el diario The New York Times (3/7/2017) constató que nada menos que 47% de negros condenados por homicidio fueron posteriormente exonerados, a veces décadas después de la prisión, en función de condenas injustas.

No obstante, las muertes por Covid-19 y la represión a las manifestaciones siguen, en los Estados y en las ciudades dirigidos por demócratas, el mismo padrón de aquellos gobernados por republicanos. La síntesis de la política del partido frente a las protestas fue hecha por Biden en su comunicado sobre Kenosha: “Protestar contra la brutalidad es un derecho y absolutamente necesario, pero quemar comunidades no es protestar. Eso es violencia innecesaria, violencia que pone en riesgo vidas y cierra negocios que sirven a la comunidad”.

No acabó, aún hay mucho juego por delante

El impacto de la decisión de los jugadores de la NBA y todas las demostraciones que se vivieron después en las cuadras de los más diversos deportes, con jugadores y jugadoras arrodillados, de puños erguidos y usando camisetas y símbolos de protesta, es algo que la propia prensa estadounidense comparó con los gestos de los atletas Tommie Smith y John Carlos, que en los Juegos Olímpicos de México, de 1968, subieron al podio y acompañaron la ejecución del Himno Nacional del país con puños enguantados y erguidos, como los Panteras Negras.

En abril de aquel mismo año, Martin Luther King había sido asesinado después de realizar una serie de actividades con trabajadores del servicio sanitario de Memphis, que estaban en huelga por mejores condiciones y para los cuales el propio Luther King dijo, el sueño de un país libre, en el que negras y negros fuesen respetados por su carácter y no por el color de sus pieles, parecía demasiado distante.

Esa es, en gran medida, la misma contradicción encarada en los EEUU hoy. Por un lado, la persistencia de un racismo violento y segregacionista; por otro, la lucha incesante por la liberación. La diferencia es que, en los días actuales, ese enfrentamiento se da en un país hundido en la mayor crisis económica que el planeta enfrenta desde los años 1920 y una pandemia cuyas consecuencias sociales y económicas han sido devastadoras.

Se trata de una situación que aún menos que en los tiempos de Luther King es posible de ser enfrentada, como la venta de ilusiones de que este sistema es capaz de ofrecer una salida para la humanidad, en particular para aquellos y aquellas históricamente marginados.

En ese sentido, por más que la consigna “vidas negras importan” aún resuene fuerte en las calles, es evidente que el movimiento en sí, un conglomerado de más de 130 organizaciones con los más distintos perfiles políticos (de pro Biden a socialistas de diversos matices) no ha conseguido ofrecer una alternativa programática y de organización.

Ese es el gran desafío planteado para negros y negras de los EEUU para que no se repitan historias como las de Breonna, Floyd, Blake, Ferguson, Batimore, y tantas otras. Solamente la construcción de una lucha conjunta con trabajadores y trabajadoras, latinos, blancos, nativos e inmigrantes podrá poner un punto final a esa brutalidad llevada a cabo por una policía y un Estado impregnados por el racismo, siempre al servicio de lo mismo: los privilegios de una burguesía cuya capacidad de matar para defender sus intereses ya llenó páginas y más páginas bañadas con sangre en los libros de Historia.

*Wilson Honório da Silva integra la Secretaría Nacional de Formación del PSTU, Brasil.
Artículo publicado en www.pstu.org.br, 2/9/2020.-
Traducción: Natalia Estrada.