¿Qué es el “progresismo”? ¿Qué existe de común entre todas las organizaciones, partidos, gobiernos e intelectuales que se colocan en ese campo? En una serie de artículos que iniciamos en esta edición de Opinião Socialista, analizaremos las diversas propuestas y sectores de esta expresión política e ideológica.

Poe: Bernardo Cerdeira

En las últimas tres décadas asistimos al crecimiento de ideas, movimientos y gobiernos dichos “progresistas”. Este fenómeno se dio principalmente después de la restauración del capitalismo y de la caída de los regímenes burocráticos estalinistas en China, en la ex URSS y en los demás países en los cuales la burguesía había sido expropiada.

El descrédito de los regímenes dictatoriales estalinistas y de sus partidos, así como de la socialdemocracia, que promovió las políticas de ajuste neoliberal en Europa, abrió espacio para un nuevo tipo de corriente que también defiende reformar el sistema capitalista, pero con otra cara. Hasta las viejas burocracias se incorporaron a este nuevo fenómeno.

El progresismo ganó visibilidad en el inicio de los años 2000 durante las diversas ediciones del Foro Social Mundial, bajo el lema “Otro mundo es posible”, sin decir en qué sistema social se basaría ese nuevo mundo. En el mismo período, se dio una ola de gobiernos progresistas en América Latina con la elección de Chávez (Venezuela), seguida por las de Lula (Brasil), Néstor Kirchner (Argentina), Tabaré Vázquez (Uruguay), Evo Morales (Bolivia), Rafael Correa (Ecuador), Manuel Zelaya (Honduras) y Mauricio Funes (El Salvador).

Después de algunos años en que el péndulo electoral osciló para la derecha, con la elección de Bolsonaro en el Brasil y de Macri en la Argentina, y con el golpe en Bolivia, nuevamente partidos y presidentes dichos progresistas vuelven a ganar elecciones. Es el caso de López Obrador en México, de Arce en Bolivia, de Alberto Fernández en la Argentina, y posiblemente el de Arauz en Ecuador.

Esta nueva tendencia es un producto distorsionado de las movilizaciones populares contra los gobiernos de derecha que se dieron en el Ecuador, en Bolivia, en la Argentina, y principalmente en Chile.

El progresismo como ideología y como corriente política va más allá de los gobiernos que se autodenominan como tales. Está presente en todo el mundo. Existe una gama de partidos, movimientos, ONGs e intelectuales que se colocan bajo el amplio paraguas del progresismo. Pero, al final, ¿cuál es el programa de ese “campo progresista”?

Un programa de reformas

En primer lugar, tenemos que decir que el progresismo reconoce los grandes males de la sociedad capitalista: brutal desigualdad social; desempleo y miseria crecientes; opresión de mujeres, negros, pueblos originarios y sectores LGBT; el desastre ecológico del calentamiento global; el surgimiento de nuevos gobiernos autoritarios; violaciones de los derechos humanos; explotación de los países periféricos por las potencias imperialistas; y mucho más.

No obstante, el progresismo no opina que esas calamidades son inherentes al sistema capitalista y las atribuye a lo que ellos denominan variante neoliberal y predadora del capitalismo o a las distorsiones de la globalización. Coherentes con esa visión, proponen medidas que, según piensan, podrán generar una sociedad más justa y solidaria.

Una de ellas es la defensa de la distribución de renta como forma de disminuir las desigualdades sociales. Algunas ideas propuestas son, por ejemplo, la institución de impuesto sobre las grandes fortunas o el aumento de la tasación para los más ricos. Otra medida sería la adopción de una renta básica para toda la población.

Otro punto fundamental de su programa es la garantía de derechos básicos tales como salud, educación y vivienda para toda la población. También incluyen el derecho al territorio y el respeto al modo de vida de comunidades tradicionales, pueblos originarios, quilombolas y comunidades campesinas.

Podemos incluir aún en ese amplio abanico del movimiento progresista a los movimientos identitarios que reivindican la ampliación de los derechos democráticos de los sectores oprimidos en el interior del capitalismo y defienden el empoderamiento individual de las mujeres; la tolerancia a la diversidad, etcétera. Eso, en el marco del respeto a los derechos humanos y al Estado de Derecho.

Por fin, otro punto importante de la agenda progresista es la solidaridad con los países pobres por medio de propuestas como la economía solidaria, el comercio justo, la ayuda promovida por las ONGs, y propuestas similares.

En los próximos artículos, analizaremos a fondo estas y otras propuestas, pero, a primera vista, cualquier persona que defienda el progreso social de la humanidad puede legítimamente preguntar: pero, ¿quién puede estar en contra de esta agenda?

Los socialistas y las ideas progresistas

Antes de analizar y polemizar con los límites de las corrientes y de los gobiernos progresistas, es preciso abrir un paréntesis. Históricamente, los socialistas siempre defendieron todas las ideas progresistas que llevan a la liberación de la humanidad de todo tipo de explotación y opresión.

El marxismo siempre estuvo en la vanguardia de la defensa de ideas progresistas, hace más de 170 años. Luchamos contra la brutal desigualdad social y defendemos los derechos de los trabajadores; defendemos los derechos de las mujeres, de los negros y de todos los oprimidos contra todo tipo de opresión y discriminación; defendemos el derechos de todos los pueblos a la autodeterminación; luchamos contra las dictaduras por amplias libertades democráticas para todo el pueblo, y defendemos la ciencia y la educación contra la superstición y la ignorancia.

Al mismo tiempo, señalamos que la desesperación de la burguesía mundial por mantener sus ganancias hace que los gobiernos capitalistas ataquen todos los derechos y reformas progresistas que las clases explotadas y los sectores oprimidos conquistaron. O sea, esos derechos y reformas están amenazados de forma permanente y pueden ser quitados en cualquier momento.

Por eso, a pesar de siglos de lucha de los explotados y oprimidos, el capitalismo en decadencia provoca cada vez más crisis económicas y sociales, destruye al hombre y la naturaleza. La reciente pandemia es una demostración categórica de esa verdad. El capitalismo conduce a la humanidad hacia la barbarie.

La conclusión es evidente: mientras el sistema capitalista exista, no habrá una solución para la crisis brutal en que vive la humanidad; por lo tanto, nosotros, socialistas, defendemos los derechos y las reformas progresivas para la clase trabajadora y los sectores populares, pero, al mismo tiempo, señalamos que ellas necesitan ser combinadas con medidas que superen el sistema, porque si no, además de limitadas, estarán permanentemente amenazadas.

Nuestra crítica a la concepción del progresismo

Muchos individuos y movimientos progresistas son bienintencionados y pretenden responder a una necesidad inmediata de los trabajadores y los sectores oprimidos. Sin embargo, todas las reformas progresistas que paran en los límites del capitalismo conducen siempre a un callejón sin salida.

Las medidas de distribución de renta no cambian la propiedad privada de los medios de producción y, por lo tanto, no eliminan la explotación, la concentración creciente de la riqueza, los monopolios, las crisis periódicas y, en consecuencia, la desigualdad social creciente. Los derechos políticos y jurídicos de las mujeres, la no opresión explícita o velada a la identidad étnica de los negros, el combate a la discriminación de cualquier tipo, no eliminan la opresión, el racismo, la violencia policial. La solidaridad de las ONGs no acaba con la explotación de países pobres por los países imperialistas.

Incluso una parte de estas medidas son absorbidas por un sector de la burguesía imperialista, que hace algunas concesiones con el objetivo de preservar el capitalismo. No es casual que la ONU y los gobiernos de países imperialistas también hablen de la necesidad de erradicar el hambre y la pobreza, disminuir las desigualdades en la sociedad, combatir el calentamiento global y la destrucción del medio ambiente, pregonando la idea del “bien común de la humanidad”. Pero nada cambia, y la situación está cada vez peor.

Nuestra primera crítica al progresismo es que estos movimientos defienden reformas que solo humanicen el capitalismo, sin cambiar (y, por lo tanto, preservando) lo esencial de la estructura de la sociedad capitalista. Nuestra crítica principal es mucho más severa y tiene que ver con el papel político de esta corriente. El progresismo es mucho más que una ideología reformista: su actuación como una fuerza política que defiende la preservación del capitalismo termina por ponerse contra los intereses de la clase trabajadora y sus luchas, para preservar el sistema.

Cuando llegan al poder

Cuando las corrientes progresistas se constituyen en partidos que disputan el juego político de la sociedad capitalista y, aún más, cuando ganan elecciones y constituyen gobiernos dichos progresistas, su actuación gana otro aspecto. Para llegar al gobierno y mantenerse en él en los marcos del sistema político burgués, los partidos progresistas se encuentran frente a la necesidad de hacer alianzas con otros partidos de centro y de derecha y de obedecer a la lógica de la administración capitalista del Estado burgués.

Esos gobiernos progresistas se tornan gobiernos burgueses casi iguales a los otros: promueven algunas reformas más o menos limitadas, pero en el fondo aplican la misma agenda neoliberal de privatizaciones, flexibilización laboral, y entrega de los recursos naturales para la explotación de las multinacionales.

Al mismo tiempo, como sus reformas son limitadas e ineficaces, con frecuencia generan una insatisfacción y reacciones populares o desmoralización. Para enfrentar esas reacciones, muchas veces atacan y reprimen las luchas de los trabajadores. Frente a una revolución obrera y popular, históricamente esos sectores quedaron del otro lado de la trinchera. De esta forma, los progresistas prolongan la existencia y la crisis del capitalismo.

Superar el capitalismo

La única salida para impedir que la humanidad caiga en la barbarie es que la clase trabajadora y los sectores populares hagan una revolución socialista que comience en un país y se extienda a todo el mundo. Para eso, los trabajadores precisan tomar el poder, instituir un gobierno socialista de los trabajadores y del pueblo, socializar los medios de producción, y planificar, de forma democrática, la economía, iniciando una transición hacia el socialismo. Solo así es posible garantizar de verdad que las ideas progresistas sean llevadas a la práctica de un modo duradero.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 25/2/2021.-

Traducción: Natalia Estrada.